De Terror

por Pablo Pozzi

Es indudable que estamos en la Era del Terrorismo. Esos invisibles soldados del extremismo musulmán (in duda todos orgánicos de ISIS), ponen bombas, degollan curas en el pequeño pueblo de Saint-Etienne-du Rouvray, se meten en discotecas gay y matan a todo el mundo, se suben a camionetas y arrollan a transeúntes en Niza. ¿Cómo sabemos que son de ISIS? Y porque los dicen los gobiernos y los medios de comunicación. Es evidente que están en todos lados, no hay escape, y cualquiera que desee estar con 40 vírgenes en el Paraíso nos va a tratar de matar. Claro, eso no explica mucho que también hay terroristas femeninos… ¿serán 40 vírgenes masculinas ahora o serán atacantes lesbianas?

Debe ser que me quedé en otra época, donde el terrorismo tenía algún sentido y venía sobre todo de la ultraderecha. Parece que ya nadie se acuerda de Mehmet Ali Agca que trató de matar al entonces Papa o de la bomba que pusieron los neofascistas italianos en la estación de tren de Bologna en 1980, o de la bomba de Oklahoma por el paramilitar Tim McVeigh. Estos eran claramente con objetivos políticos deleznables, pero identificables. Pero en los últimos años hay terrorismo para todos y para todas. Al fin y al cabo los narcos mexicanos y colombianos llevan grandes campañas de terror, ni hablar de chechenes, neonazis ucranianos, Hutus y Tutsis en Africa, kurdos y los sempiternos muchachos de Al Qaeda y de ISIS. Y no dejemos de lado a lo que ejercen gobiernos como los turcos en Kurdistán, la India en las zonas rebeldes, o los israelíes en Gaza.

Pero, de repente todo cambió y cualquier cosa es terrorismo. Bueno cualquier cosa que involucre a gente rarita: musulmanes, negros, eslavos, y esas cosas. Los blancos nunca pero nunca son terroristas. Por ejemplo, el Southern Poverty Law Center, revela la existencia de docenas de grupos que podrían ser catalogados como terroristas pero no lo son: los que se reivindican abiertamente “Klu Klux Klan” son 186, los neonazis 196, luego hay 111 grupos nacionalistas blancos, 98 skinheads, y 93 los neoconfederados. Todos estos no son “terroristas”, son “grupos de odio”. ¿Cuál es la diferencia entre “terroristas” y “odiosos”? Simple, los primeros son de “color” y foráneos, los otros son blancos y nuestros. Los primeros quieren cosas estrambóticas como que se respete su religión o su autonomía o quieren su independencia, y reaccionan porque alguna potencia destruyó su sociedad y mató a todos sus familiares; los segundos quieren que los negros, mulatos, obreros, mujeres, gays, trans y muchos otros sean reprimidos y/o eliminados físicamente.1

A todo ésto debemos agregar el terrorismo que realidad es un invento por parte de las fuerzas de seguridad para justificar su existencia, aumentar su presupuesto, o para reforzar el autoritarismo del estado. ¿Cómo lo sabemos? Porque a principios de 2015 David Steele un oficial de inteligencia del Cuerpo de Marines, declaró que: “La mayoría de los terroristas son de bandera falsa, o han sido creados por nuestras agencias de inteligencia o son informantes inducidos por el FBI. De hecho, ahora tenemos ciudadanos comunes que solicitan órdenes judiciales que los protejan de informantes del FBI que tratan de incitarlos a acciones terroristas”.2

Por otro lado, hace unas escasas dos décadas, si un tipo se metía en una disco y asesinaba un centenar de personas, la prensa lo tildaba (correctamente) de loco y se esforzaba por demostrar que era un único individuo. O sea, era un disfuncional en un sistema perfecto y nadie se preguntaba por qué estaba chiflado. ¿Y hoy? Si tiene la tez oscurita entonces el esfuerzo es por demostrar que es parte del nefasto y tenebroso terrorismo musulmán. Entonces vamos al Cercano Oriente y matamos a unos cuantos centenares de personas en una boda, aunque estén a miles de kilómetros de la discoteca en Orlando, Florida. Volvemos al Medioevo y sólo falta que nos pongamos gritar Deus le veult, como hicieron los cruzados mientras asesinaban a miles de mujeres y niños capturados luego del sitio de Acre en 1191.

El problema es que las masacres han aumentado considerablemente en número e intensidad desde la década de 1980. Tomemos, por ejemplo, Estados Unidos. Hasta 1980 entonces, la sociedad estadounidense producía un promedio de dos de ellas por década (aún así una tasa mayor que cualquier otro país). A partir del año 2000, el promedio aumentó a dos por año. Y sólo en 2012 hubo 16 masacres, siendo la primera en febrero en Norcross (Georgia) y la última la de Connecticut. Hoy en día la cosa ha empeorado mucho. El Gun Violence Archive define una masacre como cuatro o más personas muertas en un solo incidente de violencia, sin incluir al asesino. Con este criterio el GVA computa, 1000 masacres en Estados Unidos en 1260 días. Todo entre enero 2013 y junio 2016. Y esas cifras no incluyen los muertos por gatillo fácil policial: esos suman una persona de color cada 28 horas.

Pero todo esto no lo hicieron terroristas musulmanes, sino blanquitos anglosajones. Si hubiera sido un grupo como ISIS, entonces la verdad es que no solo tienen capacidad bélica, sino que tienen una abnegada y comprometida militancia repartida por todo el mundo, hasta en los pueblitos más pequeños como Saint-Etienne, y les da lo mismo matar al Papa que a un pobre sacerdote local. En realidad como dice mi editor José María Rodríguez: “De un tiempo en esta parte, estornudar es terrorismo. Desde que cambiaron la definición para que cualquier acto individual y aislado pudiera serlo (creo que fue allá por el 2004 cuando en la ONU ampliaron la definición, ampliando con mucho la de los tratados). No me acuerdo a quién leí justamente sobre la diferencia de tratamiento cuando el asesino era un blanco cristiano y cuando era cualquier otro color y religión… la cosa hablaba sobre la cobertura mediática en Estados Unidos y, por descontado, en todo Occidente; comparaba cómo cuando era un magreví o un negro, si era musulmán, se ponía al menos una nota de sospecha sobre su radicalización islámica; en cambio, si era blanco, perteneciente a un grupo ultracristiano y había atentado contra una clínica abortista al nombre de «Dios los castiga», era un loco o no se mencionaba la parte del grupo cristiano (salvo que ya estuviera catalogado dicho grupo como secta; ahí se atacaba a la secta pero no a los cristianos, claro).”

Tiene razón José María y realmente hay tener un poco más de discernimiento y no dejar que el negocio del miedo nos afecte tanto las neuronas. Suponer que ISIS (que tiene bastantes problemas en el Cercano Oriente) mandó un tipo a Saint-Etienne y otro a Orlando para “dar un golpe contra Satán” es por lo menos cuestionable. Los ataques de noviembre de 2015 en Paris (el más destacado fue el de la disco Bataclan) pueden ser que tengan algo que ver con ellos, aunque hay cierto lugar a duda, pero el pobre chiflado con su camioneta en Niza es indudable que no tenía nada que ver con ISIS. Al decir del autor de teatro C.J. Hopkins “estamos entrando en la era del no terrorismo terrorismo”, donde los nuevos “terroristas” son tan ladinos que planifican desde niños cómo van a adoptar formas de vida que no se acerquen a ningún perfil terrorista para así mejor poder matar y matarse. Hemos entrado en una cultura del miedo total, donde una cantidad de grandes empresarios hacen fortunas vendiendo “productos que mejores nuestra seguridad”, como por ejemplo nuevas invasiones por el mundo que generen más terroristas que causen más invasiones. Todo un gran negocio, donde los gobiernos así llamados democráticos pueden ejercer formas cada vez más totalitarias sobre su población y también construir un estado paralelo, en las sombras, que no responda a nada ni a nadie.

Pero ¿por qué tanta violencia sin sentido? ¿Por qué un tipo común y silvestre puede subirse a una camioneta y embestir a decenas de transeúntes franceses? Si bien los medios de comunicación enfatizan los problemas psicológicos de los asesinos y la disponibilidad de armas, es evidente que algo más de fondo está pasando. Tomemos un ejemplo, sobre todo porque es la principal potencia mundial y sus políticas definen lo que hacemos en el resto del mundo. Estados Unidos es una sociedad violenta. Las familias norteamericanas poseen 192 millones de armas de fuego, más que cualquier otra sociedad en el mundo, y producen una tasa de asesinatos tres veces mayor que Canadá, 14 veces más grande que Irlanda, y 250 veces mayor que en Japón. Al mismo tiempo, Estados Unidos tiene 25% del total de todos los presos del mundo. Al igual que en el caso de las masacres, estas estadísticas han tenido un auge desde 1980. Esto sin considerar la violencia ejercida sobre sus minorías: los negros sufren la mayor tasa de asesinatos y presos, mientras que el 34% de las mujeres amerindias han sido violadas por lo menos una vez en su vida.

Dado que 1980 fue el año en el que comenzaron las reformas neoliberales de Reagan, es ineludible pensar que hay un vínculo entre la violencia y la situación económica. Obama no ha resuelto la crisis de 2008; la ha profundizado. De hecho, a pesar de sus promesas Obama sólo ha resuelto la crisis para las grandes empresas; mientras tanto cerca del 50% de las familias norteamericanas han caído en la pobreza o se mantienen cercanas a ella y el ingreso medio de las mismas ha caído todos los años desde la elección de Obama y en particular desde 2009.

A lo anterior hay que agregar el tema internacional. Entre 2011 y 2016, Estados Unidos ha abiertamente intervenido militarmente en nueve países, desde Filipinas hasta Irak. A esto agreguemos los bombardeos en Siria en los últimos tiempos. Su incapacidad de resolver estos conflictos a su favor denota la decadencia de su poderío. Esto ha desestabilizado a su población y sus Fuerzas Armadas: en 2012 hubo un suicidio diario entre militares en actividad, y la tasa de asesinatos de los mismos aumentó 89 por ciento.

La reelección de Obama fue otro elemento central de frustración social. Electo en 2008 con esperanzas de cambio, fue reelecto en 2012 solo porque “el otro era peor”. De hecho, las políticas y los resultados de su presidencia no han sido muy distintos a los de la de Bush. Sin posibilidad de canalizar sus reivindicaciones democráticamente, la población expresa sus frustraciones de las peores formas.

La realidad es que el principal factor de violencia social en Estados Unidos es un estado violento, cuya única respuesta a estos problemas es aumentar los niveles de represión e intervención en el mundo. Un estado violento, en una cultura histórica violenta, y una población con sensación de no tener ni pasado ni futuro (anomia) debido a la crisis socioeconómica permanente, genera crisis de límites y valores donde las frustraciones llevan a masacres, tanto internamente como a nivel internacional. Estados Unidos es una sociedad en perpetua guerra contra su población y contra el mundo.

Ese es un problema. El otro es que treinta años de capitalismo neoliberal desenfrenado han generado un mundo absolutamente hobbesiano donde la vida es “corta, salvaje, y cruel”. ¿A quién le sorprende que algunos negros norteamericanos salgan a matar policías si éstos últimos han fusilado, solo en el mes de julio 2016, 82 personas de color? En realidad el primer terrorista es el estado policial, pero detrás de este se encuentra el sistema capitalista en general que lleva a millones de personas a la desesperación y la frustración. No es ISIS el responsable del terrorismo. La invasión norteamericana en Iraq y en Afganistán generó a ISIS, así como la CIA dio origen a Al Qaeda. En medio de una pobreza creciente, de una discriminación asfixiante, y de una carencia de esperanza y de futuro, muchos de los marginados ven a estos grupos no como terroristas sino como aquellos que “devuelven el golpe”. Y algunos, por suerte aun pocos, se vuelcan hacia la violencia, empujados por un sistema y una situación angustiante y sin solución a la vista. El trabajador medio, en Estados Unidos y en Francia, aunque también en Argentina y en México, ve como su vida empeora todos los días, mientras unos pocos obscenamente se enriquecen. Mientras tanto los poderosos te ignoran y encima te mienten alevosamente, mucho peor de cualquier cosa que pudiera haber imaginado George Orwell en Granja de Animales. Un buen ejemplo de eso, y de mi reacción por lo menos, fue ver a los padres del capitán del Ejército Humayun Khan que murió en 2004 durante la invasión a Iraq. Todos los medios insisten que fue “un patriota que murió defendiendo su país”. Me encantó. Y esa pequeña frase encerraba mentiras y horrores mil. Primero porque el señor Khan era un soldado y uno de los gajes de su oficio es que lo pueden matar. Segundo, porque era un invasor que no defendía su patria sino que los que la defendían son los tipos que lo mataron. O sea, se dedicó a colaborar en la matanza de miles de indefensos iraquíes. Tercero porque el buen capitán era pakistaní, o sea era una de la gran masa de inmigrantes musulmanes que son discriminados y oprimidos en Estados Unidos. Khan optó por sumarse a los represores. Y quinto y último, doce años después de su muerte su papacito se paró en la Convención Demócrata para avalar a Hillary Clinton que en aquel momento era senadora y votó a favor de la invasión a Iraq. O sea, papá mercenario apoyó a la señora que mandó a su hijo a morir en un país lejano y cuyo único propósito no fue “liberar a los iraquíes” sino hacerse con su petróleo. Con semejante padre no debería sorprendernos que el hijo se alistó para ir a matar a otros musulmanes.

Asqueado, un poco más y salgo a apoyarlo a Trump. Por suerte este es tan malo o peor que Hillary. Eso sí, ambos son dos terribles mentirosos. Y después nos preguntamos por los terribles niveles de frustración y violencia que siente gran parte de la población mundial. Terroristas son todos ellos: Trump y los Clinton; Obama “el Presidente Drone”; los que han convertido a Palestina en un páramo con miles de muertos; los que han generado que Chechenia, Libia, Iraq y Afganistán sean sedes de grupos extremistas, y todos los que lucran con la guerra permanente y la muerte de otros.

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