Jubileo de fin de año

por Pablo Pozzi

Ya se ha convertido en parte de la tradición navideña que, en la Argentina, llegan las vacaciones de fin de año y se arma el quilombo. Diciembre es el último momento para reformas legislativas y para demandas sociales; enero es el mes para que los gobiernos tomen decisiones del tipo «vamos a devaluar»; febrero es la suba de impuestos. En el medio los empresarios aumentan los precios y demoran todo lo posible el pago de aguinaldos; todo porque «aumentó» el precio del petróleo (o «bajó» o se «estancó» o lo que sea), aunque yo todavía no recuerdo a nadie que baje los precios por razón alguna. De igual manera sigo pagando religiosamente el impuesto a la guerra de Malvinas, aunque haya terminado hace 35 años y a los veteranos no les demos un solo peso. Debe ser porque todos se preocupan de que tengamos unas buenas fiestas; o porque como todos los políticos se escapan a Punta del Este o a Miami no queda ni uno solo para que le tiremos la bronca.

Este año Mauri Macri decidió que «hay que arreglar» el sistema jubilatorio, y vamos a reformar todo el sistema de trabajo para «bajar el costo argentino» y que finalmente «vengan las inversiones», que deben viajar en burro porque las esperamos desde el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962). Como corresponde, el resultado es que se armó mayúsculo lío, donde el gobierno (como buen gobierno) hizo lo que corresponde y repartió leña y balas para todos lados. Los manifestantes (o un sector de ellos) reaccionaron como corresponde y trataron de devolver golpe por golpe. El gobierno chilló que «los violentos» se habían adueñado de la calle (por lo que no quedaba otra que reprimir) violando las normas democráticas, mientras los opositores insisten en que fueron agredidos sin causa, también violando las normas democráticas. Todos son buenitos.

En realidad, todos ejercieron la violencia. Pero hay una diferencia. Esta es que los manifestantes (aun aquellos como los K que sueñan con derrocar un gobierno electo) fueron agredidos primero: las encuestas dan que 72% de los argentinos están en contra de las «reformas» pero los políticos insisten en «aplicarlas». ¿Quién agrede primero? ¿El que tira una piedra o el que viola la voluntad popular? La bronca de la calle es justificada; lo cual no quiere decir que no haya lúmpen o provocadores. Ahora, se supone que «las fuerzas del orden» están bien entrenadas, pero «los muchachos» se vienen zarpando de hace rato. Digo, al fin y al cabo, Mariano Ferreyra, Carlos Fuentealba y tantos otros no fueron asesinados por este gobierno; y los diputados González Seligra, Castillo y Del Caño (del FIT), y Martínez de la UCR fueron apaleados por el gobierno anterior; y basta recordar la represión en el Parque Indoamericano, en Kraft, en la Autopista Panamericana y en un montón de otros lugares para darse cuenta que Macri es más continuidad que ruptura. Es tan verso la narración K de que ellos no reprimieron, como la de Macri de que viene a traer orden. Si quiere orden, tiene que repensar su plan de gobierno; y ni la reforma laboral ni la previsional van a generar otra cosa que desesperación y lucha.

Lo de la reforma laboral quedará para otro artículo, pero aun así quiero decir un par de cosas. La primera es que si en realidad alguien se preocupara por el «costo argentino» lo que deberían hacer es una reforma financiera. La incidencia del salario en los costos de producción oscila entre el 1 y el 3 por ciento; o sea un aumento salarial del 100% no debería aumentar costos más de 1 a 3%. En cambio, el costo de tomar dinero prestado, o de pagar inversores, se arrima al 60% del total. Ni hablar los salarios de los ejecutivos, que en promedio son entre 20 y 30 veces los de los empleados. Dicho de otra forma, bajar los salarios, ya deprimidos, no resuelve nada de nada en términos de costos laborales. Si aumenta la tasa de ganancia, tanto de industriales como de bancos que lejos de bajar los intereses, los siguen aumentando. Y segundo, el «costo argentino» nunca puede ser el salario, que siempre está rezagado con la inflación, y cuando recupera algo es tarde y poco. En términos capitalistas, cuando es más negocio prestar plata que producir, no hay inversión productiva. Y eso existe en la Argentina desde hace muchísimo: lo agudizó Martínez de Hoz y la Dictadura con su «tablita» financiera, y Menem lo llevó al paroxismo. ¿Y los K? No hicieron nada, excepto garantizar las ganancias siderales de los empresarios, pero financiándolas con impuestos cada vez más elevados a sectores medios y trabajadores en blanco. En síntesis, las políticas de los diversos gobiernos (incluyendo a los «izquierdistas» Kirchner) agudizaron el problema.

Pero el gran tema gran es el sistema previsional o «de jubilaciones». La cosa tiene larga trayectoria, y las primeras leyes jubilatorias se remontan a 1877. El diputado socialista Alfredo Palacios fue uno de los grandes propulsores de la jubilación, y de hecho logró instituir la Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones Civiles en 1904, donde se reconocía el beneficio a los funcionarios, empleados y agentes civiles del Estado; a los del Consejo Nacional de Educación y de los Bancos Nación e Hipotecario; a los magistrados judiciales, ministros del Poder Ejecutivo, a quienes ocupaban cargos electivos; y al personal de los Ferrocarriles de la Nación. Ahí se crea el primer sistema contributivo argentino. Es decir que cada uno de los trabajadores contribuía con una parte de su sueldo a solventar el sistema de jubilación.

Hasta ahí fuimos más o menos bien, y lo que significó fue una conquista de los trabajadores. Pero con el fin de la Segunda Guerra Mundial el gobierno argentino se vio venir una posibilidad de crisis ya que bajarían las exportaciones a los beligerantes. Se plantearon varias soluciones, pero el problema era cómo financiar todo. Las respuestas fueron varias, pero en este caso echaron mano a las jubilaciones. A partir de 1943 la estatización de las cajas jubilatorias implicó que cada gobierno tenía acceso al dinero que aportaban los trabajadores para su jubilación; lo gastaban ahora y cuando los aportantes se jubilaran en, digamos, 35 o 40 años más adelante, ya verían cómo se pagaba eso. En 1949, se había pasado de 430.000 a un total de 2.328.000 trabajadores que habían accedido a la cobertura legal. Pero un año antes, y para atender el déficit de las Cajas, se debió crear un Fondo Estabilizador, con recaudación proveniente de un aumento del impuesto a las ventas (o sea, como el impuesto a las ventas lo pagan mayoritariamente los trabajadores, es un impuesto para pagar por las jubilaciones que ya pagaron los mismos trabajadores). ¿Ahora, cómo que déficit? ¿Si en 1949 2.328.000 personas aportaban y casi nadie se había jubilado? Obvio, usaron el dinero para otra cosa y desfinanciaron las cajas.

Y ahí surge la teoría «fashion» del día de hoy: el problema es que cada vez hay menos gente que aporta y más que se jubilan porque aumenta la expectativa de vida. ¿Lo quéeeee? Estos tipos han inventado un fraude estatal basado en el esquema Ponzi. Carlo Ponzi fue un italiano, allá por principios de siglo XX en Estados Unidos, que pagaba exorbitantes intereses a los que depositaban su dinero con él. Pagaba a unos con la guita de los otros, hasta que el volumen se hacía lo suficientemente grande que podía escapar con la plata de todos.

Aquí es lo mismo: vos les depositas tu dinero (aporte jubilatorio) y te comprometes a hacerlo durante varias décadas, por lo menos. El «Ponzi» (o sea el gobierno) se compromete a pagarte un alto porcentaje de tu mejor salario cuando te jubiles. Se supone que esa plata que te van a pagar surge de que el gobierno «invirtió» tus aportes. Digamos como si los metieras en el banco. Pero hete aquí que el gobierno se gastó tu plata: en financiar otros déficits, en darle subsidios a los empresarios, en comprar armamentos, en tener más policías para cuando protesten los jubilados, y por supuesto en miles de ñoquis, familiares, y los suculentos aumentos en la plata que le dan a diputados, senadores, gobernadores y otros piratas. Pero no hay problema, como cada vez hay más población entonces les pagamos a los que se jubilan con la plata de los nuevos. Y si tenemos suerte se mueren antes y no hay que pagarles nada.

A ver a ver, ¿la salud del sistema jubilatorio depende de que yo les de guita tres o cuatro décadas y después me muera sin cobrar un peso? Ni Citibank pudo inventar esa. ¿Quién fue el genio que la pensó? El primer gobierno peronista; sipi el del General que tanto hizo por los trabajadores. ¿No me creen? Lean el muy documentado libro de Marina Kabat, «Peronleaks» (Buenos Aires: Ediciones RyR, 2017); sin desperdicio. Claro, a no confundirse, años más tarde (pero bajo otro gobierno peronista) Citibank también aportó lo suyo: al fin de cuentas durante el menemismo, como el sistema de jubilaciones no funcionaba, lo privatizaron y crearon las AFJP. Y se afanaron la guita, hasta que los magnánimos Kirchner (nuevo gobierno peronista), en vez de ir a buscar la plata a casa de los que se la robaron, nos devolvieron el sistema jubilatorio al Estado, pero ahora con todo y déficit. Un chiche.

El resultado es que, desde que tengo uso de memoria, los jubilados argentinos se movilizan en defensa de sus intereses. ¿O se olvidaron de «hay que pasar el invierno», de las protestas en los 90 y de Norma Plá (que era bien de derecha, aunque hoy todos se olviden de ese detalle) y de las movilizaciones de 2001 y 2002? En octubre de 2010, el conjunto de la oposición encabezada por los legisladores de Unión-PRO aprobó un proyecto que establecía el reconocimiento del ya legendario 82% móvil para el pago de las jubilaciones. La respuesta de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner no se hizo esperar: «He vetado esta ley de quiebras que ayer sancionó el Parlamento» (…) «Lo que se sancionó, es la ley de quiebra del país y no puedo permitir que el Estado quiebre porque tengo una ley que me obliga». Digamos, las dictaduras, los UCR, los Kirchneristas, y ahora los macristas todos apuntan a seguir saqueando a los jubilados. Todo para financiar a otros: en este caso a los gobernadores. Lo que si ha cambiado es que ahora los PRO son gobierno, y los K son oposición.

¿Por qué a los jubilados? Porque son el sector de la sociedad más indefenso, con menos nivel de organización, y capacidad de respuesta y de movilización. Y sobre todo porque afecta principalmente a los pobres: los ricos tienen su «jubilación» asegurada en las Bahamas o en Suiza, amén de sus «inversiones» en Miami.

Cada gobierno dice que lamenta hacerle esto a los jubilados, que en el futuro todo va a estar mejor, que habrá inversiones, y que la próxima navidad tomaremos champán (cuando hoy no llegamos ni a Pritty), pero que no hay otra. Como dijo Frondizi, dijo Menem, dijo Cristina y ahora dice Mauri: el país está quebrado, y es esto o la ruina total. Encima de que nos meten la mano en el bolsillo, y nos tratan de estúpidos, nos chantajean y amenazan. Mientras tanto los periodistas chillan de que «en este país todos quieren que se hagan cosas, pero nadie quiere que les toquen lo propio». Obvio, si habrá que ser boludo para decir «quiero ser empobrecido porque soy patriota». Entre otras cosas porque no veo ni la Asociación Argentina de Actores ni a los diversos gremios de periodistas diciendo «bajen nuestros salarios para poder financiar lo que hace falta en la Argentina». Todos hipócritas. O no tanto, al fin de cuentas cada vez que me suben los impuestos no mejoran ni la educación, ni la seguridad, ni los servicios. Y como soy mal pensado, sigo convencido que mis impuestos van a engrosar la cuenta de algún político/empresario en Suiza. Si fueran «patriotas» lo primero que deberían hacer los diputados es bajarse el salario. Pero de eso, nada.

Pero el gobierno dice que sus propuestas «nos afectan a todos». Ajá, es cierto que no dice «van a joder a los jubilados más pobres». Pero esa es la realidad. Hay una gran diferencia entre un obrero que se lleva 15 mil pesitos por mes, y una sarta de empresarios que ganan 15 mil dólares por mes, por hacer poco y nada. Un impuesto del 10% al obrero implica que tendrá que alimentar la familia con 13,500 y si con 15 no podía, ahora menos; pero un impuesto de 66% sobre el empresario implica que le quedan 5 mil dolarines (o sea casi 100 mil pesos) con lo cual puede vivir mucho mejor que el obrero. El escritor francés Víctor Hugo decía, con ironía: «La ley es justa, prohíbe a millonarios y pordioseros vivir bajo los puentes del Sena». Obvio, no hay ningún millonario que lo hiciera y si todos los pordioseros. La nueva reforma previsional es injusta porque afecta sobre todo a los trabajadores.

¿Y qué hacemos? Digo porque debería ser obvio que Macri tiene razón: el país así no camina; el país que «construyeron» los K está destruido; la corrupción se enseñorea y nada, pero nada, funciona: ni la justicia, ni la educación, ni el transporte, ni los servicios, nada. La respuesta de Macri es obvia, sobre todo porque es clasista. Aunque los empresarios hayan saqueado el país durante doscientos años, Macri confía en ellos, quizás porque él es empresario igual que su esposa y su familia. No les va a tocar el bolsillo. Yo supongo que además es porque ni se imagina sancionando una reforma que reduzca las ganancias de los empresarios; amén de que son su base social y su apoyo. De hecho, Macri está donde está para hacer precisamente lo que le dicen que haga; ya sea con mayor o menor habilidad.

¿Se puede hacer otra cosa? Obvio que sí. Y eso no es sólo movilizarse en contra. «Hay que luchar», no es una propuesta. La propuesta sería hay que luchar para que se aprueben leyes que hagan que los costos de la solapada crisis argentina la paguen los ricos… lo que más tienen. Y los que más tienen, habría que aclararle a los K, no son los obreros especializados que ganan 50 mil pesos, sino una sarta de piratas y ladrones que se han enriquecido cada vez más bajo todos los gobiernos. Y no hay que ser Sherlock Holmes para saber quiénes son. Basta darse una vueltecita por countries y otros barrios cerrados y exclusivos. Si simplemente lograran que paguen los impuestos que deben, no solo no haría falta reducir las jubilaciones, sino hasta podríamos aumentarlas.

Mientras tanto, al igual que ellos siempre responden que no se puede, y reparten leña, nosotros respondemos con nuestra bronca.

«No puedo ver
tanto desastre organizado
sin responder con voz ronca
mi bronca
mi bronca
Bronca sin fusiles y sin bombas
Bronca con los dos dedos en V
Bronca que también es esperanza
Marcha de la bronca y de la fe.»

Pedro y Pablo. La marcha de la bronca (1972)

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Nota de D=a=: este artículo ha sido corregido y actualizado a 18/12/2017.

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