Y después de la lucha, ¿qué sigue?

por María Magdalena Pérez Alfaro

Desde el año 2013 he acudido a algunas de las reuniones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación donde se analiza el panorama actual de imposición de las reformas neoliberales a la educación en México y se discute el plan de acción contra ellas, pues en nuestro país actualmente los maestros son el blanco de los tecnócratas neoliberales que pretenden someter el proyecto educativo nacional a las normas e intereses del mercado –aún más de lo que ya lo han hecho– por medio de evaluaciones punitivas contra el personal docente y la aniquilación de los sectores más combativos dentro del gremio. En dichas reuniones he podido observar que a la lucha magisterial se han unido una gran cantidad de grupos, colectivos y personas que se organizan para denunciar y tratar de impedir que se lleven a cabo diversos proyectos emanados del modelo neoliberal, los cuales abarcan reformas legislativas, planes regionales de industrialización y comunicaciones, desarrollo de las grandes firmas internacionales, segregación espacial, despojo del territorio, explotación salvaje de los recursos naturales, etcétera.

En diciembre de 2014 asistí al Festival Mundial de las Resistencias y las Rebeldías convocado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la Sexta Internacional y el Congreso Nacional Indígena, en el cual el centro de la compartición fue conocer la historia de las organizaciones que se encuentran luchando de diversas maneras frente al despojo capitalista de la actualidad y denunciar el crimen cometido contra los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, dando un gran espacio para escuchar a sus familiares. Durante las sesiones se presentaron decenas de grupos, colectivos y personas que se enfrentan a diversos enemigos representantes del capital en todo el mundo: mineras, proyectos carreteros e industriales, empresas turísticas, complejos hidráulicos, eólicos, maquilas trasnacionales, gentrificación y reestructuración urbana, narcotráfico, delincuencia organizada, redes de trata y prostitución, etcétera.

Durante las grandes manifestaciones que ha habido en todo el país, desde finales de 2014 hasta el pasado 26 de septiembre, para denunciar el crimen cometido contra los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, agredidos y desaparecidos por el Estado mexicano, la presencia de una cantidad enorme y heterogénea de organizaciones, colectivos y personas que se unieron a la demanda de justicia hicieron que se volviera a hacer patente que en México existen muchos grupos que advierten la gravedad del momento que estamos viviendo en nuestro país, donde la delincuencia organizada, el narcotráfico, la colusión con las autoridades y la complicidad de los empresarios, ha llevado a un proceso de pauperización, impunidad, violencia generalizada, represión y criminalización de la protesta social.

Pero lo que quiero destacar de este recuento no es sólo la necesidad de mirar el panorama aciago de nuestro herido país, sino la esperanza que nos ofrece el observar la emergencia de diversos sectores en lucha. En el caso de la solidaridad con los familiares de los estudiantes normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, por ejemplo, la convergencia de diversas organizaciones de todos tamaños se expresó en las grandes marchas, pero también en la oposición a la versión oficial que ha pretendido cerrar el caso con verdades históricas concluyentes inverosímiles, a través de los medios libres que se han formado a iniciativa de diversos colectivos para ofrecer información alternativa a la de las grandes empresas de comunicaciones. Otro sector importantísimo que volvió a manifestarse masivamente fue el estudiantil: la gran cantidad de escuelas de todos los niveles que expresaron su indignación hicieron de aquellas jornadas de paros de octubre y noviembre de 2014 fechas históricas para muchas instituciones que hacía años no convocaban a la mayoría de sus estudiantes o que, como la Universidad de Guanajuato, no habían cerrado sus aulas por un motivo político desde que fueron fundadas hace más de 200 años. También observamos que muchos y muchas se sumaron a las demandas de justicia porque conocían la realidad que expresó, con toda la contundencia de la tragedia, lo ocurrido en Iguala, de manera que ahí estaban, con los normalistas, los periodistas de a pie que han vivido la violencia y la represión también en carne propia; las familias de los más de 20 mil desaparecidos que tenemos en todo el país; las mujeres que buscan justicia por el feminicidio de sus hijas y hermanas; los estudiantes que lucharon contra los embates neoliberales en la UNAM y el Politécnico; las organizaciones que apoyan la defensa de los territorios de las comunidades indígenas en Wirikuta, Sonora, Chihuahua, Guerrero, el Istmo de Tehuantepec, etc.; los colectivos que defienden el patrimonio histórico y cultural contra los proyectos turísticos, inmobiliarios e industriales; los grupos que han demandado la derogación de las reformas a la Constitución que atentan contra nuestra soberanía; los sindicalistas afectados por la defensa que hace el Estado de los intereses empresariales; las organizaciones populares urbanas y rurales que han decidido no esperar a que el gobierno resuelva sus demandas; los maestros organizados contra las reformas a la educación, etcétera… La lista es larga, afortunadamente. Otro dato esperanzador es que la efervescencia de movilizaciones no se limitó a las calles, pues son muchos los grupos que han comprendido la necesidad de promover otras formas de organización y de participación política. Hoy en México estamos viviendo un momento importante porque abajo, sin tanto ruido mediático, algo está ocurriendo en la conciencia de muchas y muchos que han decidido organizarse.

Observar este panorama, además de ánimos, me ha generado muchas preguntas. Una de ellas es: ¿quiénes son las personas que están promoviendo y viviendo todas esas luchas? Entonces, preguntando, conversando y leyendo me di cuenta de que en la mayoría de ellas hay hombres y mujeres con una experiencia de participación política más amplia. Y he aquí el motivo que da lugar al nombre de esta columna: muchas de las personas que hoy vemos interviniendo en las manifestaciones, formando organizaciones o promoviendo círculos de estudio, foros y espacios de discusión, se iniciaron en algún movimiento social en particular, pero su intervención no terminó ahí. Al concluir el proceso que dio origen a su militancia o activismo la pregunta de las definiciones surgió: “Y después de la lucha, ¿qué sigue?”.

Hace algunos años aprendí una lección fundamental que definió mi postura política y se convirtió en el acicate de mi participación en diversas movilizaciones y organizaciones sociales: ser de izquierda es algo más que una manera de definirnos políticamente, ser anticapitalista significa expresarlo en una vida congruente. La dificultad y los retos que resultan de la puesta en práctica de tales definiciones me llevó a otro aprendizaje: si lo que combatimos es el sistema capitalista en todas sus expresiones, entonces la lucha no se confina a los límites de una causa o movimiento, mucho menos puede abandonarse ante las dificultades, las crisis o las derrotas. En ese camino de reflexiones colectivas me he encontrado –grata sorpresa para mí– con muchas personas que aprendieron la misma lección en la práctica cotidiana de organizarse por una causa, de discutir sobre los problemas que enfrentamos cotidianamente y decidir qué hacer ante los embates cada vez más abiertos y profundos del capital: la conciencia de clase se genera en la lucha, decía E.P. Thompson.

Sin embargo, como se sabe, no todas las personas que participan en un movimiento se convierten automáticamente en luchadores sociales. Por otro lado, la toma de conciencia y la participación política como parte esencial de la vida de una persona es un proceso largo que no está exento de dudas, altibajos y autocrítica. Creo que por ello es necesario conocer las trayectorias de quienes han vivido la experiencia de haberse iniciado en algún movimiento social particular y cuando llegó la pregunta de las definiciones se respondieron a sí mismos: “Lo que sigue es continuar luchando”. Esta columna está pensada, entonces, para contar las historias de aquellos que tomaron esa decisión, aun cuando el proceso inicial que los llevó a participar por primera vez concluyó su ciclo. Es un homenaje necesario a los hombres y mujeres que no se han rendido a pesar de todas las dificultades del camino. Es también una invitación para aprender y reflexionar sobre las experiencias, los errores y las nuevas propuestas de quienes se siguen esforzando por ser congruentes.

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