Biden internacional

Franklin Delano Biden

por Pablo Pozzi

El pasado 29 de abril de 2021, el Presidente de Estados Unidos, “Joe” Biden se dirigió a una sesión conjunta de ambas cámaras del Congreso de la Unión. Allí proclamó una “nueva era” norteamericana, mientras anunciaba una serie de medidas y reformas que le costarán al Estado varios billones (o trillones en versión yanqui) de dólares. Raudamente, desde el New York Times y el Guardian pasando por Clarín y Página 12 de la prensa argentina (iba a poner cipaya pero resulta que toda lo es) lo proclamaron como el digno sucesor de Franklin Delano Roosevelt, ya que inauguraría un nuevo New Deal (valga la redundancia). Todos hablaron del retorno del keynesianismo (sugiero que busquen en internet qué es esto porque no tiene un pepino que ver con lo que plantea Biden), mientras que el editor del diario argentino Perfil lo tildaba como “Juan Domingo” [Perón] Biden, y los adláteres de Cristina Kirchner insistían que era kirchnerista. Obvio que el trumpismo norteamericano acusó a Biden de ser un “closet communist”, prisionero de subversivos revolucionarios como Alexandra Ocasio Cortez (AOC). Como me cuesta pensar en Biden leyendo a Perón, o consultando con Axel “hay muchos keynesianismos” Kicillof, y a la AOC como una nueva versión yanqui de La Pasionaria o de Rosa Luxemburgo, me puse a buscar el discurso para ver qué había dicho y qué creían que había dicho.

Lo primero que me llamó la atención del discurso del “moderado” Biden fue que entrelíneas se podía percibir una sensación de crisis, pánico y desesperación, por lo menos entre la clase política norteamericana (aunque en realidad creo que es entre los sectores dominantes). Biden hizo referencia a la peor crisis económica desde la Gran Depresión (de 1929), admitió que la situación social era catastrófica, y señaló que “nuestra democracia está bajo el peor ataque desde la Guerra Civil”. Y agregó que si bien 20 millones de norteamericanos habían perdido sus empleos, que 650 multimillonarios habían incrementado su fortuna en más de un billón de dólares.

Era obvio que los que hacían peligrar a la democracia eran los trumpistas con el apoyo decidido del “asesino” Putin (como lo denomina Biden en su leguaje poco diplomático y revelador, pensemos que este buen muchacho piensa que el gobierno israelí se defiende, y no asesina palestinos). Su solución a este peligro es simple: reprimir a los trumpistas, modificar las leyes electorales, y aumentar la agresión a Rusia, China y todas las naciones que no acepten la hegemonía norteamericana.

Pero esto no fue lo que generó las loas de todos mis amigos progres en Estados Unidos. Lo que tornó orgásmica a la progresía fue el plan de “reformas” que planteó. Estas tienen varios aspectos distintos, pero centralmente se centran en dos: el American Jobs Plan y el American Families Plan. Entre ambos se gastarían en exceso de 4 billones de dólares… en los próximos 8 años. O sea, más o menos 500 mil millones anuales, un poco menos de 1500 dólares por cada norteamericano. De repente lo que parece muchísima plata, es bastante menos si tomas en cuenta las tremendas necesidades de la población. Aun peor, Trump, a quién nadie jamás acusó de keynesiano o de rooseveltiano, repartió 2000 dólares por cada norteamericano a nivel de pobreza en 2020 (aprox. 25% de los 329 millones de yanquis), o sea 164,5 mil millones de dólares. Eso sin hablar de que lo hizo dos veces. Repartir plata no te hace ni keynesiano ni progre, sino Reagan lo hubiera sido ya que tiró por la ventana billones de dólares en subsidios a corporaciones.

Lo que suena mucho mejor es que el American Jobs Plan plantea que el gasto sería para la creación de infraestructura. O sea, potencialmente crearía trabajos y modernizaría la infraestructura norteamericana como hizo el New Deal hace ya casi 90 años. Esto sería importante porque las redes de comunicación y comercio, eléctricas, de gas, de agua potable, más escuelas y otros edificios públicos datan, en el mejor de los casos de la década de 1960, o sea tienen, cuanto menos, medio siglo. Modernizar su aparato productivo le permitiría a Estados Unidos recuperar buena parte de su productividad frente a China, Europa y la India.

Hasta ahí bien, pero una de las cosas que más me llamó la atención fue el silencio en torno a cómo Biden pensaba implementar esto. Roosevelt (Franklin, no Teodoro que invadió Cuba) realizó el gasto deficitario a partir de 1933 a través de la creación de una red importante de instituciones estatales: la Autoridad del Valle de Tennessee, la Works Projects Administration, los Federal Cultural Projects, la Civil Works Administration, el Civilian Conservation Corps, la Federal Housing Administration, los préstamos hipotecarios federales. Al mismo tiempo, puso coto a la especulación de las grandes corporaciones creando la Securities and Exchange Commission, la Food and Drug Administration, y la Federal Deposit Insurance Corporation. Biden no anunció nada ni remotamente parecido. Eso da a pensar que el gasto en infraestructura va a ser canalizado a través de empresas privadas, con todo lo que eso implica en términos de sobrecostos, corrupción, y presiones. Simplemente supongamos que se regresa al criterio del siglo XIX, por el cual los ferrocarriles fueron construidos por contratos con empresas que recibían miles de dólares en subsidios por kilómetro construido y concesiones de tierras a lo largo de la vía férrea. El resultado fue que era más rentable construir que operar un ferrocarril, que se desataron numerosas guerras con campesinos que eran desplazados sin contemplaciones (y escasa compensación) de sus tierras, amén de una fiebre especulativa donde líneas férreas eran llevadas a la quiebra o se construían en parajes sin necesidades para el desarrollo social o económico. Otro ejemplo es que los varios programas para construir infraestructura (por ejemplo, caminos, electricidad o cloacas) en las últimas décadas han sido utilizados para desarrollo de proyectos inmobiliarios de lujo y no para mejorar las barriadas obreras. Y no hablar del ejemplo de Barack Obama: por cada millón de dólares que gastó para “estímulo” de la economía norteamericana, fueron creados solo 15 nuevos empleos, mientras que la ganancia de las grandes corporaciones no hizo más que aumentar. Los empleos iban por la escalera, mientras que las ganancias iban por el ascensor. Indudablemente Pozzi es un descreído de las bondades del nuevo presidente yanqui. Excepto que junto con el Jobs Plan Biden propone una nueva ley para proteger el derecho a la organización obrera. Para esto ha conformado una comisión “exploratoria” que impulse la “institucionalización sindical”. Entre sus integrantes se encuentran la secretaria del Tesoro Janet Yellen, que siempre estuvo al “servicio de los trabajadores” (ja), y el secretario de Defensa Lloyd Austin. ¿Cómo? ¿El secretario de Defensa? ¿Y qué tiene que ver este buen muchacho con los sindicatos excepto enviar a la Guardia Nacional a reprimir las huelgas? Me parece que tengo alguito de razón en mi escepticismo.

A diferencia del Jobs Plan, el Families Plan suena un poco mejor. Este incluye dos años de pago de matrícula en los llamados community colleges, doce semanas de licencia médica con salario, una expansión de créditos impositivos por tener hijos menores de edad, y una rebaja en las guarderías para niños. Ahora, solo suena mejor, no lo es. Los community colleges son el nivel más bajo de educación universitaria norteamericano, donde el grado es de dos años, y el título vale casi tanto como el papel en el que está impreso. En realidad, si Biden quisiera mejorar la educación de los más humildes invertiría en un sistema universitario, más o menos como se hizo en la década de 1930 con el City College of New York que no solo fue de muy buena calidad, sino que era totalmente gratuito. Lo mismo podemos decir de los créditos impositivos (o sea si tienes hijos pagarías menos impuestos, pero casi 30% de los norteamericanos no llegan al mínimo imponible), y las guarderías son un subsidio indirecto a las empresas que financia el estado y el trabajador. ¿Por qué no legislar que toda empresa tiene que proveer de guarderías a sus empleados? Debe ser porque eso se parece demasiado a la Rusia de Putin.

Todo esto será financiado con un “masivo aumento” de impuestos a los más ricos. Me encantan las hipérboles de periodistas ignorantes. La propuesta es aumentar el impuesto a las corporaciones de 21 a 28 por ciento, a los super ricos del 37 al 39,5%, y 15% a los ingresos brutos informados por inversores. ¡Qué bueno, qué golpe a la oligarquía! Bueno, en realidad no. El impuesto a las corporaciones en época de George W. Bush era 35%, y a los super ricos 40%. En caso de que no se acuerden, George W no era muy zurdo que digamos; era, más o menos, como Biden.

En torno a esto lo más interesante es que del dicho al hecho hay mucho trecho. La propuesta de Biden tiene que ser aprobada por el Congreso. Pero, no problem baby, según la prensa argentina (que obviamente no se informa ni en Wikipedia) Biden tiene mayoría en ambas cámaras. Bueno, primero que no es así. Y segundo es que los diputados y senadores no responden monolíticamente a sus partidos. En el Senado hay 50 republicanos, 48 demócratas y 2 independientes (Sanders de Vermont y King de Maine). En el mejor de los casos habría un empate que debería desempatar la vicepresidenta Kamala Harris. Pero, en la Cámara de Representantes la cosa anda mucho mejor: son 218 demócratas contra 212 republicanos. Bueno, otra vez no. El diputado Tom Suozzi (Demócrata por Nueva York) y dos diputados más ya dijeron que piensan votar en contra de cualquier aumento de impuestos; o sea, sería 212 más 3 contra 215. Empate de nuevo, y esto antes de que empiecen a tallar las corporaciones y se dediquen a vaciar de todo contenido progre (por escaso que este sea) de las propuestas de Biden.

Ahora un amigo me dice que es bueno que se planteen estas cosas para generar consciencia de cambio en el norteamericano medio. Hhhhhmmm, yo lo quiero a mi amigo, pero es muy naif. Sobre todo, porque no ha visto la campaña que ha desatado la ultraderecha en torno al comunismo infiltrado en la Casa Blanca y los demócratas prisioneros de AOC “la roja”. En realidad, el problema de Biden y sus acólitos no es simplemente la crisis norteamericana, sino también la crisis de legitimidad de su presidencia. Es tradición que el electorado norteamericano le da un chance y otorga confianza al nuevo presidente durante los primeros cien días de su gobierno. Esto se denomina “la luna de miel”. Barack Obama tuvo una probación de 66%, Clinton otro tanto, George W cerca del 60%, Trump un 55%. ¿Y Biden? Solo 53% con 42% no favorable, según el promedio de RealClearPolitics de las últimas encuestas. Más notable aun es que el 42% desfavorable coincide con las cifras favorables que tiene Trump. O sea, casi la mitad de los yanquis estan convencidísimos de la necesidad de un cambio; excepto que creen que ese cambio viene de la mano del populismo conservador trumpista y no de los neoliberales de Biden. Si el plan no funciona, Biden solo puede descender entre los votantes a tiempo para perder las elecciones parciales el año que viene. Y en esto Biden si parece kirchnerista. Anunció que había creado un millón de nuevos empleos en sus primeros tres meses de gobiernos, pero las cifras oficiales revelaron que fueron solo 266 mil. La verdad es que no esta nada mal, y revela un relativo rebote en medio de la pandemia; pero dado que había anunciado cuatro veces más, el resultado fue una derrota y no un éxito. Eso en el beisbol se llama un “unforced error”, y es lo que te pierde el partido.

Más revelador de los problemas de Biden fue que la semana pasada (el 5 de mayo) setenta diputados demócratas le solicitaron que intercediera ante el FMI para flexibilizar los términos a sus deudores, y apoyara el reparto de los Derechos Especiales de Giro entre 163 naciones. Raudos de reflejos la prensa argentina declaró que los diputados yanquis solicitaban que el FMI no le cobrara la deuda a la Argentina, dejando de lado a las otras 162 naciones; mientras que en el Congreso criollo se proponía una ley que prohibía el uso de los DEG para pagarle al FMI. Amén de mentirle a los lectores, a mí me sorprendió la falta de mundo. ¿Una Ley determinando cómo deben ser usados los DEG? Increíble. Creo que se imaginaron un funcionario del FMI, bajando de un avión de Aerolíneas Argentinas en Ezeiza, con una valijita con 4 mil millones de dólares adentro. No parece ni habérseles ocurrido que esa plata, igual que la que le “dieron” a Macri, es un asiento contable. O sea, va de un lado a lo que hay que pagar, y aumenta del otro lo adeudado. Y nunca, pero nunca “entra” en las arcas del Banco Central como billetes verdes. Si no lo utilizas para “cancelar” pagos, pues no te los “dan”.

Pero mucho más importante que los pajueranos de mis compatriotas, es darse cuenta de que hay 163 países en problemas con el FMI. ¿Por qué no hacer un club de deudores? Y si Biden, el FMI, y los diputados yanquis quieren “ser buenos” y darnos facilidades de pago, es porque tienen aun más pánico que haya defaults por todos lados. En síntesis, si estuviéramos liderados por gente con neuronas (y que no fueran neoliberales) este es EL momento para juntarse en un nuevo Movimiento de Países no Alineados e imponerles nuestros términos a las instituciones financieras del Primero Mundo. Eso sí, naciones solitas no solo no pueden hacer mucho, sino que si se rebelan el costo será altísimo.

Mientras tanto, Biden trata de responder a la crisis de su potencia, no a resolver los problemas de la gente común. Como en realidad es un conservador y neoliberal, representante de los sectores más concentrados del capital, lo más probable es que sus medidas “reformistas” terminen agudizando los problemas y quizás hasta logren revivir las fortunas políticas de Trump.

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