Disclaimer para pesadillas

por Macarena Hidalgo
Se hacen tristemente célebres ellos, los que matan, mientras lo que una vez fueron ellas ahora se borran del relato minutos después que la sangre seca fue limpiada en escena. Cuando aparecen es por su conducta, por sus amores, por sus ropas. Porque la joda y el sexo no, nena, no ves que es peligroso.

El medio machista le cuenta a la tribu, con fines propedéuticos, las historias de cómo aleccionar, como corregir a las incorregibles, de un tiro, de una cuchillada, asfixiándolas hasta que entienden (hasta que entendemos) que ser mujer es equivalente a no ser nada, a pertenecer. Servir y limpiar, cuando salimos a trabajar, tuvo que ser sustituido por algo más, por otro tipo de obediencia. En la cama, con o sin gusto – como la sarna.
La pedagogía de la crueldad se transmite así de generación en degeneración. Ellos van aprendiendo, se van haciendo machos. Nosotras temblamos. Y seguimos.
Nos enseñan que un golpe es eso, que el amor no tiene que doler y una sarta de libertades más mientras vemos cómo somos descartables igual que las polleritas – cortitas – que siempre se pueden acortar más, con tijeras mediáticas de ser necesario. Consumimos y digerimos todo con normalidad. Lo más progre de lo progre mezclado con el fuego tribal sobre el que se cocinan los botines de guerra que – en forma de cuerpos inertes – aprenden a poseer.
¿Cómo se le enseña a un hijo, a mi hijo, que nadie le pertenece? ¿Cómo se le explica a una hija, a mi hija, que no es de nadie? ¿Cómo sonreírles mientras el tránsito de la infancia a la adultez está plagado de monstruos mucho más terribles y concretos que los fantasmas de debajo de la cama? ¿Cómo le digo que yo le tengo terror a la oscuridad de la noche, a los sonidos del baile, a la soledad de las calles?
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