¡Auxilio!, se vienen los violentos

«Luchar, fracasar, volver a luchar, fracasar,
volver a luchar hasta el triunfo final:
ésta es la historia de la clase obrera»
(SITRAC-SITRAM)

por Pablo Pozzi

Yo estoy en contra de la violencia. No me gusta, y siempre me da la sensación que nos deshumaniza. Es como dicen los mexicanos: «el que se enoja primero, pierde». Aquí el que pega primero, pierde. Y eso fue lo que pasó el jueves 15 y el lunes 18 cuando muchísimos argentinos se movilizaron a través del país y a Plaza Congreso en contra de la así llamada «reforma previsional», que en realidad fue una forma más de transferir ingresos de los más pobres a los más ricos (como me dijo un vecino: «total para qué quieren más plata si no saben en qué gastarla»; seguro que vos si sabés, pelotudo). La primera movilización fue enfrentada por los Bullrich Boys que repartieron leña al por mayor y a la vista de todos. Nuestra ministra del Interior, Pato Bullrich, como fue ex revolucionaria setentista, tiene que demostrar permanentemente que su lealtad está con la clase dominante; y ¿qué mejor manera que reprimir salvajemente a viejos y nuevos compañeros? Hasta los medios oficialistas se asustaron (un poco, no mucho). ¿Resultado? Decidieron que, el 18, «sin provocación» no habría «represión». O sea, el lunes se pararon durante cuatro horas bajo un aluvión de piedras de los manifestantes, que metieron 88 policías al hospital. Y luego mostraron que ahora reprimían, pero «con razón». Y le pegaron a todo el mundo incluyendo viejitos transeúntes que no podían levantar ni una piedra. Como los manifestantes no se amilanaron, hubo doce horas de batalla campal por las calles, en vivo y en directo, gracias a la tele.

Cuanto comentarista, analista, político y sabihondo pudo acceder a un micrófono la noche del 18 y los días siguientes, pasó a condenar «la violencia». Alfredo Leuco, que se olvidó de su juventud de comunista, hasta habló de la conspiración orquestada por los K para desestabilizar el gobierno. Todo para evitar que la metan presa a Cristina Kirchner. Otros insistieron que «¿cuánto tiempo tienen que aguantar las fuerzas del orden antes de defenderse?». Mi favorito es que él insistió en que nos imagináramos qué hubiera pasado si estos «vándalos» entraban al Congreso (sic, supongo que ese animalito no sabe que ese pueblo germánico construyó naciones en el norte de África y en Hispania). Y siempre están los que insisten que toda violencia está mal, y que hay que ser una especie de Gandhi de las pampas. Todo aderezado con repeticiones sin fin del compañero del PSTU con su «peligrosísimo» mortero casero, con los manifestantes que le pegaron al periodista Julio Bazán, y luego con los que empujaron, al día siguiente, al diputado Martín Lousteau en una manifestación de bancarios. Un horror.

claro que yo soy un contreras nato. Don Bazán, lo suyo son gajes del oficio. Para que no te pase nada tendrías que: 1. Quedarte en casa; 2. Dedicarte a un laburo un poco más digno; 3. Conseguir empleo en algún medio un poco menos mercenario y derechoso que el Grupo Clarín. Don Lousteau, usted parece un saltimbanqui de la política; cómo el público no te va a tener bronca si sos devoto de Groucho Marx: «Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros». Mr. Leuco, la conspiración desestabilizadora la inventó Macri y sus asesores, proponiendo «reformas» que saquean a gran parte de la población; el resto hace política. Y si hubieran entrado en el Congreso por ahí nuestros políticos hubieran finalmente escuchado al pueblo; digo porque hasta ahora hacen oídos sordos. Es más, hasta sospecho que no le vendrían mal unas cuantas trompadas a más de un diputado. Me consta que a mí me encantaría pegarle a varios.

Pero hablemos un poco de la violencia. Como decía al principio, a mí no me gusta la violencia. Lo cual no quiere decir que no esté dispuesto a ejercerla o que no considere justo ser violento en ciertas circunstancias. Y hay muchos casos donde eso se me ocurre que puede ser así: por ejemplo, cuando me enteré que mis «representantes» habían comenzado el proceso de rematarme la casa porque no me había apersonado a una citación por impuestos que nunca me mandaron (porque era mi deber informarme). Ni hablar de la noche cuando los desconocidos de siempre me apedrearon el frente de la casa. En ambos casos los podría haber matado, sin asco. Pero creo que aquí están hablando del ejercicio de la violencia política, aunque insistan que es «violencia» a secas, como si fuera lo mismo el Asalto al Palacio de Invierno en 1917 que cuando un policía de gatillo fácil mata a un muchacho. Para ellos todo lo que no ejerce el Estado es violencia, lo otro es «ejercicio de la fuerza».

Este es un tema fascinante y tiene diversas perspectivas. La primera es que los críticos de la violencia solo critican cierto tipo de violencia. Y todos remontan a los «tiempos de plomo» cuando la guerrilla «provocó la salvaje represión del golpe de 1976». En muchos trabajos parecería que la violencia irrumpió, en un cielo azul y despejado de una sociedad pacífica y armoniosa, de la mano de una juventud entusiasmada por la gesta guevarista, y que la mayoría del pueblo repudiaba el accionar armado, sobre todo después de 1973. Esta es una visión particularmente ahistórica. La historia argentina está plagada de hechos de violencia política. Además de las masacres de indígenas, de gauchos y de obreros, las elecciones fueron siempre peleadas a tiros por lo menos hasta 1946. Nunca hizo falta guerrilla para que la clase dominante diera un golpe de estado (los hubo y muchos). Más aún, los partidos políticos tenían un aparato armado, generalmente para la autodefensa. El aparato del PCA es conocido. Pero pareceríamos olvidar que los comandos radicales y socialistas que asaltaban las sedes sindicales después de 1955 eran grupos armados. La famosa «patota» sindical también lo era; y las organizaciones peronistas CdeO, Guardia de Hierro, y CNU todas tenían su aparato. En este sentido, la intencionalidad de los críticos queda más clara.

Ya escribí hace unos años (revista Lucha Armada, 2, febrero 2006):

«La característica particular de la guerrilla setentista no era el uso de la violencia política, sino que la lucha armada era considerada una de las vías (y para algunos la vía principal) para la toma del poder y la transformación revolucionaria socialista de la sociedad. Todos los que critican a la guerrilla por “violenta” realmente la están criticando por haber sido revolucionaria y haberse constituido en una alternativa real de poder. No todo grupo armado era revolucionario, así como no todos los grupos revolucionarios adherían a la lucha armada.»

En segundo lugar, los que critican la reacción violenta popular (la «acción directa» como me dijo un compañero) de diversos grupos el pasado 18 de diciembre en realidad están reclamando que las demandas populares sean canalizadas por vía del diálogo dentro de las instituciones democráticas. Esto tiene varios problemas. Uno es que no vivimos en una democracia, sino en una república presidencialista y bastante conservadora. Como citó la diputada Elisa Carrió durante el debate sobre la «reforma» previsional, el artículo 22 de la Constitución Nacional establece que: «El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de este, comete delito de sedición.» Sin desperdicio. O sea, hay derecho a peticionar, pero bien limitado.

Y ¿qué pasa si los «representantes y autoridades» se pasan la voluntad del pueblo por donde no les da el sol? ¿Digamos, si 72% de los argentinos se oponen a la «reforma previsional», y los representantes la aprueban igual? Según todos los analistas hay que quedarse sentadito, esperando a la próxima elección, así puedo votar a otro tipo que, por una módica suma, va a volver a hacer lo que quiere la clase dominante.

En un contexto donde los derechos de la ciudadanía son constantemente violentados, donde no se respeta la voluntad del demos, y donde el Estado se dedica al saqueo permanente en favor de los más ricos, existe el derecho a la rebelión. Mi sensación es que el pasado 18 muchos argentinos ejercieron el derecho a la rebelión contra representantes que no acataban la voluntad de sus representados. Como también lo hicieron en el Cordobazo y el Rosariazo y el Tucumanazo, en el Lanusazo de 1982, en el Chubutazo de 1989, en las jornadas de 2001-2002, y en tantos otros momentos. El tema no es que antes eran dictaduras, y hoy son gobiernos electos; la cuestión es que, más allá de la forma más o menos autoritaria de gobierno, el pueblo recurre a la rebelión cuando los gobernantes hacen oídos sordos ante sus demandas. No es que Macri sea ilegítimo, sino que viene violando el mandato con el cuál fue electo.

Por otro lado, yo también me horroricé de la rotura de las fuentes de Plaza Congreso, del saqueo de los negocios de la zona, y de la cantidad de lúmpenes que parecía haber. Pero más me horroricé del salvajismo de la represión… de los camiones hidrantes, de los policías tirando gas pimienta en la cara de todos y todas, del gas lacrimógeno, y los perdigonazos de goma, de los balazos que se escuchaban claramente por la tele, de las palizas y detenciones a mansalva. Digamos, si el gordo del PSTU con su morterito casero era peligroso, ¿qué podemos decir el cuerpo de motociclistas que le pasó encima de la cabeza a un pobre muchacho caído en el piso? ¿O de los centenares de policías disparando sus escopetas Itaka?

No son lo mismo unos que otros; los manifestantes tenían la justificación de querer que los escucharan; el Estado no tenía ninguna porque no quería dialogar con la ciudadanía. Y si al gobierno le preocupa en serio salvaguardar las instituciones republicanas, entonces es hora que escuche la voluntad ciudadana… cosa que hasta ahora no ha hecho, ni parece querer hacer.

Una palabra aparte merece el tema de la violencia política popular. Hay grupos y compañeros que piensan que la única forma de que avancen las reivindicaciones populares es ejerciendo la violencia organizada. Yo estoy de acuerdo, en forma muy general. Gandhi fue exitoso no por pacifista sino porque detrás había cientos de millones de hindúes dispuestos a ejercer su justa violencia. De hecho, los ingleses sabían muy bien que lo único que había entre una rebelión popular y ellos era el pacifista Gandhi. Lo mismo en la Argentina. Todas las veces que la burguesía se avino a ceder antes las demandas populares fue cuando la otra opción era desatar una ola de violencia desde abajo. Como señaló Perón en su Discurso en la Bolsa de Comercio (25 de agosto de 1944):

«Yo llamo a la reflexión a los señores […] Un objetivo inmediato del gobierno ha de ser asegurar la tranquilidad social del país, evitando por todos los medios un posible cataclismo de esta naturaleza [la revolución], ya que si se produjera de nada valdrían las riquezas acumuladas, los bienes poseídos, ni los campos, ni los ganados […] Las masas obreras que no han sido organizadas presentan un panorama peligroso, porque la masa más peligrosa, sin duda, es la inorgánica.»

Pero no cualquier violencia, y no en cualquier momento. No solo hay que saber ejercerla, sino que hay que hacerlo cuando contribuye a la organización popular. De otra forma lo que hace es constituirse en una provocación que facilita la tarea represiva.

Mi sensación es que hoy por hoy el tema del ejercicio de la violencia no esta demasiado claro para muchos argentinos. Para todo un sector, la vida en sí es violenta y desquitarse contra las «fuerzas del orden» es en sí mismo una reivindicación. Para otros sectores, les da lo mismo que sea este gobierno u otro (incluyendo una dictadura) siempre y cuando «meta en caja» a los revoltosos. Si los primeros viven la violencia cotidiana; los segundos son los que la ejercen, la demandan, y la causan con sus políticas de empobrecimiento de gran parte de la población.

Pero para otros, que me parece son la gran mayoría, la violencia popular contribuye a la confusión y la sensación de inestabilidad social. Acostumbrados a demandar seguridad del estado, estos son los que reclaman «orden» y más policía y son aquellos a los que se dirige el discurso y la propaganda de la burguesía. En la medida que la izquierda y los sectores combativos muestran fuerza, van atraer a muchos de estos. Pero solo si la política de izquierda es clara, accesible, y llama a la lucha y el enfrentamiento no en cualquier momento sino cuando podemos ganar. La violencia popular tiene que ir siempre acompañada de organización y de explicaciones claras para las mayorías, y no sólo para los activistas. No se trata simplemente de «luchar» sino de organizar y crear conciencia de que con la lucha podemos lograr nuestras reivindicaciones y que es la única forma de hacer retroceder a los explotadores.

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1 thought on “¡Auxilio!, se vienen los violentos”

  1. Este escrito surge de la lectura de texto “Auxilio, se vienen los violentos” que publicò Pablo Pozzi en el portal Margen Izquierdo. Comienza el artìculo con una cita

    «Luchar, fracasar, volver a luchar, fracasar,
    volver a luchar hasta el triunfo final:
    ésta es la historia de la clase obrera»
    (SITRAC-SITRAM)

    Sugiero revisar la idea de triunfo final, sobre todo de la clase obrera. Considero que la historia nos permite realizar ciertos anàlisis.

    La idea hegleliana de que la historia es un movimiento ascendente hacia un fin, no se puede seguir sosteniendo.
    La idea marxista que alienta a que no basta entender al mundo sino transformarlo, no ha demostrado que entender sea una tarea fàcìl y que lo que nos sucede es que la contingencia nos sorprende y la posibilidad de entender lo que acontece, pone en juego el enfrentar nuestra impotencia. Por eso nos enojamos tanto, porque no entendemos.
    Si bien siempre seràn seductores todos los discursos que prometan un final triunfante, donde reine la justicia y la felicidad se derrame, lo cierto es que nunca se podrà alcanzar esa ilusiòn.

    Por que? por que la especie humana no tiene una existencia natural, siempre tiene que ponerse de acuerdo, eso es la polìtica. Siempre habrà una injusticia en el origen de toda situaciòn y siempre aparecerà la violencia como respuesta justificada de esa injusticia.
    La violencia siempre està al inicio, mìtica o realmente la historia siempre nos permitirà ubicar una injusticia con la cuàl podremos justificar todo tipo de violencia.

    Los tiempos de paz, la creaciòn de entramados culturales, en algunos lugares del planeta y momentos de la historia, que permitan vivir en paz, son una trabajosa construcciòn, siempre fràgil.

    Concluyendo, no habrà triunfo final, siempre serà necesario trabajar para construir la convivencia pacìfica y esa tarea es interminable.

    La otra revisiòn que propongo realizar y en esto no traigo nada nuevo, es deconstruir y analizar la idea de revoluciòn que todo el tiempo aparece en los discursos con aspiraciones emancipadoras.

    La sìntesis que mas ràpido acude a mi pensamiento es la escritura de Orwell en 1984,que reformula la concepciòn de lucha de clases marxista y describe el proceso de la dinàmica revolucionaria de lucha de clases de un modo particularmente distino, “ la clase media, utiliza a la clase baja para acceder a la clase alta”.

    Los casos de corrupciòn que inundan la polìtica, los dirigentes gremiales de nuestro paìs y hasta la organizaciòn polìtica de la emblemàtica Cuba, en tanto tienen “cierta dificultades” en eludir la monàrquica transmisiòn del poder por la vìa de la consanguinidad, parecen darle la razòn.

    Entonces los humanos inventamos la democracia, que no garantiza la justica, que no asegura el bienestar, que no es otra cosa que el acuerdo de encontrar un modo de establecer acuerdos para construir la convivencia. Este es el objetivo de la polìtica.

    Esto nos impide alentar anàlisis que apelen a la inmediatez.

    El articulo habla de que “los diputados no escuchan al pueblo”. Es un dato de la realidad que cada vez que cantamos, ( yo lo hice durante 40 años de mi vida), “si este no es el pueblo, el pueblo donde està” el pueblo nunca cabe ni en 1 ni en 10 plazas, y avanzando un poco mas, arrogarse la representaciòn del pueblo se acerca a configurar el delirio fachista, al autorizarme en el supuesto de que “yo sè lo que es mejor para el pueblo”.

    Hace muy poco tiempo que el pueblo eligiò a esos diputados.

    El problema a resolver es si seguimos manteniendo el acuerdo de sostener el juego democràtico o si queremos cambiar de juego.

    Si queremos sostener las condiciones del sistema democràtico nos las tenemos que ver con serios problemas; Los polìticos imponen su imagen por criterios publicitarios, el dinero impone liderazgos ficticios, los medios instalan temàticas respondiendo a interese sectoriales, està demostrado que mintiendo se puede llegar al poder y sostenerlo por bastante tiempo, que es muy fàcil engañar al electorado, por que se ha descubierto que el electorado prefiere la ilusiòn de la promesa antes que el anàlisis de situaciones concretas, etc…

    Si no aceptamos las vulnerabilidades del sistema democràtico, ¿que hacemos?

    No tengo respuesta para esa pregunta, pero si doy mi opiniòn;con patadas, trompadas,piedrazos , justificados o no,en la actualidad, solo vamos a poner en acciòn el aparato represivo que responderà al acuerdo que sì tenemos , por que la policia y demàs fuerzas represivas son sostenidas por todos nosotros, asì lo decidimos desde el origen de la historia.

    Aunque infantilmente las odiemos las estructuras sociales de la humanidad no han podido constituirse sin establecer instancias de control y de monopolio de la fuerza.Acà abajo no todos son angeles.

    Sobre el final del artìculo me permito hacer una observaciòn, si como lo plantea y concuerdo, que hay que tener acuerdos que puedan ser sostenidos por la mayorìa y no solo por los militantes , tal vez ahì radique la ventaja de sostener la democracia; que se puedan imponer consensos sin caer en el uso de la violencia.

    Ademàs de considerar que la violencia siempre favoreciò al poder de pocos. Leamos la historia, las revoluciones que han erradicado dictadores mesiànicos o monarcas , no han modificado la piràmide del poder y el pueblo siempre puso la sangre y el sudor. Ese es el verdadero interrogante a descifrar.

    Ruben Adhemar Caputto

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