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No al aborto. SÍ a una legislación que lo permita

por Rafael Bitran

A mi parecer, el tema del aborto es tratado en muchas ocasiones con una liviandad preocupante. Esto se agudiza cuando se plantean solo frases simplistas como: «Sí al aborto», y no como parte de una propuesta para que su práctica se legalice.

En primer lugar, una aclaración necesaria: opino que es de vital importancia la aprobación de una Ley que permita el aborto de manera segura, libre y gratuita. La prohibición no soluciona nada. Por el contrario, tiene consecuencias nefastas para la sociedad. Además de las consabidas muertes de aquellas mujeres que no cuentan con dinero para pagar una atención apropiada, su no legalización tiene como corolario otro efecto muy nocivo. Al ser una práctica que debe realizarse de manera furtiva y semiclandestina, se dificultan las posibilidades de que la paciente reciba la adecuada información de lo que ha decidido llevar adelante. De este modo, es más probable que desconozca las potenciales consecuencias en lo que tiene que ver con su salud (física y psicológica), como la existencia de otras probables alternativas.

No obstante, hay otra afirmación sobre la que tampoco tengo dudas. El aborto es una tragedia. Una realidad que, ojalá, pudiera evitarse la mayor cantidad de veces posible. Aclaro que esto no parte de ningún prejuicio religioso. Por el contrario. La difusión de concepciones religiosas, en ocasiones, es una de las responsables de tantos embarazos no deseados. Como ejemplos, el discurso contra el uso de medios profilácticos y una política restrictiva acerca de la educación sexual en instituciones controladas por estas convicciones.

¿Entonces por qué una tragedia? Tal vez primero habría que saldar la eterna discusión acerca de cuándo se considera que comienza una nueva «vida». No tengo el más mínimo conocimiento para responder ese interrogante. Es tan relativa la cuestión, que los/as mismos/as profesionales y especialistas en el tema nos dan respuestas muy diferentes. En algunos casos, seguramente influenciados/as por sus convicciones ideológicas.

Tanto se aborte una vida (¿será a partir de los tres meses?) o, tragedia, también desde que el embrión está dentro del útero de la madre; aclaración que considero necesaria pues es, en algún aspecto, algo distinto el caso de embriones congelados (qué discutible esta afirmación, ¿no? Por lo menos, si tomamos solo la crítica «ética», ¿qué diferencia habría entre un embrión congelado y uno ya implantado en el útero materno?). En síntesis: sea terminar con una vida ya conformada como tal o interrumpirla cuando está por serlo, es algo que debería tratar de evitarse hasta las últimas instancias. Y aquí algo fundamental. El principal responsable de esto debería ser el Estado, el mismo que debe garantizar la libertad y gratuidad para que se realice. Parece contradictorio. No creo que lo sea. Intentaré explicar mi postura al respecto (por momentos con dudas y algo confusamente, debo reconocerlo).

Pienso que una sociedad en camino a ser más justa es aquella donde la mayor cantidad de sus integrantes viven con todas sus necesidades básicas satisfechas y pueden además disfrutar su tiempo de ocio, su familia, los espacios creativos, etc. Donde el individuo se sienta «en sí» mientras trabaja y no «fuera de sí» como sucede en el trabajo enajenado propio del capitalismo. Donde la concepción de lo social pase primero por lo colectivo y recién luego por lo individual. Donde la democracia sea una forma de gobierno directa y no meramente representativa. Todo ello en un clima político donde se respeten los derechos humanos y las libertades fundamentales. En síntesis, una sociedad donde lo que se llama «felicidad» y realización física y psíquica sea para todos, donde la vida –una buena vida personal y colectiva– sea el principal bien a defender.

¿Qué tiene que ver esta rudimentaria descripción de una vía al ¿«socialismo»? con el tema del aborto? Además, aun cuando pudiéramos relacionarlo con nuestra cuestión, es obvio que vivimos en una sociedad radicalmente distinta a la de la utopía recién descripta. No obstante, soy un convencido que todo tipo de medidas que puedan instrumentarse para mejorar la existencia de los/as nacidos/as y por nacer, pueden y deben ser llevadas adelante. El punto que siempre tiene que ser defendido a ultranza, y no es negociable, es la concepción humanista. Desde esta deben enfocarse todas las problemáticas sociales. En ella, la finalidad primera y última es el bienestar de la mayoría de los seres humanos entendidos socialmente y no como meros individuos aislados y sin responsabilidades colectivas.

Aunque no quede claro para muchos y muchas, es en nombre de la «libertad individual», (un principio claramente burgués que, no obstante, ha sido importante en algunas conquistas colectivas de la humanidad) que se sostiene que todo ser humano, puede «hacer lo que quiera con su cuerpo». No me cabe duda que esto es y debe ser así. Pero, si está en juego «solo» su propia existencia. Cuando hay un embarazo, me animo a sostener que ese ideal, como mínimo, se relativiza y debería al menos replantearse.

Al respecto, es llamativo el discurso de algunas organizaciones y/o individuos que verdaderamente creen en la necesidad de caminar hacia una sociedad con mayor justicia para las mayorías. En algunos casos, sus posturas sobre el tema parecen, primero que nada, una simple consigna partidaria políticamente correcta para la coyuntura.

No es raro encontramos con algunas expresiones que, tristemente según creo, parecen tomar posición sobre el tema desde una concepción donde se dice «Sí al aborto», sin acompañarlo de un mayor análisis; como si fuera una consigna de moda. O, como si la cuestión fuera una conclusión «lógica» y «necesaria» de las tan justas luchas por los derechos avasallados de las mujeres en una sociedad, sin dudas, predominantemente machista. Disculpen si ofendo a algunos/as pero, en ciertas ocasiones (muy puntuales, por cierto), esto hace pensar a un «lugar común» que les permite creerse y presentarse, solo con esta consigna, como muy «progresistas» y «radicales».

Muchas veces en la lucha política parece haber terror a matizar las posiciones; a mostrar las contradicciones de alguna o algunas posturas. Sostengo que reconocer aspectos negativos y perjudiciales en relación al ejercicio del aborto no necesariamente debilita la urgente legalización de su práctica y la garantía de una atención médica y psicológica de calidad y gratuita para quienes decidan hacerlo. Me parece que su reconocimiento, por el contrario, fortalece esta tan necesaria medida. Plantea el debate desde un lugar que no es el más conveniente para los sectores opositores pues lo desplaza de lo «ético» y-o moral (donde la discusión es eterna) y lo ubica en el de las urgentes necesidades sociales.

Por todo esto creo que es obligación del Estado hacerse responsable de una política que reduzca al mínimo posible la cantidad de abortos. Una política sistemática de educación sexual es el primer paso. Que en ella se profundice lo relativo a los métodos profilácticos y también las diferentes problemáticas socio-económicas y afectivas que muchas veces se expresan (no mecánicamente, obvia decir) en embarazos no deseados. En segundo lugar, la legalización del aborto me parece una medida muy importante para reducir el número de ellos. Por lo menos, si lo pensamos no en el corto, sino en el mediano plazo y acompañado necesariamente de una reglamentación estatal dirigida a ello. ¿Cómo sería la articulación de una política de este tipo?

Hoy debe aprobarse de manera urgente la legalización. Cada día que pasa, es la potencial y real muerte de una mujer por un aborto «ilegal». No obstante, con el tiempo, el Estado debería constituir un numeroso equipo idóneo de profesionales relacionados con la problemática. Médicos, psicólogos, asistentes y trabajadores sociales (de todos los géneros, obviamente) dedicados en exclusiva a atender a todas aquellas mujeres y/o parejas que desean abortar.

Antes de ser interrumpido el embarazo, la mujer y el potencial padre (de estar presente) tendrían la obligación de entrevistas con estos/as profesionales. En ellas se compartirían con la o las personas implicadas las distintas problemáticas que implica un aborto desde una visión interdisciplinaria. Se tendría que analizar caso por caso en su contexto social, afectivo y económico. En base a ello, se intentaría ver la posibilidad de plantear opciones a la práctica abortiva. Entre ellas, la existencia de un programa serio y eficaz de adopción y el ofrecimiento de una asistencia social, económica y laboral para la mujer y/o su pareja cuando estos son los factores que los llevan a la decisión de abortar. Destaquemos que todo este trabajo debería cumplirse de manera rápida y urgente para impedir que la gestación siga avanzando mientras los implicados toman la decisión de interrumpirla o no.

Pese a todo ello, la decisión final siempre deberá seguir siendo de la mujer. Y el equipo de profesionales tendrá la obligación de acompañarla siempre, sea cual sea la postura que ella decida. Aunque no debemos olvidarnos de tener también en cuenta al potencial padre, si este dice presente en el proceso. Por ejemplo, la terrible situación donde la embarazada quiera abortar y el futuro padre no lo desea. ¿Cuánta justicia hay en esto? ¿Cómo buscar la mejor solución, cuando es la mujer la que tendría que «soportar» el embarazo por nueve meses? La verdad, este es un interrogante que me es muy difícil de responder. Pero creo de suma importancia señalarlo y, espero, que alguna vez se introduzca en los debates sobre el tema.

En síntesis: opino que debería ser una responsabilidad del Estado promover una instancia obligatoria (sí, obligatoria) que brinde información, asesoramiento y opciones antes de abortar. Él es el instrumento colectivo con que contamos para ir realizando una sociedad más justa y donde una vida que valga la pena ser vivida sea la prioridad. Pero sin olvidar que, también él, debe asegurar una interrupción legal, gratuita y de calidad de los embarazos no deseados, una vez descartadas otras alternativas por la o los implicados.

¿Es una locura siquiera imaginar algo así en una sociedad como la nuestra? Tal vez sí; además algo difícilmente practicable. Primero, por la fuerte oposición reaccionaria y no reaccionaria frente a la despenalización (creo que es un error pensar que todos los integrantes de esta postura antilegalización sean lo mismo). Además, cualquiera puede remarcar los gastos e inconvenientes que esto resultaría para un gobierno. Pero ¿para qué está un Estado si no es para velar por una vida mejor? Y –por lo menos en lo que se relaciona al tema de estas páginas– para qué, sino para darle una oportunidad a ese ser que podría nacer y no verse interrumpida su futura existencia por medio de un aborto clandestino. Para qué, sino para evitar la pérdida de vida de miles de mujeres que hoy recurren a prácticas ilegales. Finalmente, para qué, sino para ofrecer a una potencial madre y/o un padre alternativas antes de tomar una decisión tan difícil como la de eliminar un futuro hijo o hija con todo lo que ello puede llegar a implicar.

Tampoco debemos pecar de ingenuos y simplificar la realidad. Para la realización de lo antedicho no solo se necesitaría un Estado dispuesto a destinar más recursos en la cuestión que nos ocupa. Sino uno con una orientación social que no priorice las necesidades del mercado, ni esté atado a las todavía fuertes presiones de grupos clericales y conservadores. Así, queda claro entonces, que el tema del aborto es una problemática que se excede ampliamente a sí misma. Es, nada más, nada menos, que otro tema clave en la lucha por una sociedad con mayor justicia.

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2 comentarios sobre «No al aborto. SÍ a una legislación que lo permita»

  1. Coincido en muchos aspecto con el autor. Creo que en el caso de Argentina particularmente, y según tengo entendido nuestro país adhirió al Pacto de San José de Costa Rica, que considera que la vida existe desde el mismo momento de la concepción, (llámese a la unión del espermatozoide con el ovulo). Quizás entonces habría que modificar nuestra Constitución, para después y correctamente realizar un o varias leyes respecto del tema. Hoy votar así porque sí, es anticonstitucional.
    Coincido que el tema debe imponerse en la faz educativa, no solo con los métodos anticonceptivos y un buen asesoramiento para adolescentes, también con la enseñanza de valores que se están perdiendo aceleradamente y también concientizar al sistema de salud, respecto de la necesidad de implementar el aborto como sistema. Ya que el sistema de salud hoy reacciona frente a un aborto clandestino, que produce secuelas, pero el médico en su juramento hipocrático jura defender la vida. Son muchos temas, no hablamos de verdes o celestes.

  2. Muy claro tu artículo. Me gustó cómo están dichas cosas difíciles de decir.
    En realidad no me extraña de vos. Ok amigo Rafa de vos no me extraña. Francisco Chiappini

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