Trump, Sanders y Hillary. ¿Se vienen malos tiempos?

por Pablo Pozzi

Ya pasó el “Súper martes”. Ganó Trump. Ganó Hillary. El establishment norteamericano se estremece por el triunfo trumpista. Los progresistas yanquis están desconsolados porque Sanders no va a ser presidente. Y “la democracia más grande del mundo” ha demostrado una vez más que es saludable y que allí si hay opciones.

Y como soy un contreras inveterado empiezo a buscarle el pelo al huevo. Lo primero es que me llama poderosamente la atención esa capacidad de los Estados Unidos para ser “más grande” y “mejor” que todos. Desde el Big Mac hasta Leo DeCaprio (¿en serio alguien cree que es un gran actor?), siempre son “lo más”. Digamos una gran campaña publicitaria para vender su país, su sociedad, y convencer a todos (tirios y troyanos, yanquis y extranjeros) de que viven en el mejor de los mundos posibles y que el resto somos unos pobres diablos que lo único que queremos es ser como ellos. Yo, por suerte, ya estuve muchos años y huí despavorido. Es más, no volvería ni que me llamara Kim Kardashian. Pero volvamos al tema de marras: ¿Ganó Trump? ¿Arrasó Hillary? ¿Perdió Sanders? ¿Qué pasó y qué nos revela?

Vamos a los datos. El martes 1 de marzo hubo elecciones primarias en varios estados norteamericanos (o sea en 14); muchos en el sur y otros en el oeste. Bueno, más o menos: en algunos fueron elecciones cerradas (sólo para afiliados) o abiertas (para todos los votantes) y en otros fueron caucus (o sea conciliábulos de activistas). Entre los Republicanos ganó Trump en todas, menos en Texas y en Alaska, donde ganó el troglodita de Ted Cruz, y en Minnesota donde ganó Marco Rubio. En cambio, del lado Demócrata ganó Hillary Clinton, excepto en Vermont, Oklahoma, Minnesota y Colorado donde ganó Sanders. Según los analistas esto implica que Trump ya ha casi ganado la postulación a presidente por los Republicanos, y Hillary vuelve a ser un contendiente “creíble”, ya que las “minorías” han rechazado al socialista Sanders.

Como siempre, la realidad es un desafío constante a una sarta de personas que prefieren ver a la política como una peli de vaqueros donde los malos usan sombreros negros y los buenos blancos. El problema aquí es que todos usan sombrero negro, o sea todos son malos. Trump es un racista, al igual que Rubio y Cruz. Es más, por ahí hasta es mejorcito, porque Cruz es un fundamentalista religioso de esos que comulgan con Dios todas las noches para preguntarle si debe lanzar la bomba atómica sobre Irán. Trump, en cambio, es un oportunista, pragmático, cuya única intención en la vida es hacer mucho pero mucho dinero; Dios, Estados Unidos y los musulmanes le importan muy poco. A diferencia de Trump, Hillary quiere poder y plata. De joven fue parte del sector Goldwater del partido Republicano, digamos estaba a la derecha de Reagan, y ya casada se pasó a los Demócratas… en Arkansas, no exactamente una opción progre. De ahí en adelante su base política siempre fue Wall Street por lo que ha apoyado cuanta política belicista y neoliberal desarrolló Estados Unidos. Para muestra basta un botón: durante el gobierno de su maridito Bill no sólo ratificaron las políticas de Reagan y Bush sino que hicieron aprobar el TLC/NAFTA, intervinieron en los Balcanes, y desarrollaron el “imperialismo de los derechos humanos”. Mientras Hillary y su marido impulsaban estas políticas, Sanders “el socialista” los apoyaba con su voto en el Congreso y condenaba a los palestinos en Gaza, o sea parecido a la socialdemocracia europea.

Claro que a Hillary la apoyan las minorías. O más o menos. En realidad tiene mucho apoyo entre los dirigentes y la clase media negra. Estos garantizan el voto de las formas más clientelares posibles. Bill Clinton tuvo eso clarísimo. Así, si bien sus políticas empobrecieron a buena parte de los trabajadores negros, también repartió prebendas a troche y moche entre la dirigencia afroamericana. Más o menos como Obama. Hillary heredó ese entramado de relaciones. Por ende, si bien Sanders se llevó la parte del león entre el electorado Demócrata hispano, en los estados sureños donde hay muchos votos negros, aquellos que se molestaron en votar lo hicieron tal como les dijeron sus “punteros”. De hecho, las minorías mayoritariamente no votan por nadie en Estados Unidos: se quedan en casita ya sea porque no pueden votar o porque están convencidos que nadie los representa.

Pero supongamos que Sanders sea una opción progresista genuina (por lo menos comparado con Hillary), ¿podía ganar? Bueno, su postulación entusiasmó a jóvenes y obreros; sus actos fueron realmente masivos; y millones contribuyeron con sus dólares a financiar la campaña. Es más, hasta le ha ido bastante bien en las primarias: sobre quince compulsas ganó cinco, empató dos (Iowa y Massachusetts), y perdió ocho. No está nada mal considerando que todos los poderosos y los medios de comunicación apoyan a Hillary. Inclusive, si consideramos que Hillary triunfó en estados donde los Republicanos tienden a ganar las elecciones generales (como los sureños), mientras que Sanders los hizo en estados que votan Demócrata, esto es aun más significativo. Sin embargo, Hillary tiene 1052 delegados a la convención partidaria y Sanders 427. ¿Por qué? Porque Hillary tiene más de 500 superdelegados (o sea funcionarios y personajes “importantes”) que se declararon a favor de su candidatura antes de empezar el proceso de selección. Sin esos superdelegados estarían casi empatados. Sanders nunca pudo ganar la candidatura Demócrata porque esta no tiene que ver con el voto de los afiliados, sino con la decisión del establishment partidario. Más aun, tan es así que Sanders ha repetido hasta el cansancio que él apoyará al que gane las primarias, o sea a Hillary. ¿Y entonces para qué presentarse? Ya hemos dicho que en parte su objetivo es incorporar algunas propuestas progresistas el programa Demócrata. Hasta ahora no ha logrado “mover a la izquierda” a Hillary ni un ápice. Otra vez, ¿y entonces? El objetivo oculto es que los Demócratas tienen un serio problema: Hillary no entusiasma a sus votantes. Sanders, en cambio, da la imagen de que “hay verdadera opción” y retiene al centroizquierda para el Partido. Cuando Hillary surja como candidata de la convención partidaria, y Sanders declare su apoyo, ¿qué harán sus votantes? ¿Votarán por Jill Stein, la candidata del Partido Verde? Indudablemente que algunos así lo harán; otros, decepcionados, no votarán a nadie; pero muchos votarán por la candidata cuya propuesta y trayectoria es bien de derechas.

¿Y Trump? Muchos ya lo dan como ganador. Otra vez la realidad puede decepcionarlo. Trump tiene 319 delegados, a pesar de todos sus triunfos, mientras que Cruz tiene 226 y Rubio 110. Es perfectamente concebible que los dos “loosers” se unan para cerrarle el camino, algo que los poderosos del partido Republicano están considerando seriamente; sobre todo porque Wall Street se opone al “populismo conservador” trumpista.

Lo anterior es aún más notable porque todas las encuestas (ver Realclearpolitics.com) dan que Hillary perdería las elecciones presidenciales con Rubio o con Cruz, y empataría con Trump. En cambio Sanders les ganaría por entre 8 y 10 puntos. Pero, indudablemente, es más importante tener alguien “amigable” en la Presidencia y no ganar las elecciones. Claro, suponer que un individuo en la Presidencia tiene libertad para “llevar adelante su programa” es una ilusión. Los márgenes de la libertad de acción son mínimos, como descubrieron Jimmy Carter y Barack Obama. El gobierno norteamericano define sus políticas no por lo que desean los votantes, sino por lo que quiere la burguesía. Si no me creen piensen en las políticas anti crisis aplicadas por Obama luego de 2008: fueron indiferenciables de las que aplicó Bush Junior; el rescate fue para los bancos no para la ciudadanía.

A pesar de todo lo anterior, ¿qué revelan estas elecciones norteamericanas? Por un lado, demuestran que los efectos del macartismo están quedando atrás entre las nuevas generaciones. Que Sanders se declare abiertamente socialista, y que millones lo apoyen dice mucho de los cambios políticos acaecidos en las últimas décadas. Lo mismo podemos decir en cuanto a que un candidato (Trump) racista y xenófobo tenga alguna chance. Es evidente que Estados Unidos es una sociedad profundamente fracturada. A pesar de la propaganda y las campañas de los medios de comunicación, la vasta mayoría de los norteamericanos no concuerda con lo realizado por los dos partidos mayoritarios. En este sentido la crisis de 2008 fue un parteaguas para mucha gente, y la burguesía ya no tiene la capacidad para tolerar un gobierno reformista que relegitime la dominación, como lo fue el de Franklin Delano Roosevelt en 1933. La mayoría quiere candidatos que se opongan al establishment, a Wall Street, y al empobrecimiento de la ciudadanía. El problema es que todos los candidatos (con sus obvios matices) representan más de lo mismo. Y el sistema electoral norteamericano está diseñado para impedir el triunfo de cualquier candidato siquiera tibiamente reformista, como lo fue FDR. Sin opciones viables muchos se recuestan en la derecha racista, mientras que otros buscan soluciones en modelos europeos, como la socialdemocracia, cuyos resultados están a la vista.

Ambos partidos, Demócrata y Republicano, tienen una inmensa capacidad de cooptación. Los movimientos de masas antiestablishment de derechas, por ejemplo el Tea Party, son absorbidos por los Republicanos; mientras que aquellos progresistas (como Occupy Wall Street) lo son por los Demócratas. El resultado es una lenta, pero constante, deslegitimación, del sistema político norteamericano.

4 de marzo de 2016

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