¡Viva la Patria! ¿Cuál de ellas?

por Pablo Pozzi

Ayer llevé a mi nena al acto del pueblo conmemorando 200 años de nuestra «independencia», porque era escolta de la bandera de su escuela. Tres horas al rayo de sol (finalmente hacía calor) mientras escuchábamos un discurso tras otro que más o menos decían lo mismo que el año pasado cuando se cumplían 199 de la independencia. En el medio los chicos bailaron el pericón, comieron mazamorra, y varios profes se habían disfrazado de San Martín. A mí me pareció algo así como una metáfora de la Argentina. Al fin de cuentas el pericón viene de Europa, San Martín era monárquico y la mazamorra se origina en España

Pero la metáfora no era sólo eso. Mientras el pueblo de a pié sudábamos a lo loco, aburridos hasta decir basta pero sintiéndonos muy patriotas, el intendente, las directoras de escuela, y los «notables» del pueblo estaban sentaditos y a la sombra. Si bien todos estábamos allí, faltaban los comerciantes y terratenientes, que al fin de cuentas no tenían por qué estar si habían enviado a «sus representantes»: el intendente y los miembros del concejo deliberante. Un par de chicos se desmayaron de calor (pobrecitos los nenes que tuvieron que estar en posición de firmes tres horas), las maestras corrían de un lado a otro repartiendo vasitos de agua (en su día feriado y por 8 mil pesitos al mes… esas si que son patriotas), y los vecinos que nos quedamos todo el tiempo éramos los que teníamos a los nenes prisioneros del acto. Regresamos a casa para encontrar que «la patria» nos había enviado las nuevas boletas de gas y todas oscilaban entre los 5 mil y los 10 mil pesitos. Ah, y el intendente «patriota» nos aumentó los impuestos municipales para pagar «nuevas» obras. Indudablemente ¡viva la patria!

Pero la realidad es que en 2016 no hay tal cosa como una Argentina. De hecho no la hubo nunca. La realidad es que siempre hubo por lo menos dos Argentina. De un lado estaban los sentados a la sombra: los comerciantes, abogados, y representantes de los terratenientes que en el Cabildo Abierto (a ellos solitos) de 1810 decidieron esperar seis años más para declarar la independencia. A muchos de nuestros «patriotas» conocidos les importaba un pito la patria, todo lo que querían era tener las manos libres para comerciar con los ingleses. Del otro lado estaba una mezcla grande gente: los pobres, la peonada, los pardos y mulatos que se movilizaron en contra de las invasiones inglesas mientras los ricos llevaban a sus hijas a las fiestitas que hacían los oficiales de inglés Beresford. Y también algunos «traidores» como Moreno, Castelli, Monteagudo que, influidos por el ideario de la Revolución Francesa, visualizaron un país para todos, de igualdad, fraternidad y libertad.

Moreno escribió en La Gazeta de Buenos Aires: «El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse […] miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes, que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les habían producido los chiches y abalorios.» Moreno murió asesinado camino a Europa (como dijo su enemigo Cornelio Saavedra: «hizo falta tanta agua para apagar tanto fuego»); Castelli, el gran orador de la Revolución de Mayo, murió de cáncer en la lengua; el mulato Monteagudo murió asesinado; Belgrano murió a los 50 años en la más absoluta pobreza; el monárquico San Martín murió en el exilio. Evidentemente todos «loosers». Mientras tanto los otros «patriotas», o sea los «winners» fueron los vivillos de siempre que se enriquecieron, compraron tierras, y destruyeron las manufacturas del interior. En el proceso fueron construyendo un estado a su imagen y semejanza: ineficiente, corrupto, represor, elitista y anclado en una versión de la historia nacional que legitimaba su desarrollo. Así se habla del patriotismo y no de la ambición de muchos de nuestros «próceres», de cómo construyeron la nación y no de cómo destruyeron cualquier proyecto alternativo como el de Artigas o el del Paraguay de Gaspar Rodríguez de Francia.

Por debajo de la visión que lanza Halperin Donghi de que las elites construyeron «una nación para el desierto argentino» (¿desierto?, ¿y el pueblo?), ocurrieron 200 años de luchas sociales que enfrentaron a gauchos y «malentretenidos» contra comerciantes y terratenientes en el siglo XIX, a oligarcas agroexportadores contra trabajadores criollos e inmigrantes. De hecho el «Martín Fierro» puede ser visto como una crónica de esa resistencia popular frente al proceso de proletarización impuesto por una oligarquía salvaje y un estado represor y clasista. Asimismo las guerras civiles pueden ser vistas como las luchas por el poder entre las distintas fracciones oligarcas. Al decir de Sarmiento: Rosas fue el «más unitario de los federales». Mientras Alberdi nos recordaba que Facundo Quiroga y Estanislao López eran terribles terratenientes, y Urquiza no sólo colaboró con Mitre en la Guerra del Paraguay sino que se retiró de la batalla de Pavón dándole la victoria a éste. Y en todos los casos los oligarcas, de Buenos Aires y del interior, derramaron la sangre de los humildes sin pensarlo dos veces, y en el proceso fueron aniquilando los posibles proyectos alternativos como el de Felipe Varela. Como señaló Alberdi: «El país está gobernado por el poder de los intereses económicos que es el poder de los poderes, conocido por otro nombre con el del poder de la riqueza. Esta mal gobernado porque esos intereses gobernantes están mal arreglados y mal dispuestos».

Pero lo notable es que mi intendente conmemoró ayer 200 años de armonía patriótica, cuando en realidad debería haber realzado dos siglos de resistencia popular, donde todas las conquistas sociales, gran parte de las mejoras, y cuanta reforma han ocurrido fueron producto de luchas populares. En el proceso tuvimos la primera traducción de El Capital de Marx al español, el primer diputado socialista (Alfredo Palacios en 1904) y el primero comunista (Miguel Burgas en 1924) del continente, la primera intendencia comunista de América (Cañada Verde en 1928), la Reforma Universitaria de 1918, y las huelgas bravas de los ’30 que fueron el antecedente necesario del 17 de octubre de 1945, la Resistencia Peronista, el Cordobazo, el clasismo y la guerrilla. Y cada uno, en su momento, expresó un proyecto de país distinto, alternativo, obrero y popular. Estos proyectos fueron reprimidos, perseguidos, ahogados en sangre y, sobre todo, ocultados no sea que fueran ejemplo de que había otros caminos a seguir. Radicales, peronistas, y marxistas de pelaje variopinto siempre tuvieron sectores que reflejaban esta contradicción. Y en el proceso «los intereses económicos» lograron corromper a algunos, matar a muchos, y construir una «patria» para ellos solitos.

Mi Nono y mi abuelo español llegaron aquí sin nada y trabajando construyeron una familia y un país, mientras empresarios y terratenientes, políticos y presidentes, robaban. Pero eso no figura en los libros de historia ni en los discursos de ayer. Como no figura que el Chacho Peñaloza, traicionado por Urquiza, murió asesinado por el Ejército Nacional del General Paunero. Dijo Sarmiento: «no economice sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano». Para muchos, eso no fue violencia mientras que si lo fue que Simón Luengo matara a Urquiza por sus muchas traiciones.

De igual manera abro mi Facebook hoy y me encuentro una felicitación por la fecha patria que me manda la empresa… en inglés; Google hizo lo mismo. Sin desperdicio, y al igual que los sentaditos a la sombra, me pareció revelador de cuán poco independientes y soberanos somos 200 años después de pretender serlo.

Y ya que estamos en eso, me hicieron acordar el gran escritor inglés del siglo XVIII Samuel Johnson que dijo que «el patrioterismo es el último refugio del canalla». Y el país está lleno de peronistas, radicales y zurdos patrioteros. En cambio, hoy los patriotas celebramos a Moreno y Artigas, a Varela y al Chacho, a Pedro Ferré y Simón Luengo, a Alfredo Palacios y Miguel Burgas, a Tosco y a todos los revolucionarios del 70. Hoy los patrioteros y corruptos, como Macri y Cristina, hablan de 1816 y se olvidan de que a pesar de los patriotas ellos han destruido el país que los patriotas trataron de construir. No hay una sola Argentina. La mía no es la de ellos. La mía es para todos. La de ellos es simplemente para ellos. Y no importan los discursos, y lo que digan los historiadores oficialistas, mi Argentina se construye con el esfuerzo de todos y el heroísmo de los desaparecidos de la historia. Pero yo no me olvido, y me esfuerzo para que mis hijos tampoco lo hagan. Y por ende hoy alzamos el vaso de vino y brindamos por el gran pueblo argentino, que no sólo no son ellos, sino que les decimos «no nos han vencido. La lucha será larga, perderemos más batallas pero ganaremos la guerra iniciada hace ya 200 años. Salud.

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