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Elecciones en Estados Unidos 2

por Pablo Pozzi

Todos los indicadores señalan que el próximo 3 de noviembre el candidato demócrata Joseph Biden será electo presidente de Estados Unidos. Cada cuatro años el mundo observa las elecciones norteamericanas, al igual que los «bárbaros» se debieron preocupar por quién se hacía con el trono de Roma y se convertía en César. Las políticas económicas y su actuación en el mundo afectan la política mundial.

Según el historiador Thomas Frank (en su libro What is the Matter with Kansas?) el problema central es que la política exterior norteamericana se decide en Kansas. La referencia no es a las características particulares de este estado, sino más bien a que responde a intereses y contradicciones internas de lugares tradicionales y típicos como Kansas. Es por esta razón que muchos de los elementos aparentemente erráticos de la política exterior de Donald Trump responden no a una visión de mundo, sino más bien a las presiones de los múltiples sectores que componen su base, además de las demandas de las diversas fracciones del establishment norteamericano (o sea de los personeros de la burguesía).

Simplemente pensemos en la política de Trump frente a China. Inicialmente, o sea durante la campaña de 2016, su planteo era mejorar las relaciones con Rusia para cercar a China y lanzarse a una confrontación comercial con la nación asiática. Esto se debía a que la política exterior de Obama había logrado que Rusia y China depusieran viejas disputas y conformaran un eje diplomático, militar y económico que generaba serios problemas a Estados Unidos, por ejemplo, en Siria y en África. El sector contrario opinaba que la prioridad era el enfrentamiento con Rusia para así lograr acceder a las materias primas de Siberia y consolidar la penetración de las antiguas repúblicas soviéticas. El golpe de estado en Ucrania (2014) fue parte de esta última estrategia.

Así el establishment, encabezado por diputados y senadores demócratas junto al New York Times y al Washington Post, lanzaron la acusación de que Trump había ganado la elección de 2016 gracias al fraude cometido por Putin. De hecho, el planteo era que Trump era (y es) un títere controlado por Moscú, reeditando el discurso de la Guerra Fría, pero en la era neoliberal. Trump logró capear el temporal y se lanzó al enfrentamiento comercial con China, pero sin nunca poder desarrollar una política de distensión con Rusia. Esto generó también problemas serios: más de once mil empresas norteamericanas tienen inversiones en China, y lo que producen allí se vende principalmente en Estados Unidos. Y ahí ocurre una de las fracturas en la burguesía norteamericana: los sectores mercadointernistas de las empresas norteamericanas ven con muy buenos ojos la guerra comercial con China, al igual que buena parte de los trabajadores que hace ya tres décadas que se ven afectados por la fuga de empresas a naciones donde la mano de obra es superexplotada.

Lo anterior se complejiza aún más dado que Trump es profundamente pragmático y no un ideólogo. De ahí la visión de muchos que su política es errática. No solo abrió un diálogo con Corea del Norte en torno a la desnuclearización (algo que no hicieron ni Obama ni Clinton), sino que redujo la participación norteamericana en Irak, retiró tropas de Afganistán y de Siria. Al mismo tiempo, pensemos que se retiró de cuanto tratado de no proliferación tenía Estados Unidos, atacó a la ONU y a la OMS, aumentó la presencia militar norteamericana en Europa del Este y el Mar de la China, mudó la embajada norteamericana en Israel a Jerusalén, comenzó negociaciones para expandir la OTAN. Para muestra de lo complicado de Trump, y la frustración del establishment, basta observar del caso de Venezuela. En 2019 Juan Guaidó, con el apoyo norteamericano, fue reconocido como presidente, en lo que fue de hecho un golpe parlamentario a la usanza de Hillary Clinton en Ucrania, Honduras, Brasil y Paraguay. En ese momento, su Consejero de Seguridad Nacional era John Bolton, y su visión era que el reconocimiento de Guaidó era una buena excusa para invadir Venezuela y desplazar al presidente Maduro. Durante varios meses hubo una sorda disputa en la Casa Blanca en torno al tema hasta que, en septiembre de 2019, la Casa Blanca destituyó a John Bolton por diferencias en cuanto a su visión de la política exterior de Estados Unidos. Uno de los principales temas en los que había desencuentro era, según diversos informes, Venezuela. «Yo estaba en desacuerdo con John Bolton en sus actitudes sobre Venezuela. Creo que se pasó de la raya y que he demostrado tener razón», dijo Trump a la prensa en la Casa Blanca luego del anuncio del despido. ¿Las causas? Trump opinaba que el votante norteamericano no estaba dispuesto a apoyar una nueva aventura bélica. La política exterior norteamericana, una vez más, se decidió en Kansas.

Comparado a Trump, Barack Obama y su vicepresidente Joseph Biden fueron un gobierno serio con una política exterior coherente, por lo menos en la visión de los sectores de poder. Recordemos que fue Obama, conocido como el «presidente drone», que instauró sanciones contra Venezuela (y varios otros países como Irán), organizó los derrocamientos de los gobiernos de Paraguay, Brasil, Honduras, Ucrania, Kirguistán y Libia, ayudó a financiar a ISIS y lo utilizó como excusa para intervenir en Siria. En realidad, Biden representa una continuidad con la política exterior desarrollada por Hillary Clinton. Esto podría ser algo positivo en el sentido que, si bien belicista y agresiva, la política del gobierno de Obama aparentaba ser racional. Sin embargo, justamente este es el sector de los «mandarines de la política exterior» que fogonean un mayor enfrentamiento con Rusia y China, una intervención más directa en Venezuela y en el Cercano Oriente. Digamos si Trump es peligroso, Biden también lo es.

Quizás lo más ilustrativo del problema con Biden y los demócratas es que han apoyado las peores iniciativas de Trump y criticado agriamente aquellas que apuntaban a la distensión. Por ejemplo, el diálogo con Corea del Norte fue tildado de debilidad y pacifismo, las negociaciones con Putin y su par chino Xi Jinping recibieron las acusaciones de «traición», y la reducción de tropas en Siria, Irak y Afganistán de «abandono de los aliados». Mientras tanto el acercamiento a Israel fue celebrado como algo «positivo».

Las diferencias en torno al gobierno de Trump han generado una fractura entre los diversos sectores de la burguesía. El primero de julio de 2020 la Agencia Reuters informó que se había conformado una nueva organización política denominada «Los Alumnos del 43 por Biden». El número hace referencia al 43 presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Su gobierno fue el que desarrolló la doctrina de la «guerra preventiva» que fue la que sustentó diversas invasiones como la de Irak y la de Afganistán. Según Reuters, la organización reúne en su seno a cientos de funcionarios del gobierno de Bush (sus «alumnos») e incluye a ministros, jefes de gabinete, asesores y buena parte de los funcionarios que diseñaron y llevaron adelante la política exterior de Bush. Esto es importante: estos «alumnos» no se oponen a Trump por su racismo y misoginia, sino porque no ha continuado en todos sus aspectos la política exterior diseñada desde el gobierno de Ronald Reagan en adelante. Es indudable que estos muchachos piensan que Biden es más confiable por su larga trayectoria de apoyar aventuras belicistas. O, por lo menos, que es más fácil de manipular (¿influenciar?) que Trump y su banda de nacionalistas denominados «America First» (Primero Estados Unidos). En realidad, esta no es una elección donde compiten demócratas contra republicanos. El 3 de noviembre se enfrentarán un sector imperialista y belicista de la burguesía norteamericana contra otro nacionalista y también belicista. Y ambos sectores existen en los dos partidos políticos mayoritarios.

¿Quién sería mejor que ganara para los latinoamericanos? En realidad, lo mejor hubiera sido que se presentara y ganara alguien más razonable si bien no necesariamente muy bueno, como Bernie Sanders o la senadora Elizabeth Warren. Mi impresión es que podemos esperar que en los próximos meses Trump profundice su giro belicista como forma de generar «confianza» en los sectores que se han volcado a Biden. Sobre todo, porque los votantes norteamericanos están demasiado preocupados por la pandemia y la situación económica como para incluir la situación internacional entre sus consideraciones electorales. Al mismo tiempo, podemos esperar que Biden (o, mejor dicho, sus asesores) insista en sus declaraciones «progresistas» para tratar de atraer no solo a los votantes de Sanders sino también a los nacionalistas de Trump. Esto ocurre sobre todo porque tiene asegurado el voto de la derecha demócrata, incluyendo al lobby sionista norteamericano. Ahora, si lo que es probable ocurre, la presidencia de Biden implicará un retorno a la política exterior de la era Obama y un mayor enfrentamiento hacia China y Rusia, además de incrementar su incidencia en la política interna de América Latina.

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