| Ante la crisis |
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por Rafael Cid en Red-Libertaria.net*
Pero siempre que hay una crisis surge también la oportunidad de
intervenciones excepciones. Es en los momentos de quiebra del modelo
dominante cuando los agentes sociales tradicionalmente marginados
pueden aportar soluciones alternativas al modelo que ha fracasado. Ante
el vacío de representación que supone una crisis global como la que
acecha, el sentido común indica que existe una oportunidad para que
cuando suene la hora del cambio quienes denunciaron la venalidad del
proyecto alcancen la confianza de la ciudadanía activa. Pero para que
ese cambio se produzca y el desenlace sea movilizar a una masa crítica
comprometida con una transformación social, es preciso sopesar tanto
las oportunidades como los riesgos.
El primer gran error sería ignorar el tejido humano que el capitalismo neoliberal ha creado y sus pulsiones egoístas de consumo y seguridad. Pretender que la gente va a enrolarse de buenas a primeras bajo la divisa de la igualdad y la fraternidad, renunciando a su confort, es abonar el camino al posfacismo. Como demuestra la reciente victoria de los herederos de Mussolini en Italia y sus arengas contra la “invasión” inmigratoria. Sólo un ejercicio de pedagogía, sostenido y convincente, que refute la prédica populista de los xenófobos y desarme las políticas posmalthusianas puede desbaratar la solución totalitaria. Si el terreno que abandona la legalidad vigente lo ocupa el posfascismo, sea cual sea su tarjeta de visita, todo lo demás vendrá rodado. De ahí la absoluta necesidad de ganar a la hasta ahora mayoría silenciosa, o a buena parte de ella, y no enfrentarla. Incluso aunque desde los poderes fácticos se intenten encuadramientos ciegos, como la política de manos libres contra el terrorismo que trajo el 11-S, con la amenaza de una nueva guerra mundial contra nuevos enemigos invisibles o imaginarios. Y la segunda cosa que se precisa, como primer peldaño de esa escalera de mano que debería posicionarnos favorablemente para autogestionar la crisis, es confluir en una gran Alianza Democrática. Organizaciones sociales, sindicatos no aliniados y cuantos colectivos crean no tanto que otro mundo es posible sino que con el actual es imposible, tienen que dar paso a un amplísimo frente anticapitalista y democrático. El cáncer de credibilidad que afecta al sistema vigente le hace vulnerable y ofrece una oportunidad histórica para tomar el testigo de la verdadera democracia y mostrar la faz cleptómana, criminal y liberticida de las oligarquías de la crisis que fomentan el ecocidio, la hambruna y el saqueo. Teniendo muy claro que el fin no justifica los medios y renunciando en consecuencia a cualquier veleidad de violencia, que sólo podía servir de desencadenante para una involución reaccionaria. Concretadas esas dos premisas para esa larga marcha hacia una Alianza Democrática, que debe entenderse a nivel global y en desarrollo horizontal, la tarea transformadora pasa por deslegitimar, primero, y aislar, después, a sindicatos, partidos, medios de comunicación y cuantos organismos e instituciones hayan estado, estén o puedan estar por su adscripción al servicio del statu quo, cambiando algo para que todo siga igual. Ante la crisis: acumular fuerzas, convencer, avanzar en la ciudadanía moral y democratizar.
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