| No quiero ser María, Eva me gusta más… |
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por Zulema B. Gónzalez*, integrante de Las Lilith Dos imágenes se nos presentan con fuerza en los relatos bíblicos, una de ellas afirma un modelo de mujer acorde con los intereses patriarcales de la iglesia católica; la otra, irrumpe con su osadía buscando sus propios paraísos. Eva, considerada la gran pecadora de la concepción judeo-cristiana, trastoca el orden establecido negando su obediencia a un dios que en ese preciso instante pierde toda omnipotencia. Un dios que prohíbe el encuentro con el conocimiento porque eso implicaría su innecesaria presencia. Adán y Eva son castigados por la curiosidad, por querer saber, saber del mundo y saber de sí y también por establecer un pacto entre ellos. Pero de los dos, Eva es considerada más culpable por provocar esa búsqueda, acusada de “seducir” y negada por liberar su cuerpo a sus posibilidades eróticas. Eva sin embargo, vence el miedo, la vergüenza, la apatía, deja de ser la sumisa salida de la costilla de Adán y adquiere autonomía, empieza a ser ella misma. Pero esa autonomía y capacidad de crear y recrear el mundo desde el encuentro consigo misma, con otras-otros, con la naturaleza, tiene que ser reprimida y entonces comienza el trabajo sobre el cuerpo de la mujer para adecuarla al orden establecido. La imagen contrapuesta a la de Eva; la de la santa, pura, casta, virgen aparece para restituir al dios el poder sobre los cuerpos. Esta María, madre que concibe al hijo sin contacto corporal con nadie, sin que su cuerpo se erotice, goce, adquiera placer, se convierte en el símbolo de la “buena mujer”, del ideal de mujer impuesto por una religiosidad represiva. María es un vientre, un recipiente que concibe sin consentimiento, recibe y acepta sumisa. El cuerpo de la mujer pasa, a través de María a ser objeto, negación de placer, de erotismo, para cumplir con el único mandato que a esta jerarquía religiosa le cabe, el de la procreación. Se instala además la idea de que la mujer tiene el compromiso de la castidad hasta la pertenencia a un otro que la utilizará para engendrar los hijos a los que deberá cuidar. Esta iglesia patriarcal impone un solo tipo de sexualidad, la de hombre- mujer y todo lo que salga de esa norma o se oponga a ese mandato es considerado pecado. El espacio simbólico que se abre es un espacio de negación de vida, de libertad y de placer. La otra imagen, la de Eva, más allá de los intentos por negarla y silenciarla, sigue gravitando en nuestras vidas, no acepta la condena, la obediencia no es su fruta preferida, tampoco lo es la compañía obligada en un “para siempre”, disfruta de su soledad elegida y goza con la misma intensidad en cada uno de sus encuentros, invita a probar de los frutos de los que se hizo en el camino, observa a María con un gesto solidario y le pide que mire sus atractivos senos, que toque su vulva y la deje florecer, le cuenta que tiene derecho al goce pleno de todo su cuerpo y de sus deseos, que puede aceptar, rechazar, decir cómo, cuándo, dónde y con quien o quienes sin importar su sexo . Eva se mira y se viste en cada mujer que se levanta, en las que despiertan y en las que despiertas sueñan que son posibles las utopías, en las que niegan las normas establecidas y rompen con los tabúes, en las que hablan, en las que gritan en las casas-calles-espacios ocupados la rebeldía de no ser la que le imponen ser, regresa en cada uno de nuestros divinos pecados. *Escrito para la Revista Kama
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