Y después de la lucha, ¿qué sigue? En memoria de Félix Serdán Nájera

por María Magdalena Pérez Alfaro

Al término de la revolución mexicana, en uno de los estados donde la rebelión campesina dio origen al levantamiento armado del Ejército Libertador del Sur, Morelos, la lucha por la tierra y mejores condiciones de vida no cesó tras el asesinato de Emiliano Zapata. El reparto agrario en la zona zapatista fue prioritario para los gobiernos posrevolucionarios que buscaron con ello retomar el control y colmar las iniciativas de organización y levantamiento armado campesino. Pese a ello, pronto se advirtieron los nuevos problemas que trajo consigo el modelo económico y político emanado de la revolución controlada por el grupo sonorense: el reparto agrario no fue suficiente ni justo, los campesinos requerían créditos para hacer productivas sus tierras e inversión estatal para comerciar sus productos y fundar ingenios, cooperativas, entre otras cosas. Además, a partir sobre todo de la década de 1940, el campo mexicano comenzó a vivir un nuevo proceso de latifundismo al amparo de los gobiernos y caciques locales. En el caso de Morelos ese proceso se complejizó con la llegada de inversionistas del ramo turístico y residencial que codiciaban las tierras ejidales. Para conseguir el control y beneficio de la propiedad y explotación de las tierras, empresarios, propietarios privados, gerentes de ingenios, funcionarios públicos, militares de zona y gobernadores, contribuyeron para generar un nuevo proceso de deterioro de las condiciones de vida de los campesinos morelenses al obstaculizar la organización democrática de ejidos y cooperativas cañeras, criminalizar y combatir la organización política agrarista y hostigar hasta enviar a la clandestinidad y callar por medio del asesinato a los líderes populares, entre ellos uno de los representantes más destacados del movimiento campesino posrevolucionario: Rubén Jaramillo.

El destacado dirigente agrario participó siendo muy joven en la revolución mexicana como capitán zapatista y posteriormente luchó contra las nuevas situaciones de injusticia social que la revolución institucionalizada generó en el campo, de muy diversas maneras: desde la guerrilla en el monte hasta la organización política por medio del Partido Agrario Obrero Morelense, que lo postuló a la gubernatura de Morelos en dos ocasiones (1946 y 1952). El movimiento jaramillista fue, en el sur de México, la expresión de descontento y organización campesina más importante de la primera mitad del siglo XX, después del fin de la lucha armada de la revolución. Su base social fue muy amplia, pues no sólo contó con el respaldo de ejidatarios, sino participaron también obreros de los ingenios, maestros, jornaleros y especialmente muchas mujeres de los pueblos.

Félix Serdán fue uno de los compañeros más cercanos de Rubén Jaramillo desde que coincidieron cuando el primero formaba parte de la cooperativa del ingenio Emiliano Zapata de Zacatepec y el segundo era el presidente de su Consejo de Administración. Dicho ingenio se fundó, por cierto, durante el periodo cardenista a solicitud expresa del líder agrario.

A pesar de que Félix era bastante menor que Rubén, se convirtió rápidamente en su brazo derecho por su entusiasmo y entrega, cuando el hostigamiento hacia el líder agrario lo llevó de nuevo a la vía armada en clandestinidad. Félix se encargaba de llevar consigo una máquina de escribir siempre que fuera necesario, como cuando se redactó el Plan de Cerro Prieto que resumía los ideales y propuestas del jaramillismo para la lucha campesina. Don Félix era también el guardián del archivo del movimiento, el cual cuidaba celosamente, aunque parte de él le fue decomisado cuando lo aprehendieron después de un enfrentamiento con el ejército, en diciembre de 1943. Como resultó herido fue trasladado al Hospital Militar en la Ciudad de México y ahí logró comunicarse con el presidente Manuel Ávila Camacho, ante el cual pidió intermediación para que cesara la persecución contra Jaramillo. Cuando se recuperó, don Félix viajó a los Estados Unidos para trabajar de brasero, pero poco tiempo después regresó para integrarse al PAOM y apoyar en la construcción de una base social que respaldara las acciones del movimiento; desde entonces se convirtió en uno de sus principales dirigentes.

Cuando en 1958 Adolfo López Mateos prometió seguridades a los jaramillistas y estos dejaron la guerrilla para continuar su lucha por la tierra, don Félix tomó parte muy activa en la construcción de un nuevo proyecto de autonomía campesina, en el cual ya se integraban ideas provenientes de una izquierda que buscaba transformar profundamente el modelo económico y político de la posrevolución. De la siguiente manera Félix Serdán se refirió al Nuevo Centro de Población Profesor y General Otilio Montaño que se fundaría en las tierras de Michapa y El Guarín para beneficio de 6,000 campesinos:

“Se trataba de crear un nuevo tipo de poblado en donde todos se trataran como una gran familia, unida, trabajadora, sin centros de vicio, sin explotadores ni explotados. Se tenían proyectadas la creación de empresas de propiedad colectiva que, además de mejorar la economía familiar, dejaran para que la gente tuviera tiempo para estudiar y distraerse, para que los niños y jóvenes estudiaran, propiciando dejar en ellos un desarrollo de ciudadanos, trabajadores honestos, responsables y conocedores de nuestra verdadera historia”.

(Renato Ravelo, Félix Serdán, memorias de un gerrillero).

Sin embargo, la lucha por hacer realidad el proyecto del nuevo centro de población les costó a los jaramillistas el asedio, la represión y el asesinato de su principal líder. Los compañeros más cercanos de Rubén tuvieron que salir de Morelos para resguardar su vida, pero don Félix, antes de hacerlo, se atrevió a asistir a los funerales de la familia Jaramillo, pues los militares también mataron a Epifania, la compañera del líder agrario que estaba embarazada, y a tres jóvenes hijos suyos. El ejército rodeaba el panteón civil de Tlaquiltenango y reportó la presencia de Félix Serdán. Una vez sepultados los restos de la familia, el compañero de Rubén se resguardó por un tiempo fuera de Morelos.

Pero aquí apenas comienza otra gran etapa de la vida de don Félix que continuó su lucha hasta el último de sus días. En su constante labor se relacionó con distintos grupos de la izquierda de los años 60 a 90; también participó en diversos intentos de reconstrucción de las bases jaramillistas y en la creación de nuevas organizaciones campesinas como la Coordinadora Nacional Plan de Ayala; fue maestro en diversos sentidos, porque con sólo estudios de primaria se convirtió en maestro rural, pero además fue formador de varias generaciones de luchadores sociales, estudiantes, maestros e intelectuales que acudieron a él para solicitar su consejo o aprender de sus experiencias a través de un sinnúmero de historias que gustaba compartir con la sencillez que lo caracterizaba.

Para don Félix, luchar fue una razón de vida. Siempre que pudo se sumó a las causas que consideraba justas y fue ideólogo de algunas, como lo demostró el interés que tuvo en recuperar la historia del jaramillismo, el apoyo que dio a la iniciativa de otros compañeros en fundar un museo comunitario en el pueblo natal de Rubén, y también su constancia en la conmemoración de la muerte del líder agrario, tradición que después de 51 años continúa viva. Le preocupó mucho a Félix Serdán que los jóvenes campesinos contaran con espacios para aprender estas historias, pero también para conocer otras y crear vínculos comunitarios, por esa razón donó parte del terreno donde tiene su humilde vivienda para fundar el Centro Cultural Rubén Jaramillo, que hasta la fecha, y a pesar de todas las dificultades económicas y organizativas, sigue trabajando en el empeño de hacer realidad los ideales con que fue fundado.

Una de las convicciones que defendió don Félix hasta el final fue la necesidad de continuar luchando por el mundo que deseamos, porque la realidad nos muestra que los problemas que advirtieron y denunciaron los campesinos zapatistas y jaramillistas no se han resuelto, así que el ideario de Zapata y Jaramillo es aún vigente. Pero esa vigencia se actualiza y reformula cada tanto y hay que renovarse y repensarse constantemente. Hacia 1991, como una crítica del revisionismo historicista que proponía la reformulación de la Conquista de América como un “encuentro de dos mundos”, se crearon en toda Latinoamérica colectivos que se aglutinaron en torno a la campaña denominada 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular, la cual tuvo en Félix Serdán a su representante mexicano más destacado. A partir de la reflexión que propició la contra campaña de celebración del V Centenario, don Félix decidió reivindicarse como indígena, elaborando una definición propia de su origen materno y campesino, con el significado profundo de la autoconstrucción de identidad. Ésta y muchas otras acciones simbólicas y en la praxis le fueron reconocidas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional que condecoró a Félix Serdán como Mayor Honorario en una de sus muchas visitas a las comunidades zapatistas, a las que apoyó desde que se dieron a conocer públicamente en 1994, porque decía el guerrillero jaramillista que él encontraba un hilo de continuidad en los planteamientos del Plan de Ayala, el de Cerro Prieto y la Primera Declaración de la Selva Lacandona.

El pasado 22 de febrero se cumplió un año de la partida, a los 98 años, de don Félix Serdán Nájera. Sirva este breve recuento de su vida como un homenaje a uno de los hombres y mujeres del campo que entregaron su tiempo y esfuerzos para la construcción de la organización social que cambie nuestro mundo. Un abrazo a doña Aurora, su compañera y mujer luchadora que lo apoyó hasta el último día y continúa en el esfuerzo para que la memoria del jaramillismo y de quienes lo hicieron posible siga difundiéndose.

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