Feliz navidad y próspero año nuevo

por Pablo Pozzi

Mi viejo era un ateo inclaudicable. Todavía lo recuerdo, en el hospital al final de sus días, echando a los curas al grito de «fuera cuervos, buitres, pájaros de mal agüero». Pero en casa celebrábamos la Navidad. Él insistía que no era una fiesta religiosa (por lo menos para nosotros), sino que celebrábamos la solidaridad humana; y en vez de misas e incienso, lo que había que hacer era un balance del año y recordar a todos aquellos que dieron la vida por mejorar las nuestras. Y así recordábamos a todos los compañeros, compartiéramos o no su adhesión política. Manuel Valenzuela, veterano de la Guerra Civil española, rojo confeso, muerto en Cuba; Daniel Aué, francés y comunista «de los duros»; Manuel Díaz Marta, otro veterano de la Guerra Civil pero anarquista; «el Doctor» Quirolgico, viejo guerrillero Huk en las Filipinas. Estos son algunos de los que recuerdo. Pero el balance era lo más complicado (y terrorífico) porque incluía el desempeño de nosotros, sus hijos, y nunca sabías cómo te iba a ir.

Fiel a esa tradición yo también recuerdo a los míos desde el «erpio» Lobito José Gómez, pasando por el comunista Roberto «Pete» Gómez y el «monto» Valentín Ferrat, e incluyendo al mirista Pepe Carrasco y al puertorriqueño Manolo Maldonado Denis. Cada uno con su historia, cada uno que dio su vida por un mundo mejor. En cierto sentido es como uno de esos pueblos africanos que cree que hay vivos, hay muertos y hay «zamanis». Los zamanis son todos aquellos que no han muerto porque viven en nuestros recuerdos y en nuestros corazones. Ellos son mis zamanis. Y mientras yo los recuerde no habrá muerto su ideal, y su sacrificio no habrá sido en vano.

Cuando pienso en ellos también pienso en el mundo que nos está tocando vivir. Y me acuerdo de una pelotera mayúscula, con una amiga turca de mi hermana, que me preguntó cómo yo podía ser comunista. Le dije que cómo ella podía ser capitalista, viendo el mundo de mierda que habían construido. No nos fuimos a las manos, creo, porque a ella no se le ocurrió nunca que alguien la podía mandar al cuerno y responsabilizarla de los males del mundo. Y lo peor es estamos tan acostumbrados a estar mal que ya lo vivimos como algo normal, y ni hablar de que por ahí aparece algún demagogo diciendo que está con los humildes, y le creemos.

Dudo que mis zamanis reconocieran este mundo que, gracias al neoliberalismo, ha cambiado muchísimo y para peor. Campea la ignorancia y el embrutecimiento humano, crece el racismo y el neofascismo, la pobreza y la marginación social están a la orden del día. Y encima todos, en vez de luchar, nos atrincheramos en la individual, con la esperanza que la tormenta pase y nos deje incolumnes. Y así tenemos gobernantes como Macri o como Trump cada vez peores, que profundizan los horrores que realizaron los Kirchner o los Obama. Y lo peor es que tienen apoyo popular: muchos de los más humildes, producto del individualismo y la ignorancia, ponen sus esperanzas en que los salve un caudillo; mientras que los progres insisten que los que estaban antes eran mejores, sin darse cuenta que unos son producto de los otros.

Al mismo tiempo son cientos de miles los que luchan oponiéndose a este mundo. Hay récord de huelgas, conflictos, movilizaciones en todos lados. Hay millones de jóvenes y trabajadores que no aceptan un mundo donde «la vida es corta, salvaje y cruel», al decir del inglés Hobbes. Pero no todo conflicto es un portento de un mundo distinto y mejor. Hay conflictos que son funcionales al neoliberalismo capitalista, por cuanto tienden a ser sectoriales, individuales, egoístas, sin cuestionar las bases profundas de la miseria humana. Por ejemplo, el movimiento de los indocumentados en Estados Unidos era para lograr la legalidad y «su lugarcito bajo el sol», sin preguntarse por la explotación capitalista que genera el fenómeno de los trabajadores «ilegales». O varios movimientos de desempleados luchan por mantener y aumentar los subsidios, sin visualizar que un trabajo bien pago es esencial a la dignidad humana. Y ni hablar de los intelectuales que no chillan ni protestan mientras no les toquen su carguito. La cuestión no es solo luchar, sino luchar con principios y objetivos anticapitalistas. «Pero la política es el arte de lo posible», me dijo uno el otro día. En realidad eso es la política burguesa, porque lo posible hoy es el capitalismo. La política revolucionaria es el arte de tornar lo imposible en posible; en hacer que lo que solo existe en nuestra imaginación sea realidad un día.

Hace ya más de cien años el movimiento obrero mundial planteaba que la educación era la base de la libertad, ya que una persona educada era pensante y no se la podía engañar. Así surgieron centenares de bibliotecas populares, de escuelas sindicales, de sociedades de autoeducación popular. Pero hoy en día la educación tiende a ser un negocio más, de baja calidad, donde los partidarios propios encuentran un salario, y los docentes apenas si ganan para vivir (mal). Quizás esto es razonable: muchísima gente se ha reconciliado que el mundo no va a mejorar y por ende se trata de sobrevivir en lo cotidiano sin pensar en el futuro a mediano o largo plazo. Y los muchos que se dan cuenta que eso es, en el mejor de los casos, pan para hoy hambre para mañana, se encuentran en una lucha cuesta arriba donde no solo los persigue el estado sino que más de una vez son rechazados por la gente común. Por eso toleramos lo que hasta hace solo un par de décadas era intolerable, aceptamos a ladrones y autoritarios como gobernantes. Si antes el robar estaba mal, hoy en día nos parece normal que «roba pero hace».

En síntesis es un mundo absolutamente horrible, sobre todo para los que tenemos más de seis décadas de vida y nos acordamos que queríamos un mundo mejor, sin explotadores ni explotados. A pesar de eso hay mucho que da esperanza. No solo porque muchos jóvenes se comienzan a plantear otra cosa, y a buscar caminos nuevos. Como decía Marx nadie se plantea preguntas que, eventualmente, no pueda responder. También porque el capitalismo neoliberal está destruyendo a la humanidad y no nos deja otra opción que combatirlo, si queremos sobrevivir. El Inti Peredo decía que tenemos que conceder entre nosotros para no conceder ante el enemigo. Por eso apoyo, con todo y mis críticas, a todos aquellos que combaten y se arriesgan por un mundo mejor. Por eso intento transmitirles a mis hijos y a mis alumnos que otro mundo es posible, pero no porque si, sino porque ellos deberán construirlo y para eso no solo hace falta luchar sino también pensar y hacerlo críticamente. Dudo mucho que los Mártires de Chicago, cuando dieron su vida por la jornada de ocho horas, hubieran imaginado que se convertirían en un movimiento mundial, reivindicado por todos los trabajadores del mundo. Lo mismo que el pueblo ruso que se movilizó tras el padre Gapón para pedirle ayuda al padrecito Zar, fue el mismo que unos años más tarde hizo la revolución. Y dudo mucho que los obreros y estudiantes que protagonizaron el Cordobazo de 1969 supieran que estaban dando a luz a un movimiento histórico que cuestionó las bases del capitalismo en Argentina. Claro que para que los Mártires tuvieran impacto hizo falta la Segunda Internacional; o los bolcheviques para los rusos; y la guerrilla setentista para los del Cordobazo. Sin organización política, el pueblo lucha pero con escaso efecto.

Todo esto lo saben los capitalistas, lo estudian, y son más dialécticos que nosotros. Ellos si creen en la lucha de clases y están dispuestos a ganarla. Nosotros también tenemos que estar dispuestos. Y en el más negro de los momentos históricos, siempre brilla una luz de esperanza que puede convertirse en un incendio social. Por eso en estas fiestas reivindicamos al ser humano, a su espíritu solidario y su voluntad de sacrificarse por otros. Levantamos los vasos recordando a los zamanis, que son nuestra memoria y supieron señalar el camino. Y sabemos que a pesar de los Macri, de los Kirchner y de toda la sarta de sátrapas capitalistas, tarde o temprano llegará la Aurora Roja, como supo decir el español Pio Baroja.

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