Trump Desatado

por Pablo Pozzi

Debo reconocer que últimamente no hago más que equivocarme con respecto de Estados Unidos y su política exterior. Cuando resultó electo Donald Trump supuse que esto iba a desatar un sinfín de conflictos en el seno del Estado y de los sectores dominantes norteamericanos que haría dificultosa la continuidad de la política belicista pergeñada por Hillary Clinton. Tuve razón en cuanto a los conflictos; no así en cuanto al belicismo.

En menos de un año Trump ha conducido la política exterior norteamericana por lo que denominan «brinkmanship» (o sea, el pararse al borde del abismo a ver cuál se cae primero, o cuál se asusta y se retira). El resultado ha sido un nivel de conflictividad como nunca en el mundo. De hecho, el Bulletin of Atomic Scientists, que tiene un «Reloj del Apocalipsis» para calcular las posibilidades de una hecatombe mundial, ha declarado que «faltan dos minutos para la medianoche» (o sea, para el fin). No se trata de discutir la exactitud de su pronóstico, sino que esto implica que estamos al borde desatar una conflagración mundial que podría poner fin a la especie humana.

Más allá de que hoy en día todos, pero todos, son «malos», lo que queda claro es que es Estados Unidos el principal motor de la carrera hacia el fin del mundo. Basta revisar su accionar en los últimos meses: incremento sustancial de la guerra en Yemen; participación de sus fuerzas especiales en África subsahariana; radicación de unidades de combate en Europa del Este; intervención en los asuntos internos de países como Brasil; apoyo desaforado a la «limpieza étnica» que desarrolla Israel; reconocimiento de Jerusalén como capital israelí; militarización de la frontera con México; amenazas a Corea del Norte; presiones múltiples sobre China; una agresión descontrolada a Rusia; y, por último, el bombardeo a Siria.

Con todo esto no quiero decir que los contrincantes de Estados Unidos sean «buenitos»; esa también es una tendencia preocupante en diversos medios por la cual «si sos enemigo de los yanquis, entonces eres bueno y nunca haces nada malo». Lo que si quiero decir es que la política norteamericana es no solo hipócrita sino de un nivel de agresividad tan alto que es la más peligrosa en el planeta. Hipócrita porque sus planteos éticos y morales son un mero enmascaramiento para políticas de poder: si en realidad considerara que lo que hacen tipos como Ásad en Siria está mal, entonces deberían bombardear también Tel Aviv, ni hablar que si su objetivo es eliminar la corrupción entonces su embajador en Brasilia debería estar denunciando a Temer, mucho más que a Lula.

Ahora, ¿qué esta pasando? Y para pensar un poco tomemos solo dos de los muchos eventos de los últimos días: el bombardeo en Siria y la militarización de la frontera mexicana. Y dejo de lado el envío de tropas a Europa del Este en apoyo a los fascistas ucranianos (con todo lo que eso significa en cuanto a una posible Tercera Guerra Mundial), y el tema de Lula y Brasil, donde la supuesta corrupción ha servido para subordinar a un contrincante continental.

Según la historia oficial (o sea, la del New York Times), Bashar al-Ásad una vez más utilizó armas químicas contra la población civil de un enclave dominado por los rebeldes. Trump, preocupado por los derechos humanos, tomó la decisión, junto con Francia y Gran Bretaña, de bombardear varias ciudades sirias, donde además de sirios había tropas rusas. Los sirios y los rusos han chillado hasta el cansancio que no han utilizado armas químicas. Trump insiste que sí, y que si no fueron ellos entonces fue Irán (que no tiene tropas en la zona pero que no importa porque apoya a Hizbulah). Los sirios insisten que el bombardeo, supuestamente químico, que sí mató civiles, fue realizado por aviones israelíes que dispararon sus misiles desde la frontera. ¿Quién tiene razón? Desde un punto de vista histórico, ninguna de las partes se ha caracterizado por respetar los derechos humanos jamás. Pero, por otro lado, Estados Unidos tiene una larga (por no decir larguísima) trayectoria de «generar eventos» y falsear la realidad para luego poder intervenir… y no hace falta recordar la guerra de Iraq o los bombardeos a Libia, sino que podemos simplemente remontarnos a las invasiones a México a principios del siglo XX y el «telegrama Zimmerman» o a la Batalla de Derna (cercana a Trípoli) en 1805 que le dio una estrofa al himno de los Marines norteamericanos.

Para muchos analistas la discusión pasa por si Ásad utilizó o no armas químicas. Yo creo que eso es irrelevante (excepto, claro está, para los sirios muertos como resultado de ambos ataques), y que lo más importante es por qué Trump hizo lo que hizo. Al fin y al cabo, lo notable no es que se condene una violación a los derechos humanos, sino que se sea selectivo en la condena: ¿por qué Siria sí e Israel no? ¿O Arabia Saudita o Ucrania o Turquía? Lo que sugiere es que las razones para el bombardeo de Siria distan mucho de ser humanitarias.

Hace ya una década que los sectores dominantes norteamericanos definieron que Estados Unidos estaba en decadencia como potencia mundial. Por ende, había que tomar medidas que dificultaran la emergencia de rivales y apuntaran a mantener ese poderío. La principal medida que facilitara el poderío tiene que ver con el acceso a recursos naturales que permita mantener la tasa de crecimiento, mientras se los niega a los posibles rivales. Estos serían de dos tipos: los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) por un lado, y la Unión Europea por otro. Desde hace una década que la UE trastabilla de un problema a otro, donde la crisis económica y la agresión de Estados Unidos hacia Rusia le dificulta estabilizar su situación. A esto hay que agregar las políticas económicas impulsadas por los tecnócratas neoliberales de organismos internacionales (y del Banco Central Europeo) que no han hecho más que agudizar los problemas.

En cuanto a los BRIC, luego del golpe parlamentario a Dilma Rousseff, Brasil trastabilla entre un gobierno con altísimos niveles de ilegitimidad (Temer), y problemas económicos para dificultar lo que fue una política internacional autónoma y un desarrollo propio que comenzaba a desafiar a los norteamericanos. Por su parte Rusia era considerada como una nación colapsada, con vastos recursos naturales, cuyo saqueo por Estados Unidos (iniciado en la era Gorbachov) podía continuar sin muchos problemas. O sea, inicialmente, se veía como un problema el desafío de China. De ahí que analistas como Zbignew Brzezinski plantearan que había que acercarse a Rusia y aislar a China, considerando que no se los podía enfrentar juntos. El problema fue Putin, que no solo logró estabilizar Rusia, sino retornarla a una senda de potencia mundial. El sector dominante norteamericano decidió rápidamente que había que enfrentarse a chinos y rusos, subordinando a los brasileros, mientras se dejaba de lado a los hindúes. Todo con la gran ventaja que esto dificultaría las relaciones comerciales de la UE, manteniendo su decadencia.

En función de esto se lanzó una inmensa campaña de que los rusos habían fraguado las elecciones norteamericanas. Sin mostrar jamás una sola prueba (amén de que los acusan de gastar 15 millones en la campaña que son migajas comparado con los mil millones de dólares que gastó Hillary) la acusación tuvo la ventaja de generar una paranoia entre la población, y de arrinconar a Trump para que abandone su supuesta política prorrusa. La campaña fue exitosa, pero también tuvo un efecto insospechado: Trump y sus asesores, no solo son presos del complejo militar industrial, sino que tienden a ser peligrosamente irracionales y descontrolados. Sus principales asesores son generales, cuyo objetivo es flexionar los músculos y aumentar el presupuesto militar. Para eso hay que desarrollar conflictos a través del mundo, y aumentar la peligrosidad de una conflagración. Ambos, Trump y asesores, consideran que con Rusia hay que jugar al «chicken» («pollo», o sea, quién se acobarda primero) con lo que aumentan los niveles de confrontación hasta lo indecible. El bombardeo de Siria parecería dejar a Rusia solo dos opciones: la primera es derribar a los aviones de la OTAN y posiblemente entrar en guerra (que calculan los trumpistas sería perdida por los rusos); la segunda es echarse atrás y perder su protagonismo en la zona del Cercano Oriente. ¿Y si en cambio no hace ninguna de las dos cosas y sigue respaldando a Ásad? Estados Unidos habría fracasado una vez más… ¿y entonces? ¿Seguirán aumentando la confrontación hasta que vuelen las bombas nucleares?

Ahora el problema es que la legitimidad de Trump, luego de los primeros tres meses de su gobierno, se ha estabilizado alrededor del 30% de aprobación de la opinión pública… excepto que aumenta cuando toma medidas de «presidente fuerte» (como con el caso de Siria que subió hasta 42%). Dejemos de lado la inmensa capacidad que tiene el pueblo norteamericano para que lo engañen, y pensemos que para un ególatra machista como Trump estos resultados son por demás seductores. Si, además, se combinan con objetivos comprobables de los sectores dominantes, se genera un caldo peligrosísimo.

Esto estaría detrás de la militarización de la frontera mexicana. Trump ha ordenado que cuatro mil soldados de la Guardia Nacional sean agregados a las fuerzas que «impiden la invasión» de extranjeros (¿alienígenas?). ¿Qué cambia esto? No mucho, al fin y al cabo, ya hay 16 mil guardias fronterizos, Texas Ranger (¿se acuerdan de Chuck Norris?) y soldados de la Guardia Nacional de Texas. Es más, George W. Bush (digno antecesor de Trump) envió 6 mil guardias nacionales a la frontera en 2006, y Obama envió 1200 en 2010. Digamos, la frontera ya estaba militarizada.

El problema es ¿por qué? Digamos, esa emergencia no existe, y los mexicanos no crean más problemas (y en muchos casos bastante menos) que los norteamericanos blancos, anglosajones y protestantes. Es como si dijera «vamos a resolver los problemas que tenemos enviando a los afroamericanos de vuelta a Africa». Es más, la cantidad de inmigrantes ilegales procedentes de México a Estados Unidos viene descendiendo desde 2009.

La acción de Trump lo hizo parecer como un «presidente fuerte» ante su base social (racista y troglodita). Pero, además, tenía otras ventajas. Por un lado, envió un mensaje a América Latina: «no se confundan, muchachos, ustedes siguen siendo nuestro patio trasero y en él hacemos lo que queremos». Como esto ocurre mientras se está renegociando el Tratado de Libre Comercio (NAFTA) con México, la militarización también tiene el efecto de presionar a su favor. Y, por último, Trump acaba de declarar a su vecino (y aliado, valga decirlo) como causante de todos los problemas y, en cierto sentido, «enemigo». Todo en un momento donde «su candidato» José Antonio Meade, del gobernante PRI, tiene todas las de perder ante la candidatura del populista López Obrador (AMLO). ¿Se trata de fomentar el nacionalismo mexicano a ver si pierde AMLO? Digamos, esto sí que es (una vez más) violentar un proceso electoral.

Para repetir el argumento: la militarización de la frontera con México es también una extensión de las políticas de golpes parlamentarios (iniciada por Hillary Clinton) donde Estados Unidos actúa con total impunidad reafirmando la condición de América Latina de «patio trasero». En el plano mundial, acaba de dar una señal clara sobre su voluntad de intervenir en asuntos internacionales unilateralmente; ha abandonado todo mecanismo de acordar en el concierto de naciones. Esto se veía venir, sobre todo luego de su accionar en Siria y en Europa del Este, pero lo ha llevado a un nivel del cual es difícil volver atrás.

¿Por qué hemos llegado a esto? Ya señalamos que las posibles respuestas son múltiples, incluyendo que está absolutamente chiflado y desvaría. Ahora, suponiendo que el Presidente no decide solo, y que tiene asesores y grupos de interés, el Departamento de Defensa norteamericano publicó un estudio hace unos meses recomendando mano dura en lo internacional, dado que Estados Unidos ha perdido terreno e influencia a manos de Rusia y China. No se puede pensar más que el bombardeo de Siria y la militarización de la frontera mexicana (y si es por eso el juicio a Lula, su apoyo a los fascistas ucranianos en torno a Crimea, o la refundación de los yihadistas en Siria luego de la derrota de ISIS, y el apoyo a Erdogan para que aplaste a los kurdos) son todos parte de una misma política.

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