No me lean, no me escriban
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Un yogur natado al despertarme, quiero tener el estómago adecuado para digerir el día que se me avecina. Octubre se instala en el calendario ofreciéndonos lo que sabe. Acabo de salir de la cama con el cuerpo aún arrugado por las sábanas, haciéndome parecer cualquier bestia. Un café exige a mi sistema nervioso que esté alerta. Ya vale de sustancias y fermentos. Me siento a escribir, que se muevan mis inercias, no queda otra.
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Siempre me ha seducido la quietud que pretende la noche, cuando las almas se desenchufan unas horas de la vida y entra en un estado latente y oscuro tal, que se desactiva la colmena. Abandonaron sus pertenencias así, sin más, al extinguirse ellos mismos en los dormitorios de sus pretendidas que no siempre conseguidas casas. En mis paseos nocturnos -la noche me da que me quita mucho público- casi me siento protagonista del Último Hombre sobre la Tierra que impávido contempla los vestigios de civilizaciones pasadas sin entender apenas nada. Veo los escaparates y compruebo la de millones de cosas que me sobran, pero eso sí… son tan hermosas.
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Tres pasadas de la tarde, apunto de llover pero no llueve. Bienvenidos a la vida exagerada de Roberto Moura. Las aceras reciben cansinas pisadas de vuelta a casa. Una ambulancia corta la quietud de este momento. Alguien se muere, sugieren escandalosas, las alarmas. Un violín corta ahora mi alma imprecisamente por la mitad. El tiempo se ha almacenado en mis ojeras. Sentado al borde de la luz, afuera de los ruidos, escribo desde dentro del amor, desde donde todo aún se puede todavía. Me reencuentro con ustedes en este mes que aún siendo estival, no es tratado como tal y se cierran las piscinas. La ciudad se vuelve a rellenar de tantas vidas, ausentadas hasta ahora por quincenas. Colgamos el bañador y nos vestimos de respetables ciudadanos. Los trabajos que van mal, tomarán renovadas energías para ir peor. Llega el nuevo curso y hemos de conseguir los libros a precios elevados. Las editoriales nos instruyen lo mismo año tras año pero decorando las portadas. Paguemos mucho por aprender lo poco que nos enseñan los libros escolares.
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Últimamente, hago como que madrugo, me he quitado varias horas de encima. Antes me daba por dormido hasta la media tarde, he rebajado (aprox.) hasta el medio día. Mis mejores marcas en años. Así haré lo mismo, que es muy poco, pero en otro rango horario. Hoy hace sol, mucho, bueno, hace uno, pero muy fuerte. No sé si salir y derretirme o quedarme tumbado un rato más, esperando que algo surja por ahí afuera que demande mis atenciones que son pocas.
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Ante este mar incontrolable y tan cantábrico, subido y bajado tanto de mareas, propondría varios temas navegantes, dignos de ser tomados en este artículo al abordaje a pata coja. Pero no. El acantilado me limita físicamente pero me expande. El fin del mundo siempre puede ser el sitio en el que habitas. En mí, la infinita prisión existencial que llaman vida, convertida en un enorme parque temático, previo pago.
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Extensas
nubes grises tensan el celeste. El aire africano entra en la península
sin papeles ni pasaporte comunitario. El viento aún es aire pero ya es
húmedo. En la ciudad, hojarasca de árboles y cantidad de papeles,
primos hermanos, correteando por el asfalto presagian la descarga
acuática. Llueve pero seca. Estamos a merced del tiempo. Aquí, puede
hacer meternos en casa, qué suerte, en otros países, te la destroza.
Las cortinas sabiéndolo, vuelan cobardicas en las ventanas. Un
intercambio de corrientes las ondea como banderas blancas. Parece que
la calle, sin importarle, se rinde unánime por los balcones.
Porcentajes enormes de la ciudadanía degustan, también rendidos, basura
televisivamente programada. Los niños, no son horas, dan pelotazos a
discreción en pantalones cortos a un muro cientos de veces
autografiado, jugando en el parque pública e inconvenientemente
alumbrado. Las terrazas invitan a sentarte y a rechazar sus precios.
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Ahora que un bluesman añade los tonos del bajo a la alta temperatura, ahora que queda tan lejos el invierno, ahora que descamisado, me tumbo para evitar la vertical que tanto cansa, ahora que nos desvisten las escasas vestimentas y se pierden los decoros, cuando el calor hace frotar en los campos los élitros de los grillos y congrega comunidades de cucarachas en las aceras y la oscuridad lo secuestra todo con su negro: Me atrevo a ejecutar mi atentado quincenal contra las palabras y la sabiduría.
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Ya llegó el calor, también los chuzos. Y entre chuzo y chuzo haré este verano natación sincronizada o mejor, sin cronizar, que estoy yo solo. Nadaré mucho. No haré nádar de nádar.
Retroveo: Era el día de San Alguien (Sandeces) y de noche para más señas. Ante la alarma de fuego, lluvias torrenciales. No hubo hogueras ni deseos, sólo mangueras de desagüe. Me pilló en moto, yendo o viniendo, no estoy seguro, hacia ninguna parte. La tarde apareció desnublada y yo quedé confiado. Mi escasa ropa y las chanclas así lo confirmaban. La chaqueta de algodón no engaña, publicitan, y goteaba al acabar completamente empapada. Terminé hecho una esponja digna de frotarme en ti pero contento, sólo faltó enjabonarme. El clima sufre comportamientos epilépticos… ¡y lo que veremos dentro de pocos junios! Este mes que siempre me pone un año o me lo quita.
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