Aniversario Uno de la Amenaza Naranja

por Pablo Pozzi

Hace un año que Donald Trump es presidente de los Estados Unidos. Todos los analistas (o, por lo menos, aquellos que se leen en la prensa internacional) insisten en los desvaríos y fracasos de The Don. Y luego de un par de elecciones estaduales donde triunfaron los demócratas, muchos se convencen de que el fin está cercano. Pero queda la pregunta: Trump ¿ha fracasado o es exitoso? La respuesta, obviamente, depende de los parámetros que utilicemos.

Durante esos doce meses no pasó un solo día sin que dejara de estar en las noticias. Cada vez que pensábamos que había dicho alguna barbaridad insuperable, nos probaba equivocados diciendo cada vez algo aún peor. En el pronunciamiento más reciente el Presidente se preguntó «¿por qué recibimos inmigrantes de países que son agujeros de mierda (shithole)?». Trump ha llegado hasta tal punto que diversos colegas lo han bautizado como la «amenaza naranja» y «la bestia teñida de naranja», por su color de pelo.

Trump tiene el dudoso logro de ser el presidente norteamericano con más bajo nivel de aprobación en la historia (37%) en su primer año de gobierno, y con el más alto nivel de ciudadanos que apoyan su destitución (47%). Sus comentarios misóginos, racistas, homofóbicos se encuentran respaldados en su apoyo a una policía de «gatillo fácil» y a políticos racistas, y en una situación económica deplorable. Según una encuesta reciente realizada por la Reserva Federal norteamericana, 49% de los estadounidenses no pueden disponer de USD 400 en 24 horas. Todo mientras el endeudamiento del gobierno federal llega a un récord histórico. Desde el punto de vista de la calidad y el nivel de vida de su población, Trump ha sido un desastre. Ni hablar de su política exterior. Sus declaraciones sobre Corea del Norte, su intervención en Yemen y en Siria, su agresividad con China y Rusia, su traslado de la embajada norteamericana a Jerusalem como capital de Israel, y una cantidad de otras medidas han aumentado el nivel de tensión mundial, hasta el punto donde diversos analistas temen que desate una guerra nuclear. Parecería que Trump está siempre a punto de ser destituido, y sin embargo no ha sido así.

A diferencia de la percepción internacional, la prensa norteamericana conservadora no cesa en sus comentarios laudatorios a la «bestia anaranjada». Por ejemplo, Carrie Sheffield insiste en que Trump ha tenido una larga lista de aciertos: «desde nombramientos judiciales estelares (a todo nivel), reforma impositiva, libertad en la internet, política energética, y política exterior […] Trump no ha tenido más que aciertos en 2017». Al mismo tiempo, si 63% tienen una mala opinión de él, 37% es mucha gente y un porcentaje de aprobación mayor al que tenía George W. Bush al final de su presidencia. Lo peor es que su porcentaje de adherentes está muy consolidado en su apoyo. Pero mucho más importante es que Trump ha logrado que el Congreso apruebe sus «reformas» y otras medidas por inmensas mayorías. O sea, muchos legisladores demócratas votan lo que quiere Trump, incluyendo los nombramientos de jueces federales, embajadores y sobre todo un presupuesto militar de 700 mil millones (o billones para los norteamericanos) de dólares; el mayor de la historia. Como señaló el fundador de la empresa de mercenarios Blackwater, Erik Prince (que además es el hermano de la secretaria de Educación Betsy De Vos): «Estoy contento de que finalmente tengamos un presidente que esta dispuesto a decir la verdad en las negociaciones. Si él dice que un lugar es un «shithole» pues tiene razón».

Es probable que la felicidad de gente como Prince, y de muchos otros multimillonarios, tenga que ver con el hecho de que el monstruoso presupuesto militar da para que «todos» hagan suculentos negocios y que el índice Dow Jones no ha hecho más que subir desde que asumió Trump. El índice industrial subió 24% en 2017, mientras que el de bienes raíces aumentó 6,20%. Por su parte el salario promedio aumentó solo 2,4%, y si bien la tasa de desempleo cayó a 4,1% el ingreso de nuevos asalariados ha sido el más bajo en dos décadas. Esto significa que los nuevos empleos perciben salarios mucho más bajos, y que existe una gran masa de trabajadores jóvenes que jamás ingresaron al mercado laboral formal (con lo que no figuran en las estadísticas de desempleo). La protección social (como el seguro médico, y el desempleo) han sido restringidos, mientras se facilitó el endeudamiento corporativo. A principios de 2018 las corporaciones norteamericanas han duplicado su nivel de endeudamiento hasta llegar a 6,4 billones (o trillones) de dólares. Trump redujo los impuestos corporativos de 35 a 21%, si bien corporaciones como General Electric hace una década que no pagan impuestos. De hecho, las corporaciones solo contribuyen 9% del total de los ingresos del gobierno federal. ¿El resultado? Los ricos son cada día más ricos, los pobres más pobres.

Mientras tanto el rechazo a las políticas de Trump es masivo. Por ejemplo, solo 25% de los norteamericanos aprueban la «reforma» impositiva de Trump, y 59% opinan que «solo favorece a los ricos». Ahora ¿cómo puede ser que semejante nivel de rechazo popular no haya generado ni un gran movimiento anti Trump ni ha tenido impacto sobre los legisladores? Si bien casi un millón de personas se movilizaron a través de Estados Unidos en contra de Trump para marcar el primer aniversario de su asunción, la vasta mayoría de estos lo hicieron para criticar sus comentarios racistas (antiinmigración) y misóginos. De hecho, el cuestionamiento a sus políticas sociales y económicas ha sido relativamente escaso. La misma encuesta citada más arriba revela que 54% de los norteamericanos opinan que el estado de la economía «is good»; increíble considerando que el nivel de pobreza sigue aumentando como señaló la Reserva Federal. Asimismo, los Demócratas ganaron tres elecciones estaduales en 2017 derrotando a los candidatos Republicanos. Pero estas victorias distan mucho de señalar que el trumpismo se encuentra en retirada. De hecho, en una de ellas, en Alabama, el ultraderechista acusado de ser un hostigador sexual, Roy Moore perdió por apenas uno por ciento del voto. En los otros casos, los vencedores se encuentran más cercanos al ideario de Trump que al del New Deal.

Aquí hay que señalar algunos factores que contribuyen a la supervivencia de Trump. El primero es que Estados Unidos es una oligarquía, como bien señaló el estudio de Gilens y Page (Martin Gilens and Benjamin Page. «Testing Theories of American Politics: Elites, Interest Groups, and Average Citizens». Perspectives on Politics, Volume 12, Issue 03, American Political Science Association, September 2014, pp 564-581). Esto significa que el votante tiene escasa o nula incidencia en las decisiones gubernamentales. Esto se complementa con la carencia de alternativas. La mayoría de las iniciativas de Trump contaron con los votos de los Demócratas; y muchas de sus propuestas coinciden con las que había hecho Hillary Clinton en diversos momentos de su trayectoria política. En realidad, y más allá de la retórica, Trump ha tendido a continuar muchas de las medidas implementadas por Obama, y si bien su política antiinmigratoria no es la misma, sí tiene fuertes puntos de contacto con las deportaciones iniciadas por su antecesor. Lo mismo podemos decir del famoso «Muro con México» que fue iniciado por Bill Clinton que tiene unos 1700 kilómetros construidos. La realidad es que el ciudadano norteamericano cuenta con pocas opciones o alternativas. Simplemente pensemos que las dos posibles alternativas para candidatos a presidente por el partido Demócrata, en 2020, son… Michelle Obama y Oprah Winfrey. Ninguna de las dos conocidas por sus posiciones progresistas. Al mismo tiempo, y más allá de algunos avances, la cultura norteamericana tiene fuertes componentes religiosos, irracionales, posmodernos, racistas y misóginos. En ese sentido, para una pluralidad de norteamericanos Trump no solo la representa, sino que transparenta lo que siempre ha sentido. Basta revisar buena parte de la producción cultural popular norteamericana (desde Hollywood hasta la música country western) para darse cuenta de esto. Eso se complementa con el concepto por el cual la pobreza es culpa del individuo, mientras que la riqueza se debe a los designios divinos. El resultado es un conformismo donde el norteamericano medio considera las políticas sociales del Estado como algo injusto que favorecen a vagos e incompetentes. Para esta cultura Trump no es un despiadado pirata que ha hecho sus millones despojando a los más humildes, sino que es un «self-made man».

Por otro lado, el entorno de Trump se ha caracterizado por una serie de guerras internas feroces y despiadadas. A un año de gobierno la cantidad de funcionarios que han renunciado (o han sido renunciados) son legión: el secretario de salud Tom Price, el vocero Anthony Scaramucci, el jefe de gabinete Reince Priebus, el secretario de prensa Sean Spicer, el principal asesor Steve Bannon, el director del FBI James Comey, y otros. Esto demuestra que, si bien los sectores dominantes están satisfechos con la «gestión Trump», entre las fuerzas conservadoras y de ultra derecha hay una lucha abierta por el control del Presidente «teñido de naranja». Esto fue bien reseñado por Jacob Heilbrunn y Heilbrunn explicó, a grandes líneas, que los dos principales sectores del «conservadurismo» norteamericano se encuentran nucleados en torno a una serie de institutos entre los cuales los principales son, de un lado, el American Enterprise Institute y el American Heritage Foundation, con sede en Washington DC, y del otro el Claremont Institute, radicado en California.

El sector liderado por AEI y AHF fue hegemónico durante las presidencias de Ronald Reagan, y ambos Bush. Su biblia fue el Mandate for Leadership, publicado por la Heritage Foundation en 1981. Es más, la reforma de salud de Obama, denominada Affordable Care Act, surgió de una propuesta realizada por este sector a través del Heritage Center for Policy Innovation. O sea, no solo fueron hegemónicos durante las presidencias republicanas sino también durante las demócratas. Esto no es un accidente ya que muchos de sus intelectuales, como William e Irving Kristol, provenían originalmente del partido Demócrata (y hoy en día, gracias Trump, piensan regresar). Sin embargo, este sector nunca tuvo apoyo de masas, y siempre se dedicó al cabildeo y no a la lid electoral. Para este sector, Trump es un personaje siniestro que amenaza con destruir los verdaderos principios conservadores, y encima promete alejarlos del poder.

En cambio, los intelectuales nucleados en torno al Claremont Institute, como Harry Jaffa, Andrew Breitbart, Steve Bannon, Dinesh D’Souza y otros, han trabajado en las diversas campañas electorales republicanas desde la de Barry Goldwater en 1964 hasta la de Sarah Palin en 2008. En su percepción «los Padres Fundadores crearon una república virtuosa, única, y destinada a la grandeza basada en principios bíblicos y aristotélicos». Si bien los AEI se basan en Locke y en Hobbes, los Claremont son francamente premodernos. Si para los primeros la inmigración es una bendición y confirmación de la superioridad norteamericana, para los segundos es algo que «diluye la esencia nacional». Asimismo, ambos se definen a favor de una política exterior «musculosa». Pero las coincidencias llegan hasta ahí no más: los primeros ven la política exterior norteamericana como una extensión de su tradición misionera; en cambio, los segundos la ven como un derivado de un nacionalismo nativista (que a veces se confunde con el aislacionismo) y que se expresa en la frase «America First».

La disputa entre ambos sectores ha sido furiosa. De hecho, son los conservadores nucleados en torno al AEI y al AHF que se han conformado como el principal sector anti Trump, y no el progresismo cercano a los Demócratas. Y si bien los Claremont han sufrido algunas derrotas (como la renuncia de Bannon) continúan siendo muy fuertes en el gobierno, sobre todo como segunda y tercera líneas de muchos ministerios.

A un año de la presidencia de Donald Trump, todavía esta en disputa lo que pueda ocurrir. Precisamente la fluidez de la situación, en un contexto donde la oligarquía avanza descontroladamente sobre el conjunto de los norteamericanos, es lo que genera la peligrosidad del trumpismo. Pero Estados Unidos no es cualquier país, sino que es la principal potencia mundial. Esto significa que no solo ha logrado profundizar los problemas internos norteamericanos, sino que desestabiliza la situación internacional, y ha profundizado los problemas de la economía mundial hasta niveles indecibles. Y esto en solo un año de gobierno… ¿qué pasará en los tres siguientes?

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