Cita con un cronopio en el invierno habanero

por Rosa Elvira Peláez*

En febrero de 1978, Julio Cortázar estaba de nuevo en La Habana, como parte de un equipo francés que, en colaboración con el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), se proponía realizar un documental sobre el arte y la revolución en Cuba.

Avisados por Casa de las Américas sobre la presencia del escritor argentino, le solicitamos una entrevista, por intermedio de la oficina de Haydée Santamaría, presidenta de Casa de las Américas. Cortázar accedió sin demora y acordamos la cita.

La entrevista tuvo lugar en el Hotel Nacional, de La Habana, en una hermosa terraza, elevada, a pocos metros de la avenida que ondula junto al Malecón desde la desembocadura del río Almendares, en El Vedado, hasta la entrada a la bahía de La Habana, vigilada por El Morro, en la parte vieja de la ciudad. Son varios kilómetros de muro donde los cubanos buscan sentarse en los días calurosos, o sea, casi siempre, sobre todo de noche, el muro está lleno de gente conversando pausadamente o discutiendo sobre béisbol, descansando en plena horizontalidad, enamorándose o desamorándose, besos más, besos menos, y frecuentemente casi todos con ron a mano. Con calor o sin calor, el ron es presencia bienvenida, al margen de una supuesta contradicción que los visitantes observan entre la temperatura ambiental y la corporal con el acelerador del ron caliente.

Vale contextualizar porque febrero es el último mes del «invierno» cubano. Un invierno de chiste, tímido y huidizo, que se nutre a cuentagotas del «frente frío» que viene del Norte de vez en cuando y que nunca ha podido ser bloqueado, gracias a lo cual la población, especialmente la de las provincias más occidentales, disfruta de unos pocos días de alivio en medio del eterno verano tan celebrado en las playas cubanas, el mismo verano que en las ciudades, alejado de los abrazos del viento marino, embriaga sin remedio a los cuerpos de un sudor espeso que emula al de una maratón.

La noche de la entrevista, muy alejados del París invernal en serio que él conocía, pero con el frente frío potenciado por la brisa caribeña, Cortázar sintió frío aunque la charla, entre traviesa y enseriada, era de una calidez tal, que el paso de los años no ha podido nublarla.

Con el oleaje del Caribe sonando a nuestras espaldas y muy poca gente sentada en el Malecón –siempre hay «locos» abrigados que no renuncian a su hábito y enfrentan al frío del Norte con mucho ron ayudando responsablemente–, tuvimos una cálida entrevista en una noche de 17° con el venerado capo de los cronopios, pese a que no quiso reconocer su nivel de mando.

«¡Buenas salenas, Cortázar Cortázar!», seguimos diciendo. Aunque a veces perdemos la cuenta de los días, la magia de las palabras del escritor argentino, aquella noche, aún perdura. ¿Ya pasaron cuarenta años? ¿Cómo! Si parece que fue anoche que hablamos… Échale la culpa al tiempo, el imbatible, que nos pasa, nos pesa y a veces hasta nos pisa, diría el veterano Malecón habanero.

*Periodista y escritora cubana

 

Hay que entrar a:

http://www.mshs.univ-poitiers.fr/crla/contenidos/Cortazar/fiche.php?Code=25.052&Id_desc=10

Hacia abajo aparece la página del diario Granma (5 febrero 1978).

Hay que hacer clic y aceptar abrir con Flash Adobe.

En la parte inferior de la página del diario están los signos + y – para ampliar o reducir el texto.

Se lee perfectamente, a pesar del color amarilloso de la hoja del Granma.

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