Cristales para mirar

Liberales, kirchneristas y ¿zurdos?

por Pablo Pozzi

Cada vez que creo que llegamos al fondo nos las arreglamos para cavar un poquito más y meternos en un agujero más hondo. Y todo pensando que estamos saliendo, o peor aún, pensando que no importa si salimos o nos enterramos. Y no es un problema únicamente argentino. De Bolsonaro, pasando por Ortega hasta Boris Johnson, está lleno el mundo de «líderes» que hubieran sido impensables hace solo veinte años, a los que la gente vota y en los que cree. Es evidente que la mezcla de neoliberalismo con la desaparición de la URSS nos ha hecho mal como seres humanos racionales y pensantes. Porque el problema no es tanto que la política mundial esté llena de semialfabestias, sino que todos tienen una importante base social que los apoya, celebra y están absolutamente convencidos que son genios.

En Argentina todas las encuestas, oficiales y oficiosas, dan cuenta del crecimiento de la derecha neoliberal encabezada por Javier Milei y José Luis Espert. Pero no crecen entre los viejardos, conservadores de mi generación, sino entre la juventud. Su discurso es una mezcla de falsedades, violencia, y «defensa de La Libertad». Falsedades porque gritan contra el Estado mientras insisten en aumentar las fuerzas policiales. Como si salir a reprimir resolviera el problema de la criminalidad. Y por si alguien, como el candidato de la izquierda Nico del Caño, lo pierde de vista, el aumento de criminalidad tiene que ver con el desempleo, el hambre, la desesperación y el embrutecimiento de la gente. En un país donde 52 % (cifras oficiales) son pobres, es obvio que la criminalidad va a aumentar. Al mismo tiempo, Milei salió en televisión acusando al candidato de la derecha macrista de «zurdo», «sorete» al cual «voy a aplastar». Todo mientras su público lo celebraba con gritos de júbilo. La novedad era el nivel de invectiva y el lenguaje soez, pero sobre todo la cantidad de gente que le pareció bien la violencia a la que llamaba su discurso. Y no es la excepción: el kirchnerista Sergio Berni y la macrista Patricia Bullrich no hacen más que crecer en las encuestas llamando a imponer «mano dura». Peor aún, por primera vez en la historia argentina, todas las encuestas coinciden que las Fuerzas Armadas hace un par de años que mejoran su imagen en la opinión pública. Esto es notable no solo porque llamar a defender la «libertad» mientras se reivindica mayores niveles de represión es una contradicción. En realidad, lo que eso demuestra es el nivel de desesperación de la gente (toda, no solo de los ricos o los sectores medios) y la anomia profunda de las nuevas generaciones. Pero también demuestra el fracaso de la educación argentina y el embrutecimiento de su población.

Esto los disfrazan de diversas maneras. «La Universidad de Buenos Aires está entre las diez mejores de América», gritan los titulares de los diarios. Mi primera reacción fue que los rankings son falsos, sobre todo porque gracias a la pandemia la UBA estuvo cerrada un año y medio, con los primeros seis meses sin siquiera clases virtuales. Claro que por ahí mejoró estando cerrada y sin que sus «insignes» profesores les arruinaran la cabeza a los alumnos. Más gracioso todavía fue que la UNESCO declaró a La Matanza «ciudad del aprendizaje». Gracioso porque es una de las zonas más pobres, con menos recursos, más altos índices de violencia y deserción escolar. Como me dijo un amigo, profe de un secundario en lo profundo de La Matanza, por ahí se refiere a que aprenden lo que es la marginación que te impone el mundo moderno. Dado que la UNESCO mide todo por las cifras que le brindan los gobiernos debería ser obvio que la institución educativa se basa en datos escasamente confiables, amén de que sus representantes en Argentina son amigotes del poder.

Y ahí salta el tema de mi colega de la UBA, Laura Radetich. Hete aquí que un alumno de secundario le preguntó por la política nacional; ella se sintió «pinchada» (sic) y se mandó una diatriba de más de media hora donde insultaba al alumno, a sus padres y reivindicaba al kirchnerismo. Todo con tal mala suerte que el alumno (quizás a propósito) y un amigo la filmaron y lo postearon en las redes sociales. Rápida de reflejos, Radetich le dijo de frente march que «jamás iba a aprobar su materia». El Ministerio de Educación raudamente suspendió a la docente. El presidente Fernández, en cambio, salió a decir que era «bueno promover el debate en el aula». La derecha de todo tipo bramó en contra del adoctrinamiento. Mis colegas de Filosofía y Letras salieron a denunciar «la persecución de una trabajadora de la educación» y que fuera violada su intimidad filmándola. Mis amigos kirchneristas deploraron el método (o sea, la violencia ejercida contra el alumno) aunque insistieron que las ideas estaban bien, para luego repetir que el liberalismo siempre adoctrinó en el aula. En síntesis, nos volvimos a dividir entre pro K y anti K, y demostramos una vez más que nadie tiene una pizquita de neuronas ni de sentido común.

Vamos por partes. Si alguien hubiera tratado así a mi hijo en la secundaria, lo amenazaba y ejercía violencia en el aula, se la hubieran tenido que ver conmigo. Si el sistema no protege a los estudiantes del autoritarismo y el poder de docentes y autoridades, entonces mi hijo tiene que saber que puede contar conmigo. De la misma manera, la docente debería saber que tampoco voy a permitir que nadie, padres, estudiantes o autoridades, la maltraten en el ejercicio de su labor. Asimismo, la discusión sobre «adoctrinamiento» en el aula es ridícula. Los colegios religiosos y parroquiales produjeron una buena cantidad de guerrilleros en la década de 1960. Mi generación se formó con los textos de tipos como José Carlos Astolfi o Ricardo Levene, lo cual no nos impidió buscar en otras latitudes ideológicas e históricas. Recuerdo muy pocos compañeros que luego de leer a insignes liberales o mitristas salieran convencidos. Más o menos como cuando estudié en Estados Unidos: leíamos a Marx, Lenin y Trotsky como lecturas obligatorias no para adoctrinarnos sino porque el criterio era la mejor formación posible para que el capitalismo tuviera buenos cuadros. En algunos casos le salimos mal; pero fuimos muy pocos. Esa visión de que podemos ser «adoctrinados» por los docentes de forma fácil y simplemente por el discurso, no solo es falsa, sino que también es tonta. Sino el estudiante al que increpó Radetich hubiera pensado lo mismo que ella. Es más, un aspecto notable es que ese muchacho y su amigo se atrevieron a discrepar lo suficiente como para discutirle y filmarla. Pero el problema no es el adoctrinamiento en el aula. El problema sí es el autoritarismo y el ejercicio impune del poder de una docente sobre los alumnos. He tenido una inmensa variedad de profesores, todos con su ideología y punto de vista, todos más que dispuestos a discutirle a Pozzi. Y casi todos me permitieron plantear mis ideas y me dieron la discusión. En muchos casos eso fue un adoctrinamiento más real: buscaban convencerme, no imponer su perspectiva. Pero al mismo tiempo corrieron el peligro de fomentar en mí el pensamiento crítico y de obligarme a discutir con fundamentos.

Cuando mis amigos K aparentan defender a su compañera y colega Radetich diciendo que «siempre fue una loca», no solo están perdiendo el eje de la cuestión, sino que están avalando el autoritarismo de todo tipo. Digamos, es algo así como que está bien ejercer la violencia sobre los que piensan distinto siempre y cuando no nos agarren in fraganti. Al mismo tiempo, esto es una forma de fascismo. Y representa la otra cara de la moneda de las barbaridades que dicen individuos de la calaña de Milei.

Ahora, dejando eso de lado, una de las cosas que más me llama la atención es que cuando la conocí a Laura y su marido, ambos eran trotskistas en un proceso de alejarse de su partido. El kirchnerismo, y si es por eso el macrismo, que no son muy distintos, está lleno de fanáticos perseguidores de los disidentes. Eso ha sido siempre un gran tema de los historiadores. ¿Por qué tantos socialistas y comunistas se pasaron al nazismo y al fascismo? La respuesta de mis colegas liberales (esos que insisten, falazmente, que Estados Unidos es la única nación que jamás comenzó una guerra) es que izquierda y fascismo son dos caras de la misma moneda. Obvio que eso explica poco o nada. Sobre todo, no explica cómo tantos y tantos comunistas estuvieron en la trinchera del antifascismo desde la primera hora (a diferencia de los liberales). Plantear que eran unos pocos «loquitos» tampoco explica nada de nada. En cambio, supongamos que se trata de quebrar cualquier atisbo de pensamiento crítico, sobre todo porque sus propias ideas son tan contradictorias, con tan poca capacidad explicativa de la realidad, se entendería un poco más la furia de gente como Radetich (y, valga decirlo, tantos otros). Y la realidad es que el kirchnerismo es tan pero tan falaz y contradictorio, como el liberalismo, pero con menos capacidad de seducción. En realidad, son la furia de la clase media baja, que es racista con los pobres, envidiosa de los ricos, les teme a los obreros y quiere ser igualita que la oligarquía. Es más, su postura antioligárquica, lejos de ser genuina, refleja el resentimiento por sentir que le bloquean su posible movilidad social ascendente; y no porque postule otro tipo de sociedad. Son tan capitalismo de amigos, como los sectores de la alta burguesía, lo que varía es quiénes son los amigos.

Dicho de otra manera, no tienen hegemonía ni consenso. Y eso los lleva a ejercer el poder de forma brutal, omnímoda, y ejercerlo con una impunidad absoluta. No importa lo que hagas, si torturan o reprimen, siempre y cuando lo hagas abonando el poder de este lado. Muchos de mis examigos que fueron, o dicen haber sido, revolucionarios se han vendido y demuestran que jamás tuvieron mucha consciencia que digamos. Su objetivo era llegar al poder, no construir una sociedad más justa. Conscientes de que el pensamiento crítico les genera desafíos de todo tipo, se convierten en el cuadro de Goya donde «El sueño de la razón produce monstruos». En eso no son muy distintos a Milei, Espert o si es por eso Bolsonaro o Trump.

La Argentina se está desbarrancando hacia un fascismo desembozado. Donde no les queda opción a las nuevas generaciones excepto sumarse al festival autoritario o irse del país. ¿Y la alternativa de izquierda? ¿Esa que, ante la furia de las dictaduras de hace cincuenta años, concitó el compromiso de mi generación? Buena pregunta, que queda sin respuesta. Sobre todo, porque hay una cantidad de formaciones que se reivindican de izquierda, pero cuyos planteos y prácticas se asemejan más a las agrupaciones estudiantiles universitarias que al partido leninista.

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