De Buitres y de ingenuos

por Pablo Pozzi

«Los tenedores de los bonos argentinos debe, a la verdad, reposar tranquilos. Hay dos millones de argentinos que economizarían hasta su hambre y sobre su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros».

Nicolás Avellaneda (1876)

Y votaron no más. A la hora de los bifes unos dieron quórum, otros levantaron la manito, todos dijeron «es malo pero lo mejor que podíamos hacer», y nadie se preguntó mucho de nada. O sea, hemos (dijo el mosquito, porque al fin y al cabo yo no decidí nada de nada pero si voy a tener que pagar las decisiones de otros) decidido «pagarle a los buitres». Y todos se quejan, pero lo haremos igual. Los viejos peronistas dicen que es un mal acuerdo, los liberales dicen lo mismo, los K gritan que no que no, los socialistas se quedan «muzzarella», y así. La izquierda protesta, los nacionalistas denuncian y es un griterío sin fin. Para los primeros, hay que pagar porque «no queda otra». Para los segundos estamos en contra porque tenemos que «resistirnos» a la dominación extranjera.

Yo no quiero pagar. En parte porque me da bronca que una sarta de cabrones hijos de mala madre que se dedican a robar, o sea a ser banqueros, me metan la mano en el bolsillo. Muy sintéticamente es injusto. Y no lo digo yo, lo dijo José María Drago, canciller argentino y oligarca hace ya más de cien años cuando señaló que: «el capitalista que suministra su dinero a un Estado extranjero, tiene siempre en cuenta cuáles son los recursos del país en que va a actuar y la mayor o menor probabilidad de que los compromisos contraídos se cumplan sin tropiezo. […] Los gobiernos gozan por ello de diferente crédito […] haciendo más o menos onerosas sus condiciones […] el acreedor sabe que contrata con una entidad soberana, y es condición inherente de toda soberanía que no puedan iniciarse ni cumplirse procedimientos ejecutivos contra ella, ya que ese modo de cobro comprometería su existencia misma […Esto es] simplemente amparar el decoro de la entidad pública internacional que no puede ser arrastrada así a la guerra, con perjuicio de los altos fines que determinan la existencia y la libertad de las naciones.» (Doctrina Drago, 20 de diciembre 1902) Y si Drago, que era un conservador podía pensar así, ¿qué me queda a mí? Está claro que Drago dijo eso para empiojarle la vida a Estados Unidos que quería invadir Venezuela (cualquier similitud con el día de hoy es un mero accidente), no porque creyera que su gobierno no debía pagarle a los bancos.

También estoy en contra porque el Presidente Avellaneda, cuya cita aparece más arriba pero podría haber sido enunciada por Macri, es un cretino y un vendido. ¿Por qué no responde él con su sed y su hambre (o sea con su cuantiosa fortuna personal) para pagarle a los bandoleros acreedores?

Pero, más allá de mis broncas, me parece antieconómico desde un punto de vista del desarrollo capitalista argentino… y no quiero decir nada de que está totalmente reñido con cualquier visión de izquierda No es un problema moral. O mejor dicho, no es sólo un problema moral, es también un serio problema de desarrollo económico.

Yo me dediqué a la historia porque la economía no me parecía una disciplina seria. El gran economista liberal John Kenneth Galbraith dijo muchas cosas, pero dos en particular que me gustan: 1. La economía es extremadamente útil como una forma de empleo para los economistas; y 2. Un economista es alguien que gana dinero explicando a los demás cómo han perdido el suyo. En síntesis, escucho a tirios y troyanos explicarme sesudamente por qué si o por qué no, y me quedo con la impresión de que en realidad no entiendo nada de nada. Por ende recurro a mi Nonno, que en realidad no terminó el secundario pero que había leído un montón.

Es obvio que la oposición de los K es poco seria: pagaron al Club de Paris, pagaron a Repsol, pagaron al FMI, pagaron todo lo que pudieron. En parte porque total no era su guita. Y en parte, porque buena parte de los acreedores son empresarios argentinos, incluyendo a los K (como se puede ver por el juicio que acaban de comenzar los «holdouts» argentinos). Pagar era, para ellos, todo parte del negocio de «gobernar». Pero, además, hicieron todo mal: mucha alharaca sobre «oponerse a los buitres», sin tener idea de cómo hacerlo. Es más, de la forma que hicieron sus presentaciones ante los tribunales norteamericanos parecería que querían no dejarnos ninguna opción excepto pagar todo lo posible.

Los macristas, sciolistas, massistas y otros «istas» insisten que hay que pagar «para poder volver a los mercados» porque sino el ajuste va a ser más profundo (¿más todavía?). O sea, si no pagamos no podemos endeudarnos de nuevo para pagar la deuda. Ajá, qué interesante. Parecería que la única posibilidad en este mundo es esa. Y yo me acordaba de mi Nonno que insistía que endeudarse era solo negocio para los prestamistas. ¿Por qué queremos endeudarnos más? Para conseguir dólares que podamos darle a los grandes grupos económicos para que las remitan al exterior. ¡Qué buena idea! ¿Y por qué tengo yo que hacerme cargo de sus ganancias extorsivas? Porque si no cierran el boliche, y hay desempleo. Bueno eso es así, si los dejamos. Los United Electrical Workers de Estados Unidos, ante un problema de vaciamiento de las empresas que se rajaban a Taiwán, hicieron aprobar leyes municipales que impedían que se llevaran la maquinaria, y autorizaban a los obreros a convertir la empresa así vaciada en autogestionaria con control obrero y crédito municipal. Claro que ese es un sindicato en serio, a diferencia de los nuestros. Y me recuerda que el otro día Juan Monserrat, secretario general de la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba, anunció que si a alguno de sus afiliados no estaba contento con lo que percibía como salario por qué no se buscaba otro trabajo. Monserrat, y tantos otros, no es un sindicalista, es un jefe de personal de la patronal regida por el Ministro de Educación provincial, Walter Grahovacs que, oh sorpresa, fue también secretario general de la UEPC.

Supongamos que les pagamos y que eso nos permite endeudarnos con el exterior. Como Santa Claus es un tipo que no existe (ya ni mis hijos creen en él), entonces queda claro que los que nos presten van a pretender cobrar su kilo de carne (el más cercano al corazón). Dicho de otra manera: pagar para endeudarnos no solo posterga la crisis un rato sino que la hace inevitable y aun más profunda. Sobre todo porque la plata para pagarle a los buitres, y luego para pagar a los que nos prestan más plata sale del mismo lado: del bolsillo de todos nosotros. Esta no será plata para inversión. Será plata para que los ricos sean aun más ricos a costillas nuestras.

Es más hasta el criterio de «inversión» es dudoso (o eso me parece a mí). En época de Menem llovían las inversiones sobre Argentina, o eso nos decía su ministro Domingo Cavallo. En realidad lo que llovía era guita para especular, financiando mesas de dinero, la importación, y comprando empresas ya existentes, no abriendo nuevas y generando trabajo. En síntesis, Menem nos endeudó para que los capitalistas (locales y extranjeros) pudieran hacer cada vez más plata. Hoy Macri le baja las retenciones a las mineras por que «van a invertir». ¿En serio? Supongamos que si traen plata y abren nuevas minas con nuevos empleos. Olvidemos por un minuto que se han dedicado a envenenar buena parte de cinco provincias argentinas con cianuro. El trabajo que pueden generar será con salarios de hambre, amén de que la minería el día de hoy no es un gran empleador. ¿Eso es lo que queremos? Y si «invierten» es para llevarse las ganancias. O sea, por cada dólar que traen sacarán cuatro. ¿O piensan que no quieren hacer suculentas ganancias? Más que inversión es una receta para seguir empobreciendo al país.

El otro día Macri, que debería saber mejor, dijo que había sido «ingenuo» porque les creyó a los empresarios cuando le prometieron que traerían millones de dólares al país. ¿Ingenuo? Si en serio lo creyó no es el hijo de su padre empresario. Otra vez: el objetivo de los capitalistas es hacer guita, cada vez más, no ayudar al país y a su población. Lo que pasa es que Macri y sus muchachos creen en las bondades del capitalismo, y están tan convencidos que no pueden ni vislumbrar otras opciones aun dentro de ese sistema. La realidad es que, al igual que bajo los K, los empresarios solo están interesados en lo suyo. El resto les importa bien poco.

Pero ¿hay otra posibilidad? Y si. Basta mirar un poco la historia argentina, con todos sus bemoles, para que surjan alternativas. El primer peronismo impuso el monopolio del comercio exterior, de manera que al manejar toda la exportación se podían negociar mejores precios, aumentarle su parte al productor, y la ganancia en divisas extranjeras podía ser utilizada para el desarrollo industrial; por ejemplo, para las empresas del Estado. Así llegamos a exportar caños sin costura, cuando hoy los importamos desde Brasil. ¿¿Alguien se acuerda del Justicialista, el automóvil hecho cien por ciento en Argentina? ¿Y la flota mercante de ELMA? ¿Y la aviación? ¿Y el desarrollo de infraestructura? Está lleno de escuelas, caminos, vía férreas, y aeropuerto hechos en esa época. Y eso que el peronismo fue bien capitalista.

Supongamos que el gobierno baja el IVA (el peor impuesto porque grava sobre todo a los más pobres), ¿qué pasaría? O supongamos que se utilizan los famosos DNU (decreto de necesidad y urgencia) para imponer un aumento salarial general del 50% (como hizo Campora en 1973) mientras se congelan los precios. Imaginemos que volvemos al tema de indemnización por despidos injustificados, y que aumentemos los impuestos a los que más tienen gravando las ganancias reales mientras los perseguimos por evasión, a todos no solo a Cristóbal López. O también, podríamos volver a desarrollar las empresas del Estado como ferrocarriles, acerías, y ni hablar de construcción. Ojo, nada de esto son propuestas revolucionarias, y fueron compatibles con el capitalismo argentino en distintos momentos de su historia.

¿Qué pasaría? Bueno, lo primero es que chillarían todos los empresarios, y luego buena parte de la clase media que quiere seguir viajando al exterior, ahorrando en dólares, y comprando autos importados. Luego presionarían todos los grupos y gobiernos capitalistas del mundo que nos acusarían de comunistas descarados. Pero por ahí habría un desarrollo sostenido. La gente tendría plata en el bolsillo, para comprar menos bienes pero accesibles. Y por una vez habría un gobierno preocupado por el bienestar de su población. Obvio que todos los empresarios y gobiernos estarían llamando a gritos a un gobierno responsable, digamos a los militares. Pero también que habría grandes mayoría movilizadas que se la harían muy difícil.

Está claro que Macri, Scioli y la sarta de vagos que están en el Congreso no tendrían ni el coraje ni la inclinación para hacer nada por el estilo. Entre otras cosas porque no responden a sus votantes, sino a los poderosos. En época de Alfonsín ocurrieron un sinfín de pronunciamientos militares y golpes económicos. Menem y la clase política aprendieron rapidito: se puede gobernar sin el pueblo, pero no sin las minorías dominantes. De ahí que todos, pero todos, son neoliberales. Palabras más, palabras menos, todos proponen lo mismo.

La penetración imperialista no es un problema de que está lleno de extranjeros el país. En el año 2000 solo 186 sobre las 500 principales empresas del país eran argentinas… o más o menos: las argentinas estaban asociadas a empresas extranjeras. El problema es que no sólo se han instalado, sino que nuestra economía se ha extranjerizado, y la clase dirigente se ha convencido de que esto no sólo es bueno sino que es lo único posible. De hecho han hecho cualquier tipo de reformismo, por tibio que sea, algo imposible. Entre la pauperización de las grandes mayorías del país y la revolución no hay nada. ¿Y entonces qué hacemos? ¿Por dónde empezar? Por un lado hay que apuntar a que la mayoría entienda que lo que se juega es el futuro y que no hay opciones intermedias. Por otro, el no pagarle a los buitres es un buen comienzo. Si, el no ceder ante intereses que no son los de los habitantes de la Argentina es importante. Pero me parece que el no pagarle a los buitres es mucho más que una cuestión meramente moral. Para mí es algo en torno al futuro, mío y de mis hijos.

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