La Mafia en la Segunda Guerra Mundial: «La suerte de Lucky»

por Alexander Cockburn y Jeffrey St. Clair*

El 14 de julio de 1943, cinco días después de la invasión de los Aliados a Sicilia, un avión sobrevolaba a baja altitud las aldeas en las montañas en las afueras de Palermo acarreando una larga bandera de tela amarilla, en cuyo centro había una gran letra L de color negro. Sobre la localidad de Villalba, el avión arrojó una bolsa negra de nylon cerca de la finca de Don Calogero Vizzini. Vizzini, conocido como Don Calo, era el magnante más poderoso de la mafia de Sicilia occidental. Dentro de la bolsa había un pañuelo de seda dorado, también con la letra L. El pañuelo era un mensaje ya acordado con Don Calo que le indicaba que era hora de reunirse con representantes de las fuerzas aliadas. El capo mafioso dejó Villalba de inmediato junto con varios de sus subordinados, y fue a reunirse con comandantes de tanques aliados del Séptimo Ejército del general George Patton. Luego de otros encuentros, el hombre de la Mafia ayudó a los Aliados a sortear el difícil cruce de las montañas de San Vito, maniobra decisiva que dividió a las fuerzas del Eje. Don Calo recibió su recompensa por estos servicios cuando más tarde el mando aliado le permitió tanto a él como a sus colegas de la Mafia controlar el gobierno de Sicilia durante la ocupación.

La letra L en la bandera y el pañuelo correspondía a uno de los viejos amigos de Don Calo, Charles Lucky Luciano (“el afortunado”), quien en ese preciso momento estaba alojado en la prisión de Great Meadows, en las afueras de Albany, Nueva York. La historia de cómo el gángster más famoso de los Estados Unidos después de Al Capone llegó a formar una sociedad beneficiosa para ambos con dos de los antecesores de la CIA –la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) y la Oficina de Inteligencia Naval (ONI)– demuestra con claridad el punto planteado al final del capítulo anterior, a saber: la existencia de una alianza permanente entre organizaciones como la CIA y la Mafia. En este caso, la consecuencia de la relación fue un gran incremento en el comercio mundial de la heroína.

En 1942, la denominada “oficina de inteligencia secreta” de la OSS de Washington D.C. estaba dirigida por Earl Brennan, un republicano de Nueva Hampshire y ex funcionario del Departamento de Estado que había pasado su niñez en Italia. La tarea de Brennan era preparar la invasión de Italia y Sicilia. Brennan había abierto un canal al Vaticano, la denominada Operación Vessel. Su contacto en el Vaticano, monseñor Giovanni Battista Montini, influyente asesor del papa Pío XII, le sugirió a Brennan que contratara los servicios de varios italianos exiliados, incluyendo a masones, dirigentes empresariales y miembros de la mafia. Veintiún años más tarde, en 1963, Giovanni Montini se convirtió en el papa Pablo VI.

Siguiendo el consejo de Montini, Brennan viajó a Canada en 1942 para reunirse con cabecillas exiliados de la mafia italiana y siciliana que habían escapado de la enérgica campaña organizada por Benito Mussolini en su contra. El ataque del Duce a la Mafia comenzó en 1924 después de que Ciccio Cuccia lo hubiera insultado públicamente durante un viaje a Palermo. Según el relato detallado del historiador de la mafia Michele Pantaleone, después del incidente con Cuccia, Mussolini “empezó la verdadera ofensiva contra la Mafia y recurrió a métodos que habrían hecho palidecer a la Santa Inquisición”. Los cabecillas mafiosos fueron acorralados, torturados y encerrados en grandes jaulas para ser juzgados públicamente.

El hombre que Mussolini designó para encargarse de erradicar la mafia fue Cesare Mori, cuyo método preferido de interrogación era la casseta. Se ataba al sospechoso a un cajón de madera, se lo azotaba con un látigo de cuero empapado en agua con sal, se lo picaneaba, se le apretaban los genitales en una prensa y se le quemaban las plantas de los pies con un cigarrillo. Cientos de capos mafiosos, o “réprobos” como los llamaba Mori, fueron aprehendidos, torturados y luego fusilados en la plaza pública de Palermo. Sin embargo, Mori pronto dejó que este plan de exterminar a los mafiosos de la Societá Onorata se le subiera a la cabeza. Mandó a construir arcos triunfales en su honor con la inscripción Ave Caesar, y entabló juicios a los delegados de Mussolini en Sicilia. Pronto lo destituyeron del cargo y se deshicieron de él en la forma tradicional. Pero en el año 1942, debido a las purgas de Mori, la mafia siciliana sólo existía en pequeñas aldeas de montaña tales como Villalba. Sus otros cabecillas estaban muertos o habían huido a refugiarse en los Estados Unidos. Por el triunfo sobre los capos mafiosos, Mussolini recibió elogios del New York Times, que exultante manifestaba: “La Mafia está muerta, nace una nueva Sicilia”.

Así, cuando Earl Brennan se reunió con los capos en Montreal, éstos se mostraron muy contentos de cooperar con los enemigos de su perseguidor, Mussolini, y sonrientes aceptaron cuando el hombre de la OSS los invitó a “probar suerte con sus parientes”. Los jefes de la mafia ayudaron a Brennan a establecer contactos con los mafiosos sicilianos y también con inmigrantes italianos recién llegados a los Estados Unidos. Para llevar a cabo este trabajo, Brennan formó un equipo con tres oficiales de inteligencia: David Bruce, Max Covo y Victor Anfuso. Bruce, cuñado de Paul Mellon y uno de los rivales más odiados del super espía Allen Dulle, llegó a convertirse en comandante de las Operaciones Europeas de la OSS, más tarde hasta en embajador de los Estados Unidos en Londres y también en París, y luego en el negociador principal de las conversaciones de paz de Vietnam a principios de la década de 1970. Corvo era un soldado raso del ejército norteamericano de origen siciliano que reclutó a decenas de inmigrantes italianos recién llegados a Nueva York y Connecticut, a los que hizo infiltrar nuevamente en Sicilia durante las semanas previas a la invasión. Anfuso era un abogado de Nueva York de origen siciliano, integrante de la maquinaria del partido Demócrata que tenía lazos estrechos con Frank Costello y otros gángsters de la red de Luciano. Tras colaborar en el reclutamiento de inmigrantes sicilianos para la causa aliada, Anfuso reapareció en Italia cinco años más tarde, esta vez como agente de la CIA en el operativo mediante el cual se arregló el resultado de las elecciones de 1948, donde el dinero de la CIA y los matones de la Mafia ayudaron a revertir lo que había parecido una victoria indudable para los comunistas italianos.

En la OSS no todos estaban convencidos de la utilidad de esta alianza con la Mafia. Uno de los que especialmente se oponía era el mayor George Hunter White, director de operaciones de contraespionaje de la OSS en los Estados Unidos. White conocía a muchas de las bandas mafiosas por su trabajo previo como agente de la Oficina de Estupefacientes y Drogas Peligrosas (BNDD). White se había dedicado a buscar espías y posibles traidores en el Proyecto Manhattan, el programa norteamericano para crear una bomba atómica. También buscaba a elementos subversivos dentro de la OSS, a la que se vinculaba con inclinaciones políticas –social y socialista– por la tendencia de la Universidad de Georgetown y por la de sus miembros izquierdistas como Norman O. Brown y Herbert Marcuse1.

Para llevar a cabo estos fines de investigación, White había trabajado con científicos de la OSS en un “suero de la verdad” a usarse en las interrogatorios. En ese momento, la droga más eficaz elaborada en los laboratorios que la OSS tenía en el Hospital St.. Elizabeth a principios de la década de 1940 era una forma concentrada de marihuana, que inducía al sujeto a comportarse con “locuacidad y libertad al transmitir información”. Enterado del acuerdo que existía entre la OSS y la Mafia, White –quien más tarde pasaría a manejar algunos de los planes más abominables del programa de experimentación con drogas de la CIA– vio en los nuevos colaboradores de la OSS una magnífica oportunidad para probar la sustancia en un conejillo de Indias humano. A fines de mayo de 1943, White concertó una reunión con Augusto Del Gracio, un matón a las órdenes del rey del hampa de Nueva York, Lucky Luciano. White le ofreció a Del Gracio cigarrillos de tabaco mezclado con un concentrado de THC obtenido de la marihuana. Para gran satisfacción de White, Del Gracio parloteó abiertamente sobre cómo Luciano manejaba el comercio de la heroína. En determinado momento, Del Gracio le comentó a White: “Haga lo que haga, nunca se le ocurra decir nada de lo que le estoy contando”. Habiendo asesinado él mismo a muchos, el matón conocía muy bien el destino de soplones y traidores.

En una segunda reunión, White había aumentado el THC a tal punto que Del Gracio directamente quedó inconsciente durante dos horas. Después de las reuniones, White quedó satisfecho con la eficacia de su “suero de la verdad” pero aún más disgustado con la alianza que existía entre la OSS y la Mafia, al haber oído a Del Gracio hablar sobre el alcance mundial de las redes del narcotráfico de Luciano. White le instó firmemente a Bill Donovan, director de la OSS, que se desvinculara de las bandas delictivas. Donovan accedió al pedido, y la OSS transfirió la mayoría de sus operaciones de inteligencia en Italia y Sicilia a la Oficina de Inteligencia Naval (ONI), que ya había realizado sus propias tentativas de acercamiento a la Mafia como parte de la campaña de prevención de los actos de sabotaje en Nueva York. La decisión no fue bien vista por Max Corvo, a quien habían apartado de sus contactos con la Mafia dentro de Sicilia y obligado a mantenerse al margen en el Norte de África cuando el Séptimo Ejército de Patton llegaba a las playas de Gela y Licata con la ayuda de agentes de la Oficina de Inteligencia Naval.

La Marina tenía buenas razones para preocuparse. Entre el 7 de diciembre de 1941 y el 28 de febrero de 1942, los Aliados habían perdido setenta y un buques mercantes cerca de la costa atlántica por ataques de submarinos alemanes. Los servicios de inteligencia aliados creyeron que muchas de las pérdidas se debían a los eficaces actos de espionaje que realizaban los alemanes en el monitoreo de los barcos cuando partían de Nueva York. También había indicios de que a los submarinos alemanes se los reabastecía cerca de las costas norteamericanas. La ONI instaló una oficina en Nueva York dirigida por el capitán Roscoe McFall, un veterano de la marina de cuarenta años de edad. El director de la ONI, el contra-almirante Arthur Train, le había encargado a McFall ocuparse de la seguridad de la costa de la ciudad de Nueva York a cualquier precio. Respecto de esto, McFall expresó: “La situación de toda la zona costera era una preocupación oficial. Para la Inteligencia Naval, era de gran interés toda la información sobre un posible sabotaje por parte de agentes enemigos en el puerto de Nueva York, así como cualquier información sobre actividades subversivas entre los que trabajaban como changarines, estibadores y puestos similares. Es más, la Inteligencia Naval estaba sumamente interesada en obtener información sobre un probable desembarco de agentes enemigos en la costa”.

El equipo de McFall asentado en Nueva York incluía al comandante Charles Haffenden, quien dirigía una unidad de investigación llamada B-3, y al teniente Anthony Marzullo, abogado y ex colaborador del gobernador de Nueva York, Thomas Dewey, que era experto en Sicilia. En diciembre de 1941, McFall le ordenó a Haffenden y a Marzullo elaborar una estrategia para conseguir la ayuda de personalidades del hampa neoyorkina. Más tarde McFall dijo que “utilizar informantes del hampa fue un riesgo calculado que asumí como Oficial del Distrito de Inteligencia”. A los pocos meses, más de 150 oficiales de la ONI participaban en las operaciones de contraespionaje, las que el grupo llamaba ferret squad (“brigada hurón”). Más tarde Marzullo explicaba: “Este tipo de inteligencia no es competencia del departamento policial. Su función es prevenir; para lo cual hay que tener un sistema y éste tanto en alcance como en latitud debe valerse de todos los medios posibles que impidan al enemigo conseguir ayuda de otros. Y cuando digo todos los medios posibles, incluyo el denominado hampa”.

La tarea de la ONI se volvió un asunto más urgente el 9 de febrero de 1942, cuando el buque norteamericano Normandie, al que se había reacondicionado para navegar a alta velocidad y así evadir a los submarinos alemanes, se hundió en llamas en su dársena del río Hudson. Aunque es muy probable que el hundimiento del Normandie haya sido un accidente, en ese momento se sospechó firmemente que había sido un acto de sabotaje. Tras el desastre del Normandie, McFall ordenó a sus oficiales que utilizaran los servicios y las oficinas de la policía y del fiscal de distrito de la ciudad de Nueva York para ayudar a establecer contactos con la Mafia.

El 7 de marzo, McFall y Haffenden tuvieron la primera de una serie de reuniones con Frank Hogan, fiscal de distrito de Manhattan, y Murray Gurfein, su asistente a cargo del departamento del crimen organizado. Hogan aseguró a los oficiales de la ONI que les brindaría su total colaboración y ofreció entregarles todos los archivos que tuvieran información sobre las principales personalidades mafiosas de la ciudad. (Hogan, que colaboró con Thomas Dewey durante mucho tiempo, había ayudado a poner a Lucky Luciano tras las rejas en 1936 por obligar a ejercer la prostitución.) Haffenden, entonces a cargo de la búsqueda de informantes para la ONI, dijo que le interesaba hacer algo más que una simple búsqueda de contactos en la costa. Le preguntó a Hogan si sería posible conseguir que jefes mafiosos actuaran como inspectores en la supervisión de informantes. Hogan respondió que no habría problema, en especial porque los cabecillas mafiosos solían ser decididamente antifascistas debido a que Mussolini había estado aniquilando en forma sistemática a sus parientes italianos. Los marinos también se mostraron preocupados por lo confiables o no que pudieran ser las operaciones de inteligencia realizadas por la Mafia. Hogan les aseguró que amenazándolos con procedimientos legales selectivos y otras medidas punitivas se comportarían.

El asistente de Hogan, Murray Gurfein, –quien como juez federal fallaría a favor del New York Times treinta años después en el caso de los documentos del Pentágono– sugirió acercarse a Joey Socks Lanza (“Zoquetes”), quien entonces estaba acusado de extorsión. Lanza, un asistente de Luciano, controlaba el Mercado Pesquero de Fulton y el Sindicato Unido de Trabajadores de Mariscos. La acusación que pesaba sobre Lanza se debía a su costumbre de exigir coimas a los trabajadores del mercado pesquero y a los afiliados al sindicato y de golpear a quienes no le pagaban. Lanza tenía un extenso prontuario que incluía arrestos por conspiración, robo, atraco y asesinato. El oficial a cargo de su libertad condicional lo consideraba “un gángster despiadado”; lo cual no impidió que la Marina recurriera a él. El 26 de marzo, Gurfein y Haffenden acordaron reunirse con Lanza en la suite que tenía Haffenden en el hotel Astor, donde le pidieron al gángster que los ayudara a eliminar a espías y saboteadores del puerto de Brooklyn. Lanza rápidamente les dijo al fiscal de distrito y al espía de la marina que estaba dispuesto a cooperar: “Estoy con ustedes ciento por ciento; quiero terminar con esos hundimientos”.

Pero Lanza resultó más que nada ser un gran charlatán. Pasadas varias semanas, el matón le había dado a Haffenden poca información realmente útil. Su aporte más significativo fue proporcionarles carnés del sindicato a los espías de la marina para que pudieran meroderar por el puerto sin ser descubiertos. También sugirió que la operación de contraespionaje podría beneficiarse en gran medida si se conseguía el apoyo del capo mayor. Haffenden le preguntó a quién se refería. Y Lanza respondió que a Lucky Luciano: “Él es el amo y señor de todo el hampa”.

Charles Lucky Luciano, cuyo verdadero nombre era Salvatore Lucania, nació el 11 de noviembre de 1897, en la aldea de Lecara Freddi, cerca de Palermo, capital de Sicilia. En 1907 la familia Luciano se fue a vivir al bajo Manhattan, donde su padre, Anthony, consiguió trabajo en una fábrica de camas de bronce. Al poco tiempo, Charles se volcó a la vida delictiva, y en el año 1916 ya lo habían detenido por venta de drogas, el primero de una serie de arrestos que se sucedieron a lo largo de la década siguiente por una gama de delitos que iban desde atraco a mano armada pasando por narcotráfico y tenencia de armas hasta contrabando. Muchos de estos encontronazos con la ley eran producto de su violenta lucha por dominar la famosa banda delictiva Five Points.

En 1918 Luciano formaba parte de una organización que iba a existir durante medio siglo y que lo convertiría en el gángster más poderoso del mundo. A fines de octubre de ese año, Luciano estaba ocupado en la mundana tarea de golpear a una de sus prostitutas mientras un nervioso Bugsy Siegel, de catorce años en ese momento, observaba, con una navaja en la mano. Como los gritos de la prostituta bajaban hasta la calle, los oyó un hombre joven llamado Meyer Lansky, quien entró en la casa de piedra rojiza, subió corriendo, empujó la puerta, golpeó a Luciano en la nuca y lo separó de la mujer. La policía de Nueva York, que venían pisándole los talones a Lansky, detuvo a todos como correspondía. En el furgón policial, Lansky y Luciano entablaron una conversación y pronto descubrieron que compartían grandes áreas de interés. En aquel entonces, Lansky era el joven cerebro de la banda de Lepke y Gurrah, que manejaba gran parte del comercio de la heroína de Nueva York.

No pasó mucho tiempo hasta que Lansky convenció a Luciano de que la heroína era la mercancía perfecta del mercado negro: era fácil de contrabandear, existía una posibilidad de monopolizar el mercado y era sumamente rentable. El ingreso de Luciano en el narcotráfico lo apartó de los capos más viejos de la mafia siciliana, que se habían mantenido al margen del negocio de la droga, no por objeciones morales de ningún tipo sino porque pensaban que podría generar un antagonismo innecesario con la policía. El 16 de octubre de 1929, los viejos capos secuestraron a Luciano, lo llevaron a un depósito de Nueva Jersey, lo colgaron de las muñecas a una viga, le pegaron una cinta adhesiva en la boca, lo golpearon con un bate, le cortaron el cuello, lo apuñalaron con un punzón para picar hielo y lo dieron por muerto. Los matones no verificaron sus signos vitales, lo cual fue un gran error porque Luciano logró liberarse y prontó empezó a vengarse en forma rigurosa.

Durante los cuatro años siguientes, Luciano, Lansky y sus socios de Murder Inc. (Asesinato S.A.) eliminaron a más de setenta capos de la vieja guardia y crearon una organización delictiva que según Lansky estaba inspirada en la Standard Oil Trust de John D. Rockefeller. La junta directiva de la organización mafiosa estaba compuesta por Lepke, Gurrah, Luciano, Lansky, Siegel, Abner Longie (“el largo”) Zwillman, Vito Genovese, Dutch Schultz y Joe Adonis. Lansky una vez se jactó de que el imperio del hampa que habían levantado era “más grande que la US Steel”.

Como corresponde a quienes levantan imperios, Lansky y Luciano querían mantener el orden y evitar encontronazos conflictivos y sangrientos con la ley, para lo cual crearon un amplio sistema de coimas y sobornos. En la ciudad de Nueva York, éstos eran supervisados por Frank Costello, a quien el senador Estes Kefauver bautizó el “Primer Ministro” del hampa. El dúo también quiso tener un depósito en el extranjero para comercializar la heroína, por lo cual Lansky viajó seguido a Cuba a principios de la década de 1930 para llegar a un arreglo con Fulgencio Batista, el dictador respaldado por Estados Unidos, lo cual le dio a la organización el monopolio sobre el negocio del juego en La Habana además de la garantía de que sus cargamentos de heroína, elaborada en Sicilia y finalmente en Marsella, podrían desembarcarse y almacenarse allí hasta su posterior distribución en los Estados Unidos. A cambio de eso, Batista y sus amigotes se quedaban con el cincuenta por ciento de las ganancias de los casinos.

El hombre que más tarde Lansky y Luciano eligieron para que administrara los negocios del narcotráfico y el juego cubanos fue Santos Trafficante, un gángster de origen siciliano que vivía en Tampa. Trafficante y su hijo, Santos Jr., se hicieron íntimos amigos de Batista. Años más tarde, la CIA solicitó la ayuda de Santos Jr. para matar a Castro y hacer que Cuba recuperara la atmósfera similar a la de Mahagonny2 de la era de Batista.

En Nueva York, Luciano no renunció a su interés por la tradicional empresa de la prostitución sino que sólo le dio un nuevo giro comercial. Luciano buscaba a prostitutas que fueran adictas a la heroína y les pagaba con dosis diluidas del narcótico. Se obligaba a las prostitutas drogadas a trabajar a un ritmo sobreexplotador; tanto es así que cuando el fiscal de distrito de Manhattan, Thomas Dewey, empezó a poner a Luciano en la mira, las prostitutas con mucho gusto declararon en su contra. Por miedo a la ofensiva de Dewey, un asistente de Luciano, el psicótico Dutch Schultz, aconsejó asesinar al fiscal que había iniciado la cruzada contra el capo mafioso. Luciano y Lansky consideraron con razón que sería una imprudencia política y, en cambio, mandaron a los asesinos de Murder Inc. a matar a Schultz, lo cual irónicamente facilitó que Dewey encerrara a Luciano. Las prostitutas le contaron todo a Frank Hogan, cuyo estilo seductor y sacerdotal de interrogar le valió el apodo de “Padre Hogan”.

Los hombres de Dewey finalmente detuvieron a Luciano en 1936 en Hot Springs, Arkansas. Durante el juicio, Dewey, cuya ambición política era inmensa, apareció todos los días en la primera plana de los diarios y finalmente logró que se condenara al capo mafioso por no menos de sesenta y dos delitos. Luciano se ligó una condena de treinta a cincuenta años y, por recomendación de un psicólogo de la prisión –quien advirtió su violento temperamento e historia de consumo de drogas–, se lo sentenció a permanecer incomunicado, con el número de convicto 92168, en Dannemora, la penitenciaría más brutal de Nueva York.

Entre 1936 y 1942, Lucky Luciano trató de obtener clemencia o libertad condicional en tres oportunidades, pero todas las veces se rechazó su pedido. Luego, gracias a que Joey Lanza le hizo una sugerencia a Haffenden de la ONI, la suerte de Luciano cambió de repente. Inteligencia Naval empezó a tantear el terreno para contactar al gángster más importante de los Estados Unidos por medio del abogado de Luciano, Moses Polakoff, ex fiscal federal y veterano de Inteligencia Naval en la Primera Guerra Mundial, quien había mantenido estrechos vínculos con la armada desde entonces. Se dijo que Polakoff había cobrado honorarios de US$ 100.000 por su trabajo para Luciano en el juicio de 1936, suma astronómica en aquella época.

Polakoff le manifestó a Haffenden y a Gurfein, el fiscal de distrito, que se complacería en ayudar a la armada de cualquier manera posible, y creía que Luciano también. Polakoff agregó de forma elocuente: “Si Luciano hiciera un esfuerzo honesto por colaborar, tendrían que tener ese hecho en cuenta en el futuro”. Pero Polakoff dijo que había un problema: no conocía a Luciano lo suficiente en lo personal para hacerle ese tipo de oferta. No obstante, el abogado dio a entender que conocía al intermediario perfecto, alguien que “más allá de su reputación, era muy patriota, es decir, que sentía un gran afecto por nuestro país”. Polakoff se refería a Meyer Lansky.

Así, el 11 de abril de 1942, Haffenden, Gurfein y Polakoff se reunieron a desayunar con Lansky en Longchamps, un restaurante de la calle 58 Oeste de Manhattan. Lansky manifestó que con gusto le haría la propuesta a Luciano, pero les sugirió que el gángster se mostraría más dispuesto a cooperar si lo sacaban de los rigores de Dannemora y lo trasladaban a una prisión menos austera. La Oficina de Inteligencia Naval envió con rapidez una carta al director de institutos penales de Nueva York, John A. Lyons, para solicitar que se trasladara a Luciano a “mejores instalaciones”, donde podría ser interrogado por oficiales de la ONI y “otros”. Un memorándum de la ONI documenta que “ la Oficina de la División de Inteligencia solicitó el traslado de Charles Lucky Luciano de la prisión Clinton [es decir, Dannemora] a la prisión de Great Meadows para poder acceder a él con mayor facilidad… se nos notifica que se establecieron contactos con Luciano a partir de entonces y que su influencia sobre otros informantes del hampa llevó a que éstos colaboraran con Inteligencia Naval, lo cual se consideró útil para la Marina.”

El 12 de mayo Luciano fue trasladado a Great Meadows, una prisión relativamente nueva en las afueras de Albany. Lyons dio permiso para que Luciano se reuniera con Lansky y que las reuniones se llevaran a cabo sin los procedimientos de seguridad acostumbrados para los visitantes, como la toma de huellas dactilares y la presencia de un guardia. El director de institutos penales, John Lyons, dijo que con gusto le había hecho esas concesiones a Luciano “para salvar la vida de un único soldado en un solo buque norteamericano”.

El 17 de mayo, Lansky y Polakoff viajaron en tren a Great Meadows y le transmitieron a Luciano que Inteligencia Naval requería su colaboración. Lansky luego testificó que, al principio, Luciano se mostró reacio a aceptar la propuesta de la Marina, y aceptó sólo a condición de que el arreglo se mantuviera en secreto. Lansky declaró que “Luciano tenía una orden de deportación adjunta a sus documentos y no quería que su colaboración con el gobierno de los Estados Unidos se hiciera pública porque cuando fuera deportado y regresara a Italia, podrían lincharlo. Luciano tenía miedo de que lo agredieran físicamente “. Los oficiales de inteligencia no tuvieron ningún problema en mantener el secreto , ya que ellos mismos tenían buenas razones para guardar silencio.

En reuniones posteriores, Lansky y Luciano planearon la logística de lo que la Marina tanto quería conseguir: que la Mafia ordenara a los trabajadores portuarios cooperar con la campaña contra el sabotaje. Luciano le dijo a Lansky que contactara a Johnny Cockeyed (“el bizco”) Dunn, jefe del puerto del río Hudson y matón de Luciano en la Asociación Internacional de Estibadores; a los hermanos Camarda, que manejaban el muelle de Brooklyn; a Mickey Lascari, amigo de la infancia de Luciano que dirigía las operaciones de Nueva Jersey; a Frank the hands (“manos”) Costello, secuaz político de Luciano y a Albert Anastasia, presidente de la organización mafiosa, quien se encargaría de todo aquel que no cumpliera las órdenes. Luciano le ordenó a Lansky: “Ve y menciona mi nombre, que mientras tanto yo voy a hacer correr la voz, así no tienes ningún inconveniente”.

En las semanas siguientes, hubo un desfile continuo de capos mafiosos hacia la prisión de Great Meadows para recibir instrucciones personales de Luciano. Los visitantes que contaban con la autorización personal de Lyons, el director de institutos penales, eran Lanza, Costello, Joe Adonis y Bugsy Siegel. La frase que Lyons utilizaba para justificar estas visitas era: “así el interno colabora con los planes para ganar la guerra” .

Mientras tanto, Lansky se reunía con Haffenden y otros oficiales de Inteligencia Naval en el centro de operaciones que éstos tenían en el hotel Astor, para organizar la infiltración de agentes de Inteligencia Naval en el puerto y los sindicatos que ahí funcionaban. Esta era una época en que se despachaban cargamentos especiales de material bélico a Gran Bretaña y a África del Norte para la planeada invasión a Europa. La Marina no sólo estaba preocupada por los actos de sabotaje, sino también por las huelgas y los paros laborales, especialmente por el activismo sindical de Harry Bridges, el sindicalista de origen australiano que tenía estrechos vínculos con el Partido Comunista y que había dirigido el paro general de 1934 en el puerto de San Francisco. El Departamento de Justicia estaba ocupado tratando de deportar a Bridges cuando éste apareció en la costa Este en 1942, viajando entre Boston y Nueva York, alentando a los trabajadores portuarios a abandonar la Asociación Internacional de Estibadores infestada de mafiosos y a unirse a su Sindicato Internacional de Estibadores y Trabajadores de Depósitos.

No fue la última vez que existió una confluencia de intereses entre organizaciones delictivas y de inteligencia para aplastar a sindicatos radicalizados. La misma historia habrá de repetirse en Shangai y en la Italia y Francia de posguerra. Cuando hubo que ayudar a organizaciones delictivas y carteles del narcotráfico, y aplastar a movimientos políticos o sindicatos independientes, la CIA y sus predecesores nunca dudaron un instante en hacer causa común con delincuentes. A modo de ejemplo, véase la agradable conversación que mantuvieron Haffenden y Joey Socks Lanza en 1942, preocupados por el activismo sindical de Bridges, cuyo nombre cifrado era Brooklyn Bridge3. La conversación telefónica fue intervenida y grabada por el fiscal de distrito de Manhattan, Frank Hogan, quien estaba siguiendo de cerca la alianza entre Inteligencia Naval y la Mafia:

Haffenden: ¿Cómo va lo de Brooklyn Bridge?

Lanza: Ninguna novedad.

Haffenden: No quiero ningún problema en los muelles durante los momentos críticos.

Lanza: No va haber ningún problema. De eso me encargo yo. Te llamo y nos reunimos.

Haffenden: Muy bien, Socks.

La huelga planeada por Bridges fue interrumpida como correspondía por matones de la Mafia bajo la supervisión de Albert Anastasia, a quien Luciano describió como una persona “dispuesta a matar a todo aquel al que tuviera entre cejas”. Cuando semanas más tarde Bridges apareció en una concentración en la ciudad de Nueva York , Lanza se ocupó del asunto personalmente: “Tuve una pelea con él. Le dí una paliza, y nada más”, recordó. Entre 1942 y 1946, hubo veintiséis asesinatos que nunca se esclarecieron de dirigentes sindicales y trabajadores portuarios, supuestamente asesinados y arrojados al río por la Mafia, en connivencia con Inteligencia Naval.

Si hubiera que hacer un balance sobre quién se benefició más con la alianza entre la Mafia e Inteligencia Naval, la respuesta con certeza sería los gángsters. En primer lugar, la alianza tuvo consecuencias fatales para el sindicalismo honesto y los sindicatos izquierdistas de la costa Este, y para la ILA (Asociación Internacional de Estibadores), devastados por el gangsterismo y la corrupción. Sin embargo, los triunfos de los servicios de inteligencia no siempre fueron claros. La operación más exitosa tuvo que ver con las visitas que el senador David Walsh, de Massachusetts, hacía a lo que extrañamente se describió como “una casa de mala reputación”. El establecimiento en cuestión era un prostíbulo masculino a orillas del río Este, cuyo dueño,un norteamericano de origen alemán, tenía afinidad con Hitler y el Tercer Reich. Lansky le contó a Haffenden que uno de los habitués del local era Walsh e inmediatamente el nombre del senador le resultó conocido. Haffenden recordó que Walsh estaba en la comisión del Senado que supervisaba a la Marina, y que se le indicó discretamente que buscara placer en un establecimiento más patriótico (y el buen senador sin duda creyó que era necesario votar a favor de presupuestos más altos para la Marina durante el resto de su mandato parlamentario). Al poco tiempo, se hizo una redada en el prostíbulo. El dueño y tres agentes nazis fueron detenidos, condenados por espionaje y sentenciados a veinte años de prisión.

La Marina pudo adjudicarse un golpe de inteligencia más importante en Sicilia. En enero de 1943 Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt se reunieron en Casablanca para planificar la invasión a Europa del sur. Se eligió Sicilia como punto inicial de ataque, pero había algunos problemas con esta elección. Los Aliados no tenían mapas, tablas de mareas, planos de muelles ni ningún tipo de inteligencia topográfica similar. Las potencias del Eje tenían desplegados 400 mil soldados en Sicilia y aunque había partisanos pro-aliados, la información que se tenía sobre ellos era poco clara. La Oficina de Inteligencia Naval ordenó al comandante Haffenden interrogar a inmigrantes recién llegados de Sicilia, lo cual él hizo, una vez más con la colaboración de Luciano, que puso el asunto en manos de Joe Adonis. Adonis, a quien el senador Estes Kefauver llamó “el gángster más siniestro de todos”, reunió a cientos de sicilianos para que fueran interrogados por los oficiales de la ONI, Paul Alfieri y Anthony Marzulla, y por el cartógrafo, George Tarbox. De estos interrogatorios surgieron más de 5.000 expedientes, cuyas copias se enviaron a Washington, a los encargados de planificar la invasión. Tarbox también confeccionó decenas de mapas en gran escala de caminos, pasos de montañas, puertos y ubicaciones de posibles colaboradores.

A esta altura Haffenden empezó a contemplar la idea de que había que enviar a Luciano a Sicilia antes de la invasión para “contactar a nativos del lugar y conseguir que apoyen los planes bélicos norteamericanos”. Haffenden elaboró un minucioso plan para conseguir que el gobernador de Nueva York, Thomas Dewey, indultara a Luciano, tramitarle esos documentos y mandarlo a Portugal, y de ahí a Sicilia. La propuesta siguió su curso hasta llegar al secretario naval, quien rechazó el plan de inmediato. Luciano habría de pasar tres años más en la prisión de Great Meadows.

En 1943, junto con la primera oleada de tropas invasoras aliadas, viajaron también varios oficiales instruidos por informantes que habían pasado por el filtro de la dupla Haffenden-Luciano. Los dirigía el teniente Paul Alfieri. Apenas llegaron, Alfieri estableció contactos con miembros de la mafia siciliana, quienes lo llevaron a las oficinas del Comando Naval Italiano en una incursión ilegal nocturna que les permitió alzarse con información, mapas de campos minados, listados de códigos y datos sobre dónde estaban desplegadas las tropas del Eje.

Esto fue ciertamente un triunfo. En qué medida contribuyó al éxito de la invasión es difícil de saber. Sin embargo, se puede afirmar con certeza que la mafia siciliana se benefició en gran medida con la alianza. Cientos de mafiosos fueron puestos en libertad, y cuando se nombraron autoridades civiles en toda Sicilia, los Aliados pusieron a decenas de capos mafiosos como alcaldes, incluso a Don Calogero Vizzini. Los comandantes aliados hasta llegaron a nombrar coronel honorario a Don Calo, quien devolvió el favor utilizando su poder para eliminar a sus rivales y destruir copias del extenso prontuario que tenía.

En su minuciosa historia de la invasión, el historiador siciliano Francesco Renda afirma que “era imposible que los Aliados no ganaran, y las personas aún en pleno uso de sus facultades para pensar y decidir por sí mismas sacaron las conclusiones lógicas… el mecanismo de la corrupción mafiosa del gobierno de la isla y del Gobierno Militar Aliado se propulsaba solo, también porque no encontraron el menor obstáculo por parte de los diversos funcionarios de Asuntos Civiles”.

El oficial clave que supervisó este triunfo del gangsterismo, que ensombrecería a Sicilia durante las dos generaciones siguientes, fue el director del Gobierno Militar Aliado (AMGOT) de Italia del sur y Sicilia, el coronel Charles Poletti, ex vicegobernador de Nueva York. Como Poletti conocía los asuntos neoyorquinos, era muy poco probable que no estuviera al tanto de los antecedentes oscuros del hombre que eligió para que fuera su intérprete: Vito Genovese. El cruel Genovese había administrado la red de juegos y narcotráfico de Luciano en Nueva York hasta 1936, cuando abandonó Nueva York para huir de los cargos en su contra que presentó Thomas Dewey por el asesinato de los gángsters rivales Willie Gallo y Ferdinand the Shadow (“la sombra”) Boccia. Cuando Genovese ya partía para Nápoles, Luciano le ordenó a Meyer Lansky que “se ocupe de que Vito llegue sano y salvo”.

Como Genovese conocía la enemistad que tenía Mussolini con la Cosa Nostra, llegó a Italia con un obsequio apropiado para el Duce: US$ 200.000 en efectivo. Así fecundada, la amistad entre Mussolini y Genovese floreció hasta tal punto que cenaban juntos y Mussolini lo ponía a prueba sobre sus conocimientos de cultura norteamericana, especialmente sobre cine. Sin embargo, en 1942, Genovese era un agente de la alianza entre Luciano e Inteligencia Naval y servía de vínculo entre espías de la marina y los capos mafiosos de Sicilia occidental, especialmente Don Calo. Cuando Poletti (a quien Luciano más tarde describió como “un buen amigo nuestro”) llegó a Nápoles para asumir como director del AMGOT, Genovese lo recibió con un obsequio de bienvenida: un Packard modelo 1939.

Genovese sacó el máximo provecho de su lugar cerca de Poletti para ampliar sus operaciones en el mercado negro napolitano usando camiones militares de los aliados, con la cooperación de Don Calo, para sacar del país cargamentos ilegales de aceite de oliva, azúcar y otros productos que salían por el puerto aliado de Sicilia, perpetuando así el mismo sabotaje que la ONI pretendía extinguir con la ayuda de la Mafia en Nueva York.

Orange Dickey, un ex agente del FBI que trabajaba para el ejército de Estados Unidos e investigaba las operaciones del mercado negro en Italia, rastreó la sociedad Genovese-Don Calo, detuvo a Genovese y lo mandó de vuelta a Nueva York para enjuiciarlo. Después de la muerte del principal testigo en su contra, con “suficiente veneno como para matar ocho caballos”, Genovese fue absuelto, y a partir de entonces gozó de una extraordinaria prosperidad: se convirtió, una vez más, en el jefe del negocio de las drogas de Luciano en Nueva York, y, en última instancia, en “jefe” de la ciudad y el gángster más sanguinario.

El 8 de mayo de 1945, el día de la victoria aliada en Europa, Moses Polakoff presentó al gobernador Thomas Dewey un pedido de clemencia para Luciano aduciendo que el mafioso “había brindado ayuda valiosa, sustancial e importante a los mandos militares de los Estados Unidos, y se sostenía que su información y cooperación habían contribuido con la guerra”. El pedido de Polakoff incluía una carta del Comandante Haffenden de Inteligencia Naval, que escribió con entusiasmo sobre el papel patriótico de Luciano: “Estoy seguro de que la mayoría de la inteligencia desarrollada en la campaña de Sicilia fue responsable directa del número de sicilianos que surgieron de los contactos de Charles “Lucky” Luciano”.

Polakoff también había solicitado una carta de apoyo al ex fiscal de distrito, Murray Gurfein, ahora coronel de la OSS. Para disgusto de Polakoff, el hábil Gurfein le envió esa carta solamente al fiscal de distrito Hogan, y solicitó que se difundiera públicamente sólo si Inteligencia Naval lo aprobaba. Desde luego, Inteligencia Naval quiso que el asunto permaneciera en secreto.

El 3 de diciembre de 1945, la Comisión de Libertad Bajo Palabra de Nueva York votó por unanimidad conceder clemencia a Luciano a condición de que se lo deportara a Italia. Esto fue posible porque, a diferencia de su padre y hermanos, Lucky nunca había adquirido la ciudadanía norteamericana. Dewey evaluó el asunto un mes, y durante ese tiempo lo aconsejaron con prudencia tres personas clave, amigos suyos, el Secretario Naval James Forrestal, John Foster Dulles y Allen Dulles de la OSS. El 3 de enero de 1946, Dewey concordó con la Comisión de Libertad Condicional y conmutó la sentencia de Luciano; diciendo esto: “Cuando Estados Unidos entró en la guerra, los servicios armados solicitaron la ayuda de Luciano para inducir a otros a que entregaran información sobre posibles ataques enemigos. Al parecer, él colaboró con ese objetivo, aunque no se sabe bien el verdadero valor de la información obtenida”.

El 9 de febrero, una alegre multitud de mafiosos se reunió en el vapor de carga “Laura Keene”, al que habían llevado a Luciano después de ser liberado de Great Meadows. Frank Costello, Joe Adonis, Mikey Lascari y Meyer Lansky, que alzaban copas de champaña y engullían langosta, habían tenido la consideración de llevarle a Luciano dos maletas, una con ropa y la otra con un millón de dólares en efectivo. Cuando Luciano llegó a Italia, fue recibido por una banda vestida con uniformes de color rojo, blanco y azul que tocaba “Barras y Estrellas.”

Luciano se radicó en Nápoles y muy pronto captó las operaciones del mercado negro abandonadas por Vito Genovese. Era una empresa lucrativa. Uno de los subordinados de Luciano dijo después que ellos “le compraban a la Comisión Agrícola un quintal de granos por 2.000 liras y lo vendían en el mercado negro por más de 15.000 liras”. También estableció lazos comerciales con Don Calo en Sicilia, con quien creó algunas empresas pantalla, entre las que se contaba una fábrica de caramelos, una proveedora de insumos hospitalarios y una exportadora de frutas. Los gángsters hasta llegaron a hacer negocios inmobiliarios con la princesa Ana de Francia. Luciano no fue el único mafioso deportado. Durante los siguientes cinco años, más de quinientos gángsters nacidos en Italia serían enviados de vuelta a su tierra. Estos criminales conformarían la principal fuerza laboral del plan más importante de Luciano: el de dar un nuevo ímpetu a su imperio mundial de drogas.

La heroína seguía siendo el centro del negocio. Al principio, Luciano conseguía un suministro casi ilimitado, y a bajo precio, de un proveedor legal, la Schiaparelli Company, un importante laboratorio farmacéutico con sede en Milán. Luciano compraba a Schiaparelli doscientos kilos de heroína por año, la embarcaba a Cuba, donde la adulteraban y desde ahí la ingresaba de contrabando en Miami y Nueva York. Las operaciones cubanas eran supervisadas por Santos Trafficante y su hijo, Santos Jr.

A Luciano le intrigaba tanto Cuba que visitó la isla en 1947 y convocó allí una reunión de su comisión nacional del crimen. En esta reunión, a la que asistieron Genovese, Lansky, Anastasia, Trafficante y Sam Giancana, se estableció la logística de la nueva distribución de heroína y se finalizaron los planes para liquidar a Bugsy Siegel. Luciano pensaba radicarse en La Habana. Cuando Harry Anslinger, director de la Oficina de Estupefacientes y Drogas Peligrosas (en inglés BNDD), se enteró, el zar de las drogas convenció a Fulgencio Batista de que la presencia de Luciano en La Habana significaría una vergüenza pública para el dictador respaldado por Estados Unidos. Un informe de la época, emitido por la BNDD, sostenía que Luciano había convertido a Cuba “en el centro de todas las operaciones internacionales de estupefacientes”.

Anslinger también presionó al gobierno italiano para que eliminara las ventas legales de heroína de Schiaparelli, las que finalmente cesaron en 1950. Sin embargo, Luciano estaba preparado para esa eventualidad y ya había establecido contacto con Sami El-Khoury, un libanés traficante de opio. El-Khoury, que sobornaba a la policía libanesa y a los agentes aduaneros con dinero de Luciano, importaba opio sin refinar cultivado en la meseta de Anatolia, en Turquía, a Beirut, donde se lo procesaba para lograr pasta base de morfina. Del Líbano, embarcaban la base de morfina hasta los laboratorios de heroína en Sicilia, y después, a Marsella. Desde ahí se enviaba la droga a Cuba, por lo general dentro de naranjas de cera, cada una con capacidad para 120 gramos de heroína.

La indulgencia oficial que se tuvo para con la red de tráfico de estupefacientes de Luciano continuó hasta mediados de la década del cincuenta. Si bien Anslinger había mandado varios agentes de la BNDD, en particular a Charles Siragusa, para seguirle los pasos a Luciano en Italia, ellos nunca pudieron detener a nadie por mucho tiempo. De hecho, hasta 1956, no se detuvo a ninguno de los cabecillas en la escala jerárquica mafiosa, aún cuando una vez Siragusa descubrió a Luciano con casi media tonelada de la droga, a la que estaban preparando para embarcar a La Habana. Lucky Luciano fue el primer “Don Escurridizo”.

La Marina observó con inquietud el resurgimiento de Luciano como líder mundial del crimen. Cuando se empezaron a filtrar al periodismo noticias sobre el papel que jugó la ONI para que él saliera de la cárcel, (Walter Winchell sugirió, en realidad, que Luciano estaba próximo a recibir la Medalla de Honor del Congreso), la Marina se apresuró a borrar sus huellas. Se les ordenó a los archivistas de la Oficina de Inteligencia Naval que “reunieran y quemaran” todos los registros y mapas que se hubieran generado a raíz de la relación entre Luciano e Inteligencia Naval. A los agentes que participaron en el asunto se les ordenó que negaran todo tipo de relación con los mafiosos. Siguiendo estas órdenes, el Capitán McFall informó al New York Post en 1948 que Luciano no había hecho ningún tipo de aporte a la campaña durante la guerra.

Después, en 1950, el opositor de Thomas Dewey en la carrera gubernamental, el diputado Walter Lynch, acusó a Dewey de aceptar coimas de Luciano. A esta acusación le siguió una nota de la revista True que pretendía citar al propio Luciano jactándose de haberle dado al Partido Republicano de Nueva York 75.000 dólares para que lo sacara de Dannemora. Más tarde, tanto Luciano como Lansky desmintieron la historia, y Lansky auguró que si los periodistas tergiversaban las palabras de Luciano lo hacían a su propio riesgo. Cuando el Comandante Haffenden confirmó en público la relación de Luciano con agentes navales, la Marina comenzó a desprestigiar a Haffenden sugiriendo a algunos que estaba desequilibrado mentalmente, y a otros que quizás había iniciado a una asociación ilícita con la Mafia durante la década de 1940 y ahora trataba de salvar su pellejo.

En 1951, en diferentes audiencias sobre el crimen organizado presididas por el populista de Tennessee Estes Kefauver se intentó ahondar en la historia. La Mafia se negó a declarar, y los funcionarios de la CIA (que hablaban en nombre de sus antecesores de la OSS) y la ONI negaron rotundamente cualquier relación con Luciano durante la guerra. A esto le siguió la descabellada acusación del senador demócrata nacional Louis Cioffi, en el recinto de la Asamblea General de Nueva York, situado en Albany, de que Luciano había sobornado a Dewey con 300.000 dólares.

Había sobradas razones para sospechar que la Marina pudo haber montado las historias en contra de Dewey, tanto para cubrir sus propias huellas como para contraatacar al gobernador por las críticas lanzadas por Dewey entre los agentes de los servicios de inteligencia cuando fue adversario de Truman en las elecciones de 1948. Irónicamente, los ataques de Dewey a la política exterior de Truman fueron hábilmente creados por sus asesores secretos, John Foster Dulles y el secretario naval James Forrestal. Cuando Truman se enteró de los asuntos encubiertos entre Forrestal y Dewey, el secretario naval fue informado de que sus días en el gobierno estaban contados. En su último día de trabajo, Forrestal permaneció horas sentado a su escritorio en estado de trance, murmurando que los comunistas, los mafiosos y los judíos lo habían aniquilado. Al final, Forrestal terminó en el hospital naval de Bethesda. El 22 de mayo de 1949, mientras transcribía una traducción de Ajax, de Sófocles, Forrestal trató de colgarse de una ventana abierta con un cordón del pijama. El cordón se cortó y él cayó desde 37 metros de altura, lo que le produjo la muerte instantánea.

En 1954, cuando las imputaciones en contra de Dewey alcanzaron un punto culminante, William Herlands, comisionado de investigaciones de Nueva York, comenzó a investigar el asunto. Citó entonces a los “capos” mafiosos, a miembros de la oficina del Fiscal de Distrito de Manhattan y del Departamento de Institutos Correccionales de Nueva York. Sacó a la luz cientos de horas de conversaciones grabadas entre espías de la marina y jefes de la mafia. Pero entonces Herlands se topó con la Marina de Estados Unidos. La Oficina de Inteligencia Naval expresó que accedería a cooperar con tres condiciones: no le entregarían información secreta; funcionarios de seguridad de la marina supervisarían todos los interrogatorios a ex agentes; y el informe final de Herlands no sería dado a conocer al público.

El director de la Oficina de Inteligencia Naval, contralmirante Carl Espe, temía, con justa razón, que la publicación del informe de Herlands “pudiera perjudicar a la Marina… e hiciera peligrar futuras operaciones de similar naturaleza”. En una carta dirigida a Herlands, Espe escribió: “Parece ser inevitable que la publicación de este Informe inspire una ráfaga de historias `de suspenso´… Es difícil saber en qué punto se detendrán los publicistas imaginativos e irresponsables en su búsqueda de episodios jugosos para satisfacer el paladar del público. Se advierte que existe un potencial escándalo para la Marina”.

Herlands accedió a las exigencias de la Marina. Obtuvo testimonios condenatorios de McFall, Alfieri, Marzullo y de otros agentes de la marina involucrados en las operaciones de Luciano. También localizó al ex jefe del programa de contraespionaje de la marina, que en ese momento vivía en Pórtland, Oregon, quien reconoció que los acuerdos con la Mafia habían sido aprobados por las máximas autoridades del gobierno de Estados Unidos. El informe de Herlands concluía diciendo que “la evidencia demuestra que Inteligencia Naval obtuvo la asistencia y cooperación de Luciano según el incremento y desarrollo de los requerimientos de la seguridad nacional”. El investigador cumplió su palabra. El informe fue entregado a la Marina y a Dewey, pero no al público; y permaneció oculto durante veinte años. Al morir Dewey, Rodney Campbell, que había sido elegido para editar sus papeles, lo descubrió y, con la aprobación de sus herederos, escribió un libro notable sobre el tema titulado The Luciano Project.

Pero los treinta años de negaciones y entredichos de la Marina contra Dewey se habían solidificado en la opinión ortodoxa del periodismo. Claire Sterling, esa profesional de la fantasía, en su libro de 1986 sobre el tráfico de heroína de la mafia siciliana, Octopus, reduce la colaboración entre Luciano y la Marina a una especie de leyenda de gángsters. Aun cuando Octopus fue publicado diez años después que The Luciano Project, Sterling no mencionó el informe de Herlands, y citó en cambio las desmentidas oficiales ante la comisión de Kefauver.

Lo que ahora no puede negarse es que los organismos de inteligencia de los Estados Unidos dispusieron la liberación de prisión del zar supremo de la droga a nivel mundial, le permitieron reconstruir su imperio de estupefacientes, observaron cómo aumentaba el flujo de drogas en los guetos mayormente negros de Nueva York y Washington D.C. y después mintieron sobre lo que habían hecho. Esta primera saga sobre la relación entre espías norteamericanos y mafiosos estableció pautas que luego se repitieron de Laos a Birmania y de Marsella a Panamá.

Lucky Luciano murió en 1962 de un infarto en el aeropuerto de Nápoles. Allí se iba a encontrar con un productor de Hollywood interesado en hacer una película de su vida. Semanas antes de morir, Luciano fue entrevistado por un periodista de la Associated Press, que le preguntó por qué había sido liberado de la cárcel. “Fui perdonado por los importantes servicios que presté a los Estados Unidos”, respondió Luciano, y luego sonrió abiertamente. “Y, porque, después de todo, se dieron cuenta de que era inocente”.

Desde sus comienzos, la CIA mantuvo las mismas políticas que sus antecesores con respecto a incorporar a su negocio a las organizaciones mafiosas. Ya en 1947, la Agencia respaldaba a los productores de heroína en Marsella, Birmania, el Líbano y en el oeste de Sicilia.

La Agencia dio sus primeros pasos en la vida burocrática el 26 de julio de 1947, luego de un período de gestación de más de un año. El jefe de la OSS, Bill Donovan, le había propuesto por primera vez a Franklin Delano Roosevelt un Servicio Central de Inteligencia de posguerra en el otoño de 1944. El presidente se mostró entusiasmado por la idea, pero murió sin haber tomado ningún curso de acción al respecto. Mientras Harry Truman reflexionaba sobre el plan de Donovan, dos personas influyentes ejercieron una fuerte presión en contra de tal idea. Uno de ellos fue el director del FBI, J. Edgar Hoover, quien consideraba cualquier tipo de organismo de posguerra como un peligro para su propia organización, y lanzó una hábil campaña de propaganda. Los amigos de Hoover que trabajaban en los medios –entre ellos Walter Trowhan del Washington Times Herald– publicaron artículos donde sostenían que Donovan “estaba por crear un servicio de inteligencia todopoderoso para espiar al mundo de la posguerra y entrometerse en la vida de los ciudadanos dentro del país”. Instigado por Hoover, Trowhan hizo trascender historias no del todo ficticias de agentes de inteligencia amantes del lujo que no se privaban de nada, y que usaban el soborno para financiarse.

El otro, tan vehemente como Hoover, fue el secretario naval James Forrestal. Ya dominado por la paranoia, Forrestal consideraba a la OSS como a un nido de criptocomunistas que habían entregado información a los servicios de inteligencia franceses y demostrado una inadecuada afición a Chou En-lai y la revolución comunista china. Forrestal exhortó a Truman a que liquidara a la OSS y le devolviera la supervisión de la inteligencia a la ONI y al G-2 del ejército. Truman aceptó el consejo, y poco después del día de la victoria sobre Japón firmó una orden tajante en la que informaba a Donovan que la OSS y el propio Donovan quedaban fuera de la actividad para siempre.

Sin aprobación del Congreso y sin financiamiento del Pentágono, el control de los dispares organismos de inteligencia estadounidenses quedó en manos del almirante Sydney Souers, jefe del Grupo Central de Inteligencia (CIG). Souers había trabajado para Inteligencia Naval durante la guerra y era leal a Forrestal. Para esa época, los agentes del ejército estadounidense y de Inteligencia Naval estaban ocupados reclutando espías nazis, hombres de las SS y científicos, y contratando a monstruos como Klaus Barbie para que trabajen para el gobierno de Estados Unidos. George Kennan, del Departamento de Estado, fue un gran partidario de tales contrataciones. Kennan se oponía enérgicamente a los juicios de Nuremberg. En un memo dirigido a Henry Leverich, del Departamento de Estado, que planeaba la reconstrucción económica de la Alemania de posguerra, escribió: “Nos guste o no, el noventa por ciento de lo fuerte, capaz y respetado de Alemania ha sido volcado hacia esas mismas categorías del gobierno alemán que pretendemos purgar; es decir, hacia aquellos que han sido más que miembros nominales del Partido Nazi”.

En una carta de la misma época, Kennan instó a John J. McCloy, embajador de Estados Unidos en Alemania, a que liberara a miles de criminales de guerra nazis porque “el grado de culpa relativa que tales investigaciones pudieran sacar a la luz es algo que yo, como estadounidense, preferiría no conocer”.

Para el año 1947, Forrestal y Kennan comenzaban a entender que hacía falta un nuevo organismo de inteligencia, permanente y bien financiado, con capacidad no sólo para recopilar información, sino también para grandes operativos subversivos. Lo que tenían en mente estos estrategas de la Guerra Fría eran las elecciones de Italia del año 1948, en las que el resultado de las urnas bien podría arrojar una mayoría comunista. Si se perdía Italia, dijo Kennan: “nuestra posición en el Mediterráneo, y posiblemente también en Europa, se vería debilitada”.

Con la ley de Seguridad Nacional, aprobada en 1947 y redactada por Clark Clifford, un demócrata joven y ambicioso, se creó tanto la Fuerza Aérea como el Consejo de Seguridad Nacional, se cambió el nombre del Departamento de Guerra por el de Departamento de Defensa, y, casi a último momento, se creó la Agencia Central de Inteligencia. Nadie prestó mucha atención a lo que decía la ley sobre el tema de la inteligencia, expresó Clifford después. Forrestal declaró ante el Congreso que la función de la CIA consistiría en un análisis de la información y que no tendrían actividad a nivel nacional. A los pocos meses, ambas restricciones habían sido violadas y Forrestal fue el principal responsable.

La ley de Seguridad Nacional fue sancionada en julio. En septiembre, Forrestal ya le ordenaba al nuevo director de la CIA, el almirante Roscoe Hillenkoetter, que llevara a cabo operaciones encubiertas en Europa (en Italia y Grecia). Hillenkoetter consideró que eso sería ir más allá de las funciones legales de la CIA, y pidió la opinión de Lawrence Houston, el asesor legal del organismo. El 25 de septiembre de 1947, Houston escribió un memo en el que sostenía que aun en el lenguaje deliberadamente impreciso del instrumento fundador de la CIA, no encontraba justificación para la orden de Forrestal. Enfurecido, Forrestal no tardó en dar instrucciones a Houston de que se desdijera y volviera a expedirse. Houston obedeció como es debido, reflexionando que “si el presidente nos daba la directiva apropiada, y el Congreso el dinero para esos fines, entonces teníamos facultades administrativas para emprender tales operaciones encubiertas”.

Así se estableció lo que sería el modus operandi de la CIA durante los siguientes cincuenta años. Si bien Truman ejercía presión para que se lleven a cabo las operaciones secretas, su firma no aparecía en ningún documento comprometedor. La facultad de realizar las operaciones las confería el Consejo de Seguridad Nacional. No había partidas presupuestarias del Congreso, así que el financiamiento provenía de capitales privados estadounidenses, a través de una red de sociedades anónimas usadas como fachada, de millonarios y de negocios delictivos.

La intervención de la CIA en las elecciones italianas fue el paradigma. La agencia pronto se lanzó a la propaganda, el soborno y el chantaje en toda Italia. “El hecho de que tal acto ilícito (es decir, alterar la elección de 1948) sea o no inmoral, plantea otra cuestión”, escribió William Colby en sus memorias, publicadas en 1978. “El análisis incluye tanto los fines como los medios. Los fines perseguidos tienen que ser la defensa de la seguridad del estado implicado, no con fines de agresión ni de expansión; y los medios usados tienen que ser sólo los necesarios para alcanzar ese fin, no excesivos… Este marco no justifica cada interferencia política que efectuó la CIA desde 1947, pero ciertamente la justifica en el caso de Italia”.

La alianza con la mafia de Sicilia continuó prosperando al tiempo que se acercaba la elección. Don Calogero y sus matones –incluido Giovanni Genovese, el primo de Vito Genovese– incendiaron once sedes del Partido Comunista, intentaron asesinar cuatro veces al dirigente comunista siciliano Girolamo Li Causi y abrieron fuego contra una multitud de trabajadores y sus familias que estaban celebrando en paz el día del trabajador en Palermo; en esa ocasión mataron a once e hirieron a cincuenta y siete personas. Uno de los jefes sindicales de Sicilia, Placido Rizzotto, fue encontrado en el fondo de un precipicio, con las piernas y los brazos encadenados y una bala en la cabeza. Lo había matado Luciana Leggio, una asesina a sueldo de veintitrés años que trabajaba para Lucky Luciano y Don Calo. En ese período de terror y subversión respaldados por la CIA, la mafia siciliana sola mataba un promedio de cinco personas por semana.

Inicialmente, la mafia siciliana tenía ambiciones políticas separatistas: pretendía hacer de la isla un estado independiente. La CIA aconsejó sobre las ventajas de abandonar el programa separatista oficial mientras disfrutaba de un permiso independiente para sus operaciones bajo la tutela del gobierno comprensivo de Roma. La poco atractiva opción sería un gobierno central comunista totalmente hostil a la Mafia.

Cuando llegó el día de la elección, Don Calo se reunió con sus hombres, y les instruyó que llenaran con votos adulterados las urnas de toda Sicilia y que usaran el dinero de las cuentas de la droga para sobornar a los votantes. Era prudente tomar esta precaución ya que los comunistas habían adquirido popularidad pues prometían llevar a cabo reformas agrarias y terminar con la corrupción. Probablemente, los comunistas habrían obtenido la mayoría en la asamblea electoral en toda Italia: el propio Colby –que por supuesto tenía motivo para exagerar– calculaba que obtendrían un 60 por ciento de los sufragios sin el sabotaje de la CIA.

Miles Copeland, agente de la CIA, escribió veintinueve años más tarde que si no hubiera sido por la Mafia, ahora los comunistas dominarían en Italia; así de decisiva fue la acción de la organización criminal, que asesinó a sindicalistas y aterrorizó el proceso político.

La CIA también tenía estrechos vínculos con el Vaticano, implicado a su vez en una alianza con los nazis durante la guerra. El Vaticano enviaba ilegalmente a occidente criminales de guerra tales como el padre Andrija Artukovic, el franciscano que había ayudado a exterminar a cientos de miles de serbios en Croacia. En el Vaticano se escondía un tal Walter Rauff, un nazi alemán que en los últimos meses de la guerra había conducido una unidad de exterminio compuesta por hombres de las SS que asfixiaron con gas a unas 250.000 víctimas de todo el país, en su mayoría mujeres y niños judíos. El protector de Rauff era el viejo amigo de Allen Dulles, monseñor Don Giusseppe Bicchierai, quien armó una banda que sembraba el terror y a la que se le encargó la tarea de asestar palizas a los candidatos de izquierda, desarticular reuniones políticas e intimidar a los votantes. La CIA les proveía el dinero, las armas y los vehículos.

Así se estableció la ocupación de Italia por parte de Estados Unidos a través de una estructura de gángsters de ultra derecha y de la dominación mafiosa que corrompió la vida política italiana durante la segunda mitad del siglo.

Los mecanismos de financiamiento de la CIA para estos abusos de sus facultades eran grandes subvenciones de empresarios norteamericanos entre los cuales Allen Dulles y Forrestal pasaban la gorra en el Club Brook de Nueva York; fue así como obtuvieron contribuciones de importantes millonarios como Arthur Amory Houghton, presidente de Steuben Glass; John Hay Whitney, dueño del New York Herald Tribune; y Oveta Culp Hobby, dueña del Houston Post. Fue una técnica que, cuarenta años después, Oliver North –contrariando la voluntad del Congreso– repitió en forma exacta. Y las contribuciones de los empresarios norteamericanos tendientes a debilitar la democracia de Italia se deducían de impuestos.

Dulles también hizo uso de los arcones de oro nazi que él había robado cuando trabajaba para la OSS en Suiza durante la guerra, cuando dirigía el proyecto Safehaven. El dinero se lavaba a través de fundaciones privadas, práctica que se convirtió en un procedimiento usual.

La asociación con traficantes de droga mafiosos de Sicilia era un reflejo del vínculo que tuvo la CIA con el bajo mundo de Marsella que fue un campo de batalla durante la Guerra Fría. Los sindicatos, dominados por los comunistas, eran fuertes, y los trabajadores portuarios se rehusaban a cargar provisiones militares en barcos franceses que se dirigían a la Indochina francesa, en donde Ho Chi Minh lideraba la lucha por la independencia. Además, Marsella era un centro de distribución de las provisiones que se enviaban a Europa por el Plan Marshall.

Políticamente, los corsos de Marsella habían estado divididos durante la guerra. Dos de los cabecillas mafiosos de la ciudad, François Spirito y Paul Carbone, se habían aliado con el alcalde, Simón Sabiani, un colaborador de los nazis. Spirito y Carbone estaban al mando de la policía secreta de Sabiani, que trabajaba localizando y asesinando a miembros de la Resistencia, quienes a su vez lograron matar a Carbone en 1943. Spirito no corrió esa suerte, y después de la guerra llegó a Nueva York, donde se convirtió en un personaje importante del tráfico de heroína.

Muchos corsos eran enérgicos antifascistas, en parte por el declarado objetivo de Mussolini de anexar Córcega a Italia. Trabajaban en la Resistencia francesa, donde eran muy apreciados.

Entre los jefes mafiosos de Córcega de esa época en Marsella estaban los hermanos Antoine y Barthelemy Guerini. Ambos habían aprendido el oficio siendo matones de Paul Carbone, pero luego se unieron a la Resistencia. Los Guerini escondían a agentes de inteligencia norteamericanos e ingleses en su club nocturno y eran recompensados por sus servicios con armas y otros suministros, de los que sacaban enormes ventajas en el mercado negro.

En 1945, una coalición de comunistas y socialistas llegó al poder en Marsella, y una de las primeras cosas que hizo fue declarar la guerra a las bandas de corsos. Tales acontecimientos alarmaron no sólo a los gángsters corsos sino también a Estados Unidos y a Charles De Gaulle. Se organizó rápidamente un contraataque.

El objetivo era dividir y conquistar rompiendo la frágil coalición de izquierda. La CIA recurrió a los sindicatos norteamericanos reunidos en la AFL-CIO (American Federation of Labor-Congress of Industrial Organizations), que, desde el final de la guerra hasta principios de la década de 1950, entregó un millón de dólares anuales a los socialistas, a cambio de que rompieran todo lazo político con los comunistas. Para el año 1947, el partido de De Gaulle había recuperado el mando, y el nuevo alcalde de Marsella era el derechista Michele Carlini. Una vez en el poder, impuso un régimen de austeridad que incluyó un aumento de la tarifa de los ómnibus. Eso provocó una serie de huelgas y boicots, que culminaron en una gran concentración el 12 de noviembre de 1947 después de que los matones de Guerini, siguiendo órdenes de Carlini, atacaran a concejales del partido Comunista.

Como respuesta a estos ataques, la gente salió a la calle y se encontró con una lluvia de balas que les dispararon los Guerini y sus hombres. Decenas de personas resultaron heridas, y una fue asesinada. Aunque muchos testigos identificaron a los Guerini, los fiscales de Carlini se negaron a presentar cargos. Una huelga general estalló en toda Francia, y tres millones de personas abandonaron su trabajo. El silencio se apoderó del puerto de Marsella.

La CIA envió un grupo a Marsella con armas y dinero para los Guerini que entregó debidamente el agente Edwin Wilson (éste alcanzó notoriedad muchos años después por haber trabajado para Moammar Gadhafi). Los agentes mafiosos de la CIA se embarcaron en un rápido programa de acción ejecutiva: mataron a importantes huelguistas, sobornaron a infinidad de trabajadores rompehuelgas y promovieron disturbios en el puerto. A principios de diciembre la huelga había sido quebrada.

Tres años después se repitió el modelo. Una vez más, una huelga que apuntaba específicamente a los cargamentos de armas y suministros destinados a las fuerzas francesas en Indochina bloqueó los muelles de Marsella. De nuevo, la CIA, junto con el Servicio Secreto Francés (SDECE), convocó a los Guerini para que organizaran una campaña de terror contra los huelguistas. Dinero de la CIA ingresó a raudales en Marsella, y en las cuentas bancarias de los Guerini. Una vez más, la huelga fue aplastada y muchos sindicalistas fueron asesinados, la mayoría arrojados de los muelles.

En 1950, Lucky Luciano, radicado aún en Nápoles, y habiéndosele cortado totalmente el suministro de heroína del laboratorio Schiaparelli buscaba una nueva fuente de donde obtener la droga. Meyer Lansky cruzó el Atlántico para hacerle frente a la crisis. Fue a Nápoles a reunirse con Luciano, a Marsella para establecer una sociedad con los Guerini y a Suiza para abrir las cuentas bancarias pertinentes, algunas de ellas en un banco propiedad de la Mafia llamado Banco de Intercambio e Inversión de Ginebra.

Tanto Lansky como Luciano querían abandonar el vulnerable negocio de la producción de heroína para concentrarse en la venta de droga. La producción le fue asignada a los Guerini y a otras organizaciones de corsos con asiento en Marsella. Los corsos ya poseían una red de producción mundial, con laboratorios en Indochina, América Latina y Medio Oriente. También disfrutaban de una protección política casi perfecta. No sólo tenían la gratitud de la derecha francesa (habían tenido la sensatez de no vender nunca heroína en Francia), sino también de la CIA, que los había ayudado a convertirse en la fuerza más poderosa de Marsella. Así se fraguó la conexión francesa, por medio de la cual el ochenta por ciento de la heroína que ingresaba en Estados Unidos vía Cuba provenía de Marsella con la conformidad de los organismos del gobierno norteamericano, principalmente la CIA. Entre 1950 y 1965 no se detuvo a ningún miembro importante de esa conexión francesa. En el año 1965, una ofensiva del gobierno francés dio lugar al traslado de la producción a Indochina, donde tanto los gángsters corsos como la CIA estaban bien consolidados.

La protección que otorgaba la CIA a la organización de tráfico de droga integrada por los corsos se mantuvo durante varios años durante la década de 1970, como se advierte en el caso de Frank Matthews. Este mafioso surgió de un empobrecido barrio de negros de Durham, Carolina del Norte, y se convirtió en uno de los más importantes traficantes de heroína de la Costa Este, con un ingreso superior a los 130 millones de dólares al año. Había empezado vendiendo heroína en Nueva York para el mafioso Louis Cirillo, pero en 1967 decidió pasar por alto a la mafia y comprarle directamente a las organizaciones corsas. En un emprendimiento por demás redituable, Matthews vendía la droga a través de una red de lavaderos, salas de billar y comercios de baratijas de Nueva York, Baltimore, Cleveland, Filadelfia y Detroit.

En 1973, Matthews fue detenido en Las Vegas por tráfico de estupefacientes. Lo liberaron luego de hacerle abonar 325.000 dólares de fianza. Regresó a Nueva York, recogió a su novia y 20 millones de dólares en efectivo y desapareció. A pedido de la CIA, se retiraron las denuncias contra nueve proveedores corsos de Matthews, según asegura un informe del Departamento de Justicia de 1976. Los corsos también habían trabajado para la CIA, y la Agencia sostuvo que si se los procesaba, los intereses de la seguridad nacional se verían comprometidos.

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Notas:

* Extraído de Whiteout: The CIA, Drugs and the Press, de Alexander Cockburn y Jeffrey St. Clair. Traducción de Roxana Sequeira y Carolina Pierini.

1 La sigla de la OSS era satirizada con las frases “Oh So Social” y “Oh So Socialist” (“Oh qué social” y “Oh qué Socialista”). (N. de la T.)

2 En alusión a la ciudad de la obra de Kurt Weil y Bertold Brecht, Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny (Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny). (N. de la T.)

3 En referencia al puente de Brooklyn; “bridge” significa “puente” en inglés. (N. de la T.)

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