| La enfermedad incurable |
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Melancolía enfermedad incurable, calle donde vivo. De eso les voy a hablar hoy amables lectores. Del lugar donde vivo y de la enfermedad incurable. por Daniel Molina / De Viva Voz No he podido olvidar aquellos versos de Joaquín Sabina cuando fue entrevistado por el diario El Mundo en pleno proceso de depresión. Joaquín decía entonces:
Melancolía enfermedad incurable, calle donde vivo. De eso les voy a hablar hoy amables lectores. Del lugar donde vivo y de la enfermedad incurable. “Melancolía: Calle donde vivo, enfermedad incurable, territorio donde crecen las más hermosas canciones, los versos más exquisitos, mejor que la tristeza, mejor que la alegría, cerradura de la llave de los sueños, hombro donde apoyar la cabeza, lágrima furtiva, patria de don nadie, casa del viudo, río de los que no saben nadar, [...]” Es un verso maravilloso. No solamente por la autenticidad que respiran sus palabras, sino fundamentalmente porque Joaquín Sabina es la persona que literariamente mejor ha sabido plasmar ese estado de ánimo. Empezaré por lo primero: Siempre he sido vocacional y naturalmente pesimista. Y siempre he procurado estar al lado de los perdedores, acostumbrados a perder mil batallas contra el invierno, como aquellos Aurelianos que están en mil literaturas. Estoy en esa acera de mi calle, porque siempre pensé, quizás por rencor o por rabia, que una palabra valía más que mil imágenes. La palabra más tuya que recitaba don Antonio Machado, nunca a pesar de la derrota, nos deja fuera de los sentimientos. ¿Qué nos tienen que aportar los triunfadores? El testimonio del éxito, siempre es un rumor de batallas. Calle Melancolía, fue aquella etapa reciente de mi vida, en la que sin éxito traté de sacar de un proceso de ansiedad y depresión a mi mejor amigo. Fracasé. No he vuelto a saber nada de él. Fue un tiempo abierto a la confianza del que escribe una canción mano a mano, golpe a golpe, verso a verso. Es un proceso de una emoción intensa. Se trata de crear una estructura, de ir pensando las palabras, estudiar un ritmo, construir métricamente, de modo solemne, silencioso, leer la música. Todo entre smog de cigarros e intenso alcohol. Porque yo no concibo la escritura de un buen texto sin alcohol. Es la liturgia de la decadencia y tiene un sabor tan crepuscular como de café Bogartiano. No canta mi voz tu canción, hoy por décimas te salgo, hace meses que deshago, el verso de la contradicción. Vivía y soñaba de noche por su recuperación en esa Calle Melancolía, el pacto es que el nombre fuera lo de menos. Eran tiempos en los que yo, pese a la tristeza del que tiene la certeza que estaba fracasando, siempre había un comienzo en los días que estaban por llegar. Vivía y soñaba a la intemperie de mi calle Melancolía, pero era algo parecido a la felicidad, sabiendo que aunque estuviera desnudo, y apretara el frío, mi mundo escapaba de lo sórdido y ajeno de la existencia humana, en tantas ocasiones insustancial. Hoy sin embargo, la melancolía es para mí ser una enfermedad incurable. Tengo un sentimiento de incapacidad de impotencia de no saber cómo poner fin a los fantasmas de gente que no ha sido capaz de entenderme o yo de entenderles a ellos. La Voz de Salamanca, ha sido el proyecto más vital y más auténtico en el que jamás he estado. Quiero y no puedo continuar, puedo y no quiero continuar. Me siento mal, triste, hundido, porque todo pienso que era evitable. Por eso es una enfermedad incurable la melancolía, porque recuerdo alguna reunión con la tribu cuando ni siquiera era administrador y por entonces preguntaba quién cojones era Gorka Esparza . También recuerdo la entrevista a Fernando o a Ángel, recuerdo la campaña electoral, recuerdo mis propias “molinadas” en el programa de Félix Pons, con Josejá ejerciendo de sensato. Recuerdo que en cada artículo me dejaba el alma, recuerdo que estudiaba todas las posibilidades, aún así, recuerdo que a pesar de que yo lo intentara, era un mal escritor. Construía mal las frases, ponía complementos directos a destiempo, comas donde no tocaban… Recuerdo en fin, todas las manifestaciones, recuerdo que además de otorgar erróneamente la palabra idiota, elegí mi propia derrota. Y la constancia de saber que, como siempre he expresado, la melancolía será una metástasis, porque se ha marchitado aquello del que todo espera porque nada es suyo. Miguel Hernández, seguramente el mejor epílogo damasiano de la Generación del 27 escribió: “Tristes guerras si no es amor la empresa, tristes armas si no son las palabras, tristes aquellas tristes tardes”. El pesimismo siempre subvierte aquella máxima, según la cual, se sube al infierno y se baja a los altares. La Melancolía hace el resto cuando el tiempo hace resumen, cuando tienes la certeza que pronto no serás más que espacio. El cáncer te devora. |








