Violencia machista, femicidios y Maradona

por Rubén Kotler

O los porqués de mi impugnación al «ídolo».

Hace muchos años, cuando aún era estudiante de grado, me acerqué a las cuestiones de género gracias a un instituto anclado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT que dedicaba su espacio al estudio sobre esos temas. Cuando en esos años 90 nadie hablaba de género, de lenguaje inclusivo o se expresaba en términos de sororidad, el aprehender que existía un mundo de la mujer fuera de los cánones referenciados en los medios o por la hegemonía masculina, me sirvió de rico aprendizaje de una cantidad de cosas que luego pasaron a ser parte de mi bagaje cultural cuando la misma facultad me dio el título de licenciado en historia.

Esa sensibilidad por una historia que en los últimos años se comenzaba a escribir sobre la presencia de las mujeres en los procesos histórico/políticos, me llevó a interesarme por la historia de las Madres de Plaza Mayo, quienes desde los años 70 ocupaban el espacio público para denunciar los crímenes de Estado.

Ya en Salamanca, donde obtuve mi doctorado, me acerqué a otro instituto similar anclado en la Universidad Salmantina y comencé a escuchar en esos primeros 2000 cuestiones vinculadas a la violencia de género, a la violencia doméstica, a la violencia machista y terminé de corroborar que lo personal es político.

Un poco más acá en el tiempo conocí a mi actual compañera, a quien acompañé en sus últimos meses de elaboración de la tesis de licenciatura que refería a los modos en que el diario local, La Gaceta, cubría los crímenes por razones de género hacia mujeres, lo que hoy, desde un punto de vista jurídico, conocemos como femicidios. Ella había estudiado unos meses en el siempre violento México y me contaba historia de mujeres víctimas de la violencia machista en Sonora o en Chiapas. Aprendí y mucho de ella.

Con las redes, descubrí además, una cantidad de colectivos feministas que incorporaron incluso al lenguaje, una cantidad de conceptos que aún hoy me resultan ya parte familiar de mi propio lenguaje.

En paralelo, por cuestiones laborales, mi compañera profundizó en los últimos años, un acercamiento a las cuestiones de violencia que sufren las mujeres y en más de una oportunidad, frente a un expediente judicial, la escuché decir afligida: «me la van a matar» si no hacemos algo. Ella dependía, en última instancia, de las decisiones de un juez de familia, para una medida que evitara el fatal desenlace.

Quizás hoy tengamos fresco el asesinato de Paola Tacacho y que tanto nos sensibilizara, por la responsabilidad judicial (y social) del tremendo crímen por razones de sexo. Un macho que, siguiendo los cánones de la cultura patriarcal, se creía dueño de una mujer, asesinó a Paola. Vuelvo a insistir en impugnar y rechazar la devoción maradoniana. Y no por imponer a nadie un discurso. Mucho menos a feministas que crean que deben rendirle culto y pleistesía a quien en vida, fue un buen jugador de fútbol.

Además, lejos está en mí, aunque quisiera indicarle a las mujeres qué hacer, las posibilidades de influenciar a nadie. Por el contrario, muchas mujeres, militantes en alguna de las cientos de organizaciones feministas que existen, me han enseñado y aprendo de ellas. Así como mi formación primero, el acercarme a mi compañera después y el leer y mucho sobre estas cuestiones vinculadas a la violencia machista, configuraron en mi una forma de ver el mundo en el que «el yo te creo hermana» se ha hecho carne, la impugnación, provenga de dónde provenga, de todo discurso o acción de violencia hacia la mujer es parte de una visión que si tiene mucho de ética y de moral. Creo que impugnar la «pureza» y tildar de «policía de la moral» a feministas que denuncian al agresor, aún cuando ese agresor sea Maradona, no solo nos hace retroceder unos cuantos casilleros en todo lo que hemos podido ganar como sociedad, que si bien parece poco, es mucho: tenemos una ley de feminicido, tenemos en los tribunales oficinas específicas de violencia de género, fiscalías que entienden cuestiones de violencia de género, la obligación de los funcionarios y funcionarias de formarse en estos temas, etc etc.

Cada quien elige a su dios. Yo, como buen ateo, no creo en dioses sino en el buen vivir, y el buen vivir implica a quienes me rodean, hombres y mujeres. Y en eso, no cuestionar un ápice la violencia que Maradona ejerció sobre las mujeres con las que se vinculó, a las que agredió sexualmente o a los hijos que no reconoció es abandonar una mirada en la que la violencia hacia la mujer existe porque existen formas de dominación claramente masculinas. La impugnación al ídolo implica abandonar la idea que un momento de felicidad de muchos, puede estar por encima de un momento de violencia de una mujer pues en el círculo de la violencia machista, el desenlace que conocemos en más de una oportunidad termina en el asesinato. Con otro ídolo de un deporte cuestionable, como el Boxeo, lo vivimos. ¿Acaso Carlos Monzón, no fue en el deporte que practicó un ídolo idéntico a Maradona?

Cada quien elige a qué santos prenderle velas. Y yo respeto la religión. Pero no me pidan que acompañe la devoción llamada popular, simplemente porque muchas personas lo hacen. Lo personal es político implica salir de lo masiva para entender que aún en casa, todo acto de resistencia a la violencia machista, es político. No necesitamos de multitudes para impugnar una cultura que en definitiva, mata.

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