| 28 de Julio: Nada que celebrar |
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| Columnas - Con Firma | |||
| Sábado, 28 de Julio de 2007 12:36 | |||
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«Desde este momento el Perú es Libre e Independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende. ¡Viva la patria! ¡Viva la Libertad! ¡Viva la independencia!» San Martín, un 28 de Julio como hoy por José María Rodríguez Arias Otro aniversario patrio, de esos en los que te obligan a izar una bandera rojiblanca, que no significa absolutamente nada, para festejar una fecha supérflua en que el Perú no cambió. Una declaración de independencia, como tantas otras en todo el mundo, donde un criollo extranjero logró decir lo que otros tantos criollos sentían, eran libres, iguales, y tenían, por tanto, el derecho de mandar. La independencia, aceptando ese nombre al cambio simple de unos líderes oligarcas por otros (no muy distintos), se inició antes del desembarco de San Martín, y, por supuesto, no se consiguió hasta muchos años después (tanto la real como la reconocida).
Son muchos los autores que hablan de las independencias en América como un simple proceso reformista, y no les falta razón. Estados creados, en forma y fondo, por los españoles, comenzaron a sentirse aplazados por una metrópoli que no les hacía caso, y que en su ocaso más patético se veía enfrentado con vecinos amigos y perdiendo todo el poder que llegaron a tener. En esos momentos, un falso nacionalismo antimonárquico invadía los corazones hijos de la metrópoli, sin verdaderos deseos de cambiar las cosas, simplemente querían cambiar el poder de manos. Y lo consiguieron. Veo en mi estantería los varias veces leídos libros de peruanidad y nacionalismo, creados por gobiernos tan dispares como el de Belaúnde o el de Velasco, que intentan convencernos de una identidad común que nos obliga a sumarnos en un proyecto de dominación de otro agente, dirigido por el Estado, por el Mercado, o por el que sea, lleno de palabras de esperanza, identidad, patriotismo, y demás, que ocultan una realidad clara, Perú no es nada, no en el plano identitario, y no tiene por qué serlo.
Este 28 de Julio, como todos los anteriores desde que San Martín nos declarara independientes (porque celebramos una declaración), no tenemos nada que celebrar, no ya como pueblo con un proyecto común de vida (lo que se supone que somos, por más que luego la solidaridad no se defienda), sino como individuos sometidos a una serie de desgracias llamadas gobiernos. Y esto no nos pasa sólo a los peruanos, por supuesto, todos los latinoamericanos vivimos en las mismas, por no extenderlo a todos los humanos. Unos peor y otros mejor, pero en las mismas. Las cifras macroeconómicas, en general, son buenas, porque están desligadas de la realidad de los individuos y parten de una irrealidad estadística. Y no por gusto, mientras mejor va una economía que favorece a tres gatos, más protestas habrán, más reclamos llenarán las calles. Alan García lleva ya un año en el gobierno, y como todo buen presidente del Perú, o no hace nada o lo hace peor que el anterior. Ha continuado con las políticas socieconómicas de Toledo, a su vez, heredero del caduco )como programa que busca resolver problemas de la población) neoliberalismo fujimorista, esto es, continuismo puro y duro, en el que no le ha temblado la mano para pactar con la derecha más rancia y antigua del Perú, esa que nos declaró independientes para someternos. En lo político el cambio responsable de la campaña de Alan García significa volver a las tesis de "mano dura" de ese fujimorismo que representa lo peor de los peruanos, genocidios y corrupción, endulzurado con grandes docis de demagogia. Desde la pena de muerte (que es una propuesta recurrente) hasta la impunidad de las fuerzas armadas (dentro de un lote normativo preparado por el ejecutivo en que se ha buscado más la criminalización de los oponentes políticos que la solución a cualquiera de los tantísimos problemas que inundan nuestras vidas). Sin olvidar, por supuesto, una corrupción desde la cabeza de nuestro estado, que no duda en comprar noticias favorables o patrulleros sobrevalorados, por poner dos ejemplos en que queda más que claro el por qué los que mandan están ahí. ¿Qué diferencia hay en que nos humille, domine y robe un español aristocrático, un japonés inmigrante o un peruano ratero? Ninguna. ¿Qué diferencia real hay en nuestros procesos productivos y las relaciones interpresonales entre el ahora y la época colonial? Ninguna, la encomienda sigue vigente, con otros nombres, pero vigente, el clasismo inunda nuestras ciudades y plazas públicas, las humillaciones culturales y humanas son continuas y nada ha cambiado, no de forma estructural (no niego que tenemos mejoras que el tiempo no ha podido evitar), seguimos siendo un pueblo dominado, violentado por las élites que mandan (y cada vez de forma más clara) y utilizado. Hasta que no cambiemos realmente las cosas, desde la raíz, desde el fondo más profundo, seguiremos igual. Y no, la solución no es pensar en que el mundo incaico era una panacea a la que debamos volver, entre otras cosas porque es excluyente e irreal (nunca fue así, ¿qué régimen monárquico es justo?), ni el nacionalismo es la fuerza que la izquierda necesita para una revolución (nacionalismo de izquierdas es una contradictio in terminis), necesitamos la fuerza de todos como residentes de un mundo con un necesario proyecto solidario para poder sobrevivir en libertad, sino nos dedicaremos a aplastarnos los unos a los otros como hasta ahora hemos hecho. Pero no importa, saldremos otro año más a emborracharnos en nombre de una libertad que jamás hemos gozado. ¡Viva la Patria! ¡Viva el Perú! Gritan los traidores, esos que nos mandan, sea desde la casa de Pizarro o el directorio de un banco.
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| Actualizado ( Jueves, 28 de Julio de 2011 04:53 ) |







