Violencia y virus

por Pablo Pozzi

Ayer mi enanita Emilia anunció que se iba a la plaza del pueblo con las amigas para manifestarse por el «Ni una menos». Once años y haciendo quilombo. Como padre progre aproveché para preguntarle por qué. «Están matando cada vez más mujeres, y hay que hacer algo». «¿Y yendo a la plaza vas a impedir eso?» «No, pero por lo menos se dice que está mal, como cuando vos vas a los actos de 24 de marzo». La pucha, para qué hablar de política en casa si luego te salen respondonas. Y luego sacó la fórmula con la que nos tortura a mí y a su hermano desde hace rato: «La seño Abigail (no hay forma que pueda explicar cómo se pronuncia ese nombre anglosajón en cordobés básico) nos explicó que esta es una sociedad machista y patriarcal». ¿Lo quéeeee? «Vamos a ver. Emi, ¿quién manda en casa?» «La mamucha». «¿Y quién cocina, lava los platos, te lleva a la escuela?» «El papucho, pero porque querés, no porque tengas que hacerlo. Si no lo hicieras lo tendría que hacer la mamucha, como hace tantas otras cosas que vos no hacés.» La voy a matar a la seño Abigail, aunque en realidad tiene razón.

Una amiga francesa me explicó hace mucho que el mejor de los maridos sólo realiza el 30% de las tareas del hogar. Dudo mucho que yo llegue al 30%… excepto cuando mi mujer ganó el concurso de directora de colegio y, como no nos daba el bolsillo para emplear a alguien en las tareas domésticas, tuve que convertirme en ama de casa… aunque no quisiera. Un par de años después, nunca pero nunca más voy a pensar que las tareas domésticas no son trabajo: yo quedaba reventado todos los días, y a las nueve de la noche no quería ni que sonara el teléfono. Lo peor es que cuando la nena hizo la diferencia entre «querer» y «tener que» hacer algo, me remitió a eso. Yo no quería ser ama de casa, pero no había otra… de hecho sigue sin gustarme mucho que digamos… es aburrido, es pesado, te liquida las neuronas, terminás viendo Utilísima a ver si te da alguna idea de qué hacerles de comer a los chicos. En síntesis, entre una cosa y otra resulta que soy machista y patriarcal. Pero no solo yo, también mi mujer. Cuando ella era directora una de sus preocupaciones (a instancias de mi suegra que fomentaba el machismo de lo lindo) era que «estaba perdiendo su lugar en el hogar». O sea, «su lugar» era el de ser nuestra sirviente.

Y que la nena sea discutidora y reivindique el «Ni una menos» me parece un avance importantísimo y un gran logro de ese movimiento. Pero también me parece que con eso no alcanza. Entre otras porque mi impresión es que la cantidad de feminicidios han aumentado catastróficamente. Cuando yo era pibe, en el Abasto de Buenos Aires, había una cantidad de reglas más o menos no habladas pero aceptadas por toda la muchachada: no se le pega a los chicos, a los viejos y a las mujeres; no te haces el piola con la hermana o la mujer de un amigo; no le faltas el respeto a los mayores; y si ves a algún tipo gritándole a una mujer o pegándole te metés y lo paras en seco. Más aun, guarda con que algún tipo se propasara con alguna de las chicas del barrio porque le «explicábamos» categóricamente el error de su forma de ser. No quiero decir que no fuéramos machistas, lo éramos y mucho. Y parte de nuestro machismo era ese comportamiento. Tampoco quiero decir que no pasaban cosas, pero sí que eran más de excepción. En cambio hoy en día es como que no hay un día que no pase sin que algún psicópata asesine una mujer de la forma más horrible y por el solo hecho de ser mujer. En aquel entonces era como que hasta los chorros tenían cierto orgullo profesional. ¿Era mejor? No, era distinto. Pero ayuda a hacerte pensar sobre el mundo actual.

¿Qué ha cambiado? Algunos suponemos que la diferencia es que ahora salen en los medios de comunicación, y antes eran ignorados, cuando la realidad es que es un fenómeno mundial. Basta pensar con la cantidad de mujeres asesinadas en México; o el incremento feroz de la trata (todavía no me entra en la cabeza cómo alguien puede tener sexo con una chica golpeada y drogada… hay muchos tipos muy enfermos); o la cantidad de mujeres turistas asesinadas en distintos rincones del mundo, o lo que ocurre con las mujeres en lugares como la India, Afganistán o Turquía o en tierras del ISIS; y ni hablar de lo que ocurre en lugares como Estados Unidos donde el hostigamiento sexual, la violación en cita y la violencia contra mujeres es moneda corriente. Para unos es un problema de «educación», para otros es «la marginalidad social»; excepto que ocurre entre sectores cultos, educados y pudientes tanto como entre los más humildes. Para la Iglesia es la decadencia de «los valores familiares», y la solución es más catequesis y la represión sexual. Y están también los otros, como un par de gringos que andaban por ahí que me dicen: «Lo que pasa es que las minas son unas locas, ¿mirá cómo se visten? Y encima las familias les dejan hacer cualquier cosa». Claro, porque una piba sale de noche, muestra un poco de piel, o se emborracha, entonces los tipos son libres de hacer cualquier cosa. Encima de machistas, esos gringos eran dos reverendos pelotudos.

Y eso me lleva al segundo punto de esta nota, y a la segunda intervención de mi nena: si el 19 fue la movilización de «Ni una menos», el 18 tuvo la prueba de evaluación (APRENDER) a la que el Estado sometió a 1,4 millones de estudiantes. Ella estaba en contra, sin saber muy bien por qué; sus «seños» protestaban porque había preguntas sobre lo que pasaba en el aula («se enojan con ustedes sus profesores mucho, poco o nada»); los compañeros de mi hijo insistían que había «preguntas personales» (edad, cuántas personas viven con usted, utilizas computadora en casa). Esto en un fuerte contexto donde el periodismo (en particular el gordo infame y mercenario de Jorge Lanata) hacía escándalo que había extranjeros en las universidades públicas y gratuitas, y que el rendimiento de los estudiantes en colegios privados era mejor que en los públicos «porque un porcentaje mayor de ellos terminaban sus estudios» y uno menor desertaba. Y encima los así llamados sindicalistas docentes (algunos que no han pisado un aula en una década o más) protestaban porque la prueba la hizo «una consultora inglesa».

Me llama la atención que alguien piense que el mero hecho de ser una consultora inglesa implique que la prueba era por definición algo peor que si la hubieran hecho argentinos. Ni hablar que si esas preguntas invadían la privacidad de nadie, entonces tampoco podemos hacer los censos de población o las encuestas de hogar. Y a mí me parece importante saber si los docentes tienen o no un buen desempeño frente al aula o si hay situaciones de conflicto. Mientras tanto el gobierno insiste que «necesita un diagnóstico educativo» para poder tomar medidas que mejoren la educación. No hace falta un gran diagnóstico: la educación argentina, en los tres niveles, se encuentra en un estado calamitoso. Los maestros y profesores tienen niveles salariales y de inestabilidad pavorosa; la mayoría tiene niveles de stress altísimo; el nivel de apoyo que los docentes encuentran en las autoridades educativas es mínimo; la mayoría de las familias prefieren «invertir» en una tele HD y no en la educación de sus hijos; el Estado se preocupa más que las escuelas sean grandes «guarderías» que no que sean centros educativos. Las escuelas públicas tienen serios problemas de disciplina, y las privadas de calidad. Y hay menos deserción en las privadas porque son sectores más pudientes y con menos problemas familiares o laborales. De todas maneras no estoy en contra del «diagnóstico» en sí mismo, sino que me opongo a lo que viene detrás. Si combinamos diagnóstico con campaña mediática, la conclusión es obvia: se viene una nueva ofensiva por la privatización de la educación pública. Y la privatización es sinónimo de una educación clasista: la buena para los ricos, la mala para los pobres; y todos tienen que pagar porque la educación es un negocio y los alumnos son clientes.

Claro que buena parte de los sindicalistas no dicen nada de esto. Entre otras yerbas porque no son ni siquiera burócratas, sino que se han convertido en empresarios a partir de la década de 1990 con el menemismo. No solo negocian y entregan las conquistas y los salarios de sus afiliados, sino que más de uno se ha convertido en dueño o accionista de empresas o establecimientos educativos. Dicho de otra forma, el sindicalismo docente es parte del problema, no de la solución, sobre todo porque si se privatiza seguro que ellos van a hacer negocio.

¿Y las familias? Como me dijo un amigo: están preocupadas porque los chicos no traigan problemas a casa y no anden en la calle. O sea, de saber leer y escribir nada. Me hace acordar a una discusión que tuve en la escuela de mi nena. Las señoritas les sacaban puntos en las pruebas por horrores ortográficos. La mayoría de las madres (yo era el único padre ahí) estaban indignadas. A mí me parecía bien, y quería (y quiero) que las «seños» fueran más exigentes; que mi hija sepa bien leer y escribir correctamente, sobre todo porque esto hace a sus procesos mentales. De hecho el secundario de mi hijo es el que tiene mejor reputación en el pueblo. Es un colegio «mixto», o sea «público de gestión privada»; lo cual quiere decir que lo regentea una comisión de padres, que hacen lo que les canta, mientras los salarios los paga el Estado. Para ellos ese es el «Nacional Buenos Aires» del pueblo, pero con cuota paga. Para mí ese colegio es un desastre educativo donde el énfasis es en la disciplina y en aplastar cualquier intento de pensamiento crítico en los alumnos. De hecho ni se preocupan que los docentes sean buenos, sino que sepan controlar a la clase (y no digo que todos son malos, pero que más de uno debería dedicarse a otra cosa). Para muestra basta un botón: un día mi hijo vino con un dos en Física porque había estado enfermo, no se enteró del examen, y la profe le tomó igual. Las notas anteriores y posteriores son todas 9 o 10. La profe ni se preguntó qué había pasado con el chico para sacar el 2. Y cómo se va a preguntar si es un cliente y lo que importa es que yo pague puntual la matrícula y, cuando está enfermo, la reincorporación. Obvio que no hay deserción si me cuesta plata; pero tampoco hay mucho que digamos en términos de educación.

Esto pareciera no tener nada que ver con el «Ni una menos». Y la realidad es que si tiene. Pero no porque los feminicidios tengan que ver con «la falta de educación». Sino porque ambos representan un virus que se ha desatado y enferma al conjunto de la sociedad humana. Ese es el virus del capitalismo del siglo XXI. En su proceso de concentración salvaje, de enriquecimiento impune, está destruyendo todo lo que tenemos de sociedad. Según la Junta Federal de Cortes y Superiores Tribunales de Justicia, en Argentina sólo el 5,59% de las causas ingresadas desde 2009 al fuero penal tienen sentencia, y eso son las causas ingresadas si fuera la tasa de condenas sobre crímenes cometidos sería aun más baja; en cambio las ingresadas en el fuero civil y comercial tienen sentencia en el 65,91% de los casos. La tasa de condenas por homicidio en 1992 era 9%… una cifra ya de por sí increíblemente baja. Y si cruzáramos estos datos con clase social veríamos que los sectores más ricos de la sociedad tienen una tasa de condena cercana al 0. Digamos cometer un crimen del tipo robo, homicidio o secuestro en Argentina implica tener un nivel de impunidad como pocos lugares en el mundo. Es evidente que el Estado se preocupa por los delitos de negocios, y no por los seres humanos.

Si lo anterior lo cruzamos con la mercantilización de la sociedad, el crecimiento del individualismo, el deterioro educativo, y la altísima tasa de desempleo, pobreza y trabajo «en negro» lo que emerge es una sociedad donde la anomia y la alienación están a la orden del día. El bajo nivel cultural general junto con un capitalismo desenfrenado, donde lo único que importa es tener cada vez más poder y dinero sin importar las consecuencias para los seres humanos, implica que el machismo y el patriarcado siempre existentes se han magnificado hasta niveles indecibles. Y cuando la ignorancia, la desesperación, la falta de futuro que emergen como consecuencia de lo anterior, el resultado es que la gente común descarga su furia con los más débiles: los niños, las mujeres, los humildes, los aborígenes, los extranjeros, los trans y los gay.

A esto agreguemos que, en un país donde además de que la Justicia siempre fue algo más que incierta (recordemos que Martín Fierro decía «hacete amigo del juez, no le des de qué quejarse, que siempre es bueno tener, palenque de ande rascarse»), se han destruido conquistas sociales y redes solidarias. Y esto no es algo figurativo: el Estado persigue activamente a todos los que plantean algo distinto, y los que no aceptan sus criterios de convivencia. Ni hablar que los planes educativos y culturales, y los medios de comunicación promueven un conformismo pavoroso con una situación horrenda. Nos hemos acostumbrado a vivir muy mal, como si fuera algo normal. Los grupos de amigos, como el mío cuando era chico, se han resquebrajado. Las lealtades son pasajeras, los comportamientos antisociales son aceptados como «avivadas», y el «no te metás» está a la orden del día. Cuando los pasajeros de un vuelo cuestionaron a los gritos a Carlos Zanini, el ex candidato a vicepresidente del kirchnerismo, o cuando fue insultado por simpatizantes de Boca Juniors mientras veía el Superclásico en la platea de la Bombonera, la prensa lo trató como «casos de intolerancia». En realidad eran parte de una condena social a un político, impune, que todos aceptaban había violado sus deberes de funcionario público «haciendo negocios».

¿Cómo reconstruir un tejido social destruido? El desafío es encontrar una respuesta constructiva a una situación realmente desastrosa. La burguesía construye vecindarios privados, countries, con seguridad propia. La clase media busca «hacerse amigo del juez» o irse al exterior. Los sectores medios bajos y los trabajadores reclaman más seguridad o sea más policías sin darse cuenta que, por ejemplo, el narcotráfico en zonas donde hay más presencia policial es 43% mayor que donde no la hay.

Lo difícil es organizarse para actuar. Sobre todo es difícil porque los resultados no son inmediatos, y los cambios se ven a largo plazo. Creo que el hecho de que miles de mujeres argentinas (y algunos hombres) nos movilizamos en todo el país en contra de la violencia y el feminicidio, al igual que los miles movilizados en defensa de la educación pública, es un buen comienzo. Asimismo creo que el Encuentro Nacional de Mujeres también es un comienzo promisorio (que ya tiene muchos años, claro está). Es más, es el mejor comienzo posible, ya que concientiza y moviliza en torno a problemas y demandas sociales puntuales. Pero también creo que no termina ahí. Ambos son partes de una totalidad que hay que encarar y que solo pueden empezar a encontrar respuesta si nos damos cuenta que defender a las mujeres del feminicidio, reducir la cantidad de asesinatos y de robos, poner fin a la impunidad clasista, y hacer retroceder al capitalismo son parte del mismo fenómeno. Como también lo es el garantizar una educación pública, gratuita y de masas que implique un futuro para nuestros hijos. El nexo es que educación implica no solo estar capacitado para tener trabajo, sino también el desarrollar neuronas para pensar soluciones, y el darnos cuenta que la mayoría de nuestras docentes son mujeres afectadas directamente por la ola de feminicidios. Pero sobre todo debemos darnos cuenta que es el capitalismo el que ha generado este mundo inhumano en que nos toca vivir.

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