| El sol y el poeta |
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Por Rodrigo Lima
Llegó a Madrid y se enamoró de la ciudad y del país de inmediato. Tenía solamente 18 años y estaba allí para aprender el español. Pero su pasión repentina le obligó a quedarse un poco más que los dos meses inicialmente previstos. La aventura en España le atraía. Le aguardaba el inesperado, con toda su fascinación.
Buscó un empleo. Lo consiguió de inmediato: sería vendedor de enciclopedias. Viajaría por varias ciudades de España, vendiendo. Vendía lo suficiente para mantenerse en su empleo. Su prioridad no era trabajar en España, ni siquiera vivir en el país, sino vivirlo. Estuvo en varias ciudades, como Granada, Palma de Mallorca, Vigo, Melilla.
Se sorprendió como en la ciudad euro-africana vivían en paz los judíos, musulmanes y cristianos. No sabía que eso era posible, pues lo poco que le enseñaban los periódicos era la existencia de una guerra que parecía eterna. Él no la comprendía muy bien, pero aprendió que la paz era posible. Para llegar a Melilla, fue necesario cruzar el Mediterráneo. Se sintió como Colón, al ver aproximarse África. Durante el trayecto, las gaviotas que acompañaban el barco, bailaban bajo la luna llena, que iluminaba el camino marítimo. El viaje de vuelta a la Península, un mes después, ocurrió durante el día, y pudo ser testigo del sufrimiento del sol, secuestrado – no sin lucha – diariamente por la mar. En ese mismo momento Dios le dijo que sería poeta, pues tenía lo más importante: ojos de poeta. Y desde entonces ve el mundo con esos ojos, con un optimismo a veces incomprensible, pero que se entiende perfectamente se nos damos cuenta que el sol diariamente consigue librarse de la mar. Y que la paz entre las civilizaciones, más que una posibilidad, es una realidad. |








