La oposición obrera en la Alemania nazi*

por Tim Mason**

Quisiera comenzar estableciendo una diferencia: la que existe entre la resistencia política de la clase obrera alemana al régimen nazi y lo que quiero denominar la oposición obrera.

A mi entender, la resistencia comprendía sólo las actividades conscientes y de marcado tinte político de los miembros de organizaciones perseguidas: las actividades ilegales y conspiradoras de los grupos y las personas que intentaban debilitar a la dictadura nazi o derrocarla en nombre de la Social Democracia, el comunismo o el movimiento sindical; una actividad política que estaba caracterizada por el rechazo total y absoluto al gobierno Nacional Socialista y que se oponía a su dominio.

Sin embargo, el papel político de la clase obrera en el Tercer Reich no estuvo limitado a esta heroica y trágica lucha clandestina. Junto a la incansable agitación y organización de los grupos ilegales, resurgió el conflicto económico de clases en un vasto frente después de 1936. Dicho conflicto no revestía un carácter netamente político, según se desprende de las razones esgrimidas por los trabajadores involucrados y asentadas en los registros. De hecho, en muchos casos es imposible detectar en las fuentes elementos que comprueben la existencia de factores políticos conscientes. Además, esta lucha por los intereses económicos fundamentales de la clase obrera no parece haber tenido ningún tipo de organización: se ponía de manifiesto a través de huelgas espontáneas, del ejercicio de presiones colectivas sobre las empresas o las organizaciones nazis, a través de los más variados actos de rebeldía en contra de las normas del lugar de trabajo y de los decretos gubernamentales, mediante el trabajo a desgano, el ausentismo, excesivos pedidos de licencias por enfermedad, manifestaciones de descontento, etc.

Esta reticencia por parte de la clase obrera a subordinarse totalmente al sistema nazi puede denominarse oposición, oposición que se valía de las contradicciones existentes dentro del orden económico capitalista y de la dictadura, y que al mismo tiempo las acentuaba. Ocupaba una zona gris en los márgenes de la legalidad fascista y representaba una amenaza de magnitud, si bien no de fondo, para el régimen.

Esta diferenciación entre oposición y resistencia en la clase obrera no es simplemente una cuestión de claridad analítica; se basa en hechos reales de la experiencia de la clase obrera y es en sí misma de vital importancia para cualquier tratamiento del tema, ya que el aislamiento concreto de los grupos de resistencia política de la clase a la que pertenecían fue un triunfo decisivo del régimen de terror policial del Tercer Reich. El poder que tenía la Gestapo implicaba que la resistencia política debía ser, por sobre todas las cosas, secreta. (La única excepción eran los funerales de los miembros de la resistencia que morían durante los interrogatorios o en “un intento de fuga”. Los camaradas y amigos de la víctima se reunían en torno a la tumba, mientras la Gestapo se limitaba a observar.) Por el contrario, el conflicto de clases en el sector industrial era, en todas sus manifestaciones, público: público en el sentido de que el trabajo a desgano, por ejemplo, o las demandas por mejores condiciones de trabajo quedaban inmediatamente registrados por los patrones y los organismos gubernamentales. De hecho, después de 1938 había cada vez más probabilidades de que ese tipo de acciones atrajera la atención de la propia Gestapo.

Creo que fue por estas razones, en primer lugar, que los miembros de los grupos políticos clandestinos no participaban de los conflictos de clase en la industria: de haberlo hecho, habrían salido de su anonimato y habrían puesto en grave peligro su trabajo político. Es más, podría decirse que este aislamiento de la resistencia de la clase a la que pertenecían sus miembros se vio acentuado por el carácter mismo del comunismo alemán después de 1928: los grupos comunistas de la resistencia eran los más activos de todos, pero su trabajo ilegal estuvo caracterizado por la enorme importancia de los factores ideológicos y del sistema de lealtades dentro de la organización. Antes de 1933 el KPD no estaba muy arraigado en la clase obrera industrial, sino en algunos lugares; y de allí en más su lucha clandestina no se nutrió demasiado del conflicto de clases en el lugar de trabajo.

Así, no son los historiadores con su análisis retrospectivo los que establecen la diferencia entre resistencia y oposición: ésta es el resultado de la situación real de la clase obrera durante el dominio nazi. Este hecho se ve aun con mayor claridad en los informes de la Gestapo, del Frente del Trabajo Alemán del partido y de la oficina estatal de asuntos laborales que hacen referencia al descontento de los trabajadores y a los conflictos en el sector industrial. Estas entidades siempre actuaron con el supuesto de que detrás de cada huelga o conflicto había algún “agitador” marxista o algún comunista que movía los hilos. Sin embargo, y a pesar de sus métodos brutales de interrogatorio, la policía pudo probar este supuesto fehacientemente en muy pocas ocasiones, y las veces en que lo consiguió, se encontraba generalmente con ex miembros de partidos políticos de clase obrera y no con activistas clandestinos, lo cual generaba un alto nivel de desconcierto y dudas en el régimen nazi.1

A pesar de todo esto, no debemos permitir que el hecho de diferenciar resistencia de oposición nos lleve a pensar que la oposición obrera era totalmente apolítica. ¿Podríamos saber algo más sobre sus características específicas si analizamos la magnitud y las formas que tomaba esta oposición? ¿Qué significan términos como “político” y “apolítico” en el marco de la clase obrera alemana en el Tercer Reich? ¿En qué sentido se puede hablar de conflicto de clases cuando una clase ha sido despojada de la posibilidad de organizarse y formarse políticamente? ¿Qué fue lo que determinó el comportamiento de los obreros industriales en los años del régimen nazi? El tema de la oposición obrera plantea todas estas cuestiones y muchas otras de difícil interpretación.

En este breve trabajo me es imposible tratar con profundidad el marco institucional y económico de estas cuestiones, pero hay dos aspectos de los orígenes y de la instauración de la dictadura nazi que son de gran importancia para el estudio de la oposición obrera. En primer lugar, debemos dejar bien en claro que las organizaciones del movimiento obrero fueron disueltas por la fuerza en 1933, y que no fueron socavadas en forma gradual desde adentro, hostigadas desde lo político y luego “coordinadas” mediante maniobras tácticas, como sucedió con muchas de las organizaciones de la clase media. En su conjunto, el movimiento obrero alemán no se había visto demasiado debilitado en los años de crisis anteriores a 1933: el partido nazi no había logrado socavar la lealtad de los miembros y los simpatizantes de los partidos y sindicatos de manera significativa. En consecuencia, en este sector, el Tercer Reich comenzó con un acto de destrucción física y represión a gran escala. Esta eliminación rápida y brutal del movimiento obrero le brindó al régimen muchos beneficios en el corto plazo, pero iba a dejar tras de sí un legado de hondo resentimiento en la clase obrera, la que, en términos políticos e industriales, ya contaba con una larga historia y experiencia y, en gran medida, había sido bien formada por sus organizaciones. Es fundamental subrayar que un gran número de trabajadores que participaron de la oposición de fines de la década de 1930 habían integrado o apoyado estas organizaciones obreras durante años. La demagogia fascista no pudo eliminar lo que habían aprendido de esta actividad.

Un segundo tema conceptual es que tanto la victoria política del nazismo sobre el movimiento obrero como los poderes extraordinarios que lograron los patrones sobre los obreros a partir de la legislación de 1933-34 fueron consecuencia de la crisis económica y de la falta de trabajo generalizada. En gran medida, la represión contra el movimiento obrero comenzó en el mercado laboral: mientras duró el terror político de 1933 y aun después, el miedo generalizado a la falta de trabajo, al hambre y la miseria fue una gran fuerza disciplinadora que se ejerció sistemáticamente sobre la clase obrera. Durante los dos primeros años de gobierno nazi, los patrones y el partido decidían quién conseguía empleo o lo conservaba; sin embargo, esta herramienta básica y tan común del ejercicio del poder dictatorial por parte del Estado, el partido y el capital se vio debilitada por la política de rearme del régimen.2

El pleno empleo, resultado de esta política, sentó las bases para la aparición de la oposición obrera y le proporcionó una de sus formas de expresión más evidentes. El rearme transformó la desocupación masiva en escasez de mano de obra. Este cambio ocurrió en un mercado laboral que siguió desregulado en gran medida hasta mediados de 1938, ya que desde el punto de vista de las empresas y del Estado, el hecho de que los trabajadores pudieran cambiar libremente de trabajo constituía un mecanismo aceptable que garantizaba la oferta de mano de obra para la creciente industria armamentista, en tanto tuviera como objetivo reubicar a los desocupados. Pero pronto, grupos clave de obreros calificados, y poco tiempo después, todos los asalariados se dieron cuenta de que les era posible vender su trabajo al mejor postor: a fines de 1938 había un millón de puestos vacantes, un millón de puestos por cubrir en toda la economía alemana.3 Los obreros cambiaban de trabajo dentro del mismo sector de la industria con el objeto de conseguir un mejor sueldo. La rotación laboral creció de tal manera que en 1938-39 todas las personas con empleo estable cambiaban de trabajo, en promedio, cada doce meses.4 Para ese entonces, sólo una pequeña parte de estos cambios obedecía al movimiento de obreros hacia la industria armamentista (mientras que los sectores que seguían perdiendo mano de obra, especialmente la agricultura, ya no podían darse ese lujo). La rotación laboral se convirtió en uno de los principales problemas en las fábricas: antes de que se fuera un obrero, había extensos debates en la planta; el nuevo obrero necesitaba tiempo para adaptarse; los sueldos subían; los costos de producción subían aún más. Esta situación generaba quejas cada vez más numerosas y vehementes por parte del sector industrial, aunque es necesario reconocer que este hecho, de por sí, no basta para demostrar que existía relación alguna entre la rotación laboral y la oposición obrera.

Sin embargo, esta situación no obedecía al comportamiento impersonal y automático de las leyes de la oferta y la demanda en el mercado laboral: ese tipo de fenómenos sólo ocurre en los libros de economía. Había nuevas posibilidades de acción que los obreros sólo tenían que reconocer y usar. Por un lado, en el plano individual, los obreros especulaban con las condiciones del mercado y buscaban su propio provecho cada vez que podían; tales prácticas casi siempre se oponían a los intereses del sector industrial y del régimen, y generalmente estaban relacionadas con el desacato a los reglamentos y el incumplimiento del contrato laboral. Pero había otro tipo de acciones –más importantes de destacar en el contexto de este trabajo– que estaban fundadas en la solidaridad entre los obreros. A partir de 1936, gran parte de los informes daban cuenta de que los obreros iniciaban acciones colectivas con el objeto de que sus demandas tuvieran mayor peso. Ante condiciones de creciente escasez de mano de obra, la amenaza de despido ya no era un instrumento de los patrones para imponer disciplina, sino más bien un elemento de presión que utilizaban los grupos de trabajadores que, de un modo u otro, podían unirse dentro de una empresa. Las demandas por mayores salarios acompañadas de amenazas verosímiles de renuncias colectivas se volvieron bastante comunes. La mayoría de las veces estas tácticas eran efectivas, especialmente dentro de la industria de la construcción, donde las pequeñas y medianas empresas tenían que enfrentarse con la posibilidad de que toda la fuerza laboral actuara en forma conjunta y solidaria; sin embargo, esto también ocurría en otros sectores. Las empresas del sector del vidrio y las madereras tuvieron que soportar las mismas presiones en 1937; y en el otoño de 1938, la oficina de asuntos laborales informó que las negociaciones y amenazas colectivas de este tipo ocurrían cada vez con mayor frecuencia, a pesar de que el gobierno había ampliado el tiempo de preaviso. Generalmente, este tipo de medidas tenía éxito.

En muchos otros casos los informes se refieren a las presiones colectivas ejercidas por los trabajadores, pero no mencionan amenazas. En las minas de carbón y en las industrias gráficas y papeleras de la zona del Rühr, por ejemplo, las autoridades del Frente del Trabajo no tuvieron más alternativa que pedir aumentos salariales en nombre de los obreros. Aunque supuestamente no eran sus voceros, el ambiente estaba tan agitado que no les quedó otra opción. Esta organización fascista no tenía fuerza suficiente para imponer la política salarial del gobierno en las fábricas, y por esa razón muchas veces era objeto de presiones por parte de sus miembros cautivos. En muchos otros casos las fuentes simplemente señalan la existencia de demandas colectivas, sin especificar de qué tipo de medida se trataba. Entre estas acciones se incluyen las de grupos de trabajadores que no tenían una fuerte tradición de militancia sindical, como los trabajadores agrícolas de las provincias del norte de Prusia, los obreros del sector textil (tanto hombres como mujeres) de Hesse y Sajonia, y los empleados del comercio minorista que, en los dieciocho meses previos a la invasión a Polonia, organizaron una campaña, en parte exitosa, para conseguir que los comercios cerraran temprano los sábados.5

La puesta en práctica de este tipo de solidaridad no estaba expresamente prohibida por el régimen, pero requería cierto grado de independencia colectiva que era fundamentalmente incompatible con el sistema de dominación nazi y cuya destrucción fue uno de los principales objetivos de la política interna del régimen. Se trataba de la solidaridad propia de una conciencia de clase prácticamente intacta, y fue por esta razón que el gobierno y las organizaciones del partido seguían los acontecimientos tan de cerca. No era una mera cuestión económica, al menos en el sentido estricto de la palabra: en numerosas ocasiones los trabajadores en conflicto utilizaban argumentos de justicia social de los sindicatos o de la Social Democracia, que eran reconocidos como tales por las autoridades, en cuyos registros debemos confiar. Así, en repetidas oportunidades se menciona que los trabajadores estaban al tanto de la evolución general de las ganancias, los precios y los salarios, y usaban las cifras pertinentes para justificar sus demandas. Esta misma sensibilidad que tenían para percibir la realidad económica, este mismo sentido de justicia social, también se evidencia en los habituales debates que tenían los trabajadores acerca del alto porcentaje que les seguían descontando en concepto de seguro de desempleo a fines de la década de 1930, época en la que prácticamente ya no había desocupación. (El gobierno no confiaba lo suficiente en su propaganda política como para dar a conocer el hecho de que con ese dinero estaba financiando la construcción de autopistas.)6 La gran cantidad de rumores que circulaban entre los trabajadores a fines de la década de 1930 también demuestran el efecto duradero y productivo que habían tenido los largos años de luchas sindicales anteriores a 1933. En un contexto de crecientes dificultades económicas y de problemas evidentes para todos los trabajadores corrían incesantes rumores de que el gobierno tenía la intención de abolir la jornada de ocho horas, reducir los sueldos, racionar los alimentos y muchas otras cosas más. Tales rumores eran una representación del modelo de desarrollo económico imperante, del que a su vez se nutrían; de hecho, si el gobierno hubiera actuado en provecho propio, debería haber puesto en práctica estas medidas, pero antes de junio de 1938 desistió de hacerlo por temor a la oposición que seguramente generarían.7

La propaganda política del fascismo no pudo destruir este tipo de conciencia de clase; incluso a veces la lealtad a las organizaciones sindicales se expresaba abiertamente. En junio de 1937, por ejemplo, la gran huelga minera de 1889 y sus resultados “supuestamente positivos” fueron objeto de acalorados debates en las minas de carbón del Ruhr. El verano anterior, el Ministerio de Trabajo le había advertido a la prensa nazi que no publicara la totalidad de los informes sobre las huelgas en Francia que obraban en ese Ministerio. La intención de esos informes era enfatizar la superioridad del orden social germano sobre la caótica ineficiencia de la Francia dividida. Sin embargo, por otras razones bien distintas, los informes despertaban “excesiva atención” entre los obreros alemanes, que no solían leer la prensa nazi con especial interés. La advertencia se repitió en 1937.8

Las huelgas, así como las amenazas de huelga y los acalorados conflictos industriales eran bastante frecuentes en Alemania después de 1935. Un importante documento oficial emitido en octubre de 1936 indicaba que los intentos de huelga por parte de los trabajadores calificados con el objeto de conseguir aumentos salariales ya no eran una rareza.9 Hace poco se descubrió en la Biblioteca Wiener de Londres un registro de las huelgas de la época: en el período de dieciocho meses que se extiende desde febrero de 1936 hasta julio de 1937 las autoridades de la Oficina de Información del Frente del Trabajo registraron 192 conflictos, entre huelgas y protestas. Para los historiadores, este memorándum confidencial tiene muchos defectos y el registro de huelgas ni siquiera es completo, pero es el mejor documento sobre este tema que se conoce a la fecha, y las huelgas que aparecen registradas allí pueden tomarse como una muestra amplia y representativa de las que efectivamente tuvieron lugar.10

Casi todas las huelgas eran pequeñas. Sólo en seis de ellas participaron más de ochenta personas y el promedio probablemente no era de más de treinta. En todos los casos, la huelga se limitaba a un único lugar de trabajo, y en las empresas más grandes, a un solo departamento. Este hecho pone de manifiesto un punto de especial importancia: con excepción de los grupos más pequeños, el terror policial había despojado a la clase obrera de su capacidad para lograr una solidaridad activa espontánea. Sin sus propias organizaciones, los grupos de obreros en situaciones conflictivas estaban muy aislados. Además, las huelgas tenían una duración corta: la Gestapo y las autoridades del gobierno y del partido siempre llegaban al lugar del conflicto en el día, generalmente, a las pocas horas de haber empezado el problema. Todas las huelgas parecen haber tenido el objetivo de reclamar mejores salarios o mejores condiciones laborales; a veces estaban motivados por subterfugios de los patrones o las bolsas de trabajo. Algunas huelgas tenían por finalidad defender los derechos de los obreros, otras, según parece, se realizaban para obtener mejoras: hay fuentes confiables que hacen referencia a este último tipo de huelgas durante estos años. La información proveniente de los registros hallados es demasiado escueta y no permite un análisis más profundo, pero hay un hecho que se destaca: dada la prohibición de hacer huelgas, la represión y la vigilancia permanente, y la certeza de que la Gestapo iba a arrestar a los huelguistas, se necesitaba muchísima determinación y solidaridad para iniciar una huelga. Más de diez huelgas por mes, diseminadas en casi todos los sectores de la economía, no era poco. Y por supuesto, los obreros que a último momento decidían suspender una huelga que había sido organizada no figuran en las estadísticas, como el caso de una empresa en la que simultáneamente todos los trabajadores decidieron ponerse las guarniciones de goma roja de las botellas de cerveza alrededor de los botones de las chaquetas. Estos trabajadores aseguraban que necesitaban las arandelas para sujetar los botones.11 Aparentemente, no ocurrió nada más, pero el hecho de que este incidente aparezca en los registros demuestra que las autoridades y los patrones se estaban poniendo nerviosos: ya no se podía confiar en eslóganes como “paz industrial”, “la gran comunidad del esfuerzo” y otras frases destinadas a reafirmar la imagen optimista que intentaba dar el gobierno.

Una de las razones para que esto fuera así era la débil presencia nazi en la planta. Este hecho se ve claramente en un informe sobre una huelga en una fábrica de vidrio a principios de 1937. Los voceros nazis de los obreros –que supuestamente tenían la responsabilidad de robustecer el clima de confianza en las empresas– terminaron haciendo huelga junto a 150 obreros. Entre esos “enlaces obrero-patronales”12 había miembros de la SS y otros que se habían capacitado para ejercer el cumplimiento de sus tareas.13 En años posteriores hay más ejemplos que muestran cómo la solidaridad de clase en las plantas predominaba por sobre las lealtades políticas al nazismo. A fines de 1938, por ejemplo, se le encargó a un supervisor de una gran empresa rever (es decir, reducir) lo que se pagaba por pieza. Se trataba de un miembro de la organización nazi SA [Sturmabteilung]. Algunos obreros afectados por la rebaja de sueldos, que también eran miembros de la misma organización, le dijeron que eligiera entre hacer su trabajo o seguir perteneciendo a la SA. Este es un ejemplo de cómo una organización nazi y su ideal de camaradería se utilizaron en contra de sus objetivos originales.14

La razón por la que estos conflictos en la industria no fueron más graves y más numerosos fue que los patrones solían –cada vez con mayor frecuencia– ceder a la presión que recibían desde abajo: los jornales semanales de la industria aumentaron con rapidez en los años previos a la invasión a Polonia, en promedio, alrededor del 17%.15 Pero para la industria no era simplemente una cuestión de ceder a la presión de los obreros. Para poder tomar más mano de obra, las empresas del sector armamentista –que estaba en pleno auge– se vieron forzadas a tomar la iniciativa de mejorar los salarios y las condiciones laborales, y también además, a que este hecho se supiera. Al reclutar trabajadores de otras firmas, ponían en evidencia el nuevo equilibrio de fuerzas imperantes en el mercado laboral. No podían actuar de otra manera, ya que el Estado por un lado no quería regular el mercado laboral para beneficiar a las empresas pero a la vez exigía un rápido aumento en la producción de armas. El mecanismo que utilizaban para atraer trabajadores de otras empresas –salarios más altos, un seguro médico más completo, comedor con precios económicos, vacaciones bien pagas, facilidades para el traslado a la fábrica, gratificaciones, regalos de Navidad, la posibilidad de comprar un Volkswagen en cuotas, etc.– sólo conseguía aumentar en los trabajadores la conciencia de cuánto valían en el mercado. Esta situación se veía exacerbada ya que la competencia por conseguir mano de obra no se limitaba a las mejores ofertas de trabajo que aparecían en los diarios, sino que a veces asumía formas más burdas: en el otoño de 1936 un equipo de fútbol de una firma de Magdeburgo viajó un fin de semana a Berlín para jugar un partido contra el equipo de Rheinmetall-Borsig. La empresa de Berlín ofreció pagarles a los visitantes sueldos más altos y todos ellos se quedaron a trabajar para Borsig.16 El costo de estas políticas se trasladaba al Estado en forma de mayores precios de armamentos y otros contratos. Desde la perspectiva del gobierno del Reich, a partir de 1938 comenzaba a vislumbrarse que el problema del conflicto de clases en el mercado laboral quizá fuera el resultado de la connivencia entre las dos partes involucradas y que el único resultado seguro sería el debilitamiento del sistema financiero. Como dijo un general bien informado, era “una guerra de todos contra todos”.17

En general, estas empresas no gastaban muy bien su dinero: los salarios más altos y los demás beneficios que brindaban no hacían que los obreros estuvieran más satisfechos o desistieran de conseguir otras ventajas materiales. Un “enlace obrero-patronal” detectó este problema desde sus inicios: los aumentos de sueldo, decía, “no han mejorado el ánimo de los obreros; incluso pareciera que están cada vez más insatisfechos”.18 En muchos casos era evidente que la benevolencia de los patrones era apenas un método pragmático para asegurarse la mano de obra.

Si bien hasta ahora ha habido pocas pruebas de que la patronal se preocupara genuinamente por el interés social de aquellos obreros en los que depositaba su confianza, la conciencia social (de los patrones) está creciendo en forma proporcional a la escasez de mano de obra.19

Era muy poco probable que los obreros se sorprendieran por cosas como estas:

Las fábricas de armamentos están realizando el mayor esfuerzo posible por introducir reformas sociales y beneficios varios. El hecho de que precisamente en este tipo de empresas puede verse indisciplina con frecuencia prueba que los tan ansiados efectos psicológicos (de las medidas de bienestar) no están dando los resultados esperados, y que muchas veces se consigue el efecto contrario.20

Estos intentos por apaciguar a los obreros y lograr que se sintieran más identificados con la empresa mediante concesiones y beneficios adicionales nos lleva a la segunda parte del análisis de la oposición obrera: la productividad y la disciplina. Según la ideología oficial, las mejoras en las condiciones de trabajo tenían como principal objetivo aumentar la productividad: se decía que los obreros retribuirían el interés que la industria ponía en ellos –interés que se manifestaba mediante una mejor iluminación, reducción de ruidos, comedores, programas de salud, la posibilidad de hacer deportes, etc.– con trabajo arduo. Fuerza a través de la alegría [Kraft durch Freude] no era simplemente el nombre de la organización más conocida en esta área, también era un programa.

Pero las expectativas no se cumplieron. A fines de la década de 1930 la productividad por obrero parece haberse reducido en muchos sectores de la industria, lo cual era un tema determinante tanto para la industria como para el régimen ya que ponía en peligro el impulso rearmamentista y con ello toda la política de expansión a través de la guerra. A pesar de la importancia que revestía este problema, nunca se lo investigó exhaustivamente en aquella época, hecho que permite ver la indiferencia del régimen con respecto a los métodos científicos modernos, pero que también hace que a los historiadores nos resulte difícil interpretar lo que sucedía. Prácticamente no hay datos estadísticos confiables. La única excepción son las minas de carbón, donde la producción per cápita descendió un 10% entre 1935 y 1938.21 Más allá de eso, sólo cuento con cifras concretas de varias empresas constructoras, en las que la productividad cayó entre el 9% y el 60% durante el mismo período. Según cálculos bastante aproximados que datan de julio de 1938, la productividad en la industria de la construcción había descendido un 20%. Ese mismo año, el jefe de la repartición correspondiente a Sajonia estimó que la caída en todas las industrias estaba entre el 15% y el 30%.22 Aparte de eso, un gran número de informes generales subjetivos emitidos por los dueños de las industrias y la oficina de asuntos laborales mencionan quejas sobre la caída de la producción y el decaimiento anímico de los obreros sin especificar los porcentajes. (No es tan fácil hacer este tipo de estimaciones en algunos sectores industriales en donde los cambios técnicos implican que cada tanto se modifiquen los parámetros de medición.) Las estadísticas económicas en su conjunto también señalan una caída en la productividad, pero no nos permiten hacer cálculos precisos. Los índices de producción industrial de Hoffmann dividen la industria en diferentes sectores basándose en las categorías utilizadas para medir el índice de ocupación, pero es de notar que estos índices muestran una disminución en la tasa de crecimiento de la producción en la mayoría de los sectores en los años 1938-39, y estancamiento en uno o dos sectores.23 Así, podemos suponer que el problema de la productividad era grave en realidad, aunque todavía no es posible determinar hasta qué punto.

Tampoco es posible determinar con exactitud las razones que motivaron este problema. Una caída generalizada de la productividad puede obedecer a una diversidad de causas: escasez de materias primas y repuestos, mala planificación de la producción, desgaste de la planta, cuellos de botella en los sectores de ingeniería y maquinarias-herramientas, y, en las minas, el intento de explotar vetas más difíciles. Hoy en día no hay duda de que todos estos factores influyeron en Alemania a fines de la década de 1930. Desde el gobierno, la industria y todos los demás sectores se admitía que los intensos preparativos para la guerra, junto con un nivel de consumo relativamente alto, habían derivado en una sobre exigencia de todo el sistema económico.

Sin embargo, los industriales y los altos funcionarios estatales de la época tenían la certeza de que el factor más importante era, sin lugar a dudas, el hecho de que los obreros no trabajaban con el mismo empeño. Hay informes y memorándums emitidos en los años 1938-39 repletos de ejemplos de mala disciplina laboral o “decaimiento de la moral en el trabajo”, como solían llamarla. Las fuentes consultadas dan la impresión de que las descripciones detalladas de esas actitudes tenían por objeto ocupar el lugar que antes tenían las estadísticas sobre la productividad. Si bien tal vez no podría probarse con exactitud, era evidente que el problema principal era “el factor humano”: simplemente los obreros no colaboraban.

En términos generales, podemos considerar que estos informes eran precisos en sus descripciones, pero no sería desacertado tener cierto grado de dudas al respecto porque no es raro que los patrones proporcionen información poco fidedigna sobre los obreros. De hecho, en algunos casos es muy posible que se hayan presentado informes sobre la baja productividad con el objeto de culpar a los obreros por algún objetivo de producción no alcanzado, por el cual, de otro modo, el mismo patrón debería haberse hecho responsable: algunos gerentes de empresas armamentistas afirmaban, por ejemplo, que sus obreros estaban tan cansados e insatisfechos que intencionalmente habían impedido el cumplimiento de los plazos establecidos en los contratos militares.24 Sin embargo, también puede ser que dijeran la verdad; es muy difícil comprobarlo cuando han pasado ya tantos años. En general, la inmensa cantidad de quejas, el hecho de que provengan de fuentes diferentes en forma simultánea, y de que existió la posibilidad de que algún sector de la burocracia estatal las verificara individualmente, nos hace pensar que la información es confiable. Esta impresión se confirma al analizar la política del gobierno, que actuaba como si todo esto fuera cierto.

Bajo la polémica denominación común de “decaimiento de la moral en el trabajo”, quienes detentaban el poder en el Estado y en la industria incluían un conjunto de actitudes muy diversas. Se advertía con frecuencia que los trabajadores, que como tenían buenos ingresos podían darse el lujo de que les descontaran los días de inasistencia, faltaban al trabajo durante varios días seguidos, especialmente los mineros y los trabajadores de la construcción. En una mina de Silesia el ausentismo se quintuplicó en un período de doce meses, de modo tal que el 7% de la fuerza laboral no iba a trabajar, y en agosto y septiembre de 1939 el 20% de los trabajadores de las fábricas de armamento de Berlín no se presentaban al trabajo el día posterior al cobro de su salario semanal, y esto ocurría en el contexto de una guerra.25 Algunos empresarios dejaron de aplicar las multas establecidas por ausentismo, temiendo que los trabajadores adoptaran una actitud aun más desafiante. El rechazo a trabajar horas extra era cada vez mayor, pues nadie quería desperdiciar su tiempo de descanso. Eran frecuentes las quejas contra la lentitud y el mal desempeño en las tareas, y los trabajadores presionaban a sus colegas más diligentes para que fueran menos productivos. Aumentó el consumo de alcohol en el trabajo y se volvieron frecuentes los conflictos y peleas con capataces y gerentes. Se producían accidentes y se causaban daños en las máquinas por negligencia, y esos incidentes muchas veces parecían casos de sabotaje industrial. Creció con rapidez el índice de enfermedades, lo que provocó que muchos planes de seguro social entraran en déficit, y no había dudas de que parte de esas enfermedades en realidad eran simuladas por trabajadores que querían faltar unos días al trabajo. La lista no termina aquí, estos ejemplos son sólo un compendio de un espectro amplio, variado y difuso de casos.

¿Cuál era el verdadero peligro de este “desmoronamiento de la disciplina laboral”? No es fácil dar una respuesta, sobre todo por el hecho de que las personas cuyo comportamiento estamos analizando tenían buenas razones para esconder sus motivos: el ocultamiento y el engaño se contaban entre los recursos más importantes del arte de la supervivencia utilizados durante la dictadura nazi. Quienes se ausentaban de su trabajo repetidas veces sin una buena justificación y luego eran arrestados no estaban dispuestos a decirle a la Gestapo que habían actuado de esa manera porque consideraban que el régimen era criminal, que rechazaban la represión, la explotación y la guerra, aunque eso fuera lo que pensaran, porque lo que iban a obtener con tales declaraciones era un pasaje sin escalas al campo de concentración. En cambio, manifestaban estar exhaustos o tener que resolver problemas familiares, motivos que no necesariamente eran falsos. “Hoy todo es engaño, por lo tanto tenemos que obrar en consecuencia”, le dijo el vocero de un grupo de trabajadores al empresario para el que trabajaban.26 Quizás esa fuera la única verdad. Nuestras fuentes provienen únicamente de las autoridades, por lo que son difíciles de interpretar, aun cuando aparecen citas directas o indirectas de los trabajadores, quienes, cuando se los interrogaba, dejaban en claro que sabían que se les mentía constantemente y respondían con la misma moneda.

A partir de su propia experiencia, los empresarios y los funcionarios estatales explicaron el problema de dos maneras. En un principio recurrieron a la hipótesis de que la demanda de trabajadores había alcanzado un nivel tan alto que la industria se vio forzada a incorporar “material humano inferior”, personas con características físicas o de personalidad que normalmente habrían sido un impedimento para obtener el puesto, los que la Gestapo denominaba “elementos antisociales”. Es probable que hubiera algún caso aislado que sustentara esta especulación enmarcada dentro del darwinismo social, pero eso no explica el hecho de que la “moral en el trabajo” con frecuencia fuese muy baja incluso entre los trabajadores calificados y semicalificados con buenos salarios. De ahí que las autoridades tendieran a recurrir a una versión elemental de la teoría del ejército de reserva de la fuerza laboral y a considerar que el desmoronamiento de la disciplina era una consecuencia automática e inevitable del pleno empleo: a partir de 1938 casi todos los trabajadores podían estar seguros de que eran irreemplazables y de que, si los despedían por mal desempeño, conseguirían otro puesto. Según se pensaba, uno de los fundamentos de la disciplina laboral era el temor a perder el trabajo, pero como ese temor había desaparecido los trabajadores ya no se esforzaban como antes.

Evidentemente, esta explicación es demasiado simple y general, cuando en realidad la psicología del trabajo y la psicología de clase son más complejas. A fin de cuentas, incluso en los años 1938-40, el orgullo por el oficio y por el éxito en el trabajo no desapareció por completo de las fábricas alemanas. Sin embargo, la hipótesis es más inadecuada que falsa, pues el pleno empleo favoreció el crecimiento de la oposición de los trabajadores y no puede dudarse de que muchos efectivamente se aprovecharon de la nueva situación del mercado laboral en beneficio propio. De acuerdo con los documentos consultados, esta actitud, según la cual la tranquilidad y la conveniencia personal, las necesidades individuales, el esparcimiento y el descanso eran determinantes centrales de la conducta en el trabajo, parece haber tenido especial difusión entre los trabajadores jóvenes y las mujeres, entre las que había una gran proporción de jóvenes. Es probable que en 1939 la mayor parte de las personas incluidas en esos dos grupos tuviesen poca o ninguna conciencia del movimiento de la clase trabajadora; además, la educación que el Nacional Socialismo impartía a los jóvenes, que hacía hincapié en una cultura juvenil de aventura y entusiasmo, no los preparaba para la ardua rutina laboral en la fábrica. Por su parte, las mujeres en muchos casos tenían que cargar con la típica doble tarea del trabajo en el hogar y en la fábrica, y a menudo su prioridad eran las tareas hogareñas. En cuanto a los motivos, es posible pensar que esta parte del debilitamiento de la disciplina en el trabajo haya sido apolítica; no lo sabemos a ciencia cierta, pero es llamativo que hubiera un conflicto cada vez más serio entre los simples intereses privados de un gran número de trabajadores y las exigencias del rearme y la guerra.27

De ningún modo se agota el tema aquí. La “falta de disciplina en el trabajo” no era exclusivamente una cuestión individual, también en este aspecto la solidaridad de grupo era muy evidente. Desde 1938, el número de huelgas parece haber sido menor que en años anteriores, pero la presión colectiva informal sobre los empresarios siguió siendo muy fuerte. Por ejemplo, los intentos por exigir mayor productividad solían enfrentarse con una oposición en la que los trabajadores afectados cooperaban entre sí deliberadamente. Asimismo, parece bastante improbable que el ausentismo en masa que había en ciertas empresas ocurriera sin acuerdo entre los trabajadores, y lo mismo se puede decir del rechazo a trabajar horas extra y de los permanentes reclamos por aumentos salariales. Estos fenómenos parecen ser más que “falta de disciplina en el trabajo”, más bien representaban nuevas formas de oposición específicas de clase que dependían de la solidaridad de grupo a gran escala y que constituían la táctica adecuada dentro de un régimen de terror represivo. En un lacónico informe sobre el estado de cosas en ciertas minas de lignito ubicadas cerca de Dresde, el Inspector de la Economía de Guerra escribió:

Epidemia de ausentismo. También, reiterados reclamos por vacaciones más prolongadas. Amenazas de despido sin preaviso no tienen ningún efecto.

El informe es de marzo de 1939.28

La actitud desafiante de la clase trabajadora se hace más notoria cuando se coteja el proceso de desmoronamiento de la moral en el trabajo con el progresivo aumento de una dura intervención estatal que afectaba los derechos e intereses de los obreros. De hecho, en muchos casos la falta de disciplina era la expresión directa y consciente del resentimiento contra las modificaciones implementadas en el régimen laboral. Cada medida que se imponía despertaba una nueva ola opositora, lo que lleva a descartar la idea de que la actitud de los trabajadores se debía solamente al pleno empleo y a la seguridad económica.

Las reacciones contra las medidas del gobierno comenzaron con los primeros intentos por restringir la libertad de cambiar de trabajo, a la que los trabajadores daban gran importancia no sólo por principios sino porque garantizaba la posibilidad de progreso laboral y económico. Los obreros calificados de una empresa de ingeniería, por ejemplo, montaron una escena en respuesta a las nuevas restricciones de 1937 andando a rastras por la planta fabril como si estuvieran encadenados a su lugar de trabajo. Un grupo de obreros que se dedicaban a la producción de canastas en Baviera quisieron ocupar puestos en el sector de la construcción, pero la bolsa de trabajo no les otorgó el permiso para cambiar de empleo, por lo cual renunciaron al Frente del Trabajo y se negaron a cumplir con el pago de sus aportes.29 En 1938 se impusieron restricciones legales similares en muchas otras ramas de la economía, y en todas provocaron la misma indignación en los trabajadores, que reaccionaron rebelándose sistemáticamente y que sabían muy bien cómo hacer que los empresarios los despidieran: el mal desempeño y la falta de disciplina se contaban entre los principales métodos para conseguir un cambio de trabajo que se les había prohibido en primera instancia. Así, esa clase de oposición a las nuevas restricciones fue en gran medida individualista e instrumental en tanto permitió que una gran cantidad de trabajadores obtuviesen un trabajo mejor. El descontento profundo, en cambio, era general, y las restricciones solían recibir duras críticas.

Pero los dos conjuntos de medidas adoptadas después por el gobierno afectaron a grupos enteros de trabajadores y muchas veces a todos los empleados de ciertas empresas. A partir de junio de 1938, el Estado trató de impedir aumentos salariales valiéndose de medidas administrativas y de la legislación penal, y también trató de imponer una reducción de salarios a los trabajadores de dos de los principales sectores de la industria. Tales medidas no provocaron sino mayor apatía, resignación y resentimiento en la clase trabajadora; no habían sido ideadas para levantar la moral, precisamente. En casi todas las empresas donde efectivamente se redujeron los salarios hubo una caída de la producción; fue, como se observó en ese momento, como si los trabajadores que cobraban un salario fijo, sin beneficios por productividad, hubieran querido disminuir su rendimiento en forma proporcional a la reducción de sus ingresos, lo que constituye un llamativo testimonio de la vigencia de la solidaridad gremial.30

Al mismo tiempo, el gobierno instauró un plan de reclutamiento de civiles que tenía fuerza de ley, por medio del cual podía obligar a los trabajadores a aceptar un trabajo determinado, y a las personas reclutadas muchas veces se las separaba de su familia. A pesar del terror policial y de la campaña de propaganda que promovía el sacrificio por el Führer, el Pueblo y la Patria, entre otros valores, esa medida también provocó una fuerte oposición. En Berlín, las mujeres protestaron en las estaciones de ferrocarril cuando se trasladó a los hombres de su familia para la construcción de la Línea Siegfried. Entre los que fueron reclutados, muchos ni siquiera se presentaron en el nuevo lugar de trabajo; además, en muchos casos la productividad de los que se presentaron fue tan baja que después de un tiempo muchos empresarios desistieron de su derecho a solicitar personal así reclutado y decidieron enfrentar el problema de la falta de mano de obra sin recurrir a la asistencia ofrecida por el Estado. Los trabajadores reclutados también hicieron huelgas para reclamar por su estado legal, su salario y las condiciones de trabajo.31

Así y todo, esa oposición se vio eclipsada por la reacción de los trabajadores contra las medidas de guerra de septiembre de 1939, por medio de las cuales el gobierno ordenó nuevos recortes salariales, aumentó el reclutamiento de civiles, extendió la jornada laboral, suprimió las bonificaciones por horas extra y las vacaciones pagas. Como consecuencia de la pérdida de casi todos los derechos que los asalariados conservaban hasta ese momento se generó una ola de resentimiento masivo. El aumento del ausentismo y del rechazo a trabajar horas extra y durante el fin de semana fue tal que, en octubre, la producción se vio seriamente afectada. Apelar al patriotismo de los trabajadores no surtió gran efecto, aunque el país ya estaba en plena guerra. Un Secretario de Estado dijo que la “actitud de los trabajadores, en términos formales, equivale a un sabotaje”. El gobierno se vio forzado a suspender la mayor parte de las medidas de guerra por temor al desmoronamiento del “frente interno”.32

Ahora bien, no es posible demostrar que lo que ocurrió en las fábricas alemanas durante las primeras semanas de la guerra reflejara un rechazo general a la guerra en sí por parte de un segmento importante de la clase trabajadora, hipótesis que no encuentra sustento en las fuentes consultadas pese a que es cierto que en ese momento la guerra no era muy popular entre los alemanes. Es decir, probablemente no quepa hablar de resistencia en sentido estricto, pero es evidente que lo que ocurrió no respondía exactamente a una “falta de disciplina en el trabajo”; más bien, se debía a una amplia negativa a cooperar por parte de la clase trabajadora, una negativa marcada por la conciencia económica de clase en el sentido más amplio, una actitud impulsada por la fuerza, todavía vigente, de la solidaridad que caracterizaba al antiguo movimiento obrero. La negativa a cooperar fue el método más adecuado para reivindicar los intereses inmediatos de clase mientras se vivía en dictadura. Dada la ausencia de organizaciones sindicales, no estaban dadas las condiciones para actuar con mayor agresividad o decisión como en una “revuelta” o en un “motín”, a los que Hitler tanto temía;33 por lo demás, de haberse producido, habrían sido reprimidas con brutalidad despiadada, algo que todos sabían. El rechazo a cooperar fue lo más adecuado a la situación, pues tuvo tal magnitud que el gobierno se vio forzado a modificar su política económica y social en un período de 5 a 12 semanas, resultado importante, pues las concesiones hechas por el gobierno no se condecían con los requerimientos bélicos.

Vista en detalle, la oposición representó una nueva forma de lucha de clases: un conflicto difuso, casi tácito, que carecía tanto de reglas y de procedimientos para la resolución temporaria de los asuntos como de los objetivos parciales específicos que la existencia de organizaciones de clase independientes impone a la lucha de clases. Fue una guerra de trincheras no regulada y aparentemente interminable, librada a lo largo de un frente extenso e impreciso, en la que la clase trabajadora luchó con las pocas armas que le quedaban (el retiro parcial de la fuerza laboral), y el gobierno, que tuvo que aceptar que no había alcanzado los objetivos propuestos, sólo esperaba ganar algo de tiempo y se vio limitado a combinar concesiones materiales con terror policial.

Unos pocos representantes de los grupos de poder efectivamente reconocieron cuál era el verdadero peligro, y el veredicto fue lo ya citado anteriormente: “en términos formales, sabotaje”. Quizás un poco más precisa es la frase “resistencia pasiva”, pronunciada algunas veces por los funcionarios.34 El propietario de una curtiembre de Dresden habló de una “huelga encubierta”, una denominación bastante exacta.35 Un funcionario jerárquico del Cuerpo de Economía de Guerra trató de descubrir qué era lo que se encubría y para ello, en septiembre de 1938, emprendió un viaje por las minas y las fábricas de la cuenca del Rühr. Hombre prudente, sólo dialogó con los voceros de los trabajadores, que supuestamente apoyaban el régimen nazi, con los guardias de seguridad y con los empresarios, quienes le hicieron conocer sus opiniones, intereses y reclamos, que, en conjunto, eran bastante similares a las propuestas de la socialdemocracia de hoy en día. De todo el sistema de gobierno y las políticas del nacionalsocialismo, lo único que parecía contar con la aprobación de los trabajadores era la persona de Hitler. Los trabajadores querían libre expresión, una prensa y radio honestas, salarios reales más altos, libre mercado laboral con derecho a cambiar de empleo, hacer menos aportes y dedicar menor cantidad de tiempo a las organizaciones nazis, y no querían la guerra. Se puede leer entre líneas que deseaban el restablecimiento de los sindicatos.36

Para describir el problema en esos términos dentro del régimen no sólo había que tener cierta capacidad de discernimiento sino también algo de valentía porque usar la expresión “huelga encubierta”, por ejemplo, implicaba reconocer el fracaso del nacionalsocialismo en lograr su objetivo central: crear una comunidad nacional que trascendiera el conflicto de clases. El informe sobre los trabajadores del Rühr concluía con estas palabras: “No hay dudas de que la educación de la población para que cumpla con las pesadas tareas que requiere una guerra total no se ha impartido adecuadamente”. El régimen reconoció de manera indirecta que la negativa de los trabajadores a cooperar tenía, en efecto, un significado político, reconocimiento que se observa en el hecho de que cuando se advertía reiteradamente a los trabajadores de que fueran puntuales y trabajaran a conciencia, para dar sólo dos ejemplos, se los responsabilizaba por las consecuencias políticas, económicas y militares que el decaimiento de la moral en el trabajo traería aparejadas. Se insistía en que la baja productividad afectaba directamente el programa armamentista alemán, y así, a partir de septiembre de 1939 significaba beneficiar a los aliados y traicionar a los soldados alemanes, afirmaciones que, durante la crisis general de los primeros meses de la guerra, no eran exageradas. Por lo tanto, la negativa de la clase trabajadora a cooperar fue politizada en el discurso oficial al menos. Cualesquiera hayan sido al principio los motivos de cada trabajador o los de los grupos de trabajadores para no esforzarse en sus tareas, tanto si fueron motivos de carácter privado, sindical o político encubierto, el régimen politizó la actitud de los trabajadores y les recriminó que serían responsables de un fracaso político. Primero se les hicieron advertencias, luego se los amenazó, y cada episodio de ausentismo fue un hecho político, al menos en ese sentido.37

Las advertencias surtieron poco efecto, por lo tanto se debía hacer algo más, y a mediados de 1938 gran parte de la legislación laboral fue transformada en penal: a algunos “perezosos” se los hizo presentar ante los tribunales y se los encarceló, principalmente para que el resto cambiara de actitud.38 Pero como ése era un procedimiento engorroso para resolver el problema, al poco tiempo intervino la Gestapo directamente, de modo que se desplegó todo el aparato de terror policial, que incluía arrestos arbitrarios de los “elementos antisociales y los vagos”, a quienes se los enviaba a campos de trabajo y campos de concentración. La Gestapo comenzó a actuar así antes de la guerra, y una semana después de la invasión a Polonia, Himmler realizó el ostensivo anuncio de que un comunista había sido ejecutado por negarse a trabajar.39 A partir de 1938 la Gestapo empezó a hacerse cargo de lo que pronto se convirtió en una de sus responsabilidades más importantes: mantener la disciplina laboral, tarea que fue cobrando relevancia pues estaba necesariamente vinculada con la principal función original de la Gestapo, es decir, perseguir a las organizaciones políticas y económicas de la clase trabajadora.40

Si bien ni la resistencia ni la oposición pudieron derrocar al régimen nazi, ambas causaron problemas, quizá la oposición más que la resistencia. El régimen no podía dejar de ocuparse de las “huelgas encubiertas” pues si la producción de armamento no era eficaz, no podría haber una guerra de expansión. El hecho de que por la oposición de los trabajadores el gobierno haya hecho concesiones en algunos puntos esenciales a fines de 1939 probablemente haya evitado grandes disturbios y crisis internas en el primer invierno de la Segunda Guerra Mundial.

Algunos historiadores y cientistas sociales no encuentran ni novedoso ni interesante este capítulo de la historia de la clase trabajadora alemana y se preguntan si en el sistema capitalista y en el comunista no ha sido siempre lo corriente que los trabajadores exploten las condiciones favorables del mercado laboral en beneficio propio. A este enfoque muy general y algo intuitivo del tema se debe responder acentuando la importancia del contexto político específico en el que se manifestó la oposición de los trabajadores al nacionalsocialismo. A continuación se enumeran los elementos que formaban parte de ese contexto:

  1. la reciente destrucción de las organizaciones de la clase trabajadora;
  2. la represión y la explotación masivas que sufrió la clase trabajadora entre 1933 y 1936;
  3. la inverosimilitud e incluso las mentiras evidentes de la propaganda nazi en lo referente a asuntos económicos y sociales (la Gemeinschaft, el acento en la comunidad de intereses, etc.) que parecen haber confirmado e intensificado la alienación de la clase trabajadora;
  4. el hecho de que a partir de 1938 el gobierno se abocó a la guerra en el terreno externo y a aumentar la ferocidad de la represión en el interno;
  5. la circunstancia de que la oposición de los trabajadores efectivamente afectó el rearme y la guerra, razón por la cual el régimen reprimió esa oposición y la politizó;
  6. los efectos del terror policial omnipresente, que, por cierto, se tradujo en que la magnitud y la intensidad de la oposición, de la que efectivamente se hablaba y de la que había registros, fueran mucho menores que todo el resentimiento, el rencor y el odio de los trabajadores a fines de la década de 1930. Hacia 1939 la Gestapo había logrado disuadir a los trabajadores de que lo más prudente era desistir de la oposición y, muy especialmente, de la resistencia.

¿Cuán importante era la oposición de los trabajadores? ¿Cuántos participaron en ella? ¿Hasta qué punto se ponían en práctica las tradiciones del movimiento obrero alemán? ¿En qué medida la actitud de los trabajadores expresaba su antipatía política por el régimen nazi? Es inevitable que la tarea de interpretación que se debe realizar para dar respuesta a esos interrogantes quede en parte inconclusa porque no tenemos mucho conocimiento sobre qué pensaban los trabajadores durante esa época, probablemente sepamos menos sobre sus ideas de entonces que sobre las de cualquier otro período de la historia alemana. La privación de los derechos de la clase trabajadora por parte del nacionalsocialismo implicó la privación de su derecho de ser juzgada por la historia, pues en gran medida los trabajadores perdieron la posibilidad de dejar registro de su experiencia, su situación y su conciencia de clase. La dictadura los aisló de su propio futuro y de nuestro presente.

Sin embargo, en raras ocasiones, la necedad de la Gestapo permite que los privados de derechos hablen por sí mismos. En noviembre de 1937 circularon por la ciudad minera de Beuthen, Alta Silesia, unos volantes en los que se leía: “Somos todos arios porque somos proletarios”. Vale la pena reflexionar tanto sobre el enojo expresado con ingenio, la osadía y la impotencia del autor de la frase como sobre la dedicación irreflexiva del oficial de policía que anotó esa frase en su libreta y después hizo múltiples copias mecanografiadas de su informe, una de las cuales llegó a manos de un oficial del ejército en Breslau, sobre cuyo sentido del deber también vale la pena reflexionar, pues envió una copia a su superior en Berlín, quien, a su vez, conservó el informe para la posteridad.41 “Somos todos arios…”

Pero la protesta que aparecía en el papel tenía un error: los trabajadores alemanes eran trabajadores más que proletarios, y de ahí proviene parte del problema.

¿Quiénes eran los proletarios alemanes? Eran aquellos que, en última instancia o de vez en cuando, lograban resistir la tensión que les generaba percibir que el orden social y político era completamente inhumano y que, en todas las formas que adoptaba, era el enemigo. Eran los que, al menos alguna vez, no se dejaron engañar por la seductora y amenazante apelación a su patriotismo, al orgullo por su oficio o a su perseverancia. Eran quienes sabían, o en algún momento comprendieron, que Hitler no era la encarnación mágica de los intereses del “pueblo alemán”, cuyas buenas intenciones se veían malogradas por los funcionarios del régimen. Eran los que no estaban dispuestos a reconciliarse con el régimen, aun cuando éste no dejaba de manifestar que sus intereses eran la igualdad y el bienestar social. Eran aquellos que no deseaban formar parte de una raza alemana superior que tenía bajo su control una fuerza laboral de eslavos esclavizados. Los proletarios eran los que, a pesar del miedo justificado a la tortura y a las ejecuciones, desafiaban al régimen, conspiraban contra él y tenían actitudes de solidaridad política. Si bien no eran pocos, el hecho de que su número no fuera mayor y de que no estuvieran del todo organizados se debió, en primera instancia, a la Gestapo y a sus informantes. No obstante, la falta de capacidad de la clase obrera alemana para montar una campaña masiva y abierta contra el régimen nazi tuvo que ver en cierta medida con el hecho de que durante mucho tiempo a la mayoría de los trabajadores alemanes les costó ver al régimen como algo absolutamente intolerable.

La capacidad del régimen para ceder un poco ante la presión ejercida por la oposición sirvió para atenuar la resistencia y para que fuese mucho más difícil de percibir un rechazo activo y categórico. Si en octubre y noviembre de 1939 el régimen no hubiese cedido, es muy probable que hubiera habido manifestaciones y huelgas tumultuosas, cuestión que requiere un análisis metódico y preciso. También es difícil saber cuáles eran, a principios de 1940, las actitudes sociales y políticas de los trabajadores cuyo ausentismo y baja productividad habían obligado al gobierno a hacer concesiones a fines del año anterior. No lo sabemos, pero podríamos decir que algunos quizás estaban pensando en su próximo triunfo en un conflicto con los empresarios y con el régimen; otros quizá tenían menos confianza y consideraban que en el antagonismo entre “ellos y nosotros” la extorsión era el único método eficaz y legítimo de negociación; otros posiblemente tenían una subjetiva sensación de alivio o de reconciliación con el régimen, quizá creían que se estaban subsanando parcialmente algunos errores. Por otra parte, algunos de esos trabajadores estaban recibiendo instrucción militar en el Ejército Alemán para la invasión a Francia.

De lo único que hoy podemos estar seguros es de que ninguno de los grupos de trabajadores que adoptaron la actitud de no cooperar en 1939 sabía qué interpretación del conflicto tenían los demás grupos porque no podían intercambiar información concreta sobre los hechos y tampoco podían analizar ni discutir motivos, intenciones ni estrategias. Esta clase de impotencia, instituida y perpetuada por la sincronización precisa de la maquinaria del terror y de la propaganda, hizo que fuera más difícil que los trabajadores se transformaran en proletarios.

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Notas:

* La asistencia y el apoyo que me brindaron Raphael Samuel y Jane Caplan en todas las etapas de este trabajo excedieron en mucho su mera responsabilidad de editores.

** Originalmente publicado como “The Worker’s Opposition in Nazi Germany”. History Workshop Journal, 11 (1981). Traducción de Carina Rossi y Silvia Jawerbaum.

1 Por supuesto, la línea divisoria entre resistencia y oposición no siempre era nítida. En 1938 los líderes exiliados del Partido Comunista instaban a los obreros que trabajaban en la resistencia a concentrar la propaganda política que se transmitía de boca en boca en cuestiones diarias relativas a salarios, descuentos, condiciones de trabajo, etc.; es decir, en el tipo de cuestiones que eran objeto de una oposición abierta por parte de los trabajadores. Además, en 1939 circulaba en la zona del Ruhr un panfleto titulado “Los diez mandamientos” editado por el Partido Comunista, que explicaba a los obreros cómo causar la mayor cantidad de problemas en las minas y en las fábricas sin correr riesgo de ser arrestados, es decir, elevando la mayor cantidad de quejas sobre la seguridad industrial, por ejemplo, con el objetivo de reducir el ritmo de producción.

2 Puede hallarse un análisis en detalle de estos temas conceptuales en T.W. Mason, Sozialpolitik im Dritten Reich, Opladen, 1977, cap. II-IV.

3 Ministro de Trabajo a Lammers, Cancillería del Reich, 17 de diciembre de 1938, en Sozialpolitik im Dritten Reich, Opladen, 1977, cap. II-IV.

4 F.Syrup, Hundert Jahre staaliche Sozialpolitik, ed., O. Neuloh, Stuttgart, 1957, pág. 423.

5 Los ejemplos mencionados provienen de los detallados informes de los “enlaces obrero-patronales” (altas autoridades) que están reproducidos en Mason, ed., Arbeiterklasse und Volksgemeinschaft.

6 Los archivos de la Gestapo, de los “enlaces obrero-patronales” y de los Inspectores de la Economía de Guerra de las fuerzas armadas contienen muchas referencias al descontento causado por esta cuestión en 1938. El lector podrá encontrar más información sobre la forma en que realmente se usaron los fondos del seguro en la publicación oficial del Frente del Trabajo Deutsche Sozialpolitik 1938, pág.244 y sigs.

7 En los informes de los “enlaces obrero-patronales” pueden hallarse detalles de los rumores (véase Mason, Arbeiterklasse). En el estudio sociológico de los rumores en la Alemania nazi de Franz Dröge, Der zerredete Widerstand, Düsseldorf, 1970, el autor subestima constantemente la experiencia y la inteligencia que se necesitaba para generar rumores verosímiles en la clase obrera. Este tema amerita un análisis más profundo.

8 Informes de los “enlaces obrero-patronales”, en Mason, Arbeiterklasse, doc.n°41, 30.

9 Memorandum detallado de los Ministerios de Trabajo y de Economía sobre política laboral y legislación para el nuevo Plan de cuatro años, Mason, Arbeiterklasse, doc.n°3.

10 El principal informe está mimeografiado y lleva el nombre de “Arbeitsniederlegungen”, Folge 11. El archivo de la Biblioteca Wiener también incluye otro informe emitido por la Oficina de Información del DAF y un número de su boletín “I-Nachrichten”, los cuales contienen información adicional sobre las huelgas.

11 Gestapo Lüneburg, informe anual de 1937, Bundersarchiv Koblenz (de aquí en adelante BA), R58, archivo 457.

12 Nota del traductor: Los enlaces obrero-patronales o trustees of labour como aparece en el original en inglés, eran designados por las autoridades nazis y estaban encargados de observar que se cumplieran los contratos de trabajo, de negociar los salarios con la patronal (tareas que antes de la disolución de los sindicatos era realizada por los delegados sindicales), de crear un clima de confianza para levantar la moral de los obreros, y de elaborar informes para el régimen.

13 Informe de los “enlaces obrero-patronales”, febrero de 1937, Mason, Arbeiterklasse, doc. nº 27.

14 Informe de los “enlaces obrero-patronales”, último trimestre de 1938, Mason, Arbeiterklasse, doc. nº150.

15 G.Bry, Wages in Germany 1871-1945, Princeton, 1960, pág. 243.

16 Inspector de la Economía de Guerra, Hanover, a W. Stab, 15 de septiembre de 1936 (apéndice), Bundesarchiv-Militärarchiv Freiburg (de aquí en adelante BA/MA), WilF5, archivo 202. La empresa que perdió a su equipo fue casi con seguridad la Krupp.

17 Véase General Thomas, según lo cita B.A. Carroll, Design for Total War, The Hague 1968, pág. 210 (21 de octubre de 1939). El General Keitel utilizó una frase muy similar para referirse específicamente a la economía en una reunión del Comité de Defensa del Reich, 15 de diciembre de 1938, BA/MA, WilF5, archivo 560/2. Göring usó el mismo tono ante el Consejo de Defensa del Reich, 18 de noviembre de 1938, Mason, Arbeiterklasse, doc. nº 152. Es importante advertir que, en ese momento, los miembros de la elite dictatorial tenían esta manera de ver los cambios sociales y económicos.

18 Informe de los “enlaces obrero-patronales”, septiembre de 1937, Mason, Arbeiterklasse, doc. nº45.

19 Informe de los “enlaces obrero-patronales”, tercer trimestre de 1938, Mason, Arbeiterklasse, doc. nº136.

20 W. Stab, compliación de los informes de los Inspectores de la Economía de Guerra, 20 de febrero de 1939, BA/MA, WilF5, archivo 176.

21 Mason, Arbeiterklasse, cap.XI.

22 “Der Deutsche Volkswirt”, 22 de julio de 1938; Oberpräsident de Sajonia al Ministro de Economía, 25 de abril de 1938, BA, R41, archivo 151.

23 Véase W.G.Hoffmann, Der Wachstum der deutschen Volkswirtschaft seit der Mitte des 19. Jahrhunderts, Berlín /Heidelberg/New York, 1965, págs.70-5, 346, 362, 389-95; también véase Bry, Wages, pág. 20; y Statistisches Handbuch von Deutschland 1928-1944, Munich, 1949, cap.Vc.

24 Inspector de la Economía de Guerra, Berlin, a W. Stab, 18 de agosto de 1939, BA/MA W01-8, archivo 282.

25 Inspector de la Economía de Guerra, Breslau, a W. Stab, 27 de julio de 1939, BA/MA, W01-8, archivo 287, e Inspector de la Economía de Guerra, Berlín, a W. Stab, 19 de septiembre de 1939, BA/MA, W01-8, archivo 282.

26 Inspector de la Economía de Guerra de Dresde, a W. Stab, 17 de agosto de 1939, BA/MA, W01-8, archivo 283.

27 Con relación a las contradicciones entre la ideología nazi sobre la domesiticidad de la mujer y las necesidades de la industria alemana en tiempos de guerra, véase T. Mason, “Women in Nazi Germany, 1925-1940”, en History Workshop Journal, 1 y 2, 1976.

28 W. Stab, compilación de informes de los Inspectores de la Economía de Guerra, 10 de marzo de 1939, BA/MA, WilF5, archivo 176.

29 Informes de los “enlaces obrero-patronales”, marzo y septiembre de 1937, Mason, Arbeiterklasse, doc. n° 30, 45.

30 Inspector de la Economía de Guerra, Wiesbaden, a W. Stab, 9 de marzo de 1939, BA/MA, W01-8, archivo 291.

31 Véanse más detalles en Mason, Arbeiterklasse, cap. XIII.

32 Publiqué una breve reseña de esta crisis en “Labour in the Third Reich 1933-1939”, Past & Present, 33, abril de 1966. Toda la documentación se encuentra en Arbeiterklasse, cap. XXI.

33 Véase A. Speer, Erinnerungen, Frankfurt/ M 1969, págs. 173, 229.

34 Los “enlaces obrero-patronales” y los Inspectores de la Economía de Guerra se referían a la oposición de los trabajadores en términos de “resistencia pacífica” a fines de la década de 1930.

35 Inspector de la Economía de Guerra, Dresde, a W. Stab, 17 de agosto de 1939, BA/MA, W01-8, archivo 283.

36 Inspector de la Economía de Guerra, Munster, a W. Stab, 3 de septiembre de 1938, BA/MA, WilF5, archivo 187.

37 Los archivos del departamento de personal de la entonces IG Farben Film Factory de Wolfen brindan una descripción detallada de la creciente presión de gerentes y políticos contra la “pereza”, 1938-40.

38 Los procesos penales por indisciplina en el trabajo se pudieron realizar porque en junio de1938 se dictó el Decreto Salarial. Los “enlaces obrero-patronales” actuaron como demandantes. En noviembre de 1939 uno de esos “enlaces” tenía más de 1.000 acusaciones pendientes en su distrito. Inspector de la Economía de Guerra, Munster, a W.Stab, 22 de noviembre de 1939, BA/MA, W08, archivo 106/17.

39 W.Shirer, Berlin Diary, Londres, 1941, entrada del 8 de septiembre de 1939; M. Broszat, “The Concentration Camps 1933-1945”, en Anatomy of the SS State, (libro en rústica) St. Albans, 1970, pág. 210.

40 Se incluyen ejemplos del rápido crecimiento de la actividad de la Gestapo en las grandes firmas industriales (muchas veces convocada por el cuerpo directivo de las empresas) en la compilación de informes de los Inspectores de la Economía de Guerra de W. Stab, 20 de abril de 1939 (distrito de Nuremberg), BA/MA, WilF5, archivo 176, y en las notas de noviembre de 1939 del inspector de Hamburgo, BA/MA, W08, archivo 110/3.

41 Inspector de la Economía de Guerra, Breslau, a W. Stab, informe de noviembre de 1937, BA/MA, W01-8, archivo 265.

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