María y Juan: Esos docentes de sectores populares del conurbano de la provincia de La Pancita

por Gerardo Médica

“Hay historias que sólo deben contarse como cuentos”-siempre me repetía mi abuelo materno que tenía la capacidad de narrar anécdotas de la pampa gringa de principios y mitad del S.XX-. “Uno debe contar cuentos, sino el patrón de la estancia se la desquita o el comisario del pueblo te lleva al cepo”. Con el correr de los años, creo que esas palabras son más que válidas porque pienso que hay historias que sólo “pueden” contarse desde la ficción. Ya que si bien, las ficciones escapan al testimonio directo, a la carnalidad de los hombres concretos, a los números de documentos y a una geografía anclada en los mapas, logran plasmar -tomando palabras de Santiago Kovadloff -:“El enigma que connota el hecho de vivir”.

No hace falta aclarar que más allá de todo juego ficcional se establecen sentidos y significados que el lector logrará construir al abordarlo. En definitiva y en criollo, cada lector de acuerdo al vínculo con la ficción la puede considerar un hecho real o no, de acuerdo a su subjetividad.

Para mí, las ficciones son válidas para mirar el sesgo ante los lentes que se imponen desde los anteojos de los silencios sociales. Asimismo me agradan porque transportan a sus autores y a los lectores, a terrenos no previsibles. El tiempo, lo social y el espacio constituidos son muestra de una esfera lejana que captamos desde nuestro presente pero también, al estar sometidas esas ficciones a la erosión de Cronos o las fronteras de lo verídico y no verídico, pueden transmutar: lo que era irreal – incluso absurdo- se constituye en naturalmente real y en espejo de lo sucedido.

Finalizando el 2015 y comenzando este 2016 – siguiendo el consejo de una compañera de años de trabajo- decidí escribir una ficción cuyos personajes principales sean dos docentes con más de 27 años de trabajo en sectores populares de una provincia imaginaria que la denominaré de La Pancita. Esos docentes los llamaremos simplemente María y Juan.

Para mí es una experiencia diferente, acostumbrado al testimonio directo, citas y marcos teóricos. Lidiar con una ficción entiendo es un ejercicio más libre, sin requerimiento de ciertos criterios de verdad, aunque también soy consciente, de que “con la suma de historias que preexisten en la memoria y nos resultan significativas, vamos trazando poco a poco nuestra biografía”. La cita de Ana María Bovo de su libro “Narrar, oficio trémulo” es acertada y milimétrica. Uno siempre cuando escribe -de alguna forma- lo hace desde su visión de mundo o el sentimiento ante él.

María y Juan, lejos de una denominación textual, podrían llamarse de infinitas maneras ya que los personajes de ficción tienen la ventaja de ser nombrados como uno desea. Mis personajes tienen un objetivo -es más que obvio que cualquier personaje tiene una meta literaria para que no se torne inmóvil o aburrido- plasmar fragmentos de sus trayectorias como docentes en los márgenes de la provincia en cuestión. Decidí situarlos en la provincia de La Pancita y puntualmente en el distrito de La Mestiza; dos espacios ficticios ajustados a la inventiva que pretendo imprimir al texto. No hace falta aclarar a los incrédulos que la provincia de La Pancita de acuerdo a los mapas o al rastreo de Maps Google, no existe y el distrito de La Mestiza, menos todavía. El recurso literario de ubicarlos en los espacios imaginarios referidos obedece a la precaución de que nadie se sienta sensibilizado ante cualquier posibilidad de lo real. Lo real a muchas personas le genera el vértigo a los espejos y el reflejo de los fantasmas.

En un tiempo pasado remoto, escribí un cuento donde los personajes eran Camila y Horacio también docentes de La Mestiza. En mi cuento mis compañeros docentes tenían la libertad de narrar sus historias simplemente como las vivían. Por esas cosas indeterminadas de lo literario, la ficción se transformó en gris y dolorosa. Frente al relato de mis personajes, los redactores de expedientes -siempre oficialistas- y la poética burocrática intentaron sancionar a los docentes protagonistas incluso con la complicidad del sindicato donde pertenecían. Para evitar esa suerte, en esta ficción colocamos a María y Juan sentados en un bar cualquiera, compartiendo un café y narrando lo que han vivido en 27 años de docencia en los sectores populares. El planteo de la trama que propongo es diferente a la de Camila y Horacio. María y Juan charlan libremente sin los estetas de los expedientes de La Pancita y de las presiones políticas de La Mestiza. A no ser, que desde algún escrito de esta localidad se esté redactando algún expediente que sancione la creatividad de una ficción.

Juan antes del Café

Juan intenta, desde hace un rato, comenzar la clase escribiendo en un pizarrón que apenas se sostiene en la escuela secundaria del barrio El Tachito. La tardanza de hoy es la misma de siempre: un grupo de alumnos -en realidad estudiantes, porque desde hace un año está mal visto decir alumnos- están buscando sillas por todos los rincones del colegio.

Últimamente las sillas no alcanzan porque desde la provincia de La Pancita no llega el mobiliario -perdón llega, en el mejor de los casos, cuando el ciclo lectivo termina y los estudiantes ya no lo necesitan -.

Mientras se demora el inicio de clase, Juan observa desde la ventana del aula a tres grupos del turno tarde realizando actividades físicas en un patio de 10 metros cuadrados. En esos momentos, la preceptora toma lista y pregunta si saben algo de José, Vilma y Brian que desde hace dos meses no asisten a clase. Luego de 15 minutos del timbre de ingreso, la clase comienza con un clima de buen intercambio el cual se interrumpe minutos después, cuando desde la ventana dos pibes que pasan por la calle escupen a dos “estudiantes”. Juan se acerca a la ventana para pedirles que se retiren y lo putean. Tras el incidente el director sale a dialogar con los chicos y lo amenazan. La solución -por orden del directivo-: cerrar las ventanas que dan a la calle mientras la temperatura llega a 32 grados y los ventiladores del aula no funcionan. Así se logra retomar la clase después de un rato transcurriendo el tiempo con tranquilidad.

Llega el primer recreo. Los alumnos de primaria -la escuela secundaria del barrio El Tachico comparte edificio con la escuela primaria- se mezclan al salir con los de secundaria. Juan se dirige a sala de profesores. Al llegar al lugar se nota un clima tenso. Dos docentes están más que cansados: hace seis meses que no cobran y la explicación que les dio la secretaria es que no puede hacer nada porque el problema es del Ministerio de Educación de La Pancita. Afirma que no le han dado repuesta a sus reclamos pero que se encontró con una persona conocida que trabaja allí quien le dijo en forma risueña –“no te preocupes que esto pasa cuando se termine la campaña” -. Y bue, habrá que esperar… En otro sector de la sala de profesores dos docentes discuten hasta casi llegar a los golpes. Uno es un fanático del proyecto pasional vertical y el otro, fanático del partido recomponedor orientador. Un tercer docente les recuerda a Marx, Engels y a toda la educación burguesa. Un cuarto docente delegado del gremio mayoritario que adhiere al proyecto pasional vertical les recuerda a los tres que en la próxima elección de La Pancita deben votar al oficialismo mientras pega un afiche en el pizarrón de la sala. En respuesta a eso, otro docente de un gremio minoritario pega otro afiche reclamando dos millones de dólares de básico y amenazando con un paro de 365 días.

Juan mientras tanto intenta aislarse de la disputa que ha tomado fuertes tonos leyendo las sugerencias para las mesas de exámenes de diciembre y febrero: “Se solicita a los docentes de la secundaria del barrio El Tachito articular trabajos prácticos para facilitar el examen de los “estudiantes”. Esos trabajos deben ser considerados como notas y los alumnos deberán defenderlos en las mesas con fecha a confirmar próximamente. En caso de que los “estudiantes” presenten dificultad para la defensa de los trabajos, los docentes deberán posibilitar una instancia de enseñanza -en el mismo examen- con el fin de que logren su acreditación e inclusión.” Como Juan es muy mal pensado, piensa para adentro: ¿Acreditación es lo mismo que aprendizaje? ¿Me están “sugiriendo” que apruebe?

En la misma sala de profesores -que en realidad es preceptoria y cocina improvisada- una auxiliar prepara los sándwiches para después del recreo. Hace unos meses como el ministerio no les paga a los proveedores, con la habilidad de los viejos cuchilleros de los arrabales, divide los sándwiches en dos. Por dentro, con la sensibilidad de los que la han pasado, se dice “hay que multiplicar los panes”. Detrás, una alta pila de computadoras que no funcionan amenazan con caerse al piso.

Al terminar el recreo Juan cambia de curso y al ingresar a otro siente un clima raro. Intenta igual comenzar la clase pero la inquietud de los chicos se lo impide. Pregunta que sucede y desde el primer banco tiene la respuesta: “Mire profe hay quilombo en el barrio”. Y Mariana complementa: “Ayer los del otro barrio se la dieron “al Brian” y la cosa no va a quedar así. Los vamos a hacer bondi”.

Juan se aparta del dictado de su clase e intenta explicar que la violencia no conduce a nada, del valor de la palabra y de arreglar las cosas de otro modo. Desde el fondo surge una risa y unas palabras: “Mire profe, no se enoje, pero en su mundo las cosas se hacen así. Acá, las cosas son diferentes”. En ese momento, la auxiliar entra al aula y al repartir los sándwiches se cambia la conversación por las quejas de los alumnos ante el tamaño de la merienda recibida. Juan intenta poner orden y volver a remarcar la importancia de no usar la violencia para resolver las cosas. Pero en ese momento se escucha el timbre y se queda con la palabra en la boca, ante el movimiento masivo de sus alumnos hacia la puerta de salida.

Este docente del barrio El Tachico -como muchos otros en esta querida provincia de La Pancita- termina la primera parte de su día de clase caminando un poco desanimado por no poder entender los nuevos códigos barriales con los que debe convivir. Camina hacia la parada confundido y muy pensativo pero debe detenerse, unos instantes, para separar una posible pelea de sus alumnos. En ese momento salen las preceptoras ante el rumor de problemas pero como no detectan nada, cierran el portón.

El turno mañana parece haber concluido. Juan le hace señas al colectivo trucho que une el barrio El Tachito y El Plata y se dirige a la escuela de la tarde. María le manda un mensaje de texto y le recuerda que tienen una cita para compartir un café.

María antes del Café

María sale de su escuela primaria del barrio La Tablita. Recibe la respuesta de Juan a su mensaje de texto. Camina acalorada con miles de afiches, bolsas y cintas rumbo a la escuela de la tarde. Desde hace semanas estuvo sumergida en la preparación de una muestra con sus alumnos de quinto grado que se presentara junto a otras escuelas – por sugerencia de su directora y supervisora- en un encuentro en la localidad principal de La Mestiza.

Al llegar a la escuela junto a tres alumnos que la representan, dos maestras y la directora, suben a un micro que los conducirá al encuentro escolar, En segundos deberán preparar el stand acompañadas por las indicaciones nerviosas de la directora. En el escenario montado en la plaza principal de La Mestiza, el locutor oficial abrirá el encuentro, se entonará el himno y llegaran los primeros aplausos. Inmediatamente el supervisor general de los supervisores de las escuelas de La Mestiza hará uso de la palabra y presentará al intendente de La Mestiza. En el escenario las banderas se arremolinaran mientras el discurso es leído con suma dificultad ante el calor de una larga tarde de trabajo. Finalizando dichas palabras, el candidato a intendente para las próximas elecciones anunciara ante la algarabía de directivos y los supervisores presentes, la entrega de subsidios para las escuelas participantes del encuentro.

Debajo del escenario los alumnos bostezan, las maestras miran el reloj y los afiches -por el calor y la humedad- comenzarán a despegarse. Se escuchan nuevos aplausos y María -que por todos los medios evita las fotos que serán reproducidas en el diario local, en facebook u en otro medio – no ve la hora que termine la ceremonia

Al terminar la puesta en escena, los alumnos suben a los micros acompañados por el vuelo de un pasacalle que dice: “La Mestiza alcanza” y pegado a él “La Mestiza hay que dividirla”.

María está agotada. Su directora con el subsidio en mano le comenta que se prepare porque la semana que viene hay que ir con abanderados a la inauguración de un hospital ya que las autoridades de todos los niveles asistirán. La última vez que se inauguró un hospital en La Mestiza con presencia de autoridades nacionales fue majestuoso. Miles de banderas, todos aplaudiendo, directivos y supervisores tomándose la sefiel correspondiente y bancando el proyecto pasional vertical. Lo irrisorio de todo esto es que muchos siempre estuvieron en contra de cualquier expresión popular pero ahora el aggiornamiento parece que les rinde.

Son las 17:30 hs y María le manda un mensaje de texto a Juan diciéndole que está con demora porque todavía no han retirado a dos alumnos.

María y Juan: un primer café

María y Juan están sentados en un bar cercano a la plaza principal de La Mestiza. Ese bar pegadito a la municipalidad es particularmente frecuentado por todo el grupo político de la localidad -en otras palabras es el lugar de las roscas-.

Es la hora en que el atardecer y el anochecer se mezclan de un viernes. La semana pareciera que a nuestros protagonistas les pesa. Las ojeras de María, gigantes y Juan apenas puede emitir sonido por la disfonía. Se conocen desde 1989, cuando fueron maestros en “los kilómetros” de La Mestiza y no se perdían ni una sola marcha gremial; tiempos donde en el sindicato se discutía. Recuerdan que en sus inicios de la carrera estuvieron en una marcha que tenía por nombre un color neutro, una huelga de 45 días en la que cobraron 25 australes por los descuentos. Ambos esperan todavía alguna respuesta de por qué se levanto esa lucha, o mejor dicho, saben el por qué pero quizás esperan esa respuesta de quienes la condujeron.

Otra rememoración que siempre surge en sus encuentros, es el traer al presente, el camping de meses que se realizó allá por los años finales del S.XX en una Plaza famosa. María a tono de broma dice: – cambiamos turismo por lucha-.

Y el tiempo avanza -piensan mientras el café desciende en sus tazas y los recuerdos afloran-. Luego de esos ochenta, llegaron los noventa en la provincia de La Pancita. Aparecieron gobiernos nacionales y nuevos gobernadores y con ellos la miseria en los barrios y en las escuelas de La Pancita. Fueron tiempos donde los alumnos de hasta quince años estaban en la escuela primaria, los comedores estaban por todos lados, cuando se vacunaba a los chicos y se les hacia los documentos en las escuelas y todo en pos de una reforma educativa -una más que vivirán ambos en estos casi treinta años-.

María mientras juega con una servilleta trae a la mesa postales donde los alumnos pasaban a escondida por las ventanas de los comedores, comida a sus familiares o la historia de Robertito de primer grado que, durante sus primeros dos meses de clase solo gateaba y no salía de debajo de su mesa escolar. –Sí, como suena- le explica María a su amigo. No salía de su banco porque estaba acostumbrado a que su mamá desde chiquito lo dejara amarrado –junto a su hermano- a una pata de la mesa de la cocina con solo un plato de comida y agua para poder ir a trabajar y que no se lastimaran. Y agrega – ¿No entendes, no? Estaba sola y si no trabajaba no comían-.

Juan al escuchar esa historia se estremeció pero también recordó lo que le pasó a él en su escuela secundaria, allá por la mitad de los noventa cuando junto con una asistente social de su escuela fueron a la casa de Miguel -un alumno de segundo año- que hacía tiempo que no asistía a clases. Caminaron mucho hasta llegar a los fondos de La Mestiza. Al llegar a la casa vieron como Miguel – por problemas con su familia- vivía en la terraza, y dormía –o mejor se tapaba- con su perro para parar el frío y que su padre no la matara a golpes cuando podía. Ante lo presenciado se hizo la denuncia correspondiente en el juzgado. El tiempo determino que Miguel fuese solo una carpeta de expediente y que, tres años después lo mataran en un andén de ferrocarril cuando intentara robar a una señora.

Paralelamente a lo narrado por los dos personajes – en esos tiempos en la provincia de La Pancita y en La Mestiza puntualmente- se capacitaban docentes con unos cuadernitos de la A a la Z. Capacitaciones sin sentido que tan sólo era una excusa para tratar de mostrar cierto interés hacía el cambio educativo que se proponía. De esas capacitaciones, la principal tomada de pelo que recuerdan, fue la sugerencia de dar clases de computación con computadoras hechas con cartón. Objetivo: Lograr aunque sea que los chicos se familiaricen con el teclado.

Por esa época, muchas universidades del conurbano de La Pancita participaban en las capacitaciones docentes y estaban lejos de la furia nacional de los últimos años. No menos importante de esa época eran los edificios escolares en construcción que afloraban. María y Juan, saben de dar clases en los pasillos, con obreros picando paredes o incluso de reducir jornadas por falta de espacio.

El mozo con postura de gallego de antaño se acerca a la mesa, mira por donde andaban los pocillos de café y acomoda unas sillas alejándose de los docentes que charlaban ya -para ponerle una mejor onda- de sus hijos, familia o incluso de algunos libros que están leyendo. Los dos primeros cafés se han consumido y están por pedir otros para continuar con la charla que es una suerte de balance y de catarsis.

El mozo deja los dos cafés en la mesa mientras su conversación tiene una forma lineal. Las palabras los llevan a la década del 2000. Tiempos difíciles piensan ambos, mientras Juan saluda a un taxista conocido que ingresa al bar. Lo primero que asoma fueron los saqueos de diciembre de 2001. María trabajaba como maestra y preceptora en una localidad de La Mestiza sobrepoblada. Salir de la escuela fue duro con cientos de personas saqueando los comercios de las avenidas y llegar a su casa, fue una odisea. Sin colectivos, ni nada, María camina por las vías del ferrocarril hasta su hogar luego de tres horas. Remarca que en esos tiempos el guardapolvo daba cierta protección.

Juan, en esos días de saqueos de diciembre, trabajaba bien al fondo de La Mestiza. Al escuchar a su amiga, se le vienen a la cabeza las imágenes de madres viniendo a retirar a sus hijos de la escuela ante el mundo viniéndose abajo. Recuerda que en esos días discutió con una que se llevaba a su hijo para ir a saquear. Ante lo que exponía Juan se trabó en una discusión con la madre que le respondió: “Mire maestro saquear no es lo mismo que robar”. Esa frase retumba hoy todavía en su cabeza como una herida que no cierra. Y ni hablemos de las imágenes de muchos alumnos reventando comercios del barrio El Zorzal y la frase de advertencia de Mauro: “Profe raje de acá que se vienen los del barrio El Ombú y vienen a saquear las escuelas”. Mauro lo aconsejaba mientras corría con una serie de cajas que sobrepasaban su tamaño.

En esos momentos los docentes de La Pancita cobraban con unos papeles de colores que le llamaban bonos y había que hacer malabares para sobrevivir. María recuerda que por meses sobrevivía por el verdulero de su barrio que le aceptaba los bonos y le daba el vuelto en pesos. Juan se angustia porque fueron tiempos en que estaba por nacer su primer hijo y debía optar si con esos bonitos de colores debía comprar pañales o leche. Viejos momentos, momentos de dolor que se vienen a la mesa.

Por los días desgastados y lejanos del 2001 y los sucesivos, en las escuelas de La Mestiza las jornadas eran duras, como si toda la crisis social se metiera con todo en las aulas. Fueron momentos donde los estudiantes se descomponían por falta de alimentos o donde en las entradas de las instituciones se hacía trueques para sobrevivir. Juan en ese tiempo iba a la escuela los sábados y con un grupo de docentes se dedicaban a pintar murales en lugares públicos como forma de sostener desde donde se podía lo que acontecía.

En definitiva piensan en silencio María y Juan, fueron años de reformas educativas, de conflictos sociales y de una “docencia” que contenía los errores siempre tan precisos de la política

Por la mitad de la década del 2000, asistieron a una nueva reforma educativa. Muchas escuelas cambiaron una y otra vez de número pero los edificios eran los mismos. Es más algunas instituciones con estrategia de supervivencia no dudaron en poner el nombre de algún dirigente nacional muerto -a su escuela- con tal de que los recursos afloraran.

Por el año 2006, Juan decidió concursar para directivo en una escuela de La Mestiza. María -mientras consume lo que queda de café- se sonríe porque de ante mano sabe por dónde deslizará el discurso su compañero de años De esos tiempos surgen muchas imágenes que Juan relata con tono de broma y al mismo tiempo seriedad. Recuerda sus días en el cargo compartiendo edificio con una primaria y los cruces con la directora de la otra institución que concebía al edificio como propio: negaba el uso equitativo de ambas escuelas de las aulas, de la biblioteca y por supuesto, se instalo con el correr del tiempo, disputas que llegaron a un tono elevado.

La más graciosa fue una broma – o no tanto- que consistió en tratarla de gendarme por su preocupación por los límites; hecho que motivo que la directora llamará a los supervisores para una mediación.

Desde la distancia, Juan recuerda que fue una reunión de ciencia ficción donde dos equipos directivos más dos supervisores trataban de repartir un aula y una biblioteca. De la reunión la directora salió muy molesta. Su ascendencia en amistad con gente del gremio mayoritario y con uno de los jefes de supervisores, no dio efecto. En el fondo su ego quedo un poco herido. Y como La Mestiza es grande y los rumores corren rápido por estas zonas, esa directora sigue con esa actitud de gendarme por otras escuelas.

De esos tiempos de directivo surge de la boca de Juan una nueva anécdota que estaría para el libro guinnes o para un cartel de Crónica TV. Ese día, a media mañana, se cayó parte de una tulipa en medio de un salón provocando un cortocircuito, un incendio y casi la lesión de un alumno,

Juan junto a su compañero directivo convoco a la comunidad educativa y decidieron suspender las clases hasta lograr que les cambien la instalación eléctrica total de la institución.

Durante ese transcurso el representante municipal responsable de la escuela -léase consejero escolar- llegó a la escuela para mantener una reunión. Según recuerda Juan, la reunión fue tensa ante las presiones y las sugerencias del concejal de dar clases sin luz. Las palabras derivaron en insultos que casi llegaron a las manos.

El consejero escolar de trayectoria en el gremio mayoritario, representante del frente pasional vertical, intento poner en escena su curriculum de pegador de maestras jardineras del distrito y quedó sorprendido cuando Juan le dijo: “Te sentas, te callas la boca o te parto la silla que tengo en la mano”. La escena la presencia un padre que pasaba y estaba dispuesto a intervenir. El padre era barrabrava de un equipo importante de La Mestiza. El episodio derivó en la preocupación de los supervisores y el mismo consejero escolar para que no haga público el incidente. Pasado 15 días la instalación eléctrica para la escuela estuvo realizada y una nueva partida de bancos. Según cuenta la leyenda, Juan y el consejero escolar resolvieron las cosas a la antigua y a lo barrial. Fue una suerte de segundo intercambio sin los límites y las formalidades que se debe mantener en una escuela.

María no sabe si reírse o llorar ante lo que cuenta Juan. Por esos años, había comenzado a trabajar como preceptora en una escuela de la localidad de la mitad de La Mestiza, siendo la de mayor puntaje tuvo años más que duros que atravesar. La cosa es simple, María al no estar nunca los directivos debió hacerse cargo de miles de problemas que en lo diario se daban en la escuela. Entre los problemas variados destaca María con pesadumbre, las intervenciones con una alumna que quiso suicidarse escapándose de la escuela o recibir los reclamos permanentes de los padres con la frase: “yo ya vine varias veces y la directora nunca está”.

Juan que escuchó con atención, retoma su relato centrándose nuevamente en su etapa de directivo. Vuelve sobre las reuniones con otros colegas y su supervisor de la zona. Recuerda en una de ellas la discusión – ajustada a los tiempos que corrían- si un director debería ser o no un militante dentro del proyecto pasional vertical. Los últimos fueron años complejos en sutilezas: la repitencia cero, los planes alternativos y la politización partidaria (recuerda que para una elección importante nacional salían de licencia vía sindicato mayoritario, docentes para militar el proyecto pasional vertical y fiscalizar las elecciones). Todo ese conglomerado llevó a que Juan dejará el cargo porque los días se le hacían insoportables.

Sin darse cuenta entre risas, tristezas y sueños la charla se ha extendido por varias horas, Juan llama al mozo y paga los cafés. Fue un encuentro interesante piensan pero ambos han quedado sensibilizados. Una sensación de desazón los embarga. Tantos años de lucha y no saber nunca lo que vendrá. Se despiden y siempre lo hacen con la misma frase: “lo importante de todo siguen siendo los pibes y hay que seguir luchando por ellos”. Cada uno retorna el camino a casa después de una semana –o una vida- intensa de trabajo en La Mestiza. Juan espera el colectivo pensando en las marchas que vendrán. Para sí se dice: “habrá que ir de nuevo a las marchas con bolitas de rulemanes para cuando la montada pegue”. María, también esperando el colectivo en la esquina de enfrente piensa: “habrá que volver a hacer banderas para las marchas a mano como en los viejos tiempos, contra un gobierno que le gusta llenar de globitos de colores las cosas”.

Mientras tanto, un pibe con remera negra pasa por la calle cantando un viejísimo tema de Sumo cuyo fragmento dice: “No vayas a la escuela que San Martin te espera”.

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