| Todo por el voto obrero |
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por José María Rodríguez Arias / Con Firma
Muchas veces se habla de las grandes diferencias entre la política
estadounidense y la del resto del mundo, se alaba su sentido tan
profundo de la democracia representativa (hasta los candidatos se
someten al plebiscito de quien quiera votar), se analiza su
peculiar y tremendamente cuestionable sistema electoral, se pone su
bipartidismo como ejemplo de clase de sistemas políticos en que sólo
existen, de hecho en la arena federal, dos partidos con posibilidad de
mando. Y también es un claro ejemplo de divorcio de las clases
trabajadoras, cada etnia o gran grupo étnico juega en una liga distinta
y tiene valores dispares, y unas culpan a las otras de su situación,
así que voto mediante castigan a su contendiente imaginario en las
lides electorales beneficiando al explotador común.
Pero hay algo en que Estados Unidos es como el resto de países: la demagogia. Incluso a la par que estados como Perú, España o Venezuela (por poner ejemplos cercanos de países donde la demagogia campa a sus anchas), y en la carrera electoral todo vale. Todo. Y en ese país de las grandes corporaciones, el todo incluye ingentes cantidades de dinero para publicidad. No importa nada más, con tener una buena publicidad puedes vender chatarra a precio de oro a una mina de plata. Y en Estados Unidos, eso sí, saben mucho de publicidad, de discursos, y de demagogia. Casi podríamos decir que la han inventado. ¡Viva la rebaja de impuestos! Aunque no beneficie al consumidor final, suena genial siempre a esos bolsillos explotados y deprimidos. Mientras tanto, Obama intenta venderse como hombre del pueblo, tira de una historia que no tiene, a la par que se aleja de un religioso con ideas verdaderamente aplaudibles, dentro de sus propios límites y sistemas. Entre los demócratas, parece que el obrero blanco de valores conservadores se decanta por la mujer blanca de valores conservadores sobre el hombre negro de valores conservadores, pero que dice que todo será cambiado (sin marcar la senda, claro, y desligando su figura de quienes sí la marcan y son parte de su pasado), Isabel Piquer resume la situación: «De momento la ex primera dama es la que mejor ha sabido apelar a su frustración (que no "amargura" como tan torpemente dijo Obama en San Francisco y tan caro le ha costado). [...] Y ha funcionado. El voto obrero dio a la candidata su victoria en Ohio, le permitió sobrevivir en Pensilvania, debía confirmar su avance en Indiana (al cierre de esta edición no se conocían todavía los resultados) y previsiblemente le dará una nueva ventaja en Virginia Occidental la semana que viene.»Lo negro aún es temido por el electorado blanco y obrero de los demócratas, que un día votan por el burro y al siguiente por el elefante, olvidándose de su cuello azul y poniéndose la casaca roja. Y claro, hablamos de una clase trabajadora no unida, en gran medida por su propia historia, por los recelos generados por la publicidad de los propios partidos a los que ahora puede perjudicar, y por supuesto, por todo el tinglado étnico existente en Estados Unidos, donde para ser un gran país de inmigrantes, el racismo campa a sus anchas sin demasiados problemas. Así es la vida. El problema, como indican muchos analistas y recoge el artículo ya citado, es que los dos candidatos demócratas están jugando a favor del republicano, recordemos que estamos en las semifinales, que si las hinchadas se pelean y oriente y sur no marchan juntas, al equipo sólo lo acompañará medio comando, y así no salen bien las cosas, se teme que el cuello azul de toda la vida, que ve a la inmigración hispana y a los negros como un problema, como esos alienígenas a los que no habría que darles ni pan y sólo representan un expolio de sus reservas caritativas, que siente miedo del progreso y propuestas moralmente liberales, votará por los casacas rojas, o sea, por lo republicanos, que el elefante resulta llamativo y el tú eres de los nuestros es tan acogedor que vale al menos un voto y cuatro años más de explotación mundial (tal cual). Por otra parte, el afroamericano, hombre de color, negro, o como rayos quieran decirles ahora (¿se han dado cuenta que nadie dice euroamericano, o caucoamericano mas sí italoamericano y afroamericano?) no piensa votar por esa Clinton que significa todo lo que ellos no quieren, todo por lo que no han luchado tantos años, todo... Y claro, entre taparse la nariz y no votar, pues al menos en casa se está cómodo. No se dejen engañar, amigo estadounidense, si usted es obrero: no les votes, bótelos.
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