La guerra perpetua y el Privilegio de ser Masacrado

por Pablo Pozzi

El domingo pasado, mientras el estado español demostraba en las calles de Catalunya que la memoria de Francisco Franco Bahamonde no había desaparecido, 22 mil norteamericanos se juntaron en Las Vegas a ser masacrados. Suponiendo que la versión oficial sea cierta, el autor fue un rico norteamericano que se instaló en una habitación de un hotel/casino y desde la altura se dedicó a disparar sobre la multitud congregada a pocos metros de distancia. Stephen Paddock, el supuesto tirador se suicidó, pero no sin lograr un récord histórico: 59 muertos, 241 heridos. Agrego el «suponiendo» porque toda la historia parece película conspirativa tipo «Bourne», pero supongamos que fue así ¿qué nos dice esto sobre Estados Unidos y su sociedad?

Empecemos por la parte más simple; la violencia en Estados Unidos. Cada año mueren 12,000 personas baleadas en ese país. O sea, más o menos 93 seres humanos (norteamericanos e inmigrantes) son asesinados por arma de fuego. Esto no incluye a los negros e hispanos que mata la policía, ya que la estadística es de «asesinados» y la policía simplemente ejecuta su deber. A esto hay que agregarle que la cantidad de heridos por arma de fuego es un poco más del doble de las muertes, y que 50 mujeres por mes son asesinadas por sus parejas. De hecho, la cantidad de homicidios por arma de fuego es 25 veces mayor en Estados Unidos que en cualquier otro país desarrollado. Esto es aún más notable si consideramos el estudio que publicó el American Journal of Medicine en 2016. El AMJ consignó que: «si bien los Estados Unidos tienen una tasa de violencia no letal similar a la de otros países, la violencia letal es muchísimo más alta. De hecho, las probabilidades de que un norteamericano sea asesinado por un arma de fuego son 10 veces mayor que en otros 22 países desarrollados».

Para los mismos norteamericanos, el problema es la libre circulación de armas de fuego. Sin embargo, dado que los canadienses disponen de cantidades similares (por habitante) de armas de fuego, y que las cifras de muertes son muchísimo menores esto es algo a repensar. Es más, pensemos que países en guerra como Irak (17 mil muertes anuales), Afganistán (16 mil anuales), y México con su guerra de narcos (23 mil), tienen una cantidad similar a los 12 mil muertos norteamericanos. Esto señala que allí operan otras cuestiones que la mera circulación de armas de fuego. Si a esto agregamos los niveles de pobreza y el fracaso del estado nacional de países como Irak y México, evidentemente, la pregunta que debemos hacernos es ¿qué está pasando en Estados Unidos, tierra de «la gran promesa», la democracia y donde el ingreso per cápita oscila en 60 mil dólares anuales?

En lo que va de 2017, han ocurrido 46, 695 incidentes de violencia por arma de fuego. En Estados Unidos, nunca pasa mucho tiempo sin que ocurra una nueva masacre, basta recordar que este año hubo 273 masacres, entre las cuales de Las Vegas fue de lejos la mayor. En 2016 se registraron 383 y 333 en 2015; digamos, una cantidad insólita para una nación que pretende no estar ni en guerra ni tener un estado colapsado.

Las masacres han aumentado considerablemente en número e intensidad desde la década de 1980. Hasta ese entonces la sociedad norteamericana producía un promedio de dos de ellas por década (aun asi una tasa mayor que cualquier otro país). A partir del año 2000 el promedio aumentó a dos por año. Si bien los medios norteamericanos enfatizan los problemas psicológicos de los asesinos y la disponibilidad de armas, es evidente que algo más de fondo está pasando.

Estados Unidos es una sociedad violenta. Las familias norteamericanas poseen 192 millones de armas de fuego, más que cualquier otra sociedad en el mundo que producen una tasa de asesinatos tres veces mayor que Canadá, 14 veces más que Irlanda, y 250 veces mayor que en Japón. Al mismo tiempo, Estados Unidos tiene 25% del total de todos los presos del mundo. Al igual que en el caso de las masacres, estas estadísticas han tenido un auge desde 1980. Esto sin considerar la violencia ejercida sobre sus minorías: los negros sufren la mayor tasa de asesinatos y presos, mientras que 34% de las mujeres indias han sido violadas por lo menos una vez en su vida.

Dado que 1980 fue el año en el que comenzaron las reformas neoliberales de Reagan, es ineludible pensar que hay un vínculo entre la violencia y la situación económica. Obama no resolvió la crisis de 2008; y Trump la ha profundizado. De hecho, a pesar de sus promesas ambos presidentes sólo han resuelto la crisis para las grandes empresas (observemos que, bajo Trump, las acciones de Wall Street no hacen más que subir); mientras tanto cerca de 50% de las familias norteamericanas han caído en la pobreza o se mantienen cercanas a ella y el ingreso medio de las mismas ha caído todos los años desde la asunción de Obama en 2009.

A lo anterior hay que agregar el tema internacional. Entre 2011 y 2016, Estados Unidos ha intervenido militarmente en once países, desde Filipinas hasta Irak, pasando por Siria y Yemen. Su incapacidad de resolver estos conflictos a su favor denota la decadencia de su poderío. Esto ha desestabilizado a su población y sus Fuerzas Armadas: en 2012 hubo un suicidio diario entre militares en actividad, y la tasa de asesinatos de los mismos aumentó 89%.

La elección de Trump fue otro elemento central de frustración social. Obama fue electo en 2008 con esperanzas de cambio, fue reelecto en 2012 solo porque «el otro era peor». De hecho, dado que sus políticas y los resultados de su presidencia no fueron muy distintos a los de la de Bush, el electorado eligió a Donald Trump. Sin posibilidad de canalizar sus reivindicaciones democráticamente, la población expresa sus frustraciones de las peores formas.

A esto hay que agregarle algunas cosas que sirven para condimentar el «guiso»: como bien señalaron Paul Barán y Paul Sweezy (El Capital monopolista, New York, Monthly Review Press, 1966), el principal motor de la economía norteamericana es la guerra. Esta puede ser una guerra con otras naciones, o con su mismo pueblo. El resultado, al decir de Michael Moore en su film Bowling for Columbine (2002), es una cultura del miedo que genera una demanda de bienes y servicios del complejo militar industrial. Agreguemos que si Stephen Paddock hubiera sido negro, entonces la prensa estaría hablando de «terrorismo»: la gente «de color» (siempre me pregunté cuál color, blanco, blanco perlita, blanco grisáceo) es, por definición, propensa a la violencia irracional. Como Paddock es blanco, entonces no es terrorista, sino inestable, y así se alimenta el miedo una vez más. El miedo y el racismo contribuyen a mantener quietos a los dominados, dificulta la organización alternativa, y enriquece a la burguesía.

La realidad es que las masacres y la violencia en Estados Unidos son un producto de su sistema socioeconómico. La pobreza, la ignorancia, la falta de futuro han generado una anomia generalizada mientras los medios de comunicación y la escasa educación (por no decir la religión) llevan a un individualismo exacerbado. Así, el obrero despedido por una gran y anónima gran corporación no sabe qué hacer. Como su vida y la de su familia ha sido destruida, va a Walmart y compra un arma (que le vende la misma corporación que lo despidió), regresa a su antiguo lugar de trabajo y descarga toda su frustración matando a sus compañeros de trabajo que, a su vez, vieron cómo lo despedían sin hacer nada. Y si hubieran intentado hacer algo se encontrarían reprimidos por una fuerza policial al servicio de los poderosos, y armada como para invadir Rusia. La nación que se dice democrática tiene niveles de represión como en ningún otro lugar del mundo.

La realidad es que el principal factor de violencia social en Estados Unidos es un sistema estado violento, cuya única respuesta a estos problemas es aumentar los niveles de represión e intervención en el mundo. Un sistema socioeconómico sustentado en un estado violento. Esto ha gestado una cultura histórica violenta, y una población con sensación de no tener ni pasado ni futuro (anomia) debido a la crisis socioeconómica permanente. El resultante es una crisis de límites y valores donde las frustraciones llevan a masacres, tanto internamente como a nivel internacional. Estados Unidos es una sociedad en perpetua guerra contra su población y contra el mundo. Eso sí, insisten que es un privilegio vivir allí.

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