Bernie contra Hillary, ¿esto es democracia?

por Pablo Pozzi

¡Y se lanzó la carrera electoral en Estados Unidos! ¡Qué ejercicio de la democracia! ¡Qué muestra de civismo! ¿Quéeeee, no me creen? Veamos, hay candidatos para todos los gustos: por lo menos una mujer (Hillary Clinton), evangélicos (Ted Cruz), racistas anglosajones protestantes (Donald Trump), negros (Ben Carson), latinos (Marco Rubio y claro, Cruz otra vez), un multimillonario judío bastante facho (Michael Bloomberg) y hasta un socialista judío que era originalmente de Nueva York (Bernie Sanders). Bueno, siempre los hubo, pero estos tienen alguna posibilidad de llegar a ser Presi del gran país del norte. Digo, en las internas de Iowa empataron Clinton y Sanders y Cruz le ganó a Trump, dejando a Rubio como «la gran esperanza blanca» del «centro moderado». Y parece que Sanders va a derrotar a Hillary en New Hampshire. Arghhhh, me basta leer algunas cosas que escribe el periodismo para empezar a saltar en la silla y gritar «pregúntame, pregúntame», más o menos como el burrito de Shreck. Igual que con el burrito, no me preguntan a menos que no quede opción.

Mientras tanto vayamos pensando algunas cosas. Primero en torno a la supuesta bondad de la «diversidad» de los candidatos. Que Hillary sea candidata no es necesariamente bueno para las mujeres, y si eso es un avance en género entonces los grandes avances los hicieron Indira Gandhi, Golda Meir, y ni hablar de Maggie Thatcher. Dicho de otra manera: que Eva Braun sea electa a algo no significa que eso sea bueno para la igualdad de género, a menos que pienses que una nazi pueda contribuir. Indira, Golda y Maggie fueron bastante peores que sus antecesores masculinos en general y, en específico, para las campesinas hindúes, las palestinas, y las obreras inglesas. Y Hillary de progre no tiene nada… de hecho, ella y su maridito protagonizaron el vuelco hacia la derecha de los Demócratas yanquis y el abandono de toda tradición forjada en el New Deal. Su agenda es neoliberal, más concretita que la Obama pero con cero consciencia social.

Lo mismo podríamos decir de los republicanos. El hijo de cubanos Marco Rubio solo parece centrista si lo comparamos con Trump o el también cubano Cruz. Y no digo nada del bueno del negro Ben Carson que debe ser uno de los pocos neurocirujanos prestigiosos que es fundamentalista bíblico. Es más, Carson es prueba fehaciente de que «raza» no tiene que ver con color de piel… porque el «dotor» es bien burgués (o sea «blanquito» como si éstos fueran todos burgueses). Digo si alguno de estos pibes representa un avance contra la discriminación de la gente de color entonces deberíamos haber apoyado a Pablo Escobar o al Chapo Guzmán, que por lo menos hicieron su guita gracias a su capacidad empresarial y asesina. Más o menos como Bloomberg. En cambio Trump heredó su platita, mientras que Cruz, Rubio y Hillary se han dedicado a lucrar con la política. Lo suyo es cómo servir al pueblo, cobrando por la gauchada. Por ende, casi todos ellos no son muy diversos que digamos. Sí, si algo tienen en común todos estos es que son multimillonarios, belicistas, pro zionistas, antiobreros, neoliberales, y seguro que hasta le pegan a los chicos. La excepción parece ser Bernie Sanders.

La segunda cuestión que hay que pensar es el «socialista» Sanders. La realidad de la milanesa es que Sanders no sería de izquierda en ningún otro lado del mundo; aunque, claro, luego de Jospin, Mitterrand, Papandreu y varios otros próceres, capaz que si es un socialista del tipo Siglo XXI. Pero, en el contexto yanqui, Sanders se encuentra en la extrema izquierda del panorama político nacional. Claro que siempre hay que recordar que para ese contexto tipos como los Kennedy, Nelson Rockefeller, Franklin Roosevelt son considerados zurditos, o por lo menos «progres». Para algunos hasta los presis Lyndon Johnson y Nixon son de centro izquierda (¿seguro?, pregúntenle a los vietnamitas). En síntesis, el panorama político norteamericano siempre estuvo muy corrido a la derecha del huno Atila (y donde pisaba el caballo de Reagan no crecía el pasto).

En ese contexto Sanders es una rara avis, y que su candidatura se inicie como un serio desafío a Hillary no sólo es notable, sino que revela algunas cosas de fondo sobre el norteamericano medio y la política. Pero, primero, un par de datos. Sanders se inicia en la política nacional como diputado por Vermont en noviembre de 1990. Sanders, un socialista integrante de la Coalición Arco Iris, antes había sido electo y reelecto cuatro veces como alcalde de Burlington, Vermont, una ciudad tradicionalmente conservadora y Republicana. Ese triunfo representó la elección del primer candidato declaradamente socialista al Congreso desde Vito Marcantonio en 1950. De ahí pasó a ser electo senador por Vermont en 2006.

La carrera de Sanders es insólita por cuanto Vermont es un estado conservador y tradicionalmente republicano de Nueva Inglaterra cuyos ciudadanos son, principalmente, gente de bajos y medianos ingresos. La ciudad más grande del estado, Burlington tiene 35.000 habitantes, principalmente trabajadores no sindicalizados. El estado tiene una escasa población estudiantil universitaria. En la década de 1970 se originó una migración hacia Vermont de numerosos jóvenes y activistas. Atraídos por una de las zonas más rurales de Nueva Inglaterra, estos migrantes conformaron inicialmente granjas colectivas, cooperativas de consumo, una prensa alternativa y algunas organizaciones políticas y grupos de estudio que desembocaron en un partido progresista (Unión y Libertad o LUP) que capturó el 5 por ciento del voto en 1974 con un programa explícitamente anticapitalista. Su principal problema era que la base social que en otros lados constituía el progresismo (sindicalistas, negros, latinos y mujeres feministas) casi no existía en Vermont. Por ende la política de entrismo en el partido Demócrata estatal no tenía ni proponentes ni sentido. Según Sanders, el éxito de los progresistas se debió a un rechazo por parte de la gente hacia los partidos mayoritarios y la política de statu quo, y al hecho de ser socialistas. En 1987 ambos partidos mayoritarios se aliaron para disputarle a Sanders la alcaldía de Burlington, y los progresistas triunfaron. En la práctica Vermont había visto el surgimiento de un tercer partido.

Sin embargo, eso tuvo corta duración. Los Progresistas habían apoyado la campaña electoral Demócrata de Jesse Jackson en 1984 que les sirvió para comenzar a forjar una alianza en el estado entre los arrendatarios, los pacifistas, los ecologistas y los remanentes del movimiento antibélico y por los derechos civiles. Esto les permitió capturar un 20 por ciento de los delegados estaduales a la Convención Nacional Demócrata de ese año. De repente, sin ser Demócratas, a partir de 1991 los progresistas y Sanders comenzaron un largo proceso de colaboración con este partido. Lejos de conformar una opción de izquierda, Sanders se convirtió en un compañero de ruta de Bill Clinton y sus acólitos.

En realidad lo anterior no debería ser muy sorprendente. La visión de gente como Sanders de lo que consiste «el socialismo» es algo cercano al New Deal de Roosevelt. Lejos de cualquier tendencia marxista, su perspectiva política combina elementos del populismo con la socialdemocracia europea. De hecho Sanders continúa una tendencia muy norteamericana de una izquierda que tiende a fusionar conceptos del cristianismo, con el liberalismo decimonónico y el socialismo de Marx. Así el PCEEUU declaró en la década de 1930 que «el comunismo es el americanismo del Siglo XX»; y un sector del trotskismo (Michael Harrington) conformó el ala izquierda Demócrata. Por ende, muchos «izquierdistas» se encuentran bastante cómodos dentro de ese sector del partido Demócrata.

El problema para todos estos progresistas, y para Sanders en particular, es que los Demócratas se vienen moviendo la derecha a paso redoblado desde la presidencia de Clinton (si no antes). ¿Qué hacer frente a un partido que rechaza todo vestigio del estado de bienestar? Una posibilidad es separarse y conformar un partido propio. Pero eso es complejo en Estados Unidos, donde las leyes electorales (reescritas numerosas veces por los dos partidos mayoritarios) hacen increíblemente difícil obtener el registro electoral. Al mismo tiempo, si los «progres» abandonan al partido corren el riesgo de quedarse sin prebendas, dinerillos, y otros beneficios que provienen del ser «razonable» y parte del sistema. De ahí la segunda opción: quedarse en el partido pero funcionar como grupo de presión para que las demandas de «los postergados» sean incluidas en el programa partidario. En eso han sido bastante efectivos. En lo que no han sido efectivos para nada es en llevar «el programa» a la práctica. Tanto Bill Clinton como Obama aceptaron sus planteos durante la campaña electoral, para luego llevar a cabo un gobierno neoliberal. En el proceso, la progresía logró mantener a los movimientos sociales y a los sindicatos dentro del partido Demócrata.

En ese contexto Sanders se presenta como candidato a la Presidencia no para ganar, sino para presionar a Hillary Clinton (que todos piensan será la portaestandarte demócrata) a que acepte algunas demandas populares. Por eso Sanders, el socialista «independiente», ha declarado repetidas veces que una vez que terminen las internas él apoyará al que gane (obvio, no piensa ganar). Sin embargo, la realidad es más compleja que cualquier cosa pensada por los aprendices de brujo de la política. Por un lado Hillary lejos de moverse a la izquierda, ha adoptado un discurso cada vez más macartista alegando que «un socialista» nunca puede ser electo y atacando salvajemente las tibias reformas propuestas por Sanders (por ejemplo Medicaid for All, o sea un seguro médico único y nacional). Por otro lado, muchísima gente (sobre todo estudiantes y obreros) se ha entusiasmado con el reformismo y la evidente honestidad de Sanders. Cientos de miles le han brindado su apoyo, y se han movilizado en torno a su campaña.

No es la primera vez que esto ocurre. En 1968 Eugene «Clean Gene» McCarthy, un Demócrata laborista de Minnesota, se enfrentó a Lyndon Johnson como candidato antibélico. Y le costó a Johnson la candidatura; y a McCarthy a ser condenado al ostracismo por el resto de su vida. Cuatro años más tarde George McGovern, senador progresista y antibélico por Dakota del Sur, ganó la candidatura Demócrata a presidente para ser derrotado por Richard Nixon en una campaña que se caracterizó por el caso Watergate y el fraude. Una década después la izquierda Demócrata se lanzó una vez más en torno a la Coalición Arco Iris y Jesse Jackson. Fue en esta campaña que Sanders comenzó su relación con los Demócratas. Jackson casi gana la interna partidaria, por lo que la elite cambió a último minuto las reglas del juego. A partir de ese momento, los funcionarios del partido pueden seleccionar algo denominado «súper delegados» a la Convención partidaria. O sea, 20% del total de los individuos que eligen el candidato presidencial no responden a los afiliados sino a las elites. No sólo es factible ganar una elección y perder la nominación, sino que ha ocurrido varias veces. Eso es lo que le pasó a Hillary en 2008. Si algo no son los Demócratas es ser fieles a su denominación partidaria.

Muy sintéticamente, la realidad es que es poco probable que Sanders gane la nominación Demócrata ya que si gana en votos es casi seguro que pierde la convención partidaria. Pero aun así hay cosas más que interesantes. La primera es que Hillary, con todo el apoyo de los grandes capitalistas, ha recibido 100 millones de dólares en «donaciones», la vasta mayoría de grandes empresarios y empresas. Y la campaña recién empezó. Para tener una idea de magnitud pensemos que Cruz reunió 65 millones, Marco Rubio (el favorito de los grandes empresarios entre los Republicanos) ha reunido 32 millones. ¿Y Sanders? Bueno, no le ha ido tan mal con 41 millones en donaciones. Pero lo interesante es que la mayoría de estas provienen de sindicatos, agrupaciones obreras, y un millón de individuos que donaron un promedio de U$25 por cabeza. Estados Unidos es una sociedad donde una contribución de dinero a una campaña por parte de un individuo trabajador implica un nivel alto de compromiso y señala la voluntad de activar; eso a diferencia de los grandes empresarios o grupos de profesionales que en realidad están comprando «acceso» e influencia.

Lo anterior es aun más notable considerando que los medios de comunicación han desarrollado un fuertísima campaña «anti Bernie»: que es viejo (74 años), que es utópico, que lo suyo suena bien pero es irrealizable, que es comunista, que va a llevar a Estados Unidos a la bancarrota, que no puede ser electo porque «el pueblo no quiere un rojo». A pesar eso muchísima gente lo apoya. Y aquí surge algo a pensar cuidadosamente hacia el futuro. Es evidente que los medios de comunicación tienen mucha menos influencia política de lo que pensamos. Si no, Bernie no debería ni figurar en las encuestas. Pero al mismo tiempo parecería que hay una buena cantidad de norteamericanos que si quieren «un rojo»… aunque en realidad Sanders es apenas si rosadito.

La pregunta que deberíamos hacernos es si el apoyo que encuentra la ultraderecha norteamericana no tiene que ver con una carencia de propuestas progresistas o de izquierda. Si bien la pobreza y la ignorancia influyen mucho en sectores como las milicias y el fundamentalismo evangélico, también hay que reconocer que esta gente siente un rechazo visceral hacia los políticos y el gobierno en Washington. Gente como Trump y Cruz aprovechan esto para plantearse como «externos» al establishment (Trump insiste que él hizo su plata «trabajando»; Cruz enfatiza su evangelismo). Pero, al mismo tiempo, existe toda una tendencia hacia un populismo progresista desde el siglo XIX. Lo que no ha existido, durante tres décadas, es un movimiento político que lo exprese.

Sanders (en realidad él mismo ha sido sorprendido por la respuesta) ha canalizado estos sentimientos por izquierda; lo mismo que Trump lo ha hecho por derecha. El establishment político y empresarial ya ha comenzado a movilizarse para frenarlos. Las posibilidades que lo logren son muy buenas, al fin y al cabo las elecciones en Estados Unidos son cualquier cosa menos democráticas. El tema es ¿y después qué? ¿Harán los así llamados «Sanderistas»? ¿Un partido propio que los exprese o se quedarán en los Demócratas para apoyar a Hillary o alguien similar muy a pesar suyo? Sanders ya ha dicho que piensa apoyar al candidato Demócrata, no importa quién. ¿Y sus bases?

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