El Gran Terror

por Pablo Pozzi

Y llegó el dólar a 40 pesos, no más. En solo dos meses pasó de 16 a 40. Pero, no problem, baby, porque los precios se adecuaron al dólar no sea que los comerciantes y empresarios pierdan plata en dólares. Los únicos que están al horno (y con papas) son los asalariados, que han perdido más o menos 50% del poder adquisitivo mientras discuten si los convenios salariales se ajustan al nuevo índice inflacionario. Claro que los que no tienen convenios ni sindicatos (solo el 65% de los asalariados) están absolutamente en el desierto, y los universitarios (que es como si no tuviéramos sindicato) no tuvimos paritarias en febrero con lo que no hemos recibido ni un solo aumento… miento, miento, Pozzi siempre desestabilizador, nos dieron el 5,8% para septiembre. Más ofensivo imposible.

Los funcionarios del gobierno insisten que todo esta bien (claro, hace mucho que no van a supermercado). Los economistas del establishment repiten que el problema es que «los mercados no tienen confianza», que la crisis turca impacta sobre Argentina, que el alza en la tasa de interés yanqui nos afecta, ad nauseam. El socialdemócrata trotskista Jorge Altamira, los kirchneristas y varios de mis amigos dicen que el gobierno esta destruyendo el país y tiene que renunciar. Los empresarios y sus cámaras no abren la boca, excepto para decir que el «déficit fiscal sigue demasiado alto». Y yo sigo sin entender nada. Debe ser porque cuando empecé a estudiar en la universidad me metí en Económicas, y como me pareció poco serio (mezclado con mucho de vudú), me cambié a Historia. En síntesis, de economía no se nada…

A ver y vamos por partes, una vez más. Lo de los funcionarios lo vamos a dejar de lado, no solo porque están más perdidos que turco en la neblina, sino porque reamente no pueden decir otra cosa. También vamos a dejar de lado a lo que la prensa oficialista denominó «la conspiración trosko-kirchnerista», digo porque su carencia de ideas es pavorosa. ¿El problema es el gobierno? ¿En serio? Y si se va Macri, ¿quién viene? ¿Su vice Michetti? ¿Cristina Kirchner? ¿El trotskista Altamira? ¿Para hacer qué?

Pero los economistas oficialistas (o sea todos, porque los otros son pocos, dignos, pero no salen en los medios) son más interesantes. Qué manera de ocultar la realidad. ¿Turquía, las tasas yanquis? Y son importantes solo si nuestra economía se basa en préstamos del exterior… o sea, si los bonos del tesoro norteamericano pagan más, ¿qué capitalista va a mantener sus dineros malhabidos en títulos argentinos? Y si los dólares se van para allá, libremente, entonces obvio que la tasa de cambio local se va al tacho. Bueno, se va si permitimos el librecambio; o mejor aún, si permitimos que se remitan dólares al exterior.

¿Los mercados? No hay tal cosa; son gente. O sea, son unas cien empresas que hacen y deshacen. Como el objetivo de dichas personas es hacer dinero (mucho, lo más posible) entonces inventan formas de saquear a las diversas sociedades, y a la gente común. No es la Argentina el único país en crisis: todos están en serios problemas, empezando con Estados Unidos, todos los de América Latina, y buena parte de Europa. Y en todos los empresarios están haciendo plata a carradas, mientras la población vive cada vez peor. Con esto no quiero decir que todo es así y hay que aguantarse, al fin y al cabo «miseria de muchos, consuelo de tontos». Lo que si quiero decir es que no es un problema de gobierno, o de «mercados». Es un problema de capitalismo, en general y en todos lados. La solución no es cambiar al gobierno (aunque puede ayudar), sino cambiar el sistema; de otra forma terminamos con Syriza y un ajuste, pero hecho por los progres. Esto no te lo van a decir los economistas que, al fin de cuentas, son los empleados de estos empresarios. Eso sí, cuando se intenta algo un poquito diferente (veáse el caso del chavismo, o de Evo Morales –no que fueran muchísimo diferentes, pero si bien reformistas–) entonces la furia de los capitalistas se desata sobre ellos para demostrar que no son viables. Digamos, esa fue la doctrina Reagan desarrollada contra Nicaragua: no se trataba de que la Contra derrocase a los sandinistas, sino simplemente que demostrara, con un baño de sangre, que la revolución no era viable.

Ahora, aquí es donde la cosa se pone interesante. Detrás del ocultamiento hay múltiples cosas en juego, o eso me parece a mí. Una es que los precios, en dólares, no hacen más que aumentar, mientras baja el consumo. Eso parece un desafío a Adam Smith, ya que deberían bajar para vender más. Excepto que la cosa no es vender, sino hacer ganancia. Si mantienen el precio fijado al dólar (digamos un café 2 dólares) y requiere hoy tres veces más pesos comprar un dólar, entonces vender un café hoy te da el ingreso de tres cafés ayer… excepto que compras menos café, menos agua, menos azúcar y menos gas para calentar el agua. O sea, haces más ganancia por café vendido. Ni hablar de que un potecito de 300 gramos de dulce de leche Havanna, en el Duty Free de Ezeiza, cuesta nada más ni nada menos que U$22,90, y en el supermercado sale U$10… y hay tarados que lo compran. Claro eso si tienes un cierto monopolio del mercado, como tiene Havanna en Ezeiza; si no lo tienes (como los pequeños comerciantes) pues estas al horno, más aún si tiene que pagar alquiler, impuestos y servicios como la electricidad.

Esto significa que hay gente (mucha) muy afectada por la inflación, el dólar, y otras yerbas. Pero también que hay un grupo de gente que esta haciendo plata a lo loco. La crisis siempre beneficia a ciertos grupos empresariales. En el caso argentino el alza del dólar ha beneficiado muchísimo a todos los que exportan (sobre todo porque les baja los costos locales) como por ejemplo los sectores agrícolas; también a los que trabajan para organismos y empresas extranjeras (y tienen sus salarios fijados en divisas como el dólar o el euro); y ni hablar de aquellos que pueden aumentarse el salario, como jueces, diputados, y ciertos funcionarios públicos. En realidad, mientras yo chillo como loco y no se cómo llegar a fin de mes (sobre todo porque mis deudas los bancos las fijaron al cambio del dólar), muchos de mis vecinos (en mi pueblo sojero) están en la gloria y llenan los aviones a Europa y a Miami, compran coches cada vez más grandes; y consumen como desgraciados. La «grieta» en Argentina no es entre los peronistas y los antiperonistas (o entre los K y anti K) sino entre los que tienen y los que no tienen, o están a punto de no tener, nada.

Ahora si a estos cretinos les va bien ¿por qué despiden gente y por qué bajan las acciones de las empresas argentinas en Wall Street? Lo de Wall Street parece simple: resulta que los juicios por corrupción han impactado en el valor de las empresas. A ver, a ver: si hacía falta alguna prueba de que la corrupción es parte intrínseca del capitalismo, pues aquí la tienen. Los grandes empresarios no quieren que las licitaciones sean limpias, transparentes. Lo que quieren es que les den el contrato, y para eso les importa poco si tienen que pagar unos dinerillos bajo la mesa. Es más, si los pagan, hasta consideran que es lo que corresponde. De hecho, si hacen mal la obra, si ponen más arena de la cuenta en el cemento, o si sobre explotan a sus empleados (o inclusive, si no hacen la obra) eso prueba que aumentan sus ganancias. La corrupción garantiza la tasa de ganancia, siempre y cuando los políticos no pretendan pagarla aumentando los impuestos a los empresarios. Dicho de otra forma: la plata no se hace vendiendo y comprando, sino especulando y saqueando a los gobiernos (o sea, a la ciudadanía). Y el político que acepta un soborno es igual de corrupto que aquel que lo tolera como parte del sistema. Esto no es nuevo: en 1935 Enzo Bordabehere fue asesinado en el Senado de la Nación por denunciar, junto con Lisandro de la Torre, los negociados de la carne.

Pero creo que hay más, mucho más. Durante los últimos cuatro años (los dos últimos K y los dos primeros de Macri) el empresariado y sus voceros clamaron por un «ajuste» ya que el «déficit fiscal» estaba demasiado alto. En su versión el déficit lo generaba «el costo argentino», o sea las protecciones sociales (muy menguadas desde la época de Menem) y lo que consideran «salarios altos». Macri llegó para hacer el ajuste; pero, como buenos políticos, lo querían hacer gradualmente para garantizar «la gobernabilidad» y su reelección. Pero si bien Macri es «su chico», el empresariado no estaba muy de acuerdo, aunque se mantuvo quietito no fuera que la conflictividad social se disparara. Y luego ocurrieron las elecciones de 2017 y ganó Macri, mientras la oposición no solo perdió terreno, sino que demostró estar a la deriva: el peronismo se «macrizó»; los kirchneristas no tenían una idea y su peso de masas se había licuado; la izquierda no tenía otra propuesta más allá de «hay que luchar». Y decidieron que con un ajuste gradual no alcanzaba; era el momento de lanzar la ofensiva. Ahora, ¿cómo convencer a la población de que tienen que perder todas las conquistas sociales logradas durante cien años de luchas? La respuesta debería ser obvia: con el Gran Terror.

El Gran Terror tiene múltiples facetas. Por un lado, el miedo a quedar desempleado, y pasar de ser pobre a ser muerto de hambre. Con tal de no quedar desempleado, muchos trabajadores han aceptado regímenes laborales impensables hace solo 10 años. Al mismo tiempo, el tema de la corrupción sindical se desató para domesticar a los sindicatos, que ahora colaboran en el Gran Terror. Luego, con el tema de incertidumbre en precios. Igual que en la década de 1980, ningún asalariado sabe hoy ni cuánto gana ni cómo va a hacer frente a sus deudas o sus necesidades familiares. Por ejemplo, mi salario varía todos los meses hasta 10%. Cuando es más celebro, y cuando no despotrico; pero en el fondo me desestabilizo. Lo mejor de esta parte del Gran Terror que corro todo el tiempo, como pollo sin cabeza, en vez de ver cómo mejor les respondo a estos cretinos. Es más, son tantos los problemas, tantos los despidos e injusticias, que los que somos oposición (sobre todo la izquierda) corremos de un lado a otro tratando de ayudar, de colaborar, de organizar, y en ningún momento tenemos la tranquilidad ni para pensar las respuestas ni para formar a los cientos de miles de nuevos compañeros que quieren hacer algo y solo cuentan con su bronca.

Pero el Gran Terror cuenta con la historia. Todos políticos, economistas y funcionarios insisten con el fantasma de la crisis de 2001 y 2002. Y nosotros colaboramos ampliamente reclamando que se vaya Macri como se fue De la Rúa en diciembre 2001. Dicen que, para que no haya crisis otra vez, tenemos que ceder; hay que ajustar el déficit fiscal; hay que bajar el costo argentino; hay que generar «confianza en los mercados» para que lleguen las inversiones. O sea, hay que llevar al 90% de los argentinos a la miseria más absoluta para que «vuelvan» los capitalistas argentinos a invertir en la Argentina, y luego se vuelvan a llevar la plata a otro lado. Y si no aceptamos su propuesta, se viene un nuevo colapso económico. ¿Qué nos garantiza que si aceptamos su «ajuste» todo mejore? Nada de nada. Es más, lo más probable es que no mejore. La crisis de 1989 nos trajo a Menem que privatizó y ajustó hasta decir basta. El desempleo pasó de 6% a casi 32%. Llegaron las inversiones que compraron las empresas del estado, y así como vinieron se fueron. Por ejemplo, «invirtieron» en la jubilación privada, y 10 años más tarde muchos se quedaron sin jubilación. Y llegó la crisis de 2001, más desempleados, más caída del poder adquisitivo, más pérdida de beneficios sociales. Y llegaron los K y las «inversiones» que no se ven. Es más, la tasa de desempleo casi no bajó, y la segmentación salarial siguió igualita. Pero ahora repartimos subsidios: le cobramos a sectores medios y obreros sindicalizados, y le damos a los desempleados (una parte) y a empresarios (la parte del león). ¿Y hoy? Nos amenazan con un nuevo 1989/2001 para lleguen nuevas «inversiones» que harán más de lo mismo. ¿Y nosotros qué hacemos?

Como dice mi amigo Rubén, podríamos irnos de país. El problema es a dónde, porque esta es una política del capitalismo, no de Macri (aunque el pobrecito de Altamira no se de cuenta). En 2002 muchos se fugaron a Italia y a España. Ahora no hay donde ir. Otra posibilidad es quedarnos quietitos y aceptar lo que ya está aquí. Pero siempre hay otra opción: yo no quiero sus «inversiones» ni sus préstamos. Como decía Stiglitz, una posibilidad es repudiar la deuda externa; si uno debe 100 dólares es problema de uno, pero si debe 100 mil millones el problema es del acreedor. Otra es prohibir los despidos por ley, y también plantear que las empresas se pueden ir del país, pero no llevarse la maquinaria. Empresa que se va, empresa que pasa a ser de sus empleados. Otra es decretar un aumento salarial del 50% ya mismo (más o menos como hizo Cámpora en 1973), para reactivar el consumo. ¿Incide en la tasa de ganancia? Absolutamente. Pero como son tasas estrambóticas pueden pagarlo, y si no quieren que se vayan y cierren el boliche (y pasamos a la propuesta dos de control obrero). Y así se pueden pensar muchas otras.

Ya me imagino a más de uno: Pozzi trosko, gurkha (pobres esos nepaleses siempre quedan como bárbaros), idealista, siempre planteando lo imposible. ¿Por qué es imposible? Si la opción es el hambre de todo un pueblo, me parece que lo que hay que hacer es patear la estantería, y comenzar por la senda de otra cosa. ¿Pero eso va a traernos una crisis? No shit, baby. ¿Y dónde piensas que estamos ahora? ¿Cuántas familias argentinas están en crisis desde hace rato? Pero van a estar peor. Amén de que es poco probable, la realidad es que un criterio de aumentos salariales por encima de inflación genera actividad económica de las pequeñas empresas; ni hablar de que «corporación que cierra, corporación que pasa a ser de sus empleados» preserva la fuente laboral.

Mientras tanto, todos esos grandes empresarios que están destruyendo el país, que paguen el pato de sus políticas y de su egoísmo por una vez en la vida.

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