Ilustración para el cuento de Asesinato en la Calle Morgue de Poe por parte de Daniel Urrabieta

El mono de Poe

por Antonio Pozzi

Edgar Allan Poe (1809-1849), el gran cuentista y poeta norteamericano, publicó «Los crímenes de la calle Morgue» en 1841, introduciendo por primera vez al personaje de Auguste Dupin, el célebre e ingenioso detective, la fría mente racional y analítica, el precursor de Sherlock Holmes y Hercule Poirot, por dar algunos ejemplos.

Se considera a este cuento como el primer policial. En este sentido, el cuento funciona, en cierto modo, como una especie de manifiesto o propuesta programática que sentará las bases fundamentales del género policial. Sin embargo, no me centraré en los aspectos formales o en lo revolucionario del cuento, en su condición de instaurador de un nuevo género. Por el contrario, plantearé la relación que se establece entre capitalismo, racionalidad decimonónica y el orangután, el mono de Poe. Mi idea es considerar a estos tres factores como estrechamente ligados, con la intención de proponer un análisis del cuento como representativo del choque entre dos concepciones filosóficas contrapuestas características del capitalismo y como escenario de una lucha de clases subterránea y disimulada.

«Los crímenes de la calle Morgue» es la historia de un asesinato brutal y, aparentemente, irresoluble. Madame L’Espanaye y su hija son asesinadas salvajemente en su departamento. No hay sospechosos reales, la puerta estaba cerrada por lo que nadie pudo haber entrado o salido, hay signos de un gran altercado que dejó el piso de las dos mujeres en condiciones ruinosas, sin embargo, el asesino no se llevó nada de valor y los testigos testimonian haber escuchado dos voces: una dura y gutural, que son incapaces de identificar y afirman que pertenece a idiomas distintos (un testigo dice que la voz es rusa, otro dice que es francesa, otro que es italiana, etc.); y la otra la reconocen como la voz de un francés, dado que logran discernir las palabras Mon dieu! y sacre y diable. La noticia llega a nuestros dos protagonistas, Monsieur Dupin y el narrador, a través del periódico La Gazette. Debido a la falta de imaginación, ineptitud y carencia de aptitudes analíticas por parte de la Policía parisina, Monsieur Dupin toma en sus manos la resolución del crimen, no por un interés real en el destino final y sangriento de las dos mujeres asesinadas, sino como ejercicio mental. Luego de un largo y detallado análisis de las pistas y las condiciones del crimen, basado en el racionalismo más excelso y elevado, Dupin llega a la conclusión de que el asesino es un orangután, traído de Borneo, perteneciente a un marinero que tenía la intención de venderlo luego de capturarlo en la isla. Resulta que el orangután se le escapó y, en un momento de desenfrenado paroxismo y paranoia persecutoria, el orangután se metió en el departamento de Madame L’Espanaye y su hija a través de una ventana y las asesinó de una manera tan salvaje que la posibilidad de que hubiesen sido manos humanas las perpetradoras del crimen era imposible.

Esto, para mí, plantea dos cuestiones correlativas: la primera es el antagonismo entre dos condiciones fundamentales en el capitalismo: la confianza absoluta en el racionalismo como forma de reducir lo conocido y misterioso a causas y efectos analizables basados en una lógica indiscutible, y el caos absurdo del mundo. Dupin, abanderado del racionalismo decimonónico, efectúa una descripción y una interpretación de los hechos que tiene una conclusión lógica. Sin embargo, el asesinato es profundamente ilógico. No tiene móvil, no tiene razón. Madame L´Espanaye y su hija son asesinadas por un orangután, no por un individuo frío y dotado de raciocinio, o por un loco que ha perdido la razón (en todo caso el loco representaría la pérdida de la razón, lo cual significa que esta aún es una presencia discernible en su condición, a pesar de que se encuentre ausente. La ausencia siempre conlleva una presencia perdida.). No, al contrario, su destino final es signado por el acto irracional y absurdo de un animal que fue capturado y que luego logró escaparse. La violencia de los crímenes no tiene razón. Incluso Raskolnikov y Mersault tienen justificaciones para sus asesinatos, llevan consigo una ideología y una concepción de la realidad: la destrucción en tanto acto de invención o de imaginación. No es el caso del orangután. En este sentido, el racionalismo de Dupin choca con el caos del mundo. Esto tiene una significación particular en el capitalismo, donde la burguesía intenta, por todos los medios, racionalizar y dominar lo aparentemente indómito del universo, a pesar de que incluso el mercado termina, para algunos economistas liberales, por convertirse en algo fuera del dominio y dotado de sus propias leyes («El mercado se regula a sí mismo»). El racionalismo burgués intenta colocar todo lo que se encuentra bajo el cielo dentro del dominio de lo conocido. Intenta acabar con aquello que Adorno y Horkheimer, en Dialéctica de la Ilustración, señalaban como «maná» en los tiempos anteriores a la racionalidad ilustrada, aquello que es misterioso, mágico, divino, que no puede ser conocido. Y sin embargo, fracasa en su empresa. «Los crímenes de la calle Morgue» es un ejemplo claro de esta derrota.

La segunda cuestión que plantea el cuento es una quizás más complicada. El mono de Poe, si se me permite la analogía (quizás poco seria), es el proletariado. El orangután es la representación cabal de la opresión capitalista, que reduce al proletariado a una masa uniforme, desprovista de individuos, violentada y sometida a condiciones inhumanas. El proletariado, en el capitalismo, es lo inhumano. Los guardianes de la civilización y las buenas costumbres se asombran cuando los oprimidos se levantan contra sus opresores y ejercen la inhumana violencia de las revoluciones, pero callan y se mantienen inconmovibles cuando la burguesía ejerce su violencia, más brutal y salvaje, sobre el proletariado. Dupin dice:

«Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento, hemos llegado al punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible».

Por otro lado, si consideramos los testimonios de los testigos, todos identifican el idioma de la voz gutural y salvaje como un idioma distinto del suyo propio. Por lo tanto, Isidore Muset dice que la voz es la de un español, a pesar de que no sabe hablar tal idioma; Henri Duval cree que la voz es italiana, a pesar de que no sabe hablar italiano; Odenheimer, proveniente de Amsterdam, considera que la voz es francesa, a pesar de que no sabe hablar francés y su testimonio es recibido a través de un intérprete; Alberto Montani identifica a la voz como rusa, a pesar de que nunca ha escuchado hablar a nadie en ruso. Esto representa por un lado los signos de un nacionalismo incipiente y el problema del extranjero como el «otro», como lo sospechoso, y del compatriota como libre de todo mal. El crimen debe ser obra de un extranjero, de otro distinto de mí. Por otro lado, el hecho de que todas estas lenguas se confundan en los sonidos guturales emitidos por el orangután nos lleva, inevitablemente, a aquella formulación de Marx y Engels en el Manifiesto: «el proletariado no tiene patria». Los obreros no hablan ninguna lengua y a la vez hablan todas. Es como si la Torre de Babel se hubiese perpetuado en ellos. Como el proletariado no tiene nación entonces es el extranjero perpetuo, el otro, lo desconocido, lo indómito, el monstruo, el sepulturero (imagen digna de Poe), es el orangután. Y en este sentido podemos pensar en otro monstruo: en Asterión. Él también es el proletariado, no necesariamente porque represente el arquetipo proletario, sino porque él está esperando a su redentor:

«Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?».

El mismo dilema aparece en Prometeo encadenado, de Esquilo. Hefesto, Dios del Fuego, le dice a Prometeo: «La carga que sufres ahora siempre te oprimirá, pues tu salvador aún no ha nacido». El Titán es castigado por desafiar a los dioses y ayudar a los hombres. Es encadenado a una montaña en los confines del mundo y dejado a su suerte, esperando a su salvador, a aquel que lo redimirá.

El proletariado también se pregunta quién será su redentor, que aspecto tendrá. Y la respuesta es bastante simple: su redentor es él mismo. Su porvenir está en sus manos. Como dice el Manifiesto: «los proletarios no tienen nada que perder excepto sus cadenas. Tienen un mundo que ganar». Y si seguimos con los monstruos, el proletariado es Frankenstein, creado por un hombre noble y aristocrático, condenándolo al sufrimiento eterno. Y, sin embargo, Victor Frankenstein, como el capitalismo mismo, creó su propio sepulturero. El monstruo de Frankenstein es el Prometeo Moderno, igual que el proletariado, conformado de distintas y disimiles partes.

El proletariado es un monstruo y quizás en eso reside su fuerza y su ímpetu revolucionario, su fuerza sobrehumana. No pretendo decir que el asesinato de las dos mujeres en «Los crímenes…» no es salvaje o brutal. Lo que quiero señalar, por el contrario, es que se considera con indolencia la violencia que se ejerce sobre el orangután, pero no la violencia que ejerce el propio orangután. Lo revolucionario del acto del mono es dejar descubierto el conflicto de clase y la particular ideología que se erige sobre tal conflicto. Sin embargo, hay un punto fundamental que diferencia al orangután del proletariado, y este es que el primero nunca podrá conferirle sentido a sus acciones, mientras que el segundo tiene como objetivo la construcción de una conciencia que le dé a sus actos la caracterización de acción política y revolucionaria (recordemos aquella famosa fórmula de Ulrike Meinhof, de la Fracción del Ejército Rojo: «Robar un auto es un crimen; robar cien es una acción política»). El objetivo no es caer en los mismos paradigmas de la racionalidad burguesa, sino, por el contrario, luchar contra el caos absurdo del mundo por medio de la constitución de sentidos comunes y de una conciencia particularmente proletaria. Resistir contra lo caótico no es negarlo, sino reconocer su existencia ineludible y sobre eso crear nuestros propios valores, nuestros propios sentidos, con miras a construir una sociedad distinta.

«Los crímenes…» termina con una derrota, no por parte de Dupin, que ha ganado al demostrar que solo con su cálculo racional podía resolver el crimen, sino por parte del orangután, que al final termina por regresar a la propiedad de su amo, el marinero. Sin embargo, toda derrota debe ser considerada como la base material de toda liberación, como prefacio de toda victoria futura. Lo que queda claro en el cuento es que el marinero necesita al orangután, pero el orangután no necesita al marinero. Lo mismo con el proletariado y la burguesía. Este debe ser uno de los puntos fundamentales de la emancipación de la clase obrera. Su redentor no tiene el rostro del burgués, su redentor tiene el rostro monstruoso y profundamente humano del orangután, de Prometeo, de Frankenstein, del proletariado mundial.

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