Tucumanazo

Sobre los usos del pasado

por Marcelo Langieri*

Es una práctica habitual analizar el desarrollo de los acontecimientos, a pesar de lo profundamente arraigados que están en la sociedad, como si fuesen separables de su contexto, como un tipo de actividad sujeta a sus propias reglas y susceptible de ser juzgado de acuerdo a ellas.

El objeto de estas notas es discutir algunas ideas de la politóloga y exmilitante Claudia Hilb publicadas en un estudio sobre los años 70. El foco de su mirada tiene como preocupación fundamental lo que ella caracteriza como la eliminación de la política a través de la violencia y sobre las razones que desde la izquierda, en sus distintas variantes, se contribuyó o facilitó el advenimiento de la dictadura.

La autora, que condena tajantemente a la dictadura y la represión, reconoce haber militado en las organizaciones de la época y tener una identidad de izquierda. Es posible que esta asunción la habilite para la realización de sus reflexiones.

El hilo conductor del trabajo, que aparece en los distintos ensayos, se desarrolla a través de tres preguntas sobre los usos de los años 70: ¿qué sucedió? ¿Por qué? ¿Cómo pudo haber sucedido?

El libro renuncia expresamente a cualquier abordaje historiográfico. Entendiendo que este puede ser un aporte para la comprensión de aquellos años me gustaría hacer algunas reflexiones al respecto.

Al igual que Claudia pertenezco a la generación de los 70. Cuando tenía 6 años vivía en el barrio de Almagro; recuerdo con claridad el ruido de los aviones y las bombas que caían a pocas cuadras de mi casa en el 55. Así la «revolución» inauguraba la «democracia» en mi vida. Es interesante recordar que el grueso de los protagonistas de la guerrilla argentina de los años 70 en ese momento tenía menos de 12 años.

Dice el sociólogo portugués Boaventura de Souza Santos que uno de los desarrollos políticos más fatales de los últimos cien años ha sido la separación e incluso la contradicción entre revolución y democracia como dos paradigmas de transformación social. Y que hoy, a comienzos del siglo XXI, no disponemos de ninguno de ellos. La revolución no está en la agenda política y la democracia ha perdido todo el impulso reformista que tenía.

Las persecuciones, proscripciones, asesinatos y el sufrimiento infringido a las mayorías populares por parte del partido militar, como partido del orden, dieron el tono a un pretendido posperonismo. La violencia en la década siguiente se alternaría con caricaturas de democracia que accedían ilegítimamente al gobierno.

Esta etapa de gran inestabilidad desembocó en otra «revolución» en el año 1966. Ya éramos más grandes. Pero la politización de la generación del 70 todavía no había encontrado el punto de ebullición.

En junio de 1966 se produce un golpe de estado. En ese momento se estaba jugando el Mundial de Fútbol en Inglaterra. En el encuentro de cuartos de final contra Inglaterra el seleccionado nacional fue eliminado mediando un arbitraje muy polémico. El partido terminó con un gran escándalo a raíz de la expulsión de Rattín, uno de los referentes del equipo. Y este en vez de salir del campo de juego reglamentariamente fue y se sentó en la alfombra roja de la reina Isabel. Escándalo internacional, tapa de los diarios del mundo y gloria nacional. Era la vuelta del Viejo Vizcacha.

Al regreso de la delegación los militares los recibieron en Olivos. Ya habían sido bautizados como campeones morales por la prensa amarilla y por un nacionalismo ligero. Naturalmente muchos jóvenes, sin ningún tipo de organización ni politización pero estimulados por cierto sentido nacional legítimo, fuimos a Olivos a saludar al seleccionado. Se juntó una pequeña multitud cuyo fervor inquietó a la policía y terminó en una batalla campal. Para la gran mayoría de los presentes las piedras que volaban eran las primeras tiradas contra la policía. La situación ponía de manifiesto la intolerancia, el autoritarismo y la prepotencia dictatorial. Sin buscarlo estos hechos aportaban a la construcción de una conciencia anti-dictatorial que marcaría la época. Siempre me pareció un excelente metáfora de la realidad que se vivía entonces. Se llegaba a la violencia en cualquier hecho, y esa violencia era en muchos casos un paso hacia la política.

Onganía ya había anunciado que transcurriría un tiempo económico que sería seguido de un tiempo social y finalmente un tiempo político. Y que todo este ciclo duraría 20 años.

En este contexto, con la prohibición expresa de todas las actividades políticas, ¿qué había que hacer?

¿Qué sucedió?

El estudio en cuestión realiza algunas distinciones acerca de la violencia. Preferiría utilizar el concepto de lucha armada como una de las modalidades de la violencia. Ello permite distinguir entre las distintas formas racionalizadas de la violencia. La violencia de masas en los movimientos insurreccionales, como el Cordobazo, el Rosariazo o el 20 de diciembre, para nombrar distintos ejemplos de violencia de masas que tuvieron altos niveles organizativos, en el caso del Cordobazo, o con niveles altos de enfrentamientos pero más espontáneos. El otro ejemplo típico de la violencia de masas es el de la resistencia peronista donde se pusieron decenas de miles de «caños» caseros y se realizaron miles de actos de sabotaje a la producción.

Todos estos actos recogían una tradición de violencia popular que se sumaba a los hechos históricos de la independencia, de la tradición anarquista, de las luchas antiimperialistas continentales, del Che Guevara y la revolución cubana, de la revolución boliviana, peruana, de los movimientos guerrilleros de toda América Latina. Por otro lado estaba el fracaso del reformismo y del desarrollismo para resolver los problemas de los pueblos.

Vamos a analizar brevemente dos hechos de gran simbolismo en los años 70, posiblemente los más connotados de la guerrilla peronista: Talo Ralo y Aramburu. La guerrilla de Taco Ralo no fue un hecho militar sino un hecho político. En ella no se disparó un solo tiro. Al ser detenidos sus integrantes, que realizaban un campamento de entrenamiento, resolvieron sobre la marcha anunciar la instalación de una guerrilla. Se trataba de las Fuerzas Armadas Peronistas que llevarían más adelante muchas acciones revolucionarias. En este hecho la única violencia que se registró fue la de las fuerzas policiales a través de las torturas. Los hechos ponían de manifiesto el carácter simbólico y político de la violencia que con su sola enunciación alcanzaba para ser creíble. Tal era la madurez de las condiciones existentes.

La ejecución de Aramburu es un hecho histórico que conmovió a la sociedad argentina dada la identificación de Aramburu con el golpe del 55 y todas los crímenes y calamidades que se abatieron entonces sobre el pueblo argentino. Posiblemente su significación superó lo imaginado por los propios autores. La resistencia peronista tuvo una extraordinaria extensión creando condiciones para instancias superiores de organización y lucha que ella misma no podía alcanzar por su dispersión y masividad. La muerte de Aramburu fue un hecho político que puso de manifestó la fragilidad del régimen, su vulnerabilidad. El régimen todo poderoso era vulnerado en sus propias narices. Un pequeño grupo decidido golpeaba en el centro de gravedad del régimen. Era un golpe militar cuyo efecto fundamental era político al cambiar las reglas de juego. La potencia militar del grupo insurgente era muy relativa. Se trataba de un golpe comando de una gran audacia contra una fuerza gigantesca y torpe a la vez. La puesta de manifiesto de esa torpeza fue un golpe político decisivo para el régimen y ello fortaleció a las fuerzas populares.

Este hecho estaba expresando el derecho a la rebelión, que tuvo un altísimo nivel de apoyo. Se inscribe en el derecho a la resistencia como un derecho reconocido a los pueblos frente a gobernantes de origen ilegítimo. Se puede decir que en este caso la violencia también politizaba.

Las lecturas desde el presente suelen olvidar cuál era el significado temporal de esos hechos. ¿Se pueden analizar los hechos de esta forma? Un latiguillo de moda, del cual el texto no se priva, es el de la subestimación de la democracia. Cómo estimar a una democracia cuyos partidos tradicionales fueron cómplices de los golpes de estado y claudicantes frente al autoritarismo en sus distintas versiones. Y ni hablar de la república y la separación de poderes. La formalidad funciona cuando hay obediencia y la obediencia cuando hay legitimidad.

En realidad 1983 no fue el restablecimiento de la democracia, sino que fue el establecimiento de la democracia de la derrota. Esto es, que votaras lo que votaras, los mismos hacían lo mismo para obtener idéntico resultado (Horowicz).

¿Por qué?

Hilb formula dos preguntas muy fuertes que vale la pena repetir: ¿En qué contribuimos nosotros, los militantes de aquella izquierda setentista a que el terror del que fuimos tal vez las principales, pero por cierto no las únicas víctimas, pudiera advenir?

¿Podemos desligarnos de toda responsabilidad en el advenimiento del horror, o es acaso tiempo de recorrer sin concesiones nuestra propia participación en el atizamiento del infierno?

En principio voy a abusar de la literalidad diciendo que no, que no tenemos ninguna contribución frente al horror perpetrado. No lo tenemos frente a la tortura, al plan sistemático de desaparición de personas, al secuestro de bebés, etc. En la lectura que reconoce responsabilidades propias ¿no se está naturalizando el horror?, ¿no se lo toma como dado, como propio de la naturaleza golpista? La criminalidad de las clases dominantes argentinas está presente a lo largo de la historia pero el horror moderno de la dictadura sale del molde y no hay nada equiparable, y su equiparación corre el riesgo de transformarse en una involuntaria justificación. Cabe analizar la derrota de los proyectos revolucionarios. Es decir, explicar, entender los errores cometidos. La perspectiva de pertenencia asumida por la autora facilita tal perspectiva.

Esta perspectiva no implica desconocer una distinción muy válida formulada por la autora acerca de las víctimas inocentes. No es necesario ser inocente para ser víctima sin embargo se inocentó a las víctimas de la dictadura, independientemente de su condición de militantes o combatientes. El grueso de los caídos y posteriormente desaparecidos fueron víctimas de asesinatos estando en captura pero ello no niega la existencia de operaciones militares de la guerrilla con pérdidas humanas de unos y otros.

Cabe centralmente a los organismos de derechos humanos haber construido la categoría víctimas inocentes. Es necesario destacar la excepción de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas que reconocía el carácter de militantes del grueso de las víctimas de la represión.

El carácter de víctima no exime de las responsabilidades políticas y de una reflexión sobre los errores cometidos. La magnitud de los errores también se explica por el grado de desarrollo alcanzado por las organizaciones populares. Hay que recordar la existencia de un clima donde la violencia aparecía como el arma política numero uno, porque en el origen había una dictadura y porque el mundo jugaba alrededor de esa suerte de ofensiva de la violencia de las clases populares. La posibilidad de introducir en el interior de un vasto movimiento de masas esa metodología aparecía como un desafío realmente importante. Quien conquistara ese territorio conquistaba la mayoría de las clases populares en la Argentina. Era seductor para muchos sectores. Pero en realidad, junto a la imagen de seducción que ello tenía, y que a buena parte de la intelectualidad hacia vacilar con respecto a si seria o no el camino correcto. Estaban las prevenciones con respecto a si el camino de la guerrilla en un país como Argentina, con una clase media tan extendida, con tantos «amortiguadores», y con un poder importante en la opinión publica del pensamiento de derecha militarista. En segundo lugar, si el peronismo, iba a poder ser hegemonizado por esa estructura, que de alguna manera se incorporaba en su interior generando fuertes tensiones. Esas dos cuestiones son la madre de los problemas que la guerrilla peronista, que era la que asumía ambos desafíos, no pudo resolver favorablemente. Pero que implicaba una apuesta de gran trascendencia.

El costado virtuoso de las políticas de Montoneros estuvo en el desarrollo de las organizaciones de masas que tenían que ver con la posibilidad de radicalización de un ala del movimiento mayoritario de las clases populares. El carácter represivo que va cobrando la lucha interna del peronismo y el enfrentamiendo con el propio Perón, van quebrando las posibilidades de influencia de Montoneros. La ofensiva política contra la tendencia fue contundente: retorno y represión en Ezeiza, giro de Perón, golpe de estado blando contra Cámpora, retirada de Montoneros y división del campo popular en la plaza del primero de mayo del 74, muerte de Perón, asunción de Isabel y López Rega, Triple A, Rodrigazo, claudicación democrática de los partidos reformistas, represión indiscriminada. Todos estos hechos, más los de la propia cosecha, como el atentado a Rucci o el pase a la clandestinidad de Montoneros, inducen a la adopción del militarismo como respuesta a la ofensiva antipopular iniciada por el peronismo lopezreguista y continuado por la dictadura. Esto produjo un nuevo cuadro de situación caracterizado por el repliegue de masas. Este repliegue es consecuencia de una ofensiva que no tiene su punto de partida el 24 de marzo, allí tiene un salto cualitativo, pero la represión había alcanzado un nivel que superaba cualquier forma de institucionalización y control y estaba fuertemente imbricada con las fuerzas armadas.

Volvemos a tomar la pregunta sobre cual es la responsabilidad de las organizaciones revolucionarias en el advenimiento del Horror. En el texto no hay ninguna pregunta acerca de cuál fue la responsabilidad de los partidos del sistema político cuando el gobierno de Isabel se caía a pedazos y el partido militar acechante desarrollaba la teoría de la «pera madura». Qué decía Balbín entonces, para tomar un ejemplo paradigmático: «no tengo soluciones» ¿qué otra cosa que una luz verde a los militares fue ese famoso discurso? Bajo la máscara de una ingenua displicencia, mejor conocida como cuanto peor mejor, se escondió un grave error estratégico. Ello sumado a la jeraquización de las respuestas militares por parte de las organizaciones revolucionarias, que para la época del golpe ya estaban debilitadas y sin capacidad de respuesta acorde a la ofensiva política y militar que estaban desencadenando las clases dominantes. En este marco preguntarse por la responsabilidad de las organizaciones y sus integrantes en el Horror corre el riesgo de ser confundido con una mengua en la responsabilidad de los autores y hacedores del horror: los militares y sus socios civiles. Especialmente del gran empresariado que se benefició generosamente durante el proceso. De esto tampoco se hace meción alguna cuando la justificación y sostenimiento del proceso gozó de un explícito apoyo por parte del gran empresariado nacional e internacional. O de la jerarquía eclesiastica que hizo de la iglesia otra de las patas que soportó socialmente al proceso.

La reivindicación de las luchas populares -de las derrotas especialmente- no significa renunciar al beneficio de inventario. Por el contrario, todas las experiencias dan la oportunidad de aprender las lecciones de la historia, de la propia historia, que es la más difícil de asimilar, porque allí juegan más intesamente las subjetividades, la falta de distancia con los hechos, las modas intelectuales, etc.

Si existe un claro ejemplo de descontextualización ese es la subestimación de la democracia. Del golpe del 30 hasta el 83 todas las experiencias llamadas democráticas, fuera del peronismo, fueron fallidas y claudicantes. Eran democracias tuteladas por el partido militar, sin excepción alguna.

El proceso asumía el desafío vacante de un sistema político vaciado para postularse como el reaseguro estratégico frente a todos los fracasos existentes. El gobierno de Isabel había iniciado irremediablemente el descenso al infierno y el gobierno militar aparecía a los ojos de todo el mundo como la etapa superior del isabelismo y la triple A. Isabel duró lo que hizo falta para que el golpe tuviera una mínima resistencia. La teoría de la pera madura funcionó a la perfección.

Para imponer su proyecto los militares no trepidaron en recurrir al Horror, a romper inclusive con su propia moral. Para destruir al enemigo los militares se destruyeron políticamente y moralmente ellos mismos. La democracia emergente, con todas sus limitaciones, es hija de la derrota política del partido militar. La clase política fue un actor de reparto cuyo mérito principal fue percibir el suicidio político en Malvinas y la descomposición política del partido militar. Cuando dejaron de tener poder los militares los factores de poder civiles tomaron la distancia que necesitaban para preservarse.

¿Cómo pudo haber sucedido?

«El proceso de reorganización nacional es la forma de reacomodarse de las clases dominantes a las nuevas condiciones de la economía mundial, para ello fue necesario el disciplinamiento de las clases subordinadas al nuevo orden». La frase pertenece a Juan Carlos Portantiero y fue publicada en la Revista mexicana de sociología.

El disciplinamiento de las clases subordinadas es la clave de interpretación de los hechos sociales y políticos en una sociedad con altas expectativas de igualdad, que entra en conflicto sistemáticamente frente a una estructura social desigual, y que a pesar de sus derrotas y frustraciones no ha apagado ese fuego fundacional que se sostiene en valores públicos.

Todas las reflexiones críticas provenientes de la experiencia militante se valorizan especialmente cuando preservan las experiencias de lucha por la construcción de la emancipación humana. Algunos aspectos de las experiencias analizadas, como la burocratización de las organizaciones o la pérdida de los valores originarios, que reconocen procesos desiguales y contradictorios, se desvirtúan con una descalificación general realizadas en nombre de una democracia abstracta muy alejada de la democracia real.

El derrumbe de las organizaciones fue más rápido que el advenimiento. La violencia en la experiencia argentina ha sido la de la política por otros medios. El militarismo fue la desviación grave que aisló a las organizaciones de las masas pero la identificación de la violencia con el militarismo corre el riesgo de descontextualizar los hechos.

A esta altura cabe reflexionar sobre una pregunta muy trascendente, formulada como un problema en el texto: ¿Qué hubiera pasado si la experiencia de los años 70 hubiera sido victoriosa? Antes de intentar una respuesta quizás convenga preguntarse si son válidas aquellas preguntas que no tienen respuesta, que no son preguntas ni problemas. Y que las posibles respuestas ensayadas son una mera especulación que cabalga sobre la derrota de una experiencia. Experiencia que tuvo aciertos y errores y que más allá de estos últimos alimentó los mitos fundantes de una patria para todos.

Notas al pie

El movimiento de DDHH en su etapa de instalación, en la necesidad de demostrar los horrores del terrorismo de Estado, construyó el estereotipo de las víctimas «inocentes». Se negaba de esta manera el carácter político militar de la guerrilla. La práctica de la guerrilla y la realización de acciones armadas no autoriza a los poderes del Estado, poseedores del monopolio de la violencia legítima, a ejercer formas ilegales de represión, cualquiera sea la situación legal del reprimido.

La política de «inocentar» al conjunto de la militancia, armada o no, colocaba una mirada desigualdad en la consideración social y legal de lo que se mostraba como dos bandos: los militares y los guerrilleros. La distinción de unos y otros no se corresponde con la condición armada de la acción sino con la condición legal de la misma. La guerrilla no tiene obligaciones estatales, además de no haber torturado y violado los derechos humanos, mientras que los militares además de haber violado, torturado y asesinado, lo que ya constituye una aberración, lo de forma oculta e ilegal. Por ello se trata de terrorismo de Estado y no es equiparable a la violencia ejercida por las guerrillas, independientemente de la violencia ejercida.

El carácter clandestino, ilegal y extendido de la represión es el que justifica la política de memoria, verdad y justicia. A menudo se cita el ejemplo de Sudáfrica y la acción de Mandela como un modelo de reconciliación a adoptar. Todos deseamos una proyecto de unidad nacional, especialmente para reconstruir una Argentina, sumergida en la pobreza, la injusticia y la desigualdad, donde una pequeña elite se apropia y usufructúa discrecionalmente las riquezas existentes.

Pero la diferencia fundamental existente entre Sudáfrica y la Argentina es que en Sudáfrica la desigualdad del Apartheid era manifiesta. No había que descubrir nada, estaba a la vista, había ascensores para blancos y otros para negros, lo mismo el transporte público y todas las cosas. Se trataba de cambiar el paradigma de convivencia social.

La política de memoria, verdad y justicia tuvo en el juicio a las Juntas un hito histórico que puso de cara al conjunto de la sociedad los horrores de la dictadura. La breve primavera democrática era más hija del fracaso de la dictadura que de una construcción política y social. Alfonsín heredó la democracia como mejor intérprete de la descomposición del régimen. Los derechos humanos se constituyeron de allí en adelante en el único pacto consensuado por la sociedad argentina. Frente a una democracia donde no se comía, no se educaba y no se curaba el único punto en común fueron los derechos humanos a través de la política de memoria, verdad y justicia. Era descubrir y sostener la gran verdad lo que permitió avanzar y cerró otros caminos que debilitaban la cohesión básica y fundante del presente.

Esto explica también porque un universalismo abstracto choca contra la memoria, como sucedió en la Universidad de Buenos Aires con el rechazo a los condenados por causas de lesa humanidad como estudiantes. Donde, dicho sea de paso, no conviven y estudian las fuerzas de seguridad con la población general.

Final

El texto brevemente comentado advierte que aquel que actúa de manera instrumental sobre el mundo humano buscando producir resultados previstos sirviéndose de la violencia como medio, actúa como si pudiera modelar la materia como un artesano modela el objeto que fabrica. También convendría recordar al Marx del dieciocho Brumario dondef dice que:

«Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.»

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* Sociólogo. Exmilitante de los años 70.

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