Los derechos y la vida de quien trabaja ya no valen nada PDF Print E-mail
trabajadores en españa

por Rina Gagliardi en Liberazione / Traducido por Antonia Cilla en Tlaxcala

El mismo día en que los ministros de Asuntos Sociales de la UE derriban el último baluarte de la legislación laboral –el límite de las 48 horas semanales- en Catania seis obreros mueren en el trabajo por respirar sustancias tóxicas. Se dirá que es una coincidencia. Sin embargo, para nosotros, a la vez que nos estalla por dentro la cólera y el dolor ante ésta enésima matanza, el nexo entre éstos dos sucesos es muy estrecho, estrechísimo: a causa del trabajo se sigue muriendo porque los derechos –y la vida- de quien trabaja ya no valen nada. Porque los obreros vuelven a ser los parias de nuestra sociedad opulenta, los últimos. La mercancía por excelencia «flexible», privada de solidez, de fuerza, de seguridad.
Tan flexible y tan insegura que, en efecto, ahora, con el alivio de una ley europea, deberá esforzarse en el trabajo durante trece horas al día hasta sesenta y cinco horas –como media- a la semana, hasta perder las energías, la atención, la capacidad de reaccionar. Así era hace un par de siglos, cuando el movimiento operario daba sus primeros verdaderos pasos, entre finales del Ochocientos y el alba del Novecientos, cuando, no por casualidad, los obreros, en su conjunto, empezaron a luchar por el salario y la reducción de la larga –insoportable- jornada laboral que los patrones exigían.

Desde el punto de vista de la lucha social aquel 1906 fue un año muy intenso. En uno de sus epicentros, el Piemonte, se pusieron en huelga los trabajadores del textil, los metal-mecánicos, las recogedoras de arroz, entre otros. Todos reivindicaban aumentos salariales pero, sobre todo, la reducción del horario de trabajo. Por aquel entonces, un diputado socialista de Vercelli, Modesto Cugnolio, presentó en el Congreso de los Diputados el proyecto más «atrevido»: las ocho horas laborales para las mondine, las recogedoras de arroz, que estaban sujetas a condiciones inhumanas y padecían enfermedades devastadoras. Una propuesta apoyada por las Leghe [Ligas], por la Alianza Campesina y por el reciente movimiento sindical constituido. Y fue en una bella jornada de sol, el 1 de junio de 1906, cuando las recogedoras de arroz en huelga ocuparon pacíficamente la plaza central de Vercelli: todas estaban vestidas con su vestido de fiesta y cantaban una canción «Si ocho horas os parecen pocas id vosotros a trabajar. Y descubrid la diferencia entre trabajar y mandar».

No se sabe quien fue el autor del texto y la música. Sólo se sabe que se ha trasmitido de generación en generación durante todo el Novecientos –de vez en cuando cambiaba la letra, Rusia, Scelba [político italiano], las luchas comunistas- pero mantenía el mismo íncipit del texto. Las ocho horas. La dignidad de quien trabaja y se fatiga. Fue tal la «hegemonía» de éste concepto que, en 1923, (un año después de la «marcha sobre Roma») un real decreto estableció que la regla del 8 por 3 valía para todos los trabajadores, es decir, que la jornada, para todos, no puede ser dividida de otra manera que ocho horas dedicadas al trabajo, ocho para dormir, ocho para «sí mismo».

Han pasado ciento dos años desde aquel mítico 1906 y el terrible trabajo de las recogedoras de arroz ya no existe –al menos aquí. Por suerte, llamémoslo así, vivimos en un rincón del mundo extraordinariamente desarrollado, colmado de prodigios tecnológicos y revoluciones de la comunicación. Un progreso que parece imparable. Pero ¿cómo es posible que tanto progreso se convierta exactamente en su contrario cuando pasamos de las máquinas, los milagros de la ciencia y de la técnica al universo del trabajo y las condiciones laborales? ¿De las cosas a las personas? De repente, mucho más que en aquel lejano 1906, las ocho horas se convierten en una utopía. De repente se desmantela una civilización que ha costado más de un siglo de luchas y sudores. Y quien dirige ésta verdadera y auténtica contrarrevolución social es Europa: la Europa que en su proyecto de Tratado constitucional había elegido el Mercado, es la misma que hoy se declara «definitivamente» contra el trabajo y concede a las empresas el horario más conveniente para ellas.

Pero no es solamente el retroceso social, civil y cultural la única paradoja (aparente) de este asunto. Hay otra que salta a los ojos de cualquier persona con sentido común: con tantos trabajadores precarios, desocupados, «atípicos», «interinos», que llenan el mercado de trabajo ¿qué es lo que tiene de conveniente socialmente esta desregulación que avanza en la línea del modelo anglosajón? ¿Qué tiene de «sabio» dividir la sociedad entre los que están destinados a la condena bíblica de un trabajo siempre más largo (y consecuentemente una explotación mucho más intensa) y los que buscan trabajo, lo invocan, lo sueñan, entre un empleo temporal y otro? Hablemos de los políticos. Se entiende que quien es responsable de la cosa pública y de sus leyes debería tener como guía para tomar decisiones el punto de vista general. Pero justo es aquí donde se revela la paradoja: la política ha perdido, desde hace tiempo, la capacidad (y voluntad) de pensar en el «interés general». En otras palabras, ha asumido la lógica de la empresa y del mercado como sinónimos de bien común y como parámetro hacia donde orientar sus propias opciones. En resumen, la política se ha convertido en sierva de la economía: clasista, en el más puro de los sentidos, como tal vez nunca ha sucedido en el siglo que hemos dejado atrás.

Hoy, con esta óptica exquisitamente patronal, el «privilegio» de tener un trabajo garantizado o estable para un número cada vez menor de trabajadores, se paga al precio de una reducción radical de los derechos y una presión creciente de la subjetividad del trabajador: el horario alargado sin medida, determinado en función de las exigencias –inmediatas o estratégicas- de la empresa, en realidad es la «summa teológica» de éste expolio, de este control de la fuerza del trabajo cada vez más absoluto. Control del tiempo, de los ritmos de la vida, del pensar y el hacer, dictadura sobre los cuerpos, reducción, a mayor razón, de todo, como la seguridad que requiere dinero y tiempo y «reduce la productividad». Y ataque frontal a la incorporación al trabajo, a la unidad solidaria de quienes trabajan y se organizan por el propio interés común: la otra cara del horario, cada vez más largo y más flexible, es el fin, o la reducción a una apariencia, del convenio colectivo. Pero, en realidad, de entre todos los aspectos tal vez sea el más auténtico la precariedad del trabajo, las condiciones del mismo: su envilecimiento, su degradación. En éste sentido, no hay ninguna contradicción entre un núcleo de «garantizados» que trabajan –a la fuerza consentidores- incluso setenta horas a la semana y un ejercito de precarios con tendencia a convertirse en crónicos: no sólo unos pueden convertirse en los otros en cualquier momento, sino que todos sufren por igual la agresión a su fuerza subjetiva, a su capacidad de negociación colectiva, a su autonomía como sujetos y protagonistas del conflicto. Lo repetimos: han vuelto a ser mercancías, es más, mercancías deteriorables; una mera variable dependiente de las exigencias de la competitividad de la empresa. No ha ninguna maldad en todo eso. No hay ningún «plan». Sólo es el capitalismo ¡qué bonito!
 

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