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Londres
Fotografía: Daniel Molina
 
por Daniel Molina / para De Igual A Igual
El humo del pub no era el de la combustión acelerada de la nicotina. Se trataba de una  vaporosa atmósfera de aquéllos que sudaban tocando cualquier culo de una rubia-morena donde se amanecen, sugerentes,  sujetador y  bragas. En ese instante decido firmemente agarrar  mi whisky antojado con otras medias de cristal distintas a las que cantaba Sabina en su canción, y me acerco a aquel hombre negro de la entrada que en la sombra aún parece más oscuro. Sin embargo, sus manos eran blancas.
¿Cuánto es?-  Pregunté.
30 libras- respondió.
La experiencia merecía aquella inversión, que con el tiempo se convirtió en aventura de un solitario pateando el corazón. Ya no había humo vaporoso, sino una aceleración intensa. Retorné hacia mí mismo y de pronto me vi tocando los pechos  de cualquiera. Al tiempo, tan sólo me di cuenta de que eran las 3 de la mañana y ya no había ni underground, ni bus stop alguna para mí. Decidí caminar por los suburbios de metal,  de nuevo entre vahos y nieblas. Empezaba a llover. Me senté en las escaleras de dos comercios porticados, me sentía un decadente consciente de que su decadencia viene por el afán de mantenerse joven al margen de todas las pistas que, voluptuosamente  intuyen la  muerte. Al fin y al cabo, siempre he sido un anarquista que respeta los semáforos.   

Esta ciudad está siempre abierta, siempre ON. Abierta al talento en competición, al de los proxenetas, al de las putas, al de los chinos, al de los maricones con cara angelical. Pero a la vez la percibía de noche siendo capaz de amar el debate, promotora de las ideas, dispuesta a celebrar el trabajo bien hecho, polo a polo y polvo a polvo  de atracción de la inteligencia crítica, gozosa de las artes, suma de las etnias, lugar para el despliegue de la vida, de los proyectos y de las ambiciones.

Me levanté porque los efecto de la cocaína y el MMA estaban entumeciendo mi espíritu y paralizando la pierna izquierda. Ya sufrí experiencias negativas este verano sobre parálisis. Y, aunque seguía lloviendo y la niebla calaba hasta los huesos, pensé que la mejor opción para mi propia salud era continuar caminando sin planos de metro, ni callejeros, por una ciudad con taxis estilo James Bond. Eran ya las 5 y faltaba una hora para penetrar en otro agujero en forma de boca  para que el animal mecánico, engulléndome,  me retornase a la residencia. Mientras se hacía tiempo, encontraba espacios sin basura, sin zanjas, sin rectificaciones en los bordillos, sin vallas ni en torno a los edificios oficiales ni entorno a nada, donde el pequeño comercio subvierte su sitio exacto complementario junto a las grandes superficies.

La calle nunca estaba desierta, comenzaban a cruzarse borrachos y hombres desnudos con maletín, que representaban escrupulosamente la metáfora de Sísifo. Caballeros de bombín gastado.  Todo en calma, la lluvia,  el viento, la flema de los transeúntes. Sólo los derrotados en mil batallas   parecíamos acelerados.

Era tarde y pronto. Pronto para mí, tarde para más excesos. A las 5.50 entré en Picadily Circus, esperando la señal. Tumbado en la estación, comencé a escuchar la melodía familiar, era una guitarra española, y una voz española amplificada en un micrófono rumbeando Estopa. No quise acercarme, estaba demasiado cansado y aturdido. ¿Estaba seguro de que no lo estaba soñando? Por fin llegó la señal, la luz al final del túnel, la gente cogiendo periódicos gratuitos donde en portaba aparecían Dodi y Lady Di abrazados al salir de un restaurante de París. La melancolía, también aquí, o sobre todo aquí, es una enfermedad incurable. Todo me recordaba a lo que había leído En carne viva.  Incluso la comida de engendro a base de sopas de lata. Quizás fuera yo un cuadro de la Tate Modern. El caso es que casi sin darme cuenta llegué a Cutty Sark. Atravesé la ciudad,  pero en vez de decidir marchar  a mi residencia, reuní calma para un último exceso, caminar un kilómetro hasta el cielo. Al fin y al cabo no eran las 7 y LondON seguía tan abierto como aquel bar humeante de smog. En ese instante recibí una llamada imprevista desde Madrid. - Daniel, con gran pesar,  te informo de que acaba de fallecer Carlos Llamas. 

 

 

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