El jamón del sánguche

por Pablo Pozzi

Yo adhiero al paro docente de la semana que viene, como he adherido toda mi vida. Y eso a pesar de los burócratas. Adhiero por principio solidario; adhiero porque soy docente; adhiero porque me importa la educación de mis hijos; y adhiero porque estoy enojado. Bueno, en realidad no estoy enojado… estoy furioso hasta decir basta. Mi furia tiene ver con muchas cosas, desde el gobierno de Macri hasta a la ciudadanía de a pie. Pero a no engañarse vengo furioso desde hace rato: odié con pasión a Menem; me sacaban de quicio las mentiras autoritarias de los Kirchner; y para que no piensen que lo mío es solo contra los peronistas, Macri me genera revulsión por donde lo mire. Pero estoy enojado con muchos más que mis «gobernantes». Me enfurece un pueblo que supo ser digno y luchador y hoy acepta sumirse en el fango del neoliberalismo. Y los tres, Menem, Kirchner y Macri, son expresión de la decadencia de un pueblo.

Pero más allá de mis frustraciones y broncas, volvamos al paro docente. Primero, Macri. Como buen neoliberal es un hombre convencido de las bondades de la educación de «mercado», donde las escuelas «buenas» son para los que pueden pagarlas, y el resto las percibe como una especie de guarderías cuando no reformatorios de menores. Lo peor es que, como tiene anteojeras ideológicas, él y su equipo (¿se acuerdan de «tenemos equipo»?) no ven que todos los estudios de estas experiencias en otros lugares (véase lo que pasa en Estados Unidos) revelan que las «escuelas negocios» (charter schools, small school, mixtas, privadas, etc.) son un desastre educativo. Y como «hay que bajar el presupuesto» lo hacemos en beneficios sociales y en educación, no sea que les toquemos el bolsillo a los empresarios que van a traer esas inversiones que nunca aparecen (o mejor, cuando aparecen son un préstamo del Estado e «invertimos» nosotros para que se lleven ganancias). ¿Por qué no elimina los subsidios a los empresarios y congela precios y tarifas? Porque entonces no vienen inversiones. Vuelvo a insistir: yo escucho a los varios ministros de Economía de todos los gobiernos decir más o menos lo mismo desde Alvaro Alsogaray y el «hay que pasar el invierno» de 1959, y todavía no llegan «las inversiones».

Luego, la oposición. El peronista Massa brilla por su ausencia (quizás porque él también cree en la educación «de mercado»), junto con su aliada Stolbizer. Los peronistas K, en cambio, gritan desaforadamente en contra de Macri. Claro, la oferta salarial macrista no es mucho menor que las ofertas salariales K durante su gobierno. En realidad hace añares que todos los años lectivos comienzan igual, o sea con un paro docente. Ninguno de éstos propone nada que implique bajarles las ganancias a los empresarios. ¿Para qué invertir en nuestros hijos si, total, van a ser desempleados? Ni hablar que su propuesta «educativa» (otras vez los expertos en recibir buenos sueldos del estado de FLACSO que asesoraron a Menem y a De la Rúa y a Néstor y a Cristina con tan buenos resultados a la vista) no es muy distinta a la Macri, con algún retoquecito aquí y otro allí. Claro sueñan con ser gobierno (o «volver» si son K) y para eso hay que llevarse bien con los poderosos que, «oh, sorpresa», están con Macri como estuvieron con Kirchner como lo estarán con el próximo.

Los así llamados «dirigentes sindicales docentes» ahora son combativos. El «maestro» Baradel, jefazo del SUTEBA se enoja antes de aclarar si alguna vez trabajó en alguna escuela. ¿Será que el enojo le permitió no responder? ¿O será que no tiene pasado docente? Obvio que el periodista se lo preguntó con toda la maldad, pero era una oportunidad para no enojarse y tirarle con los antecedentes laborales, ya que era una pregunta que tienen muchos. Digamos, era una inquietud que yo también tengo, sobre todo porque está llenito de gremialistas que nunca trabajaron de nada, excepto de gremialistas. Ni hablar de que tiene todo el aspecto de estar reñido con el jabón. Y si dictó clases alguna vez ¿yo quiero que este tipo, que no puede ni enunciar una oración sin que se le trabe la lengua, sea profe de mis hijos? Pero dejemos los infundios personales de lado. Baradel, el cordobés Montserrat y tantos pero tantos otros comienzan todos los años amenazando paro (y por ahí hasta paran un par de días), luego negocian, y luego nos entregan ataditos de pies y manos una vez más. Hace años que los «aumentos» de los docentes están por debajo de inflación y encima en cuotas que lo reducen aun más. Si uno fuera mal pensado diría que ellos arreglan para sí mismos y nos entregan a nosotros. La realidad es que son burócratas y su negocio es ser el intermediario en la venta de la fuerza de trabajo. Como además son burócratas docentes entonces su principal interlocutor es el Estado, y si se portan bien capaz que terminan como ministro de Educación (por ejemplo Walter Grahovacs) o secretario de algo (por ejemplo Tulio del Bono que pasó de secretario general de la CONADU a Secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva Nacional, o sea de Kirchner,… de empleado a patrón).

Luego viene la ciudadanía. Macri es lo que es y no puede ser otra cosa; Massa es un vivillo que si llega (cuando llegue) al gobierno revelará sus colores fachos. Los K siguen gritando como energúmenos convencidos que «el que grita más gana». Los burócratas son vendidos y su negocio es controlarnos. Pero ¿y los 60 mil voluntarios para reemplazar a los huelguistas? La cosa comenzó, tal como explica La Izquierda Diario, con un tal Mariano Bronenberg, asesor PRO, ex teniente coronel del Ejército y espía del Batallón de Inteligencia 601 que se ofreció para reemplazar a los huelguistas docentes. Luego fue reproducido por los llamados trolls en las redes sociales. Pero lo interesante es que es la primera vez que este tipo de cosa funciona. Menem intentó lo mismo y los K amenazaron con algo similar. Pero no lograron tracción. ¿Por qué ahora si? Y 60 mil carneros no es poca cosa. Ni hablar si uno rastrea en las redes sociales el tema: la cantidad de comentarios que insisten que el paro es una extorsión a los padres de los alumnos es mucho mayor a la de los indignados como yo que estamos en contra del «voluntariado». Y dejemos de lado las reacciones conspirativas del tipo «son agentes del PRO» o «son los mismos boludos que votaron a Macri». Durante más de un siglo ser carnero fue algo malo y execrable en Argentina. Es más hasta hace poco las huelgas docentes contaban con la simpatía, o por lo menos la anuencia, popular. ¿Y ahora? En parte es la necesidad: más de un pobre tonto piensa que así puede acceder a un trabajo. Y como me dijo una vez un viejo obrero clasista del SMATA «lo que no pudo la tortura, lo puede el hambre». Pero hay más, mucho más.

Creo que estamos registrando los cambios en la Argentina de décadas de políticas neoliberales, de discursos anti obreros, de promover el individualismo. Hace cuatro décadas se decía «yo, argentino», como sinónimo de no me importa, no me meto. Y hoy eso parece estar a la orden del día. Los docentes, igual que los trabajadores en general, son como decía Mafalda «el jamón del sánguche internacional». El gobierno de turno arremete, los empresarios se enriquecen cada vez más, la oposición es timorata en el mejor de los casos, los gremialistas nos entregan. Y todos hacen su negocio a costillas nuestras. Al mismo tiempo todo el mundo reconoce que los salarios (y en este caso el de los docentes) son de explotación y empeoran todos los años. Las condiciones de trabajo también van cuesta abajo. Y la estabilidad laboral no existe. O sea, el conflicto tiene causas justas. Pero como también reconocen que los gremialistas (no los afiliados) son burócratas que utilizan los conflictos para fines espurios entonces el ciudadano común duda. A eso hay que agregarle el agotamiento: todos los años «sopa», y nada se soluciona (obvio si los gremialistas amagan y luego nos negocian). Mientras tanto más de una familia, donde papá y mamá salen a trabajar tempranito todos los días, tienen que ver cómo resuelven que los hijos se queden en casa; amén que muchos hacen grandes esfuerzos para se eduquen y tengan un futuro. La combinación es mortal: el gobierno te desgasta, los burócratas te negocian, las familias no saben qué hacer, y los empresarios hacen cada día más «escuelas empresas» para ricos dejando al común de la gente varada en la ignorancia y sin futuro. En el proceso los docentes se alzan todos los años, casi en soledad, reclamando sus derechos y luchando por una educación para todos. A mí no me gusta hacer huelga, y prefiero estar tranquilo en casa y disfrutar de la vida. Pero ante la agresión patronal, la huelga es un arma legítima de los trabajadores. Son los patrones los que insisten una y otra vez que la acción colectiva «perjudica a los usuarios». Si realmente se preocuparan por los usuarios entonces garantizarían que los trabajadores estén contentos y que puedan darle de comer a sus hijos. En un golpe bajo nos tiran con los estudiantes diciendo que los queremos perjudicar. La realidad es que son ellos los que perjudican a estudiantes y a docentes con condiciones laborales (y educativas) inaceptables en cualquier lugar del mundo. La docencia, como cualquier empleo, es un trabajo y el derecho a la huelga es una conquista de los trabajadores que tomó décadas conseguir.

Al mismo tiempo, más de un burócrata utiliza la huelga para fines mezquinos; pero no deslegitima que las reivindicaciones de los docentes sean justas. Yo no banco a Baradel y a la burocracia docente, pero sí banco a los docentes. Por ende, mi familia y yo pararemos el 6 y el 7 de marzo. Como también los apoyamos en todos los paros durante años, sea Cambiemos o sean los Kirchner el gobierno. No puedo decir lo mismo de la oposición: mis amigos K militaron activamente en contra del paro docente desestabilizador de marzo de 2015, insistiendo que «es un paro electoral». Ellos son oportunistas; yo no.

Esto me recuerda a una «amiga» que me encaró el otro día para sindicarme que yo tenía la culpa de que Macri fuera presidente por haber votado en blanco. Dejo de lado que por lo menos yo tuve principios y fui coherente con mis críticas a los K durante años y mi repudio a los neoliberales de toda laya (cosa que no puedo decir de mi «amiga» que pasó de guevarista a FREPASO a menemista a progre kirchnerista y hoy ¿quién sabe?). Me llama la atención la falta de autocrítica, y lo obtusa que puede ser la gente. En 2011 los K ganaron con el 54% del voto, en 2015 perdieron con 48% a pesar de que captaron el voto de cientos de miles de progresistas asustados por el macrismo. ¿No les dice nada eso? ¿Y la autocrítica dónde está? Su candidato Daniel Scioli era impresentable, a pesar de eso insisten que si hubieran ganado «las cosas seguirían bien». Bueno, a otro perro con ese hueso. Scioli era un «culeado» (como dicen los cordobeses), y Macri otro tanto. ¿Y si las cosas estaban «tan bien» cómo es que perdieron? La respuesta es obvia: la gente, tonta, se dejó manipular por el discurso de los medios de comunicación y por la oligarquía que, supongo, no existían en 2011.

Volviendo a los docentes: ¿no hubo paros docentes durante los gobiernos K? ¿El salario no hacía más que mejorar? ¡Vamos! Según la kirchnerista Agencia Federal de Ingresos Públicos (AFIP), de noviembre de 2011, Educación era el segundo peor salario promedio en el sector servicios y el tercero en la general. Entre dos pésimas opciones, la única postura ética era decir que no. O sea, tratar de aportar a que se construya un polo alternativo antineoliberal. «Lo que pasa es que el antiperonismo es el camino a la derecha», me dijo otro amigo de años. Supongo que ahora descubrió que soy gorila y antipopular. Vamos, el peronismo es la derecha. Hace 70 años que Perón llegó al gobierno e hizo algo positivo… ¿y desde entonces? A ver… José Espejo, la Sección Especial de la Policía Federal, Vandor, Lorenzo Miguel, López Rega e Isabel, el somatén del 73, Guardia de Hierro, Italo Luder y los decretos de exterminio, la Triple A, Triaca padre, José Luis Manzano, Antonio Cafiero, los «gordos» de la CGT, el espía de la UOCRA Gerardo Martínez, Carlitos Menem y todos sus amigos, los «honestos» Kirchner y sus amigotes como Aníbal Fernández… y estos son solo algunos de los que se me ocurren. Todos peronistas. Por cada John William Cooke (que valga sea recordarlo fue acusado de comunista por el vocero de Perón, Raúl Apold) hubo decenas de derechistas que en realidad le dieron la tónica al «movimiento nacional».

Mario Roberto Santucho decía que «el peronismo es de izquierda en el llano y de derecha en el gobierno». Creo que tenía mucha razón. En 2011 Cristina Kirchner era «amiga» de Mauricio Macri; ella se enfrentaba, una vez más, a una huelga docente a comienzos del año escolar, mientras que Mauri otorgaba un aumento por encima de inflación. Seis años más tarde los roles se han invertido: Cris reclama el aumento, Mauri lo niega. Claro que en la única provincia que gobiernan los Kirchner, Santa Cruz, tampoco hay una oferta digna a los docentes.

Quizás lo que más me enfurece es la profunda capacidad de amigos y compañeros, que yo creo inteligentes, para ser absolutamente irracionales y sectarios. Nada de discutir, nada de escuchar al otro, nada de hacer preguntas y pensar las respuestas. Para unos los docentes son chantajistas; para los otros los burócratas sindicales son héroes. Las diatribas, la descalificación, las palabrotas, sustituyen a los argumentos racionales, y una trayectoria de una vida no alcanza para que piensen que por ahí no estoy de acuerdo por alguna razón valedera. Cualquier crítica es desestabilizadora, gorila, antipopular, «camino a la derecha». Me ne frega un cazzo. Yo apoyo a los docentes, critico a los burócratas, y rechazo a Macri y a los Kirchner. Como dijo Mercucio, en Romeo y Julieta, «¡Malditas sean vuestras dos familias!» («A plague on both your houses»).

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