| Auschwitz II |
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| Cultura - Historia | |||
| Ter, 02 de Fevereiro de 2010 19:44 | |||
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por Judith Casali de Babot* La pregunta acerca de la significación del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, espacio simbólico de todos los campos de la muerte construidos por los nazis, nos remite a un interrogante mayor, emanado de ese universo concentracionario perverso que continúa interpelando a nuestra civilización y a nuestra humanidad desde hace sesenta y cinco años. Preguntar por el genocidio judío –aún con su singularidad- así como por los demás exterminios intencionados y planificados que han ensombrecido (y ensombrecen) la historia contemporánea, es indagar sobre nosotros mismos como seres humanos, de lo que hemos sido y somos capaces de hacer, de callar, de consentir. Porque un rostro oculto se esconde en los entrecejos de nuestra racionalidad. Afrontar, en consecuencia, esa pregunta sobre el Holocausto, va más allá del abordaje de “la cuestión judía”. Implica no sólo penetrar en la memoria y en la historia dolorosa del pueblo judío sino también, como señala Jean-Pierre Faye, comprender que los genocidios han sido y son un fracaso de la humanidad, un fracaso que nos responsabiliza a todos. Desde hace más de medio siglo, lo que eufemísticamente se denominó la solución final “pesa sobre la conciencia contemporánea, ya se trate de negarla, conmemorarla, o de apreciar su singularidad”. Continúa horrorizándonos y perturbándonos. ¿Cómo se llegó a esta situación?. Podemos responder esta pregunta atendiendo a un tiempo relativamente más largo, el del proceso del nazismo desde su surgimiento en 1919 y analizar si fue algo programado desde el principio y obra intencionada de Hitler o resultado de las circunstancias históricas, de una responsabilidad mayor de grupos amplios que actuaron según las circunstancias pero que tenían, para ambas interpretaciones, una concepción biologicista del mundo, un odio acendrado hacia los judíos y el comunismo y que aspiraban a la dominación mundial como misión irrenunciable de la raza superior. Otra forma de responder a ese interrogante es plantear en forma concreta el caso de Auschwitz. Optaremos por esto último. Si bien el momento en que Auschwitz fue creado en zona polaca se enmarca en fechas más o menos precisas: de junio de 1940, cuando llegaron los primeros grupos de prisioneros polacos, al 27 de enero de 1945, su dinámica se inserta en un proceso de “radicalización acumulativa”, que incluyó diversas etapas y estrategias según las circunstancias. En este sentido, la invasión contra la URSS (22 de junio de 1941) es un elemento decisivo dentro del esquema nazi, así como el ingreso de EEUU en la guerra, al asumir el conflicto un carácter mundial. Ante esta situación, el discurso de Hitler del 30 enero de 1939, parecía verse confirmado: la alianza entre la URSS y EEUU se presentaba ante su concepción racial, antisemita, maniquea y profética del mundo, como la expresión de una conspiración judía internacional entre el capitalismo y el bolchevismo. Desde esta perspectiva, los judíos pagarían con su vida al ser considerados “culpables” de la sangre alemana derramada . Dentro de ese complejo proceso “eliminatorio”, dijimos que se fueron empleando diferentes estrategias en las que la burocracia y la “eficiencia” nazi, dieron prueba de lo que puede llegar a hacer la asociación de la técnica, la racionalidad, la burocracia y el exterminio, como señala Zygmunt Bauman. Se comenzó con el lento y duro mecanismo de los fusilamientos en masa contra las elites políticas e intelectuales polacas y rusas a las que se sumaron poblaciones judías, mujeres y niños en territorio soviético ocupado; se prosiguió con el envenenamiento con monóxido de carbono hasta llegar a la aplicación de “técnicas más eficientes” cuando en la primavera de 1942 se construyeron instalaciones de ejecución fijas en los campos de exterminio polacos para la eliminación con. Zyklon-B, específicamente en Auschwitz Ante estos hechos, cabe un interrogante ineludible ¿Qué ocurría con la sociedad alemana? ¿Era consciente de lo que estaba sucediendo? Sin entrar en el debate acerca de la “culpabilidad alemana”, según Ian Kershaw, en Alemania se conocía lo que estaba ocurriendo en el Este a través de fotos enviadas por los propios soldados: “La mayoría de los alemanes, mientras no les ocurriese ellos, dejaban que la distancia, la indiferencia, el miedo a la denuncia y sus propios sufrimientos por la guerra ahogaran las objeciones”. Esto nos genera un serio dilema moral: pareciera que en nuestro individualismo y comodidad, mientras los hechos graves y las situaciones límite no nos afecten personalmente, no nos sentimos obligados a actuar. Pero hay otras formas de reaccionar, de pensar colectivamente aún en situaciones límite, porque el mal no es inevitable. Y en este sentido, el Holocausto no fue obra de la fatalidad ni de un loco, fue consecuencia en parte también de un consentimiento colectivo. Pero frente al mal y a pesar de nuestro lado oscuro y oculto de la racionalidad, están las normas morales. Podemos resistir, no aceptar y estar atentos ante el menor signo de ataque a la democracia, como advierte Z. Bauman. Auschwitz fue precisamente la concreción material de la intolerancia, el odio hacia el otro, la ausencia de pluralismo, en síntesis, de lo que los seres humanos somos capaces de hacer cuando desaparecen las barreras morales y cae la democracia nutrida de esos valores. *Judith Casali de Babot es Doctora en Historia, Prof. Titular de Historia Contemporánea y Vice-Decana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT De Igual A Igual reproduce el presente artículo por autorización expresa de su autora.
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