| Voz sagrada del Cosmos y magisterio de los pequeños |
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| Columnas - Calidad Humana | |||||||||||||||||||||||||||
| Lunes, 20 de Julio de 2009 05:29 | |||||||||||||||||||||||||||
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La reciente muerte de Thomas Berry, uno de los pensadores que más ha profundizado en Ecología profunda, ha incentivado la revisión de su obra y la consecuente necesidad de afinar la visión holística por él propiciada. Admirador de Teilhard de Chardin, quien según él “manifestó la mayor transformación del pensamiento cristiano desde la época de San Pablo”, asevera que nuestra generación asiste a un trascendental cambio de era en nuestra historia biológica; al perentorio desafío de repensar la totalidad de nuestras instituciones humanas. Nuestra responsabilidad actual, en cuanto habitantes de un planeta que transita por una de las crisis más traumáticas de su historia (en lo que a su relación con nosotros concierne), no se reduce a velar con fervor y respeto por su pervivencia. Implica además —o mejor dicho antes, como postulado del compromiso ecológico— captar y sentir nuestra relación radical con la totalidad de cuanto existe; como asimismo el irrepetible aquí y ahora de su manifestación en nosotros. La intuición teilhardiana de que ni espacial ni temporalmente podríamos concebirnos intercambiables en el dinamismo evolutivo (a diferencia de lo que solía entenderse en Occidente hasta Pascal inclusive). Nuestra civilización occidental ha cultivado intensamente —y con marcado exclusivismo— un tipo de conocimiento a través del cual hemos modelado el universo como «objeto» a nuestro alcance: “Y los bendijo Dios y les dijo: 'Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla; dominad en los peces del mar, en las aves del cielo y en todo animal que serpea sobre la tierra.'” (Gn 1,28). La carga axiológica de este imperativo que acompasó durante milenios el desarrollo de nuestra cultura —y en fuerte medida legitimó la expoliación de nuestro planeta—, de alguna manera nos ha lanzado «fuera» de cuanto tenemos delante. Desde la concepción teísta y patriarcal expresada en el Génesis nos hemos marginado del ámbito divino. La expulsión del Edén resultó funcional a nuestro interés depredador. Allá arriba quedó Dios, en sitial inmarcesible; acá abajo nosotros, expectantes de redención mas enseñoreados de la Creación que nos fuera confiada. Creación y creatura; trascendencia e inmanencia; cielo y tierra; espíritu y carne; gracia y pecado; forma y materia; alma y cuerpo... La herencia cultural helénica ha marcado a fuego nuestra forma de modelar la dimensión sutil de la realidad. Aunque la labor artesanal no fuera estrictamente ocupación central de la polis, las condiciones culturales propiciaron que igualmente se convirtiera en metáfora central inspiradora de un colosal andamiaje filosófico fundado en el dualismo: el artesano creador contrapuesto a la artesanía creada. La «eficiencia» de aquél aplicaba a determinada «materia» la idea o «forma» que tenía in mente. Y esto lo hacía con determinada «finalidad». De allí que Aristóteles pensara que todo «objeto» creado conlleva una cuádruple causalidad: «eficiente», «material», «formal» y «final». Sobre el mismo modelo conceptual derivado del quehacer artístico y artesanal, el estagirita estableció parejas de conceptos como «materia» y «forma», «acto» y «potencia» —el artesano tiene posibilidad o potencia de hacer; la materia, de recibir forma—, y extendió su pensamiento a otros campos. Así, el viviente es un compuesto de «forma» y «materia» (alma y cuerpo); en la procreación el varón es el «principio formal» y la mujer el «principio material». De aquí se sigue una interpretación jerarquizada del universo en cuya cúspide está Dios —actualidad y aseidad pura—, y criterios de valoración acordes con la perfectibilidad del arte artesanal. Lo más valioso o perfecto es tratado como forma; lo de menor valor o perfección, como materia. El artista artesano es superior a la materia que modelan sus manos; el alma, al cuerpo; el hombre, a la mujer. (Cf. CORBÍ Marià, Hacia una espiritualidad laica (Barcelona, Herder Editorial, S.L., 2007), pp. 169 ss.)). Es obvio que ya no vivimos como en la época de Aristóteles. ¿Continuaremos atados al modelo conceptual derivado de la metáfora artesanal? Más de dos mil trescientos años han transcurrido y, sin tomar clara conciencia del porqué de nuestra mentalidad analítica y de su sustrato manipulador y patriarcal, continuamos disgregando en dicotomías o eventualmente en tricotomías —«cuatricotomía» ya no figura en el diccionario...¡oh!, ¡pereza mental!— la continuidad de un cañamazo que nos será preciso recomponer con nuestro ser entero dentro: materia, energía, vida, mente, espíritu; cosmogénesis, biogénesis, antropogénesis, teogénesis... Misterio insondable del supremo devenir que vive, siente, venera, ama y desde nuestra especie reflexiona. Cual define Thomas Berry en un texto al que enseguida aludiré formalmente, “humano es aquel ser en el cual el universo se refleja y se alaba a sí mismo y a su origen numinoso mediante su modo único de autopercepción consciente. Todos los seres vivos hacen esto a su manera, pero en los humanos se convierte en un modo de funcionamiento dominante. No pensamos en el universo, éste se piensa a sí mismo, en nosotros y por medio de nosotros”. Nótese el contraste con la cosmovisión griega. Nótese además el desfase del núcleo pensante, el cual no radica ya en nuestra individualidad, y ni siquiera en el colectivo de nuestra especie, sino en la infinitud universal. Más aún, la comunidad humana no es concebible para Thomas Berry sin el suelo, el aire, el agua y todas las formas vivas. Para reubicarnos en el contexto de la maravillosa vastedad que nos constituye y rodea, esencialmente dinámico, no alcanzará con superar el dualismo aristotélico; será preciso además abandonar el antropocentrismo que subyace tras la visión newtoniana del mundo, aquella modalidad gnoseológica desde la cual nos hemos percibido «señores» de una maquinaria tan perfecta y estática como ajena a nuestra intimidad. Tal conversión conlleva el reto de transformar nuestra calidad perceptiva a la luz de un nuevo «paradigma ecológico». En mentes lúcidas y compenetradas con este nuevo paradigma germina una comprensión más cabal de la realidad. Y a la luz de tal comprensión, cultivada con intensidad y persistencia, es posible arribar a una nueva dimensión del sentir humano. Las milenarias tradiciones de sabiduría iluminan nuestro tránsito por este derrotero. Nos remiten a una modalidad cognitiva diferente de la cultivada en Occidente. Que más que conocer es «reconocer», testificar la prodigiosa presencia y densidad temporal de cuanto nos circunda e incluye —la expresividad histórica de nuestro hábitat cósmico— sin apelar a nuestra capacidad de dominio. Cuando el énfasis cognitivo apunta a reconocer y atestiguar antes que a manipular, no hay distancia analítica sino cercanía sensitiva. Y así como desde nuestros albores biológicos nuestras construcciones mitológicas y filosóficas han mantenido estrecha correspondencia con nuestra forma de subsistir —cual ejemplifiqué con el caso de la polis, a la luz de esclarecedores aportes de Marià Corbí—, asimismo nuestras teofanías no son sino reflejo de lo que ven nuestros ojos. Thomas Berry ha expresado esta intuición a través de una sugestiva comparación astral: cómo percibimos lo divino desde nuestra fascinante Tierra; cómo lo hubiéramos percibido de habernos tocado en suerte un hábitat cósmico menos expresivo (por ejemplo, la Luna); y asimismo en hipotéticas migraciones (desde un astro hacia otro y viceversa):
Con el fin de salvaguardar “todo lo que tenemos aquí”, proteger la base de nuestra supervivencia y apreciar la fuente de nuestro arte, ciencia, danza, vida afectiva e intelectual, expansión de alma, mente y corazón... será menester profundizar en el «mensaje» gestual o no verbal del misterio temporal en el que estamos inmersos. Si la flexibilidad de modelar a nuestra medida el medio que cohabitamos nos ha facilitado el dominio del planeta, y a la par poner en riesgo nuestro porvenir biológico, progresivamente amenazado por demenciales ejercitaciones de aquel dominio —y fatídicas interpretaciones integristas del mentado versículo bíblico—, de alguna manera habremos de afrontar la crisis mediante la atenta «escucha» de aquella voz cósmica cuya sacralidad sólo podremos advertir en la complejidad de nuestro entorno más cercano: minerales, vegetales, animales, seres vivos en general... Miríadas de partículas atómicas y milenios de gestación en cada gota de agua, roca, árbol, arbusto espinoso o florido; en cada ser viviente con que nos topamos; ¡en nuestro propio organismo!... Millones de años luz en innúmeros rayos que impactan nuestra retina desde el firmamento estrellado. Cual destaca también Thomas Berry en el capítulo precitado:
¿Cuál es la clave para escudriñar esta historia?; ¿cuál el secreto para aguzar nuestra calidad perceptiva?; ¿qué instrumental refinar, no sólo para ver la maravilla de cuanto nos rodea e incluye, sino también para oír, con toda la acuidad y pasión de que seamos capaces, la voz sagrada del cosmos que viene de lejos y de alguna manera se «antropomorfiza» para ser captada por nuestros sensores?
He experimentado la sensibilidad de árboles, plantas y flores a mi ausencia o presencia, al grado de afecto brindado, a su sintonía con mi estado de ánimo. Igualmente me ha ocurrido con algunas mascotas. Y en la maduración reflexiva he asociado mis vivencias a una reciente pregunta de mi nieto de cinco años. Estábamos viendo juntos un excelente animé japonés dirigido por Hayao Miyazaki: Mi vecino Totoro. Transcribo la sinopsis consignada en Wikipedia:
Con notable decisión e intrepidez Mei se aventura en el entramado de raíces de un inmenso alcanforero, en cuyo interior encuentra finalmente a Totoro y le brinda su cariño. Posteriormente éste aparece ante Satsuki (la hermana mayor de Mei), de quien también recibe demostraciones de afecto. Gracias a la amistad consolidada con el “rey del bosque” y bajo su protección, ambas niñas devienen protagonistas de episodios maravillosos: la travesía en «gatobús» para llegar hasta el sanatorio rural y reencontrarse con su madre, la germinación de un manojo de semillas que Totoro les obsequiara y ayudara a plantar... Cuando, en determinado momento en que aparece Totoro, mi nieto me preguntó: “¿Existe, verdad?”, la dinámica de la película derivó su atención hacia otro tema y me salvó del error que probablemente hubiera yo cometido en caso de esbozar cualquier respuesta de índole racional. En la peculiar sensibilidad de mi nieto, un despiste tal podría tener visos de profanación (de su calidad perceptiva y de la realidad a su alcance). Suelo llevarle a pasear a un parque arbolado y, en la primera oportunidad que se me presentó con posterioridad a su pregunta, atiné a proponerle: “Vamos a ver si encontramos un árbol bien frondoso y alto para buscar a Totoro”. Un niño de siete años —observaba mi admirado Chesterton— se entusiasma si le narran que alguien abrió una puerta y se encontró con un dragón. Pero uno más pequeño se maravilla por el mero hecho de que la puerta se abra. La realidad cotidiana le resulta lo suficientemente romántica como para prescindir del aderezo mágico. Las fábulas dicen que las manzanas son doradas —expresaba el gran pensador inglés en otro de sus textos— con el único fin de resucitar el olvidado momento en que descubrimos que eran verdes. Meses atrás la madre de mi nieto planteaba en familia su inquietud acerca de cómo responder eventuales preguntas de su hijo sobre temas trascendentes: Dios, la muerte, el «más allá»... En mis adentros pensé que la interrogante debería formularse al revés: cómo aprender nosotros de él. Tenía apenas meses cuando su gozo y capacidad de asombro me enseñaron —mejor que mil libros— que el estímulo de su acción-juego no provenía de expectativas utilitarias, ni de premios, ni tan siquiera de su necesidad de aprobación y afecto. Aunque tales ingredientes estuvieran siempre presentes, favoreciendo o contrariando intereses ocasionales, su motivación más profunda se expresaba en puro placer lúdico, en sintonía con la riqueza cósmica que día a día descubría (y me incentivaba a redescubrir). Resulta insensato argüir ante un niño que determinada escena de su universo lúdico es imaginaria —en cuanto contrapuesta a construcciones conceptuales de presunto mayor peso ontológico—, cuando la imaginación es su principal recurso para testificar con pasión la maravilla que le rodea y él mismo constituye. Más allá de lo discutible de esta percepción adulta —al fin y al cabo, tan instrumental es la imaginación como la capacidad reflexiva—, los niños son quienes mejor aptitud demuestran para descubrir la magia de cuanto sus sentidos abarcan y, particularmente, para conquistar el afecto de su entorno viviente. Son excelentes intérpretes y pedagogos de la mímica y del lenguaje gestual (del potencial no verbal de nuestra especie). Tienen además una sorprendente sintonía con los demás «pequeños» del Cosmos. Destinatarios señalados del Reino de los Cielos, a ellos corresponde el sagrado magisterio y hasta el criterio de salvación o condena del juicio final anunciado en el Evangelio:
La escena del juicio final que Mateo expone en su capítulo 25 es una representación dramatizada de los criterios valorativos anticipados en su capítulo 10. Aparecen dos categorías humanas delante del Rey juez: los discípulos que se hicieron «pequeños» y ahora son mayores en el Reino; y los destinatarios universales del mensaje cristiano, quienes resultan juzgados en función de su actitud para con aquéllos. En la narración paralela de Marcos (9, 41), los «pequeños» no son otros que los seguidores de Cristo. Para validar su condición de mayores, los discípulos han de hacerse como niños (Mt 18, 3-4), y así devendrán maestros como ellos. En síntesis, únicamente los «pequeños» —per se niños, o discípulos que se han hecho como niños— alcanzan rango de profetas y maestros, a ellos está reservado el carisma de interpretar y enseñar. Y sólo quien les reciba adecuadamente (quien sea sensible a su mensaje profético) será digno de recompensa. Los textos sagrados destilan sabiduría. Si profundizamos en ellos sin ceñirnos a la epistemología mítica que mediatizó su lectura durante milenios; es decir, si los abordamos en clave puramente simbólica —única aceptable para nuestra actualidad cultural y para el pluralismo religioso que en ella se ensaya como antídoto contra los integrismos en boga— el Reino de los Cielos anunciado por Mateo no es otro que el maravilloso Cosmos que nos constituye y rodea, el sustrato profundo y misterioso de la única Realidad a nuestro alcance, llámese Dios —cuyos múltiples nombres o atributos siempre serán relativos a nuestro modus vivendi—, o bien Vacío, Sin Forma, Absoluto, Gran Ancestro... La necesidad de modelar esta dimensión sagrada de nuestro existir es un momento intrínseco a nuestro núcleo antropológico y, en tal sentido, el homo religiosus que subyace en nuestra antropogénesis jamás morirá. Las artes plásticas de las milenarias culturas que nos precedieron y de la nuestra propia atestiguan este aserto; atesoran una enorme riqueza representativa de las expresiones teístas y no teístas de esta singular necesidad de nuestra especie de dar forma al Sin Forma (cf. CETR, Las formas del “Sin Forma”). Cuando comprendemos cabalmente que los místicos de todas las tradiciones dijeron esencialmente lo mismo —el «globalizado» acceso a sus textos y la movilidad de nuestra actualidad cultural propicia tal comprensión—, las creencias que vehicularon sus mensajes pierden vigencia y se desmorona la razón de ser de las confrontaciones integristas que hoy amenazan nuestra supervivencia. Y esto no significa irrespeto o sincretismo, sino todo lo contrario: comprensión profunda de la diversidad que los maestros nos legaran con los testimonios de sus vidas, no para creer lo que cada cual creyó desde el marco valorativo de su época —tan imposible de soslayar por ellos como de repetir por nosotros—, sino para que verifiquemos sus enseñanzas desde nuestro intransferible momento axiológico. No hay recetas ni vías preestablecidas. Se hace camino al andar. En el contexto evangélico antes considerado, el magisterio de sabiduría pertenece a los «pequeños», y nuestra capacidad individual y colectiva de escucharlos será la que en definitiva nos juzgue en el irrepetible aquí y ahora de nuestra cotidianidad. El efecto de acuidad o sordera es acumulativo; nuestra alerta, esencial. “Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre” (Mt 24, 44). Si nos aprestamos a escuchar a los «pequeños», nuestra calidad perceptiva se enriquece; en caso contrario, declina. Y el “momento” de no retorno suele ser bastante anterior al de nuestra extinción física. El momento del “morir humano” —señalaba el gran teólogo Karl Rahner— no es precisamente el de nuestra muerte biológica, sino aquél que consuma y completa la acción de nuestra libertad, el relámpago fugaz y decisivo en cuyo transcurso nuestra vida entera es comprendida y decidida:
Nuestro espejo cotidiano suele ser buen anticipo del juicio divino y acaso baste observar unos cuantos rostros para corroborar la sabiduría de (Mt 24, 44) retomada por Rahner. En cualquier caso, las preguntas que los niños nos hacen acerca del «más allá» conllevan saludables estocadas a las construcciones conceptuales que apuntalan nuestro ego; a la ilusión de creernos alguien llegado a este mundo y, por ende, con expectativas de salvación «fuera» de él, con consistencia ontológica autónoma y potestades hereditarias de manipulación y mando. Desde esta óptica, nuestro «paraíso» será el fruto del acierto que logremos en el constante desafío de pulverizar nuestro ego; nuestro infierno, la inconsistencia de creernos alguien. Permite que en ti resplandezca la naturaleza original que te constituye y en ella se manifieste la magnificencia inefable del no-dos que te sostiene, del Único que es y en tu interior habita. Escucha el ney y la historia que cuenta... Cual versifica el maestro Rumí, la caña de flauta no posee “lengua” propia; su voz no es otra que la del Amado. Pero esta voz sólo se escucha cuando la caña recuerda que su consistencia no proviene de sí misma sino del Amado (del cañaveral). Sólo este recuerdo le confiere oquedad y capacidad de resonancia, aptitud para transmitir con limpidez la suprema melodía. Para transitar por la Vía que nos vacíe de ego para conducirnos al Amado y abrirnos a la escucha de su voz sagrada, siempre latente en nuestro interior, habremos de convertirnos en ney; hacernos como niños y, de la mano de un niño, dejarnos conducir hacia la maravillosa aventura de emular a Mei y Satsuki, internarnos en el inmenso alcanforero en el que eventualmente encontraremos a Totoro, el entrañable rey del bosque de Hayao Miyazaki. Ante la degradación in extremis de la Pachamama, la vibración de la doliente Gaia cuyo clamor nos interpela, ¿quiénes enseñarán la magia del sendero sagrado?; ¿quiénes guiarán el lance de desentrañar y «escuchar» aquel clamor? No serán ciertamente aquéllos que amparados en el relato del Génesis continúan destruyendo a mansalva selvas y bosques, atentando contra el equilibrio biológico y acelerando la extinción de múltiples especies. La sufrida Abya Yala desde la cual escribo asiste a un notable resurgir de las comunidades indígenas, nuestros «pequeños» grandes maestros en el arte de habitar, venerar y amar nuestra casa común. Ya desde los albores de la última década del siglo XX Thomas Berry advertía claramente el protagonismo que progresivamente adquirirían con el advenir de la preocupación ecológica. Transcribo otros párrafos del capítulo precitado:
Concluyo mi reflexión evocando a otro «pequeño» gran maestro de nuestra historia —reverso de la medalla autista mentada en Nueva York—, quien no sólo supo hablar y escuchar al río, sino a todo cuanto se le presentó por delante. “¿Alguien hubiera dicho que un hombre que vivió hace más de 800 años vendría a ser referencia fundamental para todos aquellos que buscan un nuevo acuerdo con la naturaleza y sueñan con una confraternización universal?” —se preguntaba Leonardo Boff en su artículo Amor franciscano—. Y tras recordar que el pobrecillo de Asís ha sido proclamado patrono de la ecología, portavoz de valores hoy perdidos, como “la capacidad de encantarnos ante el esplendor de la naturaleza, la reverencia delante de cada ser, la cortesía con cada persona, el sentimiento de hermandad con cada ser de la creación, con el sol y con la luna, con el lobo feroz y el leproso al que abraza enternecido”, concluía su reflexión con un soneto por él compuesto y recitado en ocasión de celebrar el amor franciscano en la ciudad natal del santo:
En sintonía con los valores ecológicos personalizados en esta figura paradigmática del misticismo cristiano, acaso la más cercana a las tradiciones de sabiduría provenientes de Oriente, pienso en la enseñanza que los animales nos pueden aportar en el caudal de gratitud y lealtad que sus instintos naturales conllevan. En tal sentido —y aun a despecho de su incompetencia lingüística—, nuestros «pequeños» hermanos en la escala zoológica serían más «libres» que nosotros. Porque en su expresividad gestual son incapaces de mentir. En cambio, la mano humana que se extiende por rutina, los besos y abrazos convencionales —expresiones irritantes de tedio y aburrimiento— no hacen sino reforzar el autismo, el cerrojo de la cárcel que nos construimos al vivir en función de nuestro ego. En el vídeo que subsigue se narra una historia impactante y afín, tanto a los conceptos de Thomas Berry y Leonardo Boff como al precedente himno de amor franciscano (cf. Christian the lion): *Imagen: publicada con licencia Creative Commons by-nc-nd. Autor: WisDoc.
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| Actualizado ( Miércoles, 22 de Julio de 2009 05:37 ) | |||||||||||||||||||||||||||








