fotograma de la película Yo, Daniel Blake; modificado.

Yo, Daniel Blake: el virus y los negocios

por Pablo Pozzi

Como andamos de buen ánimo, sin ansiedad por el futuro y sin preocuparnos por nada, a mi mujer se le ocurrió que anoche teníamos que ver la penúltima de Ken Loach: I, Daniel Blake (2016). Como a mí me encanta Loach, y sus pelis como Riff Raff o Tierra y Libertad, ahí me senté. Me mató, y casi me corto las venas.

Yo, Daniel Blake es la historia de un carpintero que luego de un ataque al corazón queda inhabilitado para trabajar. Blake, actuado espectacularmente por Dave Johns, es un carpintero de 60 años, solidario, buenazo, trabajador, que siempre pagó sus impuestos. Ahora se ve obligado a recurrir a los servicios sociales, a los que aportó toda su vida, para recibir la ayuda que le corresponde. Ahí, en una escena maravillosa, comienza la película: cuando le hacen una entrevista telefónica para determinar si le dan un subsidio por incapacidad. «¿Tiene usted diarrea?» «Tuve un ataque al corazón. No hay nada mal con mi culo, es mi corazón». «Miré, no tome ese tono conmigo». «¿Usted es médica o enfermera?» «Soy una profesional de la salud». «¿Qué es eso? ¿Sabe algo de medicina?» «Soy una profesional de la salud». «Tengo entendido que usted trabaja para una empresa norteamericana.» «El Estado contrata a nuestra empresa como profesionales de la salud». Como corresponde, no le dan el subsidio, porque logra «solo 12 de 15 puntos»; y eso a pesar de que no puede trabajar.

De ahí en adelante continúa su odisea por el mundo neoliberal: pide apelar la decisión, pero no se lo admiten hasta que no llame el «decision maker», que lo hará cuando quiera; entonces pide el subsidio de desempleo, pero tiene que demostrar que por lo menos durante 35 horas semanales ha estado buscando trabajo, pero como no puede trabajar por su condición cardíaca, entonces es inútil. En el medio lo mandan a uno de esos cursos para aprender a hacer su currículum, en la compu (que no tiene), para empleadores que no existen, con un profe que insiste que el problema de conseguir trabajo es «hacerse notar». Y de ahí a una cantidad de otras cosas y personajes que hacen una disección del Primer Mundo neoliberal. Central en esos personajes está Katy (Hayley Squires), madre soltera con dos pequeños hijitos. Katy ha sido «ayudada» por el Estado que le encuentra vivienda en Newcastle a 200 kilómetros de Londres donde vivía antes de quedarse sin trabajo. Claro, en Newcastle no conoce la ciudad, no tiene amigos, no tiene contactos, la rechazan para un subsidio por llegar cinco minutos tarde. El único que le tiende una mano es Daniel Blake. Pero eso no le da de comer a los chicos. Luego de hacer lo posible para sobrevivir, Katy encuentra trabajo como prostituta. Y eso es algo bien interesante de la visión de Loach: la prostitución es tratada como trabajo (de hecho, así la llama Katy), o sea, si bien es estigmatizada es una opción de supervivencia. Y así otros personajes como Piper (Steven Richens), que sobrevive importando zapatillas ilegalmente desde China por lo que las puede vender a mitad de precio; o Ann (Kate Rutter), una empleada de la Agencia de Desempleo con corazón que es reprimida por tratar bien a los desempleados.

La película no tiene golpes bajos, y por lo menos yo pude reconocer cosas que he visto y vivido. Pero lo más impactante es que no tiene final feliz, a diferencia del cine norteamericano. En este último, seguro que aparece un multimillonario, de buen corazón, arrepentido de haber sido un terrible explotador toda su vida que decide darle una mano a Daniel y este le agradece reconociendo que los multimillonarios explotadores tienen buen corazón. Bueno, esto no pasa. Esta es una peli inglesa y encima de Loach (y no de Michael Moore, que de última siempre salva al sistema), por ende, no solo es buena, sino que es absolutamente lapidaria no solo con el Estado, sino también con todos aquellos que han vendido su dignidad para ser sus ejecutores. Jamás presenta a los burgueses, pero, como en esa primera llamada telefónica, siempre están detrás de cada escena, mientras que policías, funcionarios, empleados se comportan con absoluta crueldad e indiferencia ante gente trabajadora que son, de última, igualitos a ellos.

Ahora lo que más me gustó de esta película es que, sin estridencias, es lo más relevante que he visto en estos tiempos de coronavirus. Loach deja en claro que el capitalismo es absolutamente inhumano, que reduce a la gente a un simple número, que obliga a perder la dignidad, que lo único que te deja es la opción de morirte y que lo único que le importa es hacer cada vez más plata. Yo miraba a «Yo, Daniel Blake» y pensaba en la gente que ideó un sistema tan cruel y en los políticos que insisten que «aman al pueblo» pero lo traicionan y lo venden. Me generan un nivel de furia y violencia que a veces no me reconozco en los deseos de matarlos. Esos tipos no merecen vivir.

Ahora los que idearon ese sistema están a la altura de la cantidad de piratas capitalistas y políticos que han visto que con el coronavirus pueden hacer su fortuna. Eso es su fortuna de diversos tipos. Está la obvia, como cuando los grandes empresarios reclaman que el Estado pague los salarios de sus obreros, mientras aumentan los precios y despiden gente. Por ejemplo, en Argentina, los diarios de hoy anuncian: «[c]on una inactividad casi total, los concesionarios de autos negocian una rebaja de 60% de los sueldos. Aseguran que no pueden pagar más del 40% de los sueldos de abril y con carácter no remunerativo. Piden abrir los servicios de post venta». Esto luego de pedir que el Estado se haga cargo de los salarios que, entre otras cosas, ya eran muy bajos antes de la pandemia.

Que no me la imaginé, ni que fue un accidente, se puede ver en la cacofonía de economistas que explican «la realidad». Por ejemplo, Gabriel Rubinstein propuso que el Gobierno «pague los sueldos de las empresas privadas» para «garantizar que siga el aparato productivo para que, cuando termine la crisis, siga intacto». Como alternativa, propuso un recorte de 30% en los salarios de los empleados públicos. «Si le pagás el 100% (a los trabajadores) lo van a ahorrar», sostuvo. «¿Por qué vas a endeudar a una empresa por una decisión que vos tomás obligando a que no trabaje? Es una crisis mucho más profunda que la de 2001, porque es una decisión del Estado parar la economía», reflexionó el economista. Y agregó: «tendrían que bajar 30% los salarios públicos también, porque la gente tampoco tiene mucho en que gastar. Si le pagás el 100%, lo va a ahorrar. Y en realidad, si le bajas el sueldo hoy, que no se transporta, no sale a la calle, no va al cine, tiene menos gastos. Si el Estado bajara los sueldos, que lo debería hacer, el problema fiscal no sería grande», en cambio, «al empresario no le podés cargar que pague impuestos y salarios como si no pasara nada, cuando vos como Estado le decís que tiene que cerrar». Sin desperdicio. Obvio que para Rubinstein los obreros no pagan ni impuestos ni servicios. En cambio, a los empresarios los estas obligando a que no trabajen. ¿Y el coronavirus y la posible muerte de cientos de miles de personas? Y ¿para qué vas a pagar un salario decente si luego van y lo ahorran? ¡Qué cretinos que son los obreros! ¿No se dan cuenta que el obrero especializado que gana U$500 por mes (el no especializado o una docente gana la mitad) usa esa fortuna para ir a cine o si no la van a ahorrar? Si serán inconscientes, deberían invertirlo en poner una empresa multinacional. Y para demostrar que esta campaña no es simplemente una idiosincrasia local, hete aquí al Presi de Uruguay, Luis Lacalle Pou: «Hoy gravar al capital es amputar la posibilidad de los que van a hacer fuerza en la salida de la crisis».

Ni hablar de los que aprovechan la volada para meter la mano en la lata. Digamos como la muchachada del Ministerio de Desarrollo Social argentino que compraron millones en alimentos para los sectores más carenciados. Eso sí, compraron las peores marcas o los sobrantes que nadie quería, pero al doble del precio de las marcas de calidad. Total, esos negros pobretones no se van a dar ni cuenta. Parece que se dieron cuenta, y se armó el lío. Quince funcionarios fueron dados de baja para ser luego dados de alta en otras reparticiones, no sea que ellos se queden sin trabajo en medio de la pandemia, pobres muchachos.

Pero el campeón de estas lides sigue siendo Donald Trump. En realidad, los empresarios y políticos argentinos quieren ser como él, pero la realidad es que es ÚNICO, «the one and only». En medio de explicar que «bueno la pandemia se va a llevar a muchos de nosotros» (siempre me gustó el tacto y la delicadeza de The Don), decidió no hacer nada al respecto. Bueno, eso no es cierto, hizo, pero no lo que uno esperaba. Primero, aprovechó para cerrar la frontera con México y meter 50 mil inmigrantes en campos de concentración. Todo con la consigna de que la seguridad fronteriza es seguridad sanitaria. Obvio, el virus debe haber venido de México y afecta solo a hispanos. Y por si tenías alguna duda, Trump aclaró que es «un virus chino», por eso cerró la frontera con México. De paso cañazo, aprovechamos para lanzarnos en contra de China y sus voceros plantean desde que es un complot de ese país, hasta que hay pandemia porque «China mintió sobre la seriedad del contagio de Wuhan» y que la OMS «está controlada por los chinos». Dejemos de lado que toda la evidencia disponible demuestra lo contrario, pero eso lleva a su segundo gran logro. Como todos estamos preocupados por la pandemia, Trump aumentó el bloqueo a Irán, envió tropas a la frontera venezolana y profundizó su enfrentamiento con China. Indudablemente, no hay nada mejor para la economía yanqui que una guerrita, sobre todo cuando la política interna es un lío y por ahí pierdes las elecciones. Pero aún mejor ha sido su tercera acción, luego de decir que la pandemia no lo era, decidió que sí lo era y suspendió la actividad de la Corte Suprema que, oh sorpresa, tenía que realizar un fallo en torno al derecho de acceso a los registros financieros de un tal Donald Trump. También, ahí andan ya discutiendo si lo indicado es postergar las elecciones presidenciales de noviembre de 2020. Digamos, eso implicaría extender el mandato de The Don. Por último, la Bestia Naranja logró que el Congreso norteamericano aprobara el «paquete de estímulo económico» más grande su historia. Dos billones (o trillones en sus términos) en gastos deficitarios del Estado han sido asignados como subsidios a empresas norteamericanas no sea «que vayan a quebrar». Estas incluyen desde aerolíneas y automotrices, hasta bancos. También universidades. ¿Lo qué? Pasa que las universidades yanquis hacen carradas de dinero con estudiantes asiáticos y, sobre todo, chinos, que pagan fortunas por el gusto y placer de hacer una carrera en la Universidad de Ohio. Y como sus universidades no son establecimientos educativos, sino empresas privadas, si los chinitos no pagan, entonces perdemos plata, y si perdemos plata mejor nos subsidian más de lo que ya nos subsidiaban. Nada de gastar plata en trabajos o sostener a los trabajadores o mejorar el sistema de salud (ni hablar de hacerlo accesible a todo el mundo, o sea de estatizarlo y hacerlo gratuito). Gracias coronavirus por mostrarnos la cara aún más corrupta e inhumana del neoliberalismo. Obvio que soy malo, Trump repartió U$1000 a cada trabajador, algo que digamos no alcanza ni para pagar un alquiler.

Solo unas breves líneas de otro tipo de corrupción: la intelectual. Está lleno de tipos que escriben una zanata tras otra sobre estas épocas. Como buen pequeñoburgués que soy me puse a leer a Zizek y sus amigos, ya que son, supuestamente, los más sabios. Me pregunto quién fue el tarado que dijo «hay una pandemia, Slavoj, necesitamos de tu sabiduría y conocimientos». Rápido de reflejos, el hombre fashion del marxismo neoliberal se sentó en su compu Apple, abrió el procesador y sacó un ensayo absolutamente seminal que partía de explicarnos que «estamos todos en el mismo barco». No shit, baby. Y a partir de ahí se dedicó a lanzar una tras otras obviedades, lugares comunes y sin sentidos incluyendo chistecitos como hablar de Putogan (Putin más el turco Erdogan) y terminar pontificando que estamos ante «comunismo o barbarie». Pucha, menos mal que lo tenemos a Slavoj y a la pandemia para decirnos eso. Claro, Loach lo dijo hace años, mucho mejor y en forma más coherente en sus películas, desde Riff Raff hasta Sorry We Missed You.

El único problema con la película de Loach es que no da ni salida ni solución. ¿Qué hacer?, decimos al final de peli. Algo similar me pasa con la pandemia. ¿Qué hacer? No solo para frenarla (eso está un poco más claro), sino qué hacer después. Sobre todo, porque esta es una pandemia neoliberal y las medidas que están tomando nuestras elites políticas y económicas están asegurando que vamos a tener más y peores. Qué pesimista este Pozzi. ¿Sí? Pensemos un poco en cuántas pandemias hemos tenido en las últimas décadas: HIV, SARS, MERV, «vaca loca», gripe asiática, y las no reconocidas porque no afectan al Primer Mundo: Dengue, Poliomielitis, Cólera, etc. Al igual que Daniel Blake, o de la otra protagonista Katy, si no hacemos algo, si nos quedamos tal cual, tendremos dos opciones: morirnos o prostituirnos.

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2 comentarios sobre «Yo, Daniel Blake: el virus y los negocios»

  1. Sólo puedo pensar en que el capitalismo toca a su fin y, seguramente, esta pandemia profundizará su fin, pero a qué coste? y quién /quienes lo pagarán? creo que la respuesta la sabemos todos y, por último, no estamos preparados de ninguna manera para afrontarlo ni siquiera para plantear ideológica ente el necesario debate.

  2. El capitalismo no caerá por su propio peso.Es necesaria la fuerza colectiva de la clase trabajadora organizada y consciente con un proyecto histórico propio de cómo organizar la sociedad que revolucione el modo de producción y las relaciones sociales

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