¿Trump y su versión de las Torres Gemelas?

por Pablo Pozzi

El pasado 7 de abril Donald Trump bombardeó la base aérea de Shayrat en Siria con, nada más ni nada menos, que casi 60 misiles Tomahawk. Dos días más tarde Rusia e Irán declararon que una continuación de esta agresión sería respondida «con la máxima fuerza». Por su parte, toda la elite crítica de Trump, como The New York Times, The Washington Post y The Guardian de Londres, además de los Demócratas y buena parte de los Republicanos, junto con el gobierno británico y el alemán, expresaron su beneplácito que el horroroso de ayer era el valeroso luchador contra el autoritarismo putinista de hoy. Según analistas como Mary Dejevsky (theguardian.com) Trump había respondido sensibilizado por las fotos de los niños sirios afectados por lo que insisten fue un ataque con armas químicas por parte de Bashir al Assad, demostrando que el uso de armas ilegales tiene un costo. A esto agregó que el presidente norteamericano «ha demostrado su posición principista» respondiendo a demandas internas de la población, a diferencia de Putin que está libre de todo control de la opinión pública.

En una tarde, y con un solo hecho, Trump pasó de racista, misógino y neofascista, a un hombre principista que se pone de pié frente al autoritarismo y la agresión. Trump era malo, ahora es bueno. Y aquí hay que especular un poco, y remarcar un par de temas. La especulación es en cuanto a porqué y qué significa este cambio. En realidad nunca vamos a saber bien qué es lo que pasa en los círculos de poder de Estados Unidos, si bien logramos percibir los contornos generales de tendencias. Por ejemplo, durante la campaña electoral Trump insistió hasta el hartazgo que no iba a continuar con la política belicosa desarrollada por Obama y profundizada por Hillary. Algunos supusieron que esto era una mera manipulación electoral. Otros (como yo) pensamos que la cuestión era más compleja: la política exterior de Obama/Hillary ha fracasado terriblemente. Esto lo admiten personajes como Henry Kissinger y Zbignew Brzesinski. El problema es ¿qué hacer? Para ambos hay que dividir la «coalición mundial antinorteamericana», en particular hay que separar Rusia de China, y desarticular a los BRIC. O sea, hay que bajar los niveles de tensión con unos y subirlos con otros, con el criterio de que no es viable enfrentarse a todo el mundo al mismo tiempo. Inicialmente parecería que Trump estaba dispuesto a mejorar relaciones con Rusia, aumentando la agresión a China, y centrando su poderío sobre grupos como ISIS.

Estas fueron sus primeras declaraciones. O sea, la impresión era que el trumpismo estaba dispuesto a alejarse de la doctrina del «caos organizado»[1] esbozada hace ya 25 años por George H.W. Bush, por la cual es preferible fomentar el caos mundial en el cual Estados Unidos puede ejercer su poderío mientras que desestabiliza a posibles contrincantes. La respuesta de los sectores de poder fue fulminante y feroz: Trump y sus acólitos fueron acusados de «títeres rusos», de «timoratos ante la agresión extranjera», de debilitar a Estados Unidos amén de un sinfín de otras cuestiones que le molestaban bastante menos al New York Times, como por ejemplo su racismo y misoginia. De hecho, mientras presionaban en torno a política exterior, el Congreso ratificaba los nuevos funcionarios que proponía el denostado Presidente. Hace cinco meses decíamos que:

«Para los belicistas la elección de Trump es un verdadero desastre que debe ser resuelto a la brevedad. Lo ideal es que pueda ser presionado para llevar a cabo una política que sea la continuidad de la de Hillary en la Secretaría de Estado […]. Una posibilidad es que renuncie y deje su lugar a su vicepresidente Mike Pence, que es considerado como más “permeable”. Otra es que Trump asuma la presidencia pero condicionado hasta imposibilitar el desarrollo de una política propia. La tercera es que el enfrentamiento entre sectores dominantes norteamericanos continúe sin solución inmediata.»

Lo que parece haber ocurrido es que Trump ha optado por la segunda de las opciones: en vez de desarrollar su política exterior, está desarrollando la de Hillary. De hecho, dos días antes del ataque, Hillary salió a decir que eso era lo que había que hacer. Esto explicaría por qué los ayer críticos se han tornado en los panegiristas de hoy.

Asimismo, periodistas como Dejevsky lejos de ser «analistas» son meros propagandistas en el molde de los que se formaron durante la Guerra Fría. La imagen de Trump, sensibilizado por los niños sirios mientras reprime a su propia población  y asesina a niños yemeníes es totalmente absurda. Ni hablar que individuos como Trump no tienen principios, solo intereses (y en eso no hay que excluir a Obama y menos aun a Hillary cuyo cinismo es legendario). El ataque a Shayrat ha sido una señal clara por parte de Trump a los sectores de poder norteamericanos cuya ofensiva de seis meses ha resultado exitosa: va a hacer lo que le piden, y va a continuar la política de enfrentamiento mundial y de «caos organizado» más allá de las consecuencias a su base electoral o al mundo. Ni hablar que, como me dijo un amigo norteamericano, «en Estados Unidos, para ser tomado en serio como Presidente, hay que matar un montón de extranjeros, y si son oscuritos mejor todavía». Y como explica Jeffrey Sommers el llevarnos al borde la Tercera Guerra Mundial significa que ha mejorado Trump en la opinión pública. O, bueno, eso dicen los diversos encuestadores que, supongo, se dedican a encuestar generales, CEOs de Wall Street, y al complejo militar industrial. No hay como el belicismo violador de todas las leyes internacionales para mejor tu prestigio ante los capitalistas. Y, obvio, ninguno de los diversos analistas del establishment parece preguntarse por qué Assad, que estaba ganando la guerra y no tiene armas químicas desde hace años (a diferencia de ISIS que se ha probado puede producirlas) recurriría a ellas. Assad insiste que el gas sarín fue detonado cuando su artillería bombardeó lo que resultó ser un depósito de armas químicas de ISIS. Obvio, todos le creemos a Trump, hombre conocido por su honestidad, y no a Assad.

Hace ya rato que el periodismo mundial ha tomado fuertes características posmodernas: lo importante es «el relato», no la verdad. Así la política editorial no solo conlleva censura y silencios, sino que cambia de interpretación sin solución de continuidad. ¿Trump se siente presionado por la opinión pública, como dice Dejevsky, o no? A menos que la buena periodista quiera equiparar la opinión del establishment a la opinión pública, esto es poco probable. O por lo menos no se constata: son millones los que se han movilizado contra las políticas migratorias y represivas de Trump, con escaso éxito en el mejor de los casos. Rusia parece estar condenada por haber cometido fraude en las elecciones norteamericanas, más allá de que no hubo pruebas de ningún tipo y que fuera muy poco probable. Pero eso ha servido para que se repita lo mismo en las elecciones británicas y en las francesas. ¿Cuál es la verdad? No lo sabemos. O peor aún, los muchos comentaristas se rehúsan a aceptar interpretaciones alternativas a las mentiras oficiales.

¿Cuáles serán esas consecuencias? Son difíciles de predecir, si bien la inestabilidad mundial acaba de aumentar significativamente. ¿Fue Shayrat un mensaje para Corea del Norte? ¿Qué harán Rusia, Irán, India y China si continúa la agresión norteamericana? Estados Unidos se ha encerrado en un tipo de política de la cual no se puede salir excepto escalando los conflictos. Todos admitimos que Trump es impredecible pero ¿podemos medir las consecuencias? Hace escasos tres meses amenazaba a China, para ahora recibir con sonrisas al Presidente Xi (dicen que Trump lo llama «Presidente Once» porque entendió que su nombre era el número romano XI). Con el bombardeo ISIS acaba de recibir una fuerte dosis de oxígeno. ¿Israel tomará esto como que tiene las manos libres para «lidiar» con los palestinos?

¿Y entonces? Por un lado, vamos camino a una posible Tercera Guerra Mundial. Por ejemplo, ¿qué ocurrirá si Estados Unidos invade a Corea del Norte? ¿O si envía tropas a Ucrania para «recuperar» Crimea? ¿O si desestabiliza a Irán? ¿Rusia, China y la India aceptarán ser meros subordinados de lo que es la potencia más agresiva e inhumana de la historia? ¿Y el pueblo norteamericano? Desinformado y sin posibilidad de canalizar sus inquietudes y desacuerdos por vía democrática e institucional, lo más probable es que vuelque sus frustraciones y miedos en políticas virulentas y en una agresión internacional. El filósofo Terry Eagleton tenía razón cuando señaló, hace ya más de una década, que «todavía falta ver si el mundo se revertirá al fascismo. Pero es indudable que se encuentra entre las cartas de la baraja de un planeta lleno de regímenes capitalistas autoritarios.»[2] Y también es posible que el curso dictaminado por los sectores dominantes en Estados Unidos (y no sólo por Trump) nos lleve indefectiblemente a una conflagración masiva y a algo similar al oscurantismo de la Baja Edad Media.

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Notas al pie:

[1] Con Fabio Nigra hace ya 25 años explicamos el desarrollo de esta política, y sus posibles consecuencias a partir del conflicto de los Balcanes. Véase Pablo Pozzi. Luchas sociales y crisis en Estados Unidos. Buenos Aires: El Bloque Editorial, 1993. También Pablo Pozzi y Fabio Nigra. Huellas Imperiales. Estados Unidos de la crisis de acumulación a la globalización capitalista. Editorial Imago Mundi, 2003.

[2] Terry Eagleton. «A carnival of unreason. Fascists strut, conservatives lounge.» New Statesman. 3 May, 2004.

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