Nacionalismo de baja intensidad PDF Print E-mail
por F. García en Red-Libertaria.net*

Opinión ácrataHace ya tiempo escribí en esta sección un artículo titulado “Ni banderas ni fronteras”, en el que el tema del nacionalismo era el asunto sobre el que intentaba aportar alguna reflexión. La finalización de las olimpiadas vuelve a llamar mi atención sobre las filiaciones nacionales que se dan en los acontecimientos deportivos, siendo las olimpiadas uno de esos encuentros de gran carga emblemática, sin quitar el enorme negocio que se ha montado en torno al tema y sin quitar tampoco lo que de estrictamente deportivo tienen, que sin duda es lo fundamental en este caso.

Si ampliamos un poco el espacio temporal abarcado por estas reflexiones, podemos retroceder hasta el mes de junio en el que la encadenada serie de victorias deportivas en pruebas de gran repercusión internacional (el Tour, Wimbledon y el campeonato de Europa de fútbol), dieron pie a grandes manifestaciones de fervor nacional, con la plaza de Colón llena de banderas españolas, esta vez sin ser el feudo de la derecha más ultramontana que suele manifestarse en esa plaza.

Como bien dicen los manuales de psicología social, uno de los requisitos de la identidad individual, incluso en esta época de un desaforado individualismo consumista bajo el imperio del fetichismo de la mercancía, es el sentido de pertenencia a un grupo. Desde bien pequeños, nos definimos como pertenecientes a un grupo, el denominado con un genérico «nosotros», cuya identidad además se construye en gran parte contra los de fuera, el también genérico «ellos». Eso sí, la coordenadas que definen el «nosotros» frente al «ellos» son variables: puedes ser los niños frente a las niñas, los niños frente a los adultos, los de un colegio frente a los de otros, los de mi pueblo frente a los del pueblo de al lado, los de mi familia frente a los extraños… La enumeración puede ser muy larga, pero la invariante está clara: no podemos prescindir de esa pertenencia social a un grupo que nos confiere una determinada identidad y el reconocimiento de los iguales.

Por otro lado, la adscripción a un grupo se apoya en fuertes vínculos emocionales y afectivos, esa parte de nosotros mismos que resulta siempre algo más difícil de controlar. No es extraño referirse a los sentimientos como pasiones, con lo que dejamos claro que son estados anímicos que padecemos, y muchas veces en contra de nuestra voluntad, sin encontrar la manera de evitarlos o modificarlos. Y tampoco nos resulta extraño admitir que en muchas situaciones es mejor un juicio o una actuación fría e imparcial que otra en calienta y partidistamente apasionada.

Sin sentimientos vinculados a la pertenencia a un grupo parece, por tanto, difícil llevar adelante la tarea de realizarnos como seres humanos dotados de sentido. Y los grupos, en tanto y en cuento quieren y debe seguir existiendo por bien del propio grupo y de los miembros que lo componen, procuran cuidar esos sentimientos de pertenencia, para lo que recurren a frecuentes símbolos o ceremonias de iniciación, confirmación y filiación.

Este es el tema de la comunidad política, a la que podemos llamar Estado, con lo que la privamos en gran parte de esos componentes simbólico-afectivos de pertenencia, o podemos llamarla nación, momento en el que destacamos o damos prioridad a la vinculación afectiva. Lo que parece claro es que los estados no coinciden exactamente con las naciones, lo que les plantea el serio problema de conseguir esos vínculos de filiación de todos sus miembros sin los cuales la pertenencia a una tarea común termina siendo imposible.

El caso español es un buen ejemplo, aunque no es el único ni el más complicado de la Unión Europea y mucho menos del mundo actual. Constituimos una comunidad política a la que en general llamamos Estado Español, y muy pocas veces España, precisamente porque los sentimientos de filiación y pertenencia resultan harto problemáticos. Son demasiados los que en nuestro territorio tienen clara la identidad nacional reducida a su comunidad de referencia, algo muy claro y resaltado en el caso catalán y vasco, mientras que quizá, en cifras relativas claro está, sean menos los que tienen clara la identidad nacional bajo el paraguas englobante de España.

La experiencia histórica parece también mostrar que esos sentimientos nacionales son tan necesarios para la comunidad como delicados. Como decía al principio, son identidades que se definen por la pertenencia a un nosotros frente a un ellos, percibiendo con frecuencia a los otros como enemigos más o menos peligrosos. Los movimientos de liberación nacional suelen despertar ese sentimiento para luchar contra una potencia extranjera a la que se percibe como opresora. Pero también esos mismos sentimientos nacionales pueden desembocar en tremendos conflictos armados en los que se practica la limpieza étnica de manera brutal o solapada.

Las clases dominantes recurren a esos sentimientos para encubrir sus propios intereses que habitualmente tienen muy poco que ver con la comunidad nacional de referencia y mucho más con el grupo de élite al que están vinculadas. En ese caso también andamos sobrados de ejemplos en los que para desgracia de la gente común y corriente, los de abajo pagan con su sangre las ambiciones de los de arriba, mientas creen estar defendiendo la propia identidad nacional. La I Guerra Mundial fue un ejemplo demoledor en ese sentido y la desmembración de Yugoslavia es otro bien reciente.

Sacar los sentimientos nacionales de la convivencia política no parece prudente ni posible. Incluirlos conlleva ciertos peligros. Vuelvo al tema que ha dado pie a este artículo. ¿Qué papel desempeñan los acontecimientos deportivos en el conflictivo asunto de las identidades comunitarias? Todos ellos están claramente vinculados a pertenencias nacionales: son naciones las que se presentan, no deportistas; hay banderas e himnos nacionales en las entregas de las medallas; incluso cuando el evento adquiere ciertas proporciones, como en el caso del fútbol, la vida de un país casi se paraliza para poder seguir, a ser posible en grupo, el encuentro en el que parece ponerse en juego nuestra propia identidad.

Admitido lo anterior, está claro que forman parte del juego complicado de la convivencia política de los seres humanos. Podrá ser utilizado para proporcionar un vínculo afectivo de baja intensidad de tal modo que nuestro grupo pueda derrotar a los otros sin derramamientos de sangre, o podrá ser utilizado para exacerbar esos sentimientos y acentuar las divisiones. Incluso podemos sentirnos afectivamente vinculados con la selección española, pues sería impensable estarlo con una selección en cuya camiseta figurara el título “estado español”. En ese sentido no cabe la menor duda de que se trata de un nacionalismo de baja intensidad, pero que puede calentarse con facilidad. Por eso mismo las selecciones nacionales pueden convertirse en vínculo de unión o en factor de división, y ahí tenemos el ejemplo de la reclamación de selecciones nacionales para Cataluña y el País Vasco.

La solución no es en ningún caso sencilla. Supongo que el sentido común de la gente tiene pocos problemas con manejar diversas identidades grupales sin que ello les provoque quebraderos especiales de cabeza. Igualmente tengo claro que el deporte, como cualquier otra actividad que pueda ser utilizada como símbolo, podrá ser utilizado para impedir la convivencia enriquecedora de variadas identidades, cada una con su específica esfera de referencia. Es decir, la indisoluble vinculación actual entre deporte y nacionalismo hace que aquél esté afectado de los mismos problemas y ventajas que éste, y viceversa. Mejor recurrir a ese sentido común y no tomarse las cosas muy a pecho.


*Aviso legal: La presente nota NO queda sometida al ColorIURIS Azul. Queda distribuida bajo los términos de una licencia de Creative Commons Reconocimiento - Compartir Igual.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
 

Add your comment

Your name:
Your email:
Your website:
Subject:
Comment: