«Los yanquis son de goma»

«Que yo sepa, nadie en este mundo –y he buscado en los archivos durante años y empleado asistentes que me ayuden– ha perdido nunca dinero subestimando la inteligencia de la gran masa del público norteamericano. Y nadie nunca ha perdido su cargo electivo gracias a ello.»

H.L. Mencken. «Notes on Journalism». Chicago Daily Tribune, 19 de septiembre de 1926.

por Pablo Pozzi

Tuve la buena/mala suerte de pasar unos cuantos años en Estados Unidos. Cuando finalmente regresé a la Argentina, allá por 1984, Francisco Delich, por ese entonces rector normalizador de la UBA, decidió «modernizar» la currícula de Historia e incorporó, por vez primera, materias como Asia, África, Rusia, problemas de América Latina Contemporánea y Estados Unidos. Dice mucho de la sociedad argentina que recién a fines del siglo XX se le ocurriera a alguien que por ahí podía ser útil saber algo sobre el mundo que nos rodea. El único problema es que, como no existían estas materias, no había quién las dictara. Y por ende se implementó un plan para capacitar gente. Los de Asia y África tuvieron suerte y los mandaron derechito a México. Pero en mi caso decidieron que como había estado en Estados Unidos algo debía saber y por lo menos hablaba inglés. Por ende partí camino a la Universidad de Massachusetts a tratar de juntar datos e ideas para poder armar una cátedra. Cuando pude volver, en 1987, se inauguró la cátedra de Historia de los Estados Unidos de América. Y rápidamente me convertí en el mejor historiador sobre Estados Unidos, claro que también fui el peor y el más mediocre. O sea, durante años fui el único.

Todo el mundo piensa que dictar una materia es como soplar y hacer botellas. ¿Fácil no? No tanto (bueno, no sé el por qué del dicho, a mí hacer botellas nunca me pareció muy fácil que digamos). Primero había que encontrar bibliografía, luego lidiar con los alumnos que esperaban que fuera una cátedra antiimperialista (unos) o «democrática» (otros, los pro yanqui). Pero el problema más serio fue tratar de definir qué era lo que queríamos que impartiera la cátedra en cuanto a conocimiento. La pregunta era ¿para qué sirve saber algo de historia de Estados Unidos? Decidimos que no se trataba de ser ni pro ni anti sino que construiríamos un conocimiento a partir de hacer preguntas que eran relevantes para nosotros, no sólo en cuanto a comprender esa sociedad sino en cuanto a repensar problemas nuestros. A eso lo llamamos «una perspectiva latinoamericana», sin anteojeras. Era, y es, mi criterio que la clase obrera necesita el mejor conocimiento posible (y no propaganda berreta) para poder tomar las mejores decisiones posibles en función de su liberación. En eso nuestra tarea era producir conocimiento, y hacer pensar críticamente a los alumnos, para que luego ellos hicieran con eso los que les permitieran sus inclinaciones y neuronas. No somos neutrales, para nada. Lo que somos es críticos. Pero Estados Unidos es difícil de comprender, sobre todo porque hay que separar la realidad de la masiva e invasiva propaganda favorable que genera su clase dominante.

Así hubo que plantear cosas como por ejemplo, ¿porqué una de las clases obreras más antiguas y combativas nunca había generado un partido político que la represente? ¿Porqué el Socialismo había sido tan débil o el comunismo tan lavadito? ¿Cómo podía ser que una sociedad que se reivindicaba como «democrática» se basara primero en la esclavitud y siempre en el racismo y la discriminación? ¿Por qué son los campeones de los asesinatos seriales? ¿Es Estados Unidos una democracia? ¿Por qué se logró la licencia por maternidad, pero sin goce de sueldo, recién en 1993? También, ¿por qué Estados Unidos había tenido un gran desarrollo y la Argentina no tanto? Y como esas, pilas de otras cosas.

La primera respuesta fue simple: «los yanquis son de goma». Y listo el pollo. Pero, bueno, son unos 320 millones de hombres y mujeres. Algunos piola debería haber. Y los hay, eso es indudable. Mi amigo Mark, por ejemplo, o Charlie Post o los muchachos del Partido Mundo Obrero (WWP). Y hay un montón de otros como Mencken, Jack London, Mark Twain, I.F. Stone, Howard Zinn. Pero se asemejan a predicadores en el desierto. La obra de Zinn ha vendido cientos de miles de ejemplares, pero sus numerosos lectores nunca llegan a la conclusión lógica de que deberían cambiar la sociedad capitalista para curar sus males. De hecho piensan que con algunas reformas todo puede andar bien. Hasta Chomsky piensa son una «democracia deformada» cuya solución está en educar a la población. La verdad es que están ahogados en un mar de prejuicios y barbaridades cuyos conceptos centrales son: 1. nos envidian nuestra sociedad que es la mejor posible, aunque imperfecta; 2. por eso nos odian; 3. y si fueran un poco más como nosotros entonces serían buenos, en vez de ser sociedades antidemocráticas e improductivas.

Me encantan los yanquis. ¿Cómo puede ser que exista una sociedad donde haya un divorcio tan grande entre lo que creen y la realidad? De hecho esa es una de las cosas más difíciles de explicar tanto para yanquis como para argentinos. Los argentinos no somos santitos, pero dudo mucho que alguno de nosotros piense que somos modelo para nada o para nadie. O aun más, muchos de mis compatriotas dudan que seamos una democracia. En cambio los yanquis están seguros que lo son. De hecho el concepto de que es la mejor sociedad posible, «libre» y «democrática», es un artículo de su fe tan profundo que es casi imposible tener una discusión racional al respecto.

Sólo en ese país puede un tipo como JF Kennedy, o sea el creador de los Boinas Verdes, ser «la izquierda». Es en cambio esa población «libre» la que produce docenas de políticos maravillosos que están a la derecha del Huno Atila, como Donald Trump, Ted Cruz, Marco Rubio y Hilary Clinton. A juzgar por los millones que los apoyan, no sólo los producen sino que muchos se sienten identificados con ellos. Cruz y Rubio son aun peores que Trump, pero con menos prensa. Y la Sra. Clinton es una convencida que «matándolos los haremos libres». Trump es conocido por declaraciones del tipo «México envía sus violadores a Estados Unidos» o que «el calentamiento global fue algo ideado por los chinos para hacernos menos competitivos». Esto es notable dado que basta ver los inviernos y veranos para pensar que las grandes empresas contaminadoras han arruinado el mundo (y no hace falta ningún estudio científico al respecto). Y ni hablar de que Estados Unidos fue siempre una sociedad pionera en materia de violadores, si no me creen vean las memorias de esclavos o de indios norteamericanos. Es indudable que hay violadores que son mexicanos, españoles y franceses y alemanes… Pero es como que ven la paja en el ojo ajeno y no el árbol en el propio. En síntesis, para los yanquis el machismo es un invento latinoamericano: y por supuesto cosas como «violación en cita»; trata de blancas; feminicidios; violencia contra mujeres ocurren en Estados Unidos «sólo porque los mexicanos lo hacen». ¡Pero si serán pelotudos! Sobre todo porque muchos lo creen. Y no de ahora, sino que la historia muestra que siempre hubo muchos norteamericanos convencidos de eso. Por ejemplo, Samuel Gompers, fundador de la AFL, ex marxista, e inventor del «sindicalismo empresario», fortaleció su gremio (el de cigarreros) con una campaña que prometía que el gremio garantizaba que los cigarrillos serían hechos por «obreros blancos». Indudablemente que una mano negra toque un cigarrillo lleva a la degeneración racial y a enfermedades múltiples. Y ya que estamos en tema, lo mismo podríamos decir de su campaña contra el tabaco. Sep, soy fumador (la pipa es algo imprescindible en mí), pero no soy boludo. No me hace bien. Por otro lado, me hace menos mal que los agroquímicos que producen Monsanto, Dow, Syngenta, Bayer y DuPont. Toda gente preocupada por mi bienestar y el de mis hijos. Y contamina menos (y genera menos cáncer y mata menos gente) que los coches que producen Ford y General Motors. Sería gracioso, sino fuera tan pero tan hipócrita, ver a los activistas de las ONG anti tabaco llegar en coche a los juicios, mientras hablan por sus celulares de plástico que cocinan sus sesos, y comen «papitas orgánicas» (supongo que las contaminadas son para los pobretones como yo).

Revisar la historia de Estados Unidos es impactante. Basta leer la gran obra de Howard Zinn (uno de los yanquis piolas) «La otra historia de Estados Unidos» para darse cuenta de que es una sociedad represiva, fracturada, discriminadora. Allí queda claro que los yanquis son los asesinos seriales más grandes de la historia. Genghiz Khan, Atila, y hasta Hitler son un porotito al lado de ellos. Claro, que no hay que olvidar a Stalin. El único problema es que los yanquis deberían reivindicar a Josef Dzugashvili, puesto que se dedicó a matar sobre todo a comunistas. Pero más allá de los juegos matemáticos (¿quién mató más gente Hitler o Stalin?) todo es ridículo, y solo a las afiebradas mentes de los yanquis se les puede ocurrir que esto es importante: ¿es mejor matar a uno que matar a mil? Nop, es malo en ambos casos. O sea, para nosotros Stalin era malo porque hizo lo imposible por destruir al comunismo como una sociedad mejor y más justa, basada en una filosofía que es por encima de todo humana. En cambio, Hitler fue un asesino serial, y capitalista. Dicho de otra forma: Hitler fue la consecuencia lógica del capitalismo. ¿Y los yanquis? La realidad es que los que más mataron fueron los yanquis. Desde la primera guerra bacteriológica en la historia, cuando repartieron mantas infectadas con viruela entre los pueblos originarios, pasando por las masacres de indios y el asesinato de miles y miles de filipinos en su guerra de 1898, hasta lo que han hecho en América Latina, Libia, Oriente Medio y Asia sobre todo Indochina, son directamente responsables de asesinar millones y millones de seres humanos. El único país que lanzó la bomba atómica, no una sino dos veces, fue Estados Unidos. ¿Quién financió a Hitler? Ford y DuPont. ¿Nos olvidamos que los yanquis, con su embargo, «eliminaron» medio millón de iraquíes, o sea muchísimos más que Saddam, antes de haber invadido ese país? Y luego mataron cientos de miles más. Esta es una de las lecciones de la historia de los Estados Unidos. Es terrible que los afroamericanos, pueblo tan sufrido y discriminado, integren las Fuerzas Armadas que se dedican a masacrar a los pueblos del mundo. O que los judíos norteamericanos, tan discriminados, se dediquen a discriminar los musulmanes.

Pero volviendo a lo analítico. ¿Por qué? Primero porque es una sociedad irracional premoderna, donde lo racional es algo marginal. Estados Unidos es una teocracia donde su Dios es el único y todos los otros son herejes a ser convertidos por la fuerza. Es la nueva Inquisición. Segundo porque el elemento central de la dominación es el racismo y todos los pueblos distintos no son mejores que cucarachas, o los alien de la novela de Robert Heinlein Starship Troopers, por lo que deben ser eliminados. Allí Heinlein señaló que: «La violencia, la fuerza bruta, ha zanjado más asuntos en la historia de lo que lo ha hecho cualquier otro factor, y la opinión contraria es pensamiento voluntarista del peor.» El autor best seller estaba sintetizando la filosofía que rige la sociedad norteamericana. Tercero, porque no es una democracia sino que es una plutocracia con fuertes componentes fascistas. Y último, porque es un capitalismo salvaje donde lo humano no importa frente a las ganancias. Y su hegemonía, impulsada vía medios de comunicación y Hollywood, es tan poderosa que han logrado convencer a muchos que son «los buenos» de la película. Esto es lo que emerge cuando hacemos preguntas a la historia norteamericana desde una perspectiva crítica y latinoamericana. Su cultura es un virus que infecta, enferma, y destruye sociedades más colectivas, más sanas, menos destructivas. No tienen arreglo, como no lo tiene un virus.

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