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Bisturí y la vida

por Daniel Molina / El Nombre es lo de Menos

Uno de estos primeros días de enero, ahora ya agotado, escuché a Juan José Millás en la radio hablar sobre su método y su inspiración en la lectura y en la escritura. Para él esta última actividad era como la de una suerte de bisturí – no de cuatro filos como el poema de Federico García Lorca- sino eléctrico.

Aún pernoctan estas palabras sobre mí mismo. Es verdad que, como he dicho en más de una ocasión, no me considero una persona especialmente dotada para la escritura, y sin embargo, es una actividad, junto con la lectura, que más tiempo ha ocupado en mi vida. Yo, como Millás, conozco bien los bisturís, y también las habitaciones de hospital de paredes encaladas y almohadas almidonadas. En más de una ocasión he hecho varias reflexiones de camilla, de lecturas intensas, de anotaciones en un bloc cuadriculado. Escribía incluso a pesar de que en ocasiones los siempre engorrosos goteros y las inoportunas visitas me lo impidieran.

En el hospital, donde mi memoria recuerda la escayola del corazón, nunca me dejó de acompañar un lápiz para marcar las páginas

En el hospital, donde mi memoria recuerda la escayola del corazón, nunca me dejó de acompañar un lápiz para marcar las páginas, para prender la referencia de la lectura del día y de este modo poder ser retomada para el día siguiente. Porque la lectura es esa esperanza utópica en la que ayer parece que fue ayer y siempre hay un espacio para ese ahora que además de ser mañana, como escribió Machado, es algo todavía. El bisturí además era testigo de excepción, de pensamientos atropellados, de ideas repentinas, de ocurrencias varias. Denme un lápiz y cambiaré el mundo, aunque sólo sea por un instante.

Pero el bisturí siempre me ha acompañado, como la extraña salud que me permite contarles a ustedes todo esto. Me acompaña cuando desde muy pequeño siempre esperaba a que mi padre todos los domingos comprara en el kiosco de la esquina EL PAÍS, para que yo subrayara artículos del gran Javier Tusell o de Manuel Castells. Lo que más me gustaba de aquellas lecturas juveniles, eran las entrevistas, me fascinaban algunas frases destacadas de algunas personas: Me estoy acordando ahora mismo de una entrevista a Rafael Alberti, mi

única patria es la vida, decía con una vitalidad adolescente a los noventa y tantos años

única patria es la vida, decía con una vitalidad adolescente a los noventa y tantos años. Subrayaba también el editorial alternativo de Eduardo Haro Tecglen, me divertía muchísimo aquella confesión en la que nos informaba que, el niño republicano en realidad ya estaba muy mayor, y en realidad se había vuelto conservador; - “por eso voto al soe” - decía. Con emoción profunda y sentido, recuerdo las columnas de Paco Umbral, yo era muy joven, aunque posteriormente lo seguía con gran atención en el diario EL MUNDO. Últimamente no sé qué ha podido pasar, pero mi bisturí ya no subraya nada de él ni de Eduardo. Lo que sigue hoy como ayer subrayando mi bisturí, domingo a domingo, piano a piano, es la sensibilidad de la prosa de Manuel Vicent que se cuela y se graba como un ser querido o como un amigo con el que charlas, ya con el aperitivo sobre la mesa, antes de que comience la liturgia de otras charlas más evanescentes y vengan otros seres queridos a verte. El bisturí siempre está ahí presto a subrayar y a anotar cualquier frase inesperada, cualquier giro o guiño literario. No he podido olvidar algunas frases que dedicó a Joaquín Sabina (perdone usted, bienqueda): “supo que lo suyo eran los macarras, las prostitutas, los borrachos, los viejos bujarrones, pero también el corazón dulce y desesperado de los caballos. El resto lo puso el destino, porque siempre hay un dios que baja del Olimpo y te elige a ti, sólo a ti; te da una colleja y te dice: anda, cómete el mundo, que yo te acompañaré en tu vuelo, como a Ícaro, hasta que el sol te queme las alas. A partir de esa unción, Sabina incorporó a sus canciones la moral de la derrota y comenzó a beberse en medio del éxito el alcohol duro de los perdedores. El dios de Sabina aún le ofreció otra gracia: voy a romperte la voz y en adelante cantarás desgañitándote como si te cabalgaras”.

Espacios, pero también lugares indaga el bisturí. Las escasas veces que he viajado en avión, me gustó imaginar letras y más letras en los pájaros del sueño cuando rozan una nube.

Los trenes, antaño símbolo de la huída y la libertad, son propicios para pensar el instante, para simbolizar en el traqueteo los suspiros

Los trenes, antaño símbolo de la huída y la libertad, son propicios para pensar el instante, para simbolizar en el traqueteo los suspiros.

El bisturí siempre cumple una doble función. La primera catártica. Al escribir le estoy mostrando a usted mis pensamientos y de algún modo, mi ánimo. Pero al escribir estoy explorando una dimensión creativa con vocación de permanencia. De ahí que el bisturí sea a la vez rastrojo y regenerador de vida.
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