Dolor por Nicaragua

por Alberto Híjar Serrano

Lejos del Colectivo Híjar está celebrar el 19 de julio como si se tratara de un triunfo. La huida de los Somoza en 1979, solo se festejaría si ahora abandonaran su país Daniel Ortega y Rosario Murillo, algo que no ocurrió a cambio de la batalla de siete horas de ataque armado a Monimbo, «llama pura del pueblo» como dice Carlos Mejía Godoy en uno de sus cantos épicos.

Se trata, en cambio, de entristecernos en común con el recuerdo de la fiesta y el duelo de una insurrección popular triunfante traicionada por un frente de organizaciones políticas con el Frente Sandinista de Liberación Nacional, incapaz de construir una dirección histórica sin caudillos como la que se intento con la primera Junta de Gobierno incluyente de Violeta Barrios, viuda del periodista mártir Pedro Joaquín Chamorro que luego sería presidenta electa, Moisés Hassan del Movimiento Pueblo Unido y del Frente Patriótico Nacional, Alfonso Robelo del Movimiento Democrático Nicaragüense pronto organizador de la contrarrevolución empresarial; Sergio Ramírez, el connotado escritor del Grupo de los Doce y Daniel Ortega del FSLN, organización reconocida por todos como vanguardia político-militar.

La presión imperialista con todo y la contrarrevolución armada en las fronteras y en el centro de Nicaragua y luego la destrucción del campo socialista soviético, orientaron la revolución popular hacia la democracia burguesa con una poderosa asesoría del PRI. El presidente de México, Luis Echeverría, cumplió bien su trabajo como agente de la CIA con la simulación progresista de impulso al Tercer Mundo, ni capitalista ni socialista. Pronto se descubrió que el objetivo estratégico era la paz en la región promovida en reuniones como la del Grupo Contadora, empeñado en organizar acuerdos para acabar con la guerra popular prolongada sustentada por las Fuerzas Populares de Liberación de El Salvador donde se llegó al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional por el acuerdo de las organizaciones armadas y a la coordinadora semejante en Guatemala, la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca. Estas coordinadoras facilitaron los acuerdos contrarrevolucionarios y no es casual que en Managua haya sido asesinada Nélida Anaya Montes, la comandante Ana María, por su propia escolta y que el Comandante Salvador Calletano Carpio, Comandante Marcial, haya sido inculpado hasta forzar su suicidio y eliminar así al más importante dirigente de la revolución en Centroamérica.

Las cosas empezaron a ir muy mal en Nicaragua con la dirección empeñada en portarse bien para conseguir ayudas de gobiernos solidarios y el cese de las agresiones yanquis. Nada de marxismo-leninismo fue la orientación a las pocas células de élite del FSLN, somos sandinistas aunque nadie supiera bien a bien que quería decir eso más allá de la digna combatividad antiimperialista y antidictatorial. Tomas Borge, Ministro del Interior, el más carismático como fundador sobreviviente del FSLN y con Lenin Cerna organizador de la Inteligencia de Estado más destacada del mundo, decidió probar que no había extranjeros radicales para lo cual ordenó a los internacionalistas romper sus pasaportes de origen para nacionalizarse nicas. Empezó entonces la salida silenciosa de los cientos de solidarios. No hubo como en el caso de la República Española, organizaciones de veteranos para mantener una presencia necesaria en la Nueva Nicaragua. A la par, las organizaciones de masas, las de cada manzana pronto desmanteladas, fueron institucionalizadas bajo el mando central del FSLN. Así quedaron la juventud, los niños, las mujeres, los maestros, los obreros, los campesinos. La frase sacramental fue terrible: «hay que esperar a que bajen las orientaciones».

La nueva democracia electorera y burguesa favorable al reconocimiento de los estados americanos, todavía pudo llevar a la presidencia a Daniel Ortega que lo hizo tan mal, que en la siguiente elección ganó Violeta Barrios de Chamorro. El escándalo de La Piñata, según denominación popular, como arrebatinga para no dejar nada a los que llegaban al poder, alcanzó a los comandantes que permanecerían más bien silenciosos. El mayor buscador de fama y riqueza fue Edén Pastora, el famoso Comandante Cero de la ocupación del Parlamento. La Comandante Dos de esa acción que asombró al mundo, Dora María Téllez, permaneció y permanece digna y su combatividad llegó hasta la huelga de hambre para impedir la más reciente reelección de Ortega. Pocos son los comandantes que se han pronunciado contra la dictadura actual: Víctor Tirado el mexicano silencioso, Humberto Ortega que comandara las fuerzas armadas y las milicias y que llama a su hermano a poner fin a la represión; Las comandantes mujeres como Mónica Baltodano, la más activa denunciante, la exministra de salud Lea Guido con ella, Jaime Wheelock, Henry Ruiz, el muy querido Carlos Mejía Godoy, el más importante cantor de la épica popular que consolidó el poder sandinista, su memoria histórica, su festiva exaltación del habla del pueblo y claro, el amor, la ternura, la digna rabia por los héroes y mártires entre los que cuenta a Camilo Ortega.

Queremos reivindicar la alegría revolucionaria como parte del duelo. Esta es la dialéctica de una revolución derrotada, una más, porque no se ve para donde pueda resolverse. Habrá quizá una nueva junta de notables con vigilancia de burócratas tan reaccionarios y ajenos a los pueblos en lucha como los de la OEA y la ONU. Nada o casi nada queda de la tendencia bolivariana que contaba con la presencia de Ortega para disimular en una apariencia antiimperialista, la destrucción de Nicaragua amenazada por la construcción de un canal chino que destruirá el sistema de lagos incluyendo el que albergó a Solentiname, ese santuario construido por Ernesto Cardenal, el poeta perseguido por la Murillo. No hay relevo poético pero sí pastoral por los pobres encabezado ahora por el cardenal Brenes y el obispo y los curas que lo han acompañado a proteger a los amenazados y diezmados combatientes contra la dictadura actual. De los templos los han sacado los encapuchados protegidos por la policía, el ejercito, los jueces omisos, los diputados sin voz, el poder criminal que no duda en disparar contra el pueblo.

En efecto, no celebramos, nos condolemos con toda nuestra memoria trágica y sin esperanza que exige la renuncia de Ortega y Murillo para el cese a la matanza de los valientes mártires.

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*Nota «copyleft» por gentileza del autor.

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