Brasil, la detención de Lula y algunas críticas al progresismo latinoamericano (II)

por Arístides Groisman

¿Por qué entristecerse o lamentar la prisión de un ex presidente que bajo el ropaje de dirigente sindical o militante de izquierda ha cumplido un rol de administrador del capitalismo y su estado?

Si tomamos distancia de estos “personajes” y sus organizaciones, no estamos perdiendo nada, en todo caso nos estamos desembarazando de proyectos e ideas que traen confusión y desmoralización en los que deseamos una vida sin explotación del trabajo. Nosotros, los que estamos en esto, no por un cargo en funciones del estado, deberíamos juntarnos alrededor de algunas conclusiones.

Casi dos décadas de populismo y socialdemocracia en Latinoamérica pueden ayudar en este asunto. Se me ocurre así, pensando en voz alta, y como alguna vez escribiera Rosa Luxemburgo, que un funcionario obrero de izquierda, puesto a cumplir tareas de administrador del estado burgués es eso, un funcionario burgués. Se me ocurre concluir de que no hay vía al socialismo mediante la obtención lenta, pero sin pausa, de lugares en las instituciones democráticas del estado. Que no hay construcción del socialismo en unidad con sus enemigos acérrimos, empresarios y burócratas de variados pelajes. Que no hay que seguir al “líder” o al “jefe” sino priorizar el debate y las conclusiones entre compañeros. Que defender las garantías democráticas, desde nuestra condición de asalariados, no es la defensa del derecho que detentan “ellos” a discutir sobre la mejor forma de administrar el excedente producto de la explotación del trabajo ajeno, sino la defensa de las organizaciones que luchan contra esta explotación, contra el capital y su sistema social. Que el estudio del capitalismo puede ayudarnos a quitar cierto velo místico que revisten las cosas, que hay ciclos de ascenso y otros de crisis de la economía capitalista. Que cuando sucede lo primero, los reclamos obreros pueden ser canalizados por gobiernos que están prestos a “la palmada en el hombro al obrero” para mantener en caja sus reclamos y garantizar que los mismo no sean acompañados de cuestionamientos realmente radicales. Que cuando sucede lo segundo hay que “ajustar” y entonces quizás esos “bonachones” ya no sean tan útiles y entonces un tono más conservador sea el adecuado.

Si comenzamos a discutir estas cosas, discutir lo que anhelamos sin falsas ilusiones ni esperanzas en nuestros enemigos, quizás ahí estemos comenzando a ganar algo nuestro, realmente nuestro.

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