Aún pernoctan estas palabras sobre mí mismo. Es verdad que, como he
dicho en más de una ocasión, no me considero una persona especialmente
dotada para la escritura, y sin embargo, es una actividad, junto con la
lectura, que más tiempo ha ocupado en mi vida. Yo, como Millás, conozco
bien los bisturís, y también las habitaciones de hospital de paredes
encaladas y almohadas almidonadas. En más de una ocasión he hecho
varias reflexiones de camilla, de lecturas intensas, de anotaciones en
un bloc cuadriculado. Escribía incluso a pesar de que en ocasiones los
siempre engorrosos goteros y las inoportunas visitas me lo impidieran.
En el hospital, donde mi memoria recuerda la escayola del
corazón, nunca me dejó de acompañar un lápiz para marcar las
páginas 
En el hospital, donde mi memoria recuerda la escayola del
corazón, nunca me dejó de acompañar un lápiz para marcar las
páginas, para prender la referencia de la lectura del día y
de este modo poder ser retomada para el día siguiente. Porque la
lectura es esa esperanza utópica en la que ayer parece que fue ayer y
siempre hay un espacio para ese ahora que además de ser mañana, como
escribió Machado, es algo todavía. El bisturí además era testigo de
excepción, de pensamientos atropellados, de ideas repentinas, de
ocurrencias varias. Denme un lápiz y cambiaré el mundo, aunque sólo sea
por un instante.
Pero el bisturí siempre me ha acompañado, como
la extraña salud que me permite contarles a ustedes todo esto. Me
acompaña cuando desde muy pequeño siempre esperaba a que mi padre todos
los domingos comprara en el kiosco de la esquina EL PAÍS, para que yo
subrayara artículos del gran Javier Tusell o de Manuel Castells. Lo que
más me gustaba de aquellas lecturas juveniles, eran las entrevistas, me
fascinaban algunas frases destacadas de algunas personas: Me estoy
acordando ahora mismo de una entrevista a Rafael Alberti, mi
única patria es la vida, decía con una vitalidad adolescente
a los noventa y tantos años 
única patria es la vida, decía con una vitalidad adolescente
a los noventa y tantos años. Subrayaba también el editorial
alternativo de Eduardo Haro Tecglen, me divertía muchísimo aquella
confesión en la que nos informaba que, el niño republicano en realidad
ya estaba muy mayor, y en realidad se había vuelto conservador; - “por
eso voto al soe” - decía. Con emoción profunda y sentido, recuerdo las
columnas de Paco Umbral, yo era muy joven, aunque posteriormente lo
seguía con gran atención en el diario EL MUNDO. Últimamente no sé qué
ha podido pasar, pero mi bisturí ya no subraya nada de él ni de
Eduardo. Lo que sigue hoy como ayer subrayando mi bisturí, domingo a
domingo, piano a piano, es la sensibilidad de la prosa de Manuel Vicent
que se cuela y se graba como un ser querido o como un amigo con el que
charlas, ya con el aperitivo sobre la mesa, antes de que comience la
liturgia de otras charlas más evanescentes y vengan otros seres
queridos a verte. El bisturí siempre está ahí presto a subrayar y a
anotar cualquier frase inesperada, cualquier giro o guiño literario. No
he podido olvidar algunas frases que dedicó a Joaquín Sabina (perdone
usted, bienqueda): “supo que lo suyo eran los macarras, las
prostitutas, los borrachos, los viejos bujarrones, pero también el
corazón dulce y desesperado de los caballos. El resto lo puso el
destino, porque siempre hay un dios que baja del Olimpo y te elige a
ti, sólo a ti; te da una colleja y te dice: anda, cómete el mundo, que
yo te acompañaré en tu vuelo, como a Ícaro, hasta que el sol te queme
las alas. A partir de esa unción, Sabina incorporó a sus canciones la
moral de la derrota y comenzó a beberse en medio del éxito el alcohol
duro de los perdedores. El dios de Sabina aún le ofreció otra gracia:
voy a romperte la voz y en adelante cantarás desgañitándote como si te
cabalgaras”.
Espacios, pero también lugares indaga el bisturí.
Las escasas veces que he viajado en avión, me gustó imaginar letras y
más letras en los pájaros del sueño cuando rozan una nube.
Los trenes, antaño símbolo de la huída y la libertad, son
propicios para pensar el instante, para simbolizar en el traqueteo los
suspiros 
Los trenes, antaño símbolo de la huída y la libertad, son
propicios para pensar el instante, para simbolizar en el traqueteo los
suspiros.
El bisturí siempre cumple una doble
función. La primera catártica. Al escribir le estoy mostrando a usted
mis pensamientos y de algún modo, mi ánimo. Pero al escribir estoy
explorando una dimensión creativa con vocación de permanencia. De ahí
que el bisturí sea a la vez rastrojo y regenerador de vida.