La caída de la URSS

por Pablo Pozzi1

Hace ya 25 años que desapareció la Unión Soviética, y este noviembre se cumplen cien desde el triunfo de la Revolución Rusa. En medio de todas las conmemoraciones de la Revolución, de los libros, los debates y las reinterpretaciones (o las reiteraciones de viejos argumentos), lo que casi siempre se pierde de vista es el desenlace final. Esto no quiere decir que no es tomado en cuenta, todo lo contrario. Casi toda discusión sobre la Revolución Rusa tiene como trasfondo el hecho de que «va a fracasar». Como tal se trazan las razones al tipo de revolución, a sus objetivos, e inclusive al «alma rusa». Sin embargo, ha habido poca discusión en torno al por qué de la restauración capitalista en Rusia que fuera más allá de la expresión de Ronald Reagan: «Ellos perdieron, nosotros ganamos». La «calidad» y «profundidad» de su reflexión es notable, sobre todo porque ha sido aceptada como tal por muchísimos analistas.

Las explicaciones académicas más comunes en torno a la caída de la URSS y el «fracaso del socialismo real» son de diversos tipos, si bien todas son bastante superficiales. En general estas pueden ser agrupadas en tres tipos de explicaciones distintas: las de índole socioeconómico; las de tipo político e histórico; y las que se presentan como parte de un proceso de desviación de la revolución, particularmente vinculadas a los análisis de la izquierda trotskista.

Las razones de índole económico parten del supuesto que los criterios de desarrollo capitalista y comunista son básicamente los mismos: PBI, producción, distribución y consumo de bienes, tasas de crecimiento absolutos. Si esto es así entonces, por definición, el capitalismo es un sistema auto regulador y más eficiente. La falta de incentivos económicos, la centralización económica, llevaron a la corrupción y la ineficiencia generando un retraso en la competencia con el capitalismo. Sin embargo, aun sovietólogos como Robert Service y Robert Conquest, o sociólogos como Barrington Moore Jr. reconocían que la URSS había logrado un desarrollo industrial «desde arriba» si bien planteaban que conllevaba una ineficiencia intrínseca en comparación con el desarrollo norteamericano o de Europa Occidental. En esta interpretación la perestroika sería la política de Mikhail Gorbachov que intentó detener la decadencia económica soviética, comprobando la superioridad capitalista ya que la intención de las reformas era instituir un sistema de libre mercado. La decadencia fue acelerada gracias a la carrera armamentista que impuso Estados Unidos, ya que la URSS fue obligada a gastar un porcentaje cada vez mayor de sus escasos recursos en la industria bélica impidiendo así que se volcara a mejorar/eficientizar su sistema económico.

Lo anterior se combina, para muchos analistas, con una explicación política. Aquí también, para sovietólogos como Service o Conquest, la suposición es que el capitalismo conlleva la libertad individual, el libre albedrío, y por ende es intrínsecamente democrático. En cambio, el colectivismo comunista solo sería factible en base a la opresión y el totalitarismo. En el caso de la URSS esto tendría raíces históricas ya que el tipo de desarrollo, autoritario y desde arriba, del zarismo encontró su continuidad con los bolcheviques. Como señaló Bertram Wolfe, la revolución y la decadencia soviética se explicaría por el hecho de que los rusos encontraron una continuidad de Iván el Terrible y Pedro el Grande en Lenin, Trotsky y Stalin. La comprobación de esto sería el sistema político monopartidista, la concentración del poder político en manos del secretario general del PCUS, y la continuación del imperialismo zarista ahora como imperialismo soviético. Al mismo tiempo si Iván el Terrible se dedicó a aniquilar a los boyars, el «régimen» soviético desarrolló un sistema represivo que aniquiló unos 60 millones de rusos, o sea uno de cada tres habitantes en 1950.2 Esto se vio reforzado por la insistencia de que en la URSS se vivía muy mal, con hambrunas, bajos niveles de consumo, y problemas serios como el alcoholismo y la violencia endémica que, por supuesto, no existían en los países capitalistas.

Todo lo anterior, razones económicas y político-históricas, hicieron eclosión ante las reformas del glasnost, que permitieron salir a la luz la insatisfacción de la población con el gobierno secreto, corrupto e ineficiente. Asimismo, la reducción de los niveles represivos permitió que el nacionalismo de las diversas repúblicas soviéticas y las diferencias étnicas cobraran cada vez más fuerza poniendo así fin a la URSS.

Por debajo de todo esto se encuentra la premisa básica que toda revolución es algo represivo y violento, que en realidad no mejora la calidad de vida de la población. En este sentido no habría diferencia entre Lenin y Stalin, y la Revolución Rusa sería parte de una continuidad histórica comenzada con los «zares modernizadores». A su vez los soviéticos serían parte de la violencia política de los regímenes totalitarios, para convertirse en el principal factor que gestó el nazismo como reacción extrema, pero lógica. Así el antiguo comunista François Furet equiparó la Revolución Rusa con el nazismo. La conclusión sería, como expresó Winston Churchill, que el capitalismo es el mejor de los sistemas imperfectos.

Los análisis académicos de izquierda difieren substancialmente de los anteriores. En general, el énfasis se pone en la ruptura entre la Revolución Rusa y el surgimiento del stalinismo como régimen político, que dio pie al desarrollo de una burocracia que «secuestró» el poder obrero y popular. Así para unos la URSS fue un «estado obrero deformado»; para otros fue una «contrarrevolución burocrática» que eliminó todo vestigio de democracia popular; y para otros más fue un tipo de «capitalismo de estado». Pioneros en estos planteos fueron el francés Charles Bettelheim y el yugoeslavo Milovan Djilas, cuyas hipótesis planteaban que la burocracia había dado surgimiento a una nueva clase social, ni burguesa ni obrera. Si para las interpretaciones capitalistas el eje central era la continuidad entre el zarismo y el bolchevismo, para la izquierda el eje era la ruptura marcando el momento clave de ésta con la muerte de Lenin en 1924 (y en algunos casos el «comunismo de guerra» y la muerte de muchos viejos bolcheviques durante la Guerra Civil). Una excepción a esto sería Boris Kagarlitsky, el niño mimado del New Left Review, cuya hipótesis es que el problema fue el triunfo de los bolcheviques. Si hubieran triunfado Martov y los mencheviques es indudable que la historia hubiera sido otra. Más allá de lo contrafáctico de su análisis, nada hace pensar que el derrotero de la URSS hubiera sido distinto en la suposición que éstos deseaban hacer una revolución y no simplemente un capitalismo moderno. En realidad, el planteo de Kagarlitsky es que no debería haber ocurrido la Revolución de 1917, en una visión izquierdizante de los planteos de los sovietólogos norteamericanos y británicos. Lo interesante es que tanto izquierda como derecha aceptaron acríticamente las premisas básicas en torno a la ineficiencia de la economía soviética y su carácter represivo.

Como señaló Patrick Cockburn, gran parte del problema es que carecemos de información fidedigna sobre la URSS, tanto porque las estadísticas soviéticas como las capitalistas mienten. Asimismo, aun los críticos de la URSS aceptaron su planteo básico que el comunismo debía ser un sistema mejor y más humano. Esto se puede ver claramente puesto que la URSS es comparada con la sociedad de consumo imperialista norteamericana, y nunca con otros países capitalistas o del Tercer Mundo. De hecho, las críticas a la URSS insisten que jamás estuvo a la altura de lo que pregonaba, además de insistir en sus supuestas características ultra represivas e inhumanas. Asimismo, todas las interpretaciones anteriores tienen elementos de verdad, si bien sus conclusiones tienden a guiarse por premisas profundamente anti soviéticas.

Gracias a estudiosos como Alec Nove, lo que sí sabemos es que la URSS tuvo un importante desarrollo económico, que transformó a Rusia y las quince repúblicas soviéticas de naciones atrasadas y escasamente desarrolladas, con una población mayoritariamente campesina y pobre, en una potencia mundial. La revolución industrial soviética está considerada una de las más rápidas de la historia con una tasa de crecimiento estimada en el 8,8% anual entre 1928 y 1932 (Primer plan quinquenal), solo igualadas por Japón en los años 20. En la década de 1980 la URSS producía un 80% más de acero, un 78% más de cemento, un 42% de petróleo, un 55% más de fertilizantes y el doble de hierro que los Estados Unidos. Por supuesto, este listado reproduce criterios de desarrollo capitalistas ya que el problema no es la cantidad de acero producido sino qué se hace con éste y cuál es la participación de los trabajadores en las decisiones. En síntesis, el eje que determina un sistema socialista es quién decide cómo y en qué se usan los avances económicos. En este sentido, la anécdota de que «ellos hacen que nos pagan y nosotros hacemos que trabajamos», no es cierto ya que la productividad soviética por hora trabajada estaba entre las más altas del mundo, lo cual explicaría el rápido crecimiento de la economía soviética. Al mismo tiempo, ésto indicaría no una participación obrera sino una alta tasa de sobreexplotación de los trabajadores por parte de la burocracia.

Entre 1950 y 1970, es aceptado que la URSS tuvo una tasa de crecimiento relativamente alta, sobre todo comparada con la de Europa Occidental. El dato tiene relevancia no sólo por el punto de partida (la destrucción de 20 millones de soviéticos, de buena parte de sus ciudades y de gran parte de su base industrial durante la Segunda Guerra Mundial) sino también por el hecho de que no contó con ninguna ayuda externa, como recibieron Alemania Occidental, Gran Bretaña o Japón. El crecimiento soviético se basó en la acumulación de capital, fuertes inversiones en industria pesada, y tecnología de época. Sin embargo, su tipo de desarrollo tendió hacia lo capital extensivo y trabajo intensivo, por lo que no enfatizó el desarrollo de nuevos tipos de maquinaria. El problema de este tipo de desarrollo es que requería el doble de insumos en materias primas y una mayor utilización de la mano de obra que sus símiles capitalistas en países como Alemania Occidental. Este modelo de desarrollo implicó que el pleno empleo, junto a la rápida urbanización, y el crecimiento del sector servicios y los sectores medios profesionales, causaron una fuerte reducción de la mano de obra disponible, afectando adversamente el crecimiento. A su vez esto generaba una contradicción, ya que las conquistas soviéticas no permitían que las empresas «ineficientes» (según los criterios del modelo) fueran cerradas, ni que desemplearan mano de obra. El resultado fue el subempleo y una baja en la tasa de retorno sobre inversión. En este contexto surgieron la reformas del Premier Alexei Kosygin en 1965 y 1973 que enfatizaron la rentabilidad y la posibilidad de la venta de empresas del Estado, además que facilitaron la radicación de empresas extranjeras capitalistas en la URSS. Las reformas de Kosygin deben ser vistas como un esfuerzo para resolver problemas, pero también nos dan pistas sobre algunas de las causas del fracaso de la URSS.

Efectivamente el planteo de algunos viejos sovietólogos es correcto: la URSS implicó una rapidísima industrialización y modernización «desde arriba». A pesar de dos guerras mundiales y una guerra civil que implicó la invasión de la naciente URSS por 14 potencias extranjeras, en pocas décadas el panorama de las naciones soviéticas había cambiado en forma impresionante. Por un lado, lograron llevar a cabo los descomunales retos de reducir el analfabetismo del 45% en 1917 al 10% en 1941, de cuadruplicar el número de estudiantes universitarios entre 1940 y 1964 o de tener en la década de 1970 a 257.000 ingenieros titulados frente a los 50.000 de Estados Unidos. Lo mismo que sus innumerables logros en bienestar social (jubilación a los 55-60 años, pleno empleo, licencia por maternidad con salario de 20 meses, acceso gratuito a educación, sanidad y cultura) no superados en pleno siglo XXI ni por los países capitalistas más avanzados. Por otro, naciones que eran nómades o cuya población vivía en el medioevo, se vieron urbanizadas, industrializadas, con servicios, universidades, y un cuantioso sector de profesionales y técnicos. Esto explicaría por qué la Unión Soviética retuvo importantes niveles de apoyo popular como se pudo constatar en la movilización anti fascista durante la Segunda Guerra Mundial. Lenin decía que la revolución eran los soviets más la electrificación3. Si tenía razón, entonces la URSS, a pesar de la suplantación de los soviets por la burocracia, para una buena parte de la población fue indudablemente revolucionaria.

De hecho, la burocracia stalinista transformó a la Unión Soviética. Y al mismo tiempo se transformó a sí misma. Si bien la corrupción y las prebendas eran escasas en comparación con los países capitalistas (pensemos que una dacha de burócrata no se puede comparar con las mansiones de los políticos norteamericanos), fueron en aumento y los burócratas distaban mucho de ser los bolcheviques de 1917. Esto se unió con expectativas de mayores niveles de consumo, sobre todo entre los nuevos sectores medios y profesionales surgidos después de la Segunda Guerra Mundial. Si en 1917 la electrificación implicaba un cambio revolucionario en la vida del muzhik, cincuenta años más tarde ese muzhik se había transformado en un profesional con educación universitaria que pretendía una televisión a colores. Medio siglo después de los bolcheviques, la burocracia soviética se había beneficiado mucho de los cambios revolucionarios. Si en 1917 estos cambios eran un avance, en 1967 los gerentes y funcionarios sentían estas conquistas como una traba a su continuo desarrollo. Dicho de otra manera, la URSS era una traba a que la burocracia se convirtiera en burguesía.

Comenzando con las «reformas» de Kosygin se fueron generando cada vez más condiciones para la contrarrevolución. En 1988 Gorbachov aprobó una nueva ley que permitía el surgimiento del así llamado «sector cooperativo privado». La nueva Ley de Cooperativas dio surgimiento a un apenas camuflado sector capitalista. Al mismo tiempo se incrementó el nivel de autonomía de las empresas estatales en cuanto a producción y ventas, permitiéndoles vender una parte de su producto en el mercado libre a consumidores y a otras empresas. De repente una cantidad de empresas «estatales» se guiaban por el imperativo de la ganancia, mientras los gerentes aumentaban sus prerrogativas en relación a los trabajadores. Estos, desprotegidos por sindicatos que eran meros apéndices del Estado, se vieron empobrecidos mientras que los gerentes se enriquecían rápidamente. De ahí a transformar a los gerentes en empresarios fue un solo paso. Y para que eso ocurriera había que poner fin a la URSS. Dicho de otra forma, la URSS cayó producto de su propio éxito en desarrollo socio económico, y no de su fracaso.

Ahora, ¿era éste el único camino posible? La gran ventaja de los juicios a posteriori es que no tienen que ser constatados en la práctica. La realidad es que las condiciones históricas y reales en que se desarrolló la Revolución Rusa la llevaron por esta senda. Sin embargo, hay cuestiones que si podemos sugerir. La Revolución Bolchevique inició un camino para el cual no había experiencia previa. Gabriel Kolko señala que muchos revolucionarios están preparados para la toma del poder, pero casi nunca para la construcción revolucionaria posterior. En este sentido aceptan pautas y criterios de desarrollo que son, en última instancia, capitalistas. Esto fomenta y se retroalimenta con una burocracia donde es más fácil, y en apariencia más eficiente, tomar las decisiones desde arriba y con un pequeño grupo, y no fomentar la participación obrero y popular. Según Harry Magdoff y Paul Sweezy el desarrollo comunista no puede guiarse por los mismos criterios y formas de medición que el capitalista. La aceptación de pautas capitalistas en la economía necesariamente lleva al capitalismo como sistema socioeconómico. Si bien la NEP y el comunismo de guerra conllevan estas pautas, también queda en claro que entre 1922 y 1932 hubo una ventana de oportunidad para gestar y adoptar otro tipo de criterios. La Promoción Lenin de 1924, donde cerca de 200 mil individuos sin trayectoria política fueron incorporados al PCUS, implicó una base social importante para la reproducción burocrática y la concentración de poder en pocas manos, y el desarrollo del stalinismo como sistema político con el partido único, el «socialismo en un solo país», y la equiparación del PCUS con la clase obrera. La oposición antiburocrática debatió muchos de estos temas. Pero, en el fondo, siempre aceptó la primacía del PCUS como representante del proletariado. En ese sentido, el partido se convirtió en un fin y dejó de ser una herramienta revolucionaria. Ganar el aparato partidario equivalía a poder imponer una posición sobre otra, no por represión (aunque también) sino por disciplina y lealtad. Por debajo de esto, la realidad es que la Revolución cambió la vida de millones de soviéticos, para bien. Las descripciones de Víctor Serge, en El año uno de la revolución, son terribles, pero no hay que perder de vista que una década y media más tarde la situación había mejorado mucho en cuanto al standard de vida del soviético medio, sobre todo si lo consideramos tomando en cuenta el punto de partida de una sociedad destruida por la guerra. Quizás por eso no debería ser tan sorprendente que Stalin y la burocracia retuvieron un gran apoyo popular durante décadas, a pesar de los problemas y de que la burocracia se hizo con el poder político que había ganado la clase obrera con la Revolución. Como tampoco deberían sorprendernos las luchas de los obreros del Donbass (entre otros) en contra de las «reformas» de Gorbachov. No hubo apatía de los soviéticos, más bien carecieron de organización, y de un partido a que condujera sus demandas por una senda revolucionaria y antiburocrática. Así el tipo de desarrollo que llevó adelante la burocracia soviética, si bien logró significativos resultados en cuanto a la modernización e industrialización, también llevó a la restauración capitalista.

Autores citados

Charles Bettelheim. Class Struggles in the USSR. New York: Monthly Review Press, 1976.

Patrick Cockburn. Getting Russia Wrong. London: verso Books, 1989.

Robert Conquest, Preface, The Great Terror: A Reassessment: 40th Anniversary Edition, Oxford University Press, USA, 2007.

Milovan Djilas. La Nueva Clase. Análisis del régimen comunista. Buenos Aires: Sudamericana, 1963.

François Furet. Fascismo y comunismo. Madrid: Alianza Editorial, 1998.

Boris Kagarlitsky. The Thinking Reed. London: Verso Books, 1988.

Gabriel Kolko. Vietnam. Anatomy of Peace. London: Routledge, 1997.

Harry Magdoff. A note on «market socialism». Monthly Review vol. 47, no. 1, May 1995.

Roy Medvedev. Let History Judge. New York: Vintage Books, 1973.

Barrington Moore, Jr. Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia. Barcelona: Ediciones Península, 1973.

Alec Nove. An Economic History of the USSR 1917-1991. London: Penguin Books, 1992.

Robert Service. A History of Modern Russia, from Nicholas II to Putin London: Penguin, 2003.

Víctor Serge. El año I de la Revolución Rusa (1930). Madrid: Siglo XXI, 1972.

Paul Sweezy and Harry Magdoff. «A Note from the editors». Monthly Review, vol. 42, no. 8, January 1991.

Bertram Wolfe. Three Who Made a Revolution. New York: Dell Publishing, 1948.

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Notas al pie

1# Ponencia presentada en la Universidad de Valparaiso, Chile, el 4 de mayo de 2017 en ocasión del Tercer Encuentro de la Red Iberoamericana de Resistencia y Memoria.

2# Si a esto agregamos los millones muertos en las dos guerras mundiales y en la guerra civil, la suposición sería que la URSS perdió la mitad de su población. Esto es poco probable dado que no existen rastros de semejante debacle demográfica. Lo cual no quiere decir que el stalinismo no haya matado mucha gente, como bien señaló Khruschev en el XX Congreso del PCUS. Es notable que las cifras son rara vez explicadas o analizadas y se incluyen en ellas a muertos por hambrunas, asesinados por la KGB y la Cheka, y los que perecieron en levantamientos como el de Makhno y el de Kronstadt. Una de las pocas obras, serias, al respecto es la del soviético Roy Medvedev, que cuestiona el monto final sin dejar de señalar la terrible mortandad entre los propios comunistas. De hecho, su hipótesis es que la represión stalinista no se volcó a la población en general, sino que se cernió sobre la militancia del PCUS. Más allá de las discusiones ridículas en torno a números, es poco probable que Stalin y el PCUS aniquilaran uno de cada tres soviéticos. Por otro lado, para los izquierdistas el problema no es de números sino que la represión y muerte de los opositores está profundamente reñida con el ideario y el objetivo de la Revolución Rusa. Asimismo, si aplicamos el mismo criterio a otras naciones entonces el genocidio está a la orden del día en todos lados: España aniquiló a aztecas, mayas e incas; Alemania hizo lo mismo con los hereros, judíos y gitanos; y Estados Unidos debe ser el genocida más grande si incluimos en el término los resultados de hambrunas, contaminación, epidemias, y destrucción de redes sociales.

3# V. I. Lenin. Our Foreign and Domestic Position and Party Tasks. Speech Delivered To The Moscow Gubernia Conference Of The R.C.P.(B.) November 21, 1920. Published in 1920 in the pamphlet: Current Questions of the Party’s present work. Published by the Moscow Committee, R.C.P.(B.) the text of the pamphlet in Lenin’s Collected Works, 4th English Edition, Progress Publishers, Moscow, 1965, Volume 31, pages 408-426. Translated: Julius Katzer

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