Cristales para mirar

De sesgos va la cosa

por José María Rodríguez Arias

Cuando pasan tragedias o, bueno, cualquier evento importante, sale a la luz la guerra de la información, contrainformación y sobre todo de desinformación. Esta última, una verdadera plaga que en los tiempos de las nuevas tecnologías de la información, curiosamente, ha crecido como nunca, es la que gana terreno gracias, en gran medida, a lo poco que conocemos los sesgos cognitivos y otros errores de razonamiento y lo poco que hacemos para combatirlos. No podemos negar que todas las personas tenemos sesgos en nuestra percepción, es tarea de cada una luchar contra estos para poder razonar y racionalizar de la mejor manera posible. Estos días de pandemia los bulos corren con más velocidad, si cabe, que en periodos electorales. Además, se hacen palpables algunos sesgos, como el de recapitulación o retrospectivo, con un montón de cantamañanas que nos dicen que ellos o ellas ya avisaban de que todo esto pasaría cuando la hemeroteca muestra claramente lo contrario. Pero aún así, damos por buenas sus expresiones. Es cierto que muchas veces no estamos ante un «sesgo» propiamente dicho, esto es, la persona que pronuncia ciertas palabras sabe perfectamente que está mintiendo, pero por ahora prefiero tratar todo desde el punto de vista de la estupidez antes que de la malicia (de los pensamientos de Diderot hasta el principio de Hanlon), por puro beneficio de la duda. Este pequeño artículo es una recopilación de algunos de estos sesgos o perjuicios simplemente para que los tengamos en cuenta una vez que leamos, veamos o escuchemos una noticia, simplemente para someter dicha información a una segunda lectura o, en su caso, a la búsqueda de verificación antes de darla por buena.

Sesgo de recapitulación

También conocido como prejuicio de retrospectiva o sesgo retrospectivo. Básicamente consiste en modificar un recuerdo para que cuadre con el resultado final. Así, por poner un ejemplo que tiene que ver con esta pandemia, tenemos algunas periodistas o presentadoras que, hace un mes, decían que esto no era nada y que las medidas que el gobierno comenzaba a tomar eran totalmente exageradas, de histéricos que no saben qué hacer al mínimo problema. Hoy, un mes después y con cuarentena reforzada y ampliada, dicen que en su día ya avisaron de los peligros, que las medidas como las actuales debieron tomarse antes.

Este es un sesgo de la memoria. Tiene mucho que ver con que nuestra memoria es «actual», esto es, interpreta el pasado (nuestros recuerdos) según el presente, creando con total facilidad «falsos recuerdos» o interpretaciones de los mismos que cuadran con la realidad actual (un experimento muy simpático fue el que se hizo con parejas; se les entrevistó al poco de comenzar a salir y se les volvió a entrevistar muchos años después; la pregunta giraba en torno a la primera cita. Unos y otros habían transformado esa primera cita, las sensaciones y demás según el estado actual; por ejemplo, las personas que habían roto tenían un peor recuerdo de la primera cita, incluyendo frases como «con ese comienzo tenía que acabar mal» que quienes seguían juntas, así como quienes habían afianzado la relación la recordaban mucho mejor; en casi ningún caso el recuerdo de las sensaciones y demás coincidía con la primera entrevista.

¿Por qué es importante tener este sesgo en cuenta? Sencillo: vamos a escuchar a muchas personas, pero muchísimas, decir que ellas ya avisaban de todo lo que ha pasado, que era evidente que debíamos tomar tal o cual medida, que blablabla. Ya me entienden. Es posible que lo dijeran, pero es aún más posible que ni siquiera tuvieran una opinión sobre este tema o que sus frases fueran exactamente las contrarias que ahora aseguran haber dicho. Lo importante: buscar sus frases previas para ver si es verdad o no lo que ahora aseguran.

Por supuesto, hay mucha gente que no es consciente de que está modificando un recuerdo, que piensa realmente que su opinión no ha variado sobre este tema. Otra, en cambio, es consciente de que está mintiendo descaradamente.

Personalmente tengo claro que no lo vi venir. Que esto es mucho más grande de lo que pensé; que cuando vi las noticias de China me pareció que eran unos exagerados. Sé cuánto me he equivocado, lo sé ahora. Y desconfío (y es por otro sesgo, por cierto) de todo aquel que asegura «ya lo decía yo».

Sesgo de confirmación

Pero ¿por qué nos creemos esta noticia y no otra que dice lo contrario? ¿Por qué le damos valor a ese vídeo que no tiene ni fuente ni nada si lo comparte Fulanito pero, en cambio, negamos los datos que da un medio de comunicación normalmente certero? O, en otras palabras, por qué creemos con tanta facilidad unas cosas y decidimos no creer otras. Aquí entre en juego el sesgo de confirmación o sesgo confirmatorio. Este sesgo cognitivo y error en el razonamiento inductivo nos lleva a asimilar toda información que, en realidad, refuerza nuestras creencias. Así que entre dos noticias «igual de válidas», favoreceremos la que «cuadra» con la hipótesis o las creencias que ya están en nuestra cabeza.

Así que toda información que recibimos que confirme lo que pensamos tiene una credibilidad inmediata, pues cuadra con lo que «ya sabemos» (creemos). Si la información, además, viene dada por una persona en la que confiamos (por cercanía –típico de un familiar– o idolatría –famoso o político admirado–), entra solita, sin filtro alguno (ese mismo que debemos aplicar a cualquier noticia). Esto de la fuente, además, puede ocasionar una falacia bastante básica: el argumento ad verecundiam. Que tu ídolo diga algo no lo convierte en verdad, por si acaso.

Este sesgo también nos lleva a interpretar los datos según nuestras propias creencias. Así pues, cualquier dato «en bruto» o cualquiera que sea ambiguo será «leído» para que confirme lo que pensábamos previamente. Y, si hay contradicción, elegimos el que nos favorezca. Está probado que somos mucho más exigentes para creer un dato que contradiga lo que pensamos: en un estudio sobre este tema, se inventaron estudios a favor y en contra de la pena de muerte y se cogió a personas que estaban marcadamente a favor y en contra, se les dio la información (insisto: inventada) y todos eligieron el estudio que favorecía sus creencias, alabando el mismo y denostando el otro. Esto lo hacemos inconscientemente y hay que estar prevenidos para no sesgar la forma en que asimilamos la información.

Esto también está vinculado con la memoria y cómo «extraemos» información de la misma, está probado que recordamos con más facilidad los hechos que cuadren con nuestros prejuicios y creencias que los que son contrarios a ellas. De hecho, no «percibimos» con facilidad lo que rompe con lo que pensamos previamente. En su día, se hizo un experimento curioso, se dio una descripción de una mujer que tenía comportamientos extrovertidos e introvertidos, posteriormente se les dijo la profesión (a unos que era «bibliotecaria» y a otros que era «vendedora»), luego tenían que recordar ejemplos de comportamiento. Pues bien, a quienes se les dijo que era bibliotecaria, mayoritariamente recordaron ejemplos de comportamiento introvertido y quienes pensaban que era vendedora sacaron a la luz las características extrovertidas.

Aquí, además, tendemos a caer en confundir la correlación con la causalidad y de, por si fuera poco todo lo anterior, forzar correlaciones inexistentes.

En estos tiempos de redes sociales, la mayoría nos rodeamos de personas afines, leemos los medios de comunicación que nos dan lo que queremos y, encima, rechazamos cualquier cosa que venga de «los otros»; esta polarización resulta bastante cómoda pero dañina, es sano, por tanto, intentar contrastar cualquier información y leer y acceder a contenido generado por esos «otros». Y, por supuesto, estar dispuestos a cambiar de opinión y a aceptar que una información que dimos por válida igual no lo es.

Generalización apresurada o precipitada

Es una distorsión cognitiva, que, además, puede apoyar algunos de los sesgos (por ejemplo, yo lo veo muy vinculado al sesgo confirmatorio). También conocida como muestra sesgada. Y es una falacia, por cierto. Consiste en que una anécdota la generalizamos. O, dicho de otra forma, teniendo pocas pruebas pasamos a inferir una conclusión que, en sí misma, es errónea (por no tener sustento).

Esto ocurre tanto en lo pequeño (conozco personalmente tres casos de tal, generalizo a que todos los tales son como esos casos; muy habitual para el racismo y totalmente enrocado, además, con el sesgo confirmatorio) como en lo global (acá el problema de las muestras para las estadísticas es claro; por eso las encuestas en las redes sociales no sirven, la muestra está «preseleccionada» y sesgada).

Las noticias, según cómo se dan en los medios de comunicación, se fijan mucho en la anécdota, en lo que sale de la norma (o, dicho de otra forma, lo que vemos cotidianamente no es noticia). ¿Cuántas residencias de personas mayores hay en España? Hay (o había en 2019) más de cinco mil residencias con casi 373 mil plazas en total, ¿cuántas han tenido focos importantes de Covid-19 y fallecimientos en masa? Indudablemente estamos hablando de un colectivo especialmente vulnerable en condiciones de convivencia que favorecen la transmisión del virus de marras, pero son «pocos» casos donde se han dado verdaderas tragedias (en masa), ahora bien, cometeríamos un error tomar todas las noticias (¿de decenas de residencias altamente afectadas?) y pensar que eso está ocurriendo en la totalidad de las residencias sería una generalización apresurada. (No quita para que se deba ser especialmente precavidos en estos centros, pero por otros motivos, porque son centros con población especialmente vulnerable).

Está íntimamente ligada con el sesgo confirmatorio y, además, con la falacia de evidencia incompleta. También con la prueba anecdótica (tan usada en las pseudociencias), que normalmente se basa en un error de atribución y de confundir correlación con causalidad (Menganita tenía Equis y se curó después de hacer Ye, Ye cura Equis, pues no, ahí hay, en el mejor de los casos, una correlación, no hay prueba de nada). Debemos tener mucho cuidado con la información basada en «casos únicos» y cualquier «anécdota» poco probada, como pasó con lo de beber alcohol para matar el virus en el cuerpo (y los estragos que ha causado en un país).

La generalización apresurada se mezcla a veces con otros prejuicios y con el sesgo confirmatorio. Además, obviamos otros factores para centrarnos únicamente en lo que consideramos «malo» de una persona o grupo (en gran parecido con el error de atribución, pero ahora aplicado a un grupo en vez de a las cuestiones internas de una persona individual). Así pues, se está «generalizando» a colectivos actitudes más o menos individuales y atribuyendo a decisiones internas (motivos personales) o culturales lo que tiene otro tipo de motivaciones (sin obviar las personales o sociales, que influyen, claro). Estos días, para ir con un ejemplo concreto, ya he leído varias noticias de «los gitanos no respetan la cuarentena» y lo atribuyen a elementos personales y colectivos (no quieren porque no respetan la ley) que refuerzan el racismo existente (y acá hemos hecho combo con el sesgo confirmatorio); lo primero, es una generalización apresurada: no son «los gitanos» (grupo étnico-cultural bastante amplio) los que no guardan el confinamiento, las muestras a las que se refieren son personas concretas que viven en determinados barrios donde, en general, se están saltando la cuarentena. ¿Cómo son las viviendas en esas zonas? Esto es importante, lo atribuimos a una decisión de no querer respetar la cuarentena lo que se debe a las condiciones materiales de vida: hablamos de barriadas con hacinamiento importante (seis o más personas en pisos de 30m²) y unas condiciones difíciles de mantener. En esos barrios, donde existe una mayoría de población gitana, tampoco son todas las personas las que salen a la calle. Acá vemos, de paso, un elemento aporafóbico importante.

Falso consenso y sentido común

En general, creemos que nuestras opiniones son más compartidas de lo que en realidad lo son. Parece una bobada, pero está más que probado que esto ocurre. Por ejemplo, un estudio de psicología social se realizó preguntando a abstemios y consumidores de alcohol (en otro estudio se repitió con fumadores y con no fumadores) cuántas personas de su edad consumían dichos productos, los consumidores pensaban que eran muchos más de lo que realmente son y los no consumidores pensaban que eran menos de lo que dicen otros datos. En otras palabras, partimos de nuestro conocimiento particular (sesgo), que generalizamos, junto con el pensar que nuestra opción (beber o no beber) es más compartida porque, bueno, la realizamos.

Son muchas las causas para este falso consenso, desde algunas puramente internas vinculadas a nuestra autoestima (tus ideas son las de la mayoría porque son las correctas, las positivas, y eso a su vez da una imagen positiva de ti), pasando por el sesgo informativo (y cada vez más, si estamos rodeados y solo vemos la información que nos refuerza en nuestras ideas, pensaremos que todo el mundo está en la misma línea) y errores de atribución (si pensamos que determinadas ideas o comportamientos dependen de ciertas condiciones internas o externas, cualquier persona sometida a dichas presiones «debería» comportarse igual que nosotras) para acabar con las causas asociadas a la ambigüedad (y a la falta de definición real sobre qué son las cosas, pues la realidad es compleja).

Además, mientras mayor sea nuestro sesgo confirmatorio mayor también será el falso consenso en el que vivimos. Eso explica por qué en algunos comicios hay personas que no se creen nada los resultados diciendo que es imposible que tal partido no haya ganado cuando en su entorno todo mundo ha votado por él (de hecho, no dicen «en mi entorno», se quedan con lo de «todo el mundo», ya vemos los efectos de la generalización apresurada); además, les parece increíble que no hayan votado a ese partido si es de «sentido común» todo lo que dicen y, además, correcto en su práctica totalidad.

El «sentido común» tiene varias acepciones, claro; una de ellas es esa en que creemos que la solución que vemos «lógica» lo es porque cualquiera con tres dedos de frente pensaría en ella (eso es «sentido común») y actuar de cualquier otra forma es ir contra ese «sentido». De esta forma, aplicamos una lógica preestablecida según unas condiciones que tenemos en la mente, en otras palabras, aplicamos nuestra forma de entender el mundo a un problema dado; con ello, el sentido común es algo interno que no tiene por qué ser nada compartido (aunque creamos), proveniente de la experiencia personal y de las soluciones que hemos ido aplicando a lo largo de la vida. Y creemos que está bien, por ello pensamos que debe ser la solución más compartida (volvemos al falso consenso), porque personalmente nos funciona. El sentido común, así entendido, se vuelve un problema que genera una pared, una barrera, a aceptar hechos, datos o ideas distintas a las que han conformado dicho «sentido». Esta intuición es práctica para resolver nuestro día a día, pero inútil cuando la queremos aplicar a situaciones desconocidas o complejas que escapan de nuestra propia experiencia.

El «sentido común» también lo podemos entender como las creencias socialmente compartidas (esto es, cómo entendemos en general la vida dentro de una comunidad) que tiene un sentido práctico. El problema de esta acepción se encuentra, justamente, en el falso consenso. El sentido común, así, se levanta como lo que creemos que todo el mundo piensa sobre una situación, lo cual nos lleva al comienzo de este apartado.

¿Por qué estoy metiendo este sesgo en una entrada sobre la pandemia por el coronavirus? Porque la forma en que valoramos las decisiones que se están tomando o las medidas propuestas desde varios frentes para todo tipo de problemáticas las filtramos a través de este «sentido común» que se fundamenta en el falso consenso. Y, cuidado, porque en una discusión sobre dichas medidas puede atravesarse una falacia clara: el argumento ad populum (todo el mundo cree que lo mejor es Equis, pero el gobierno se equivoca porque hace Ye); que, además, no suele estar basada en datos reales de apoyo a lo que se dice (y una medida será buena o mala independientemente de lo crea o no la mayoría, en cualquier caso).

Esto se ha visto, por ejemplo, con el tema de qué servicios se consideraron esenciales; al margen de la ambigüedad existente y otros problemas, y sin afirmar que están bien definidos, muchas personas se tiraron en contra de la apertura de peluquerías y de lavanderías, sin considerar las razones de higiene que estaban detrás de esa consideración. El uso que muchos tenemos de ambos servicios (sesgo en las pruebas) difiere de los usos que sí pueden ser esenciales (de esto ya hablé en otro lado). Así que no está de más repensar una y cien veces lo que consideramos correcto o incorrecto, aunque nos parezca que todo el mundo debería pensar como nosotras.

Yapa: profecía autocumplida o autorrealizada

Como extra, algo que no es un sesgo de forma directa ni nada que ver, pero debemos tenerlo en cuenta cuando valoremos la situación creada y lo que está pasando: la profecía autocumplida. Esta «profecía» (no es literal), en principio falsa, configura una nueva realidad mediante la percepción nueva que da sobre un hecho o dato, generando comportamientos que llevan a que dicha «profecía» se cumpla

En economía se ha visto más de una vez que rumores fuertes sobre la quiebra de una compañía que cotiza genera un miedo en los inversores que terminan vendiendo, lo que crea una bola de nieve que puede llevar a que la compañía quiebre. Y si se junta con actividades claras y positivas (que por sí solas serían insuficientes) para que se cumpla la profecía. Otro ámbito donde se dan las profecías autocumplidas se encuentra en las relaciones interpersonales, filtramos, sin quererlo, las actitudes de la otra persona a través de la «profecía» (esto es, de las expectativas que tenemos sobre lo que pasará). Por eso no es tan raro el «ya sabía yo que sacarías una buena nota» que dice una profesora a una alumna, posiblemente ese trabajo (bueno) ha tenido una mejor calificación que otro igual de bueno simplemente por la «fama» de la alumna (la expectativa sobre su trabajo).

En la situación actual, la forma en que percibimos la realidad es increíblemente importante; los daños a la economía, los vistos en la bolsa, responden más a unas expectativas que a una realidad y estas caídas están creando la realidad de la crisis económica que parece que nos vendrá.

Pero también influye en el grado de cumplimiento de las medidas de cuarentena. Si creemos que nadie las cumplirá seremos más propensos a saltarnos las medidas de aislamiento, total, no vamos a ser la única tonta que las cumpla, ¿verdad? Y así todo.

Consideraciones finales

Lo que pretendía ser una breve entrada ha devenido en un largo texto que, espero, les resulte de interés. Lo importante en todo esto es ser conscientes de cómo procesamos la información para, por un lado, estar alertas y, por otro, dispuestos a cambiar nuestras ideas preconcebidas en favor de nuevas.

Intentemos aplicar los mismos filtros a unas noticias que a otras, a contrastar la información (en la medida de nuestras posibilidades), a valorar críticamente todas las medidas y decisiones que nos afectan, a revisar lo que pensamos de la situación.

Seamos conscientes de los prejuicios, concepciones, ideologías, y sesgos que tenemos en nuestra cabeza, al menos eso, para poder valorar cada declaración, cada nota de prensa, cada dato, de la forma más crítica y racional posible, aprovechemos que tenemos tiempo para eso.

Tenemos el derecho a equivocarnos, a cambiar de opinión, en otras palabras, a aprender. También a acertar y tener razón, claro, faltaría más.

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1 comentario sobre «De sesgos va la cosa»

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