¿Qué es ser de Izquierda?

por Alejandro Ernesto Asciutto

¿Qué es ser de izquierda o derecha? ¿Qué queremos decir con esto en Argentina o Sudamérica? ¿Tienen sentido usar esos términos en la actualidad o por el contrario esta  forma de expresarse no aporta nada o es obsoleta? ¿Qué escondemos cuando nos resistimos a usar estos términos? ¿Qué queremos decir? ¿Qué quiere decir “zurdo”,  “facho”, “trosko”, “progre” hoy en día? ¿Cuántos candidatos se asumen como hombres y mujeres  de izquierda o derecha en una campaña política?

Cabe aclarar que “izquierda” y “derecha” son términos muy utilizados por minorías politizadas en Argentina. Recordemos antes que nada el origen de los términos izquierda y derecha. Durante la Revolución Francesa, más precisamente durante la Asamblea Nacional,  los jacobinos (La Montaña) se sentaban a la izquierda del presidente, los girondinos o partidarios de La Gironda a la derecha y en el centro, los indecisos. La izquierda, es decir, los jacobinos, tenían posturas radicales y eran republicanos que querían abolir la monarquía. Los girondinos apoyaban a la monarquía (es decir a los nobles) y representaban los intereses de la naciente burguesía francesa. Los jacobinos tenían el apoyo de los sectores populares de la sociedad francesa. Digamos entonces que los conservadores se sentaban a la “derecha” y los partidarios de los cambios radicales a la “izquierda.” Si bien ya no diferenciamos entre republicanos y monárquicos (por lo menos en América Latina) sí se mantiene esta gran división conceptual entre conservadores (derecha) y partidarios del cambio o revolucionarios (izquierda). A grandes rasgos diremos entonces que quienes quieren mantener las cosas como están son de “derecha” y quienes pretenden cambios son de izquierda. Orden y cambio entonces serán nuestras palabras clave.

Se trata de una cuestión que según mis recuerdos más lejanos, afloró cuando ocurrió la caída del  muro de Berlín y el desplome de la Unión Soviética, a  finales de los años 80 e inicios de los 90. Francis Fukuyama proclamaba entonces el supuesto  fin de las ideologías. El capitalismo había triunfado en el planeta y había que olvidarse de las “ideologías”, especialmente la marxista. No tenía sentido entonces hablar de ideologías o de “izquierda” o “derecha”, era obsoleto o  pasado de moda. En el post-capitalismo, no había lugar para estas diferencias sin sentido alguno, propias de una sociedad ya superada. Comenzaba en Argentina la experiencia del peronismo menemista.

En consonancia con aquella época donde se anunciaba el fin de las ideologías, el actual presidente de la Argentina, Mauricio Macri, un exponente de los años 90 (como otros candidatos) siempre esquivó definirse ideológicamente. Se trata de una característica del PRO. No es el único caso por cierto, en una entrevista  televisada en 2015 el entonces ministro de Economía Axel Kiciloff se negó a definirse de izquierda, frente al periodista Roberto Navarro. El joven ministro respondió que existían  amplios debates sobre si el keynesianismo era de izquierda o derecha, es decir, evitó una clara definición ideológica y se  fue por la tangente. Otro importante referente del entonces candidato Daniel Scioli, declaró que el peronismo no debía caer en la “ideología”.

Pero antes de revisar los posicionamientos ideológicos (o la falta de ellos)  intentemos pensar que significa ser de “izquierda” o de “derecha” en la actualidad, o bien pensemos quienes se llaman o auto-denominan a sí mismos como  de “izquierda” o de “derecha”, es decir, quienes y por qué asumen efectivamente una identidad de izquierda o derecha.

Estado o Mercado

En economía política digamos que la cosa es más o menos fácil y simple: entre la dicotomía Estado-mercado, quienes apuestan a las bondades del mercado, quienes creen en la belleza de la figura de  la “mano invisible” del  filósofo moral escocés Adam Smith, son por lo general  de “derecha”. Los cultores del “mercado libre” rechazan en general cualquier intervención del Estado, es decir la mano “visible”. A su vez, quienes consideran que el Estado es fundamental para garantizar  el bienestar social y la distribución  justa de la riqueza, y desconfían de las bondades del “mercado”,  y creen que el Estado debe ser dueño de los medios de producción, son de izquierda o centro-izquierda, es decir, una izquierda moderada o reformista. Pero no toda la derecha está de acuerdo en un Estado chico de corte liberal, no intervencionista o regulador. El nazismo y el fascismo, por ejemplo, movimientos  que muchos  ubicamos en la “extrema derecha”, cuestionan también al mercado y la mano invisible de los liberales. En el caso del nazismo, se garantizó la propiedad privada si bien el Estado dirigía la economía. El nazismo propone un Estado no liberal, más bien keynesiano. ¿Por qué entonces  los ubicamos  en la derecha, si no son liberales y no respeta al sacrosanto mercado? Aquí nuestro clivaje Estado o Mercado hace agua.

En cuanto a las obras públicas, los grandes programas de obras públicas fueron un instrumento de los economistas  keynesianos, los “progresistas”  de la economía política, los grandes reformadores del capitalismo, si bien Adam Smith escribió que las obras públicas eran una función del Estado, con lo cual  un plan de obras públicas no estaría reñida con el liberalismo. ¿Acaso el gobierno de Macri no ha anunciado un vasto programa de obras públicas?  El nazismo, claramente ubicado en la “extrema derecha”,  utilizó los planes de obras públicas en los años 30 y lo mismo hicieron los soviéticos con los planes quinquenales. Es decir que el programa de obras públicas ha sido utilizado tanto por la “derecha” y la “izquierda”.

La pobreza y la ayuda social

Por lo general, los hombres y mujeres de “derecha” son reacios o bien francos opositores a los programas de ayuda sociales a pobres, marginales y desempleados. Ahí retoman, quizás sin saberlo, a otro gran economista, Malthus y su oposición a las leyes de pobres británicas de la época isabelina.  Para ellos es el individuo, que  movido por un “egoísmo natural”, debe salir de la pobreza o en su defecto, perecer y morir de hambre según la ley natural. Se trata de una posición liberal muy extrema, una especie de aporofobia (odio al pobre) salvaje. En cambio quienes se definen de “izquierda” entienden que la pobreza o miseria poco o nada tiene que ver con cualidades o características individuales, sino que la misma responde a causas históricas, sociales y estructurales; los pobres son quienes no han logrado apropiarse de las cosas o bien han sido despojados de sus bienes, como la tierra. Por lo tanto, necesitan y merecen ayuda para salir de la pobreza.

Hay  quienes desde la  “derecha” cuando ven un indigente a una persona en situación de calle, ven a un empresario fallido. Algunos otros  sienten piedad, misericordia, simpatía por ellos, pero otros sienten en cambio rechazo, asco, desprecio, miedo, como lo expresa satíricamente el popular personaje Mickey Vainilla, creación comediante argentino Peter Capusotto. Muchas  veces para el hombre de  “derecha” el pobre es responsable y culpable de su pobreza: es pobre porque así lo  quiere, porque está cómodo, porque no puede salir de su apatía e indiferencia, porque  en definitiva esa es su elección de vida.  El hombre de “derecha”  a veces cree que el pobre no disfruta de trabajar, por eso  prefiere mendigar o aun  peor, salir a robar a los dignos “ciudadanos”. Como si pedir en la calle, o inclusive robar, fuera una tarea fácil y sencilla que no requiere esfuerzo alguno. Inclusive algunos llevados por el odio de clase llegan a agredir a los indigentes, como el muchachito “youtuber” que le regaló galletitas rellenas de pasta dentífrica a un indigente, por no mencionar a quienes intentaron prenderle fuego a un indigente en el Parque Rivadavia. En cambio los hombres y mujeres de “izquierda” a menudo  sienten piedad, simpatía, conmiseración por ese otro semejante que está sufriendo y que lógicamente, merece toda la ayuda posible a los efectos de superar la indigencia.

Muchas veces, la “derecha”,  considera que esa ayuda social al necesitado, llámese subsidio, o seguro de desempleo para el caso del trabajador despedido, o asignación universal por hijo, o ingreso ciudadano en Europa, no solo es contraproducente para el individuo que recibe el beneficio, sino que además aumenta el gasto del Estado y por lo tanto, los impuestos que se deben pagar para financiar al fisco. Otros hombres y mujeres de derecha en cambio aceptan la caridad o toleran los programas sociales.

La propiedad

Pasemos a la propiedad privada: los hombres y mujeres de “derecha” defienden a rajatabla la propiedad privada de los medios de producción y desconfían de la propiedad del Estado, la propiedad colectiva de los trabajadores (es decir cooperativas de producción, empresas recuperadas) y por supuesto de la propiedad comunal de los pueblos originarios, como es el caso de los mapuches. Obviamente aceptan la existencia de diversos “accionistas”, es decir, una pluralidad de propietarios privados, como sucede en las sociedades anónimas.

En cambio los hombres de “izquierda”  rechazan  la propiedad privada (“ La propiedad es un robo”), especialmente la gran propiedad privada, y  por lo general ven con buenos ojos la propiedad del Estado, o bien la propiedad directa colectiva de los trabajadores, como acontece en las cooperativas de producción o en las empresas recuperadas. Muchos en la izquierda apoyan la propiedad comunal de los pueblos originarios, los verdaderos propietarios de la tierra antes de la llegada de los conquistadores europeos.

Dados estos diferentes  enfoques, la derecha por lo general es privatista mientras que la izquierda es estatista. Lo cual eso no impide que un gobierno de izquierda privatice una empresa o uno de derecha proceda a estatizar. Los gobiernos de “derecha” privatizan  las empresas públicas, como lo hizo el peronismo menemista en los años 90,  mientras que los de “izquierda” las nacionalizan o las convierten en propiedad colectiva de los trabajadores. Por ejemplo, el primer peronismo nacionalizó muchas empresas, como lo hizo el laborismo británico o Chile bajo el gobierno de Salvador Allende.  Los hombres y mujeres de derecha piden más desregulación y los de izquierda al contrario, piden más controles y regulaciones de los mercados y de las grandes empresas. Eso divide en economía política, a grandes rasgos, en  liberales (derecha)  keynesianos (centro- izquierda) y marxistas (izquierda). Para los liberales y neoclásicos el desempleo es voluntario, pero no lo es para un keynesiano  ni mucho menos un  marxista.

La moral

 Vayamos a los valores morales: los hombres y mujeres de “derecha” quieren enriquecerse,  acumular dinero, y se identifican con los millonarios, hombres que a sus ojos han escalado la pirámide social y han llegado a la cima por iniciativa y esfuerzo, muchas veces comenzando desde la pobreza. Es el caso de la historia de inmigrantes célebres como  Franco  Macri. Imaginan o creen que esa hazaña ha sido posible gracias al “esfuerzo individual”, la sana ambición, el ahorro, la capacidad gerencial, la “visión” empresaria, el espíritu innovador, etc. Ven en cada gran empresario  a un innovador  como Marck Zuckerberg, el fundador de Facebook y una de las personas más ricas del mundo. Admiran a los innovadores con sus ideas brillantes que han sorprendido al mundo y se han enriquecido debido a su  indudable talento individual y genio creativo. Ven con ojos  deslumbrados y verdadera admiración  a personajes como Donald Trump en los EEUU, o los Civita en Brasil, los Macri, los Perscarmona, los Fortabat o Rocca en la Argentina, por su condición de grandes empresarios y millonarios.  Si el dinero les aflora a estos hombres de negocios, como si fueran el rey de Midas, si lo tienen en abundancia, algo bueno habrán hecho. Si saben administrar sus imperios: ¿acaso no serán buenos gestores de lo público? ¡Que gobiernen entonces! Millonarios al gobierno es la nueva consigna. Que los Macri, Trump y Doria nos gobiernen. Quizás hasta están bendecidos por Dios como se deriva de la lógica  religiosa protestante y calvinista del Renacimiento.

Para los hombres y mujeres de “izquierda”, en cambio los millonarios son  explotadores o por lo menos sospechosos de sus riquezas, y por lo general cuestionan las causas del proceso de acumulación de su riqueza; la explotación de sus obreros en el marco del sistema capitalista mediante la apropiación de la plusvalía,  las vinculaciones con el Estado y sus contratos leoninos, los sobreprecios de la obra pública, la promoción industrial, la apropiación de recursos públicos, la especulación y las finanzas, la apropiación de la tierra (como sucedió luego de la Campaña del Desierto en Argentina). Y entre propietarios y no propietarios de los medios  de producción hay lucha de clases. A veces esta confrontación es reconocida por los mismos millonarios: es el caso del norteamericano  Warren Buffet, quien se refirió a una “guerra de clases” que había sido ganada por los ricos en las últimas décadas en los Estados Unidos. Muchos  hombres y mujeres de izquierda sienten que  las empresas gigantescas del capitalismo actual son una clara amenaza para la democracia, y por lo tanto deben ser controladas a los efectos de impedir su crecimiento descomunal.

Estado mínimo o Estado de Bienestar

 Para los hombres y mujeres de “derecha” el Estado debería ser chiquito, mínimo como decía Adam Smith, y recaudar la menor cantidad de impuestos posibles, a los efectos de evitar el déficit fiscal (ingresos menores que egresos).  Es más, el hombre o mujer de “derecha” está tentado/a a proclamar la abolición del Estado y de los malditos impuestos. Pero luego toma consciencia de que alguien tiene que mantener el “orden social”, la seguridad, la vida, para no caer en la guerra hobessiana de todos contra todos,  y ahí retrocede y  acepta el “mal menor”  que es la misma existencia del Estado. Además no nos confundamos: el buen liberal no es un anarquista ni puede aceptar la desaparición lisa y llana del Estado.  Para la “izquierda” en cambio, el Estado es represión, es un conjunto de instituciones opresivas y violentas: entre ellas  la policía, el ejército, el sistema carcelario, todo un enjambre institucional destinado a proteger los intereses de los más fuertes y poderosos, de las clases dominantes. Es el órgano de dominación de una clase sobre otra dice  la izquierda marxista en una definición simple y clásica. Y algo similar dicen los anarquistas, que también abogan por la desaparición del Estado, o por lo menos, la desaparición de las funciones represivas del Estado.

Los hombres y mujeres  de derecha desconfían del déficit público, salvo cuando está en juego la seguridad nacional. Ahí se aprueben enormes presupuestos para las fuerzas armadas, a los efectos de contener al comunismo  en el exterior, como ha sucedido en los Estados Unidos, durante gobiernos de derecha. ¿Hay una crisis del capitalismo? Bien, que el Estado salga a rescatar a empresas y bancos. No dejemos que el mercado elimine a las empresas y nos lleve a otra crisis como la del 30. Así el Estado se endeuda y salva al capitalismo del desastre inminente. Pero lógicamente aumenta su gasto y su deuda. No importa, después viene el “ajuste” para equilibrar las finanzas estatales, que por supuesto, pasará por el recorte los servicios sociales en beneficio de los que menos tienen. Así, los hombres y mujeres de derecha en el gobierno “socializan” las pérdidas empresarias.

El hombre de izquierda, o mejor dicho de centro-izquierda, exige un “Estado de bienestar” que garantice y brinde salud, educación y vivienda para todos. Un Estado que democratice el bienestar, como lo hizo el primer peronismo en la Argentina.

La izquierda marxista revolucionaria lucha para el Estado sea efectivamente de los trabajadores, los verdaderos creadores de la riqueza.  Muchos en la izquierda  ven a Cuba como un ejemplo de modelo de salud y educación. Otros se orientan a países nórdicos como Noruega o de Europa Central, donde el capitalismo ha sido reformado por la socialdemocracia y el socialismo moderado. La “derecha” liberal en cambio  prefiere que la salud, la  educación y el sistema previsional  sean del ámbito privado y su modelo de salud está en los EEUU y su sistema de seguros prepagos, como lo ha ilustrado el cineasta Michael Moore en su película “Sicko”.

Los hombres y mujeres  de “derecha” en la teoría económica se concentran en problemas como la inflación y la creación de dinero, como lo hacen los monetaristas, mientras que los hombres de “izquierda” se focalizan generalmente  en el desempleo y en las crisis del capitalismo.

Igualdad y Libertad

La diferencia entre izquierda y derecha  pasa también por la igualdad y la libertad, dos valores de la Revolución Francesa. A los hombres y mujeres de izquierda les duele la “desigualdad” entre ricos y pobres o mejor dicho, entre propietarios y no propietarios de medios de producción. Los hombres de derecha en cambio se orientan  a la libertad, especialmente, la libertad económica. La desigualdad es natural o bien secundaria: si repartiéramos las riquezas, todos seríamos un poco menos pobres que antes. Para ellos cualquier intervención o regulación en el mercado  es un viaje de ida al “comunismo”. Es una amenaza a la sociedad libre y abierta. El keynesianismo por ejemplo, es un camino de ida al comunismo. Desde esa óptica, para los fundamentalistas del mercado el actual Papa Francisco 1 es comunista y  hasta Cristina Fernández de Kirchner era  una  expresión del marxismo.

Democracia,  dictadura y derechos humanos

Los hombres y mujeres de derecha apoyaron muchas veces a las dictaduras militares como la de los países latinoamericanos o Franco en España. Si la democracia amenaza los  privilegios de los poderosos, entonces que no haya democracia: más vale preservar el “mercado” que la libertad política. La libertad económica tiene más valor que la libertad política. Los  hombres de izquierda en cambio son más democráticos, en el sentido que apoyan y promueven el voto y la voluntad popular, o sea  la decisión de las mayorías. Pero a veces las mayorías votan a la derecha, para dolor de cabeza de los hombres y mujeres de izquierda. No siempre la derecha se impone mediante las armas. Es lo que pasó con Hitler, Trump o Macri. Sin duda, hay hombres de derecha que rechazan a las dictaduras, desde el liberalismo, como lo hace el escritor Mario Vargas Llosa. Pero también hubo dictaduras de izquierda  a lo largo de la historia del mundo, que fueron  denunciadas   por otros sectores de  izquierda, como hizo el trotskismo.

La derecha aboga por el “orden social” y el combate a la delincuencia. Ven a los delincuentes como individuos depravados que constituyen una  amenaza social. Para ellos el Estado debería controlar el problema mediante buenas fuerzas de seguridad, amplias  cárceles, una draconiana legislación penal, la pena de muerte de ser posible o la baja de la edad de imputabilidad de los menores, como se está discutiendo en Argentina. La “izquierda” por lo general  es contraria a la represión, muchos creen que las cárceles no deberían existir, y explican o vinculan la delincuencia con factores como la pobreza, la marginalidad, la injusta distribución del ingreso, además de señalar las vinculaciones o complicidades del mismo Estado con la “industria” globalizada del delito, la corrupción, el narcotráfico.

Los hombres y mujeres de “izquierda” tienen una gran  tradición de denuncia de las violaciones de derechos humanos que ha cometido el Estado mediante las fuerzas armadas o la policía, inclusive en épocas democracia,  como los casos de torturas o “gatillo fácil”, o las matanzas policiales “chacinas” en Brasil,  tan comunes en la región, sin olvidar las durísimas represiones en los motines carcelarios.

La “izquierda” tiene una gran tradición de defensa de los derechos humanos, por lo menos en Occidente. Los hombres y mujeres de “izquierda” tienen una amplia participación en esos organismos y han sido víctimas de la violencia del  Estado. En efecto, el gran violador de los derechos humanos ha sido el Estado, que ha llegado a torturar, asesinar y desaparecer a miles de sus ciudadanos, como ha sucedido en Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay y otros países  en defensa del “orden social” amenazado, durante los años 70.

En cambio los hombres de “derecha”, especialmente en América Latina,  miran con cierta indiferencia la cuestión de los derechos humanos, o le dan un lugar menor, casi marginal, como lo hace el gobierno de Macri con la política de derechos humanos. Por eso pueden convertir el 24 de marzo en un feriado “movible” o disminuir  la cantidad de víctimas, como lo hizo el señor Lopérfido en sus declaraciones, y mucho antes, el mismo  Emilio Massera. Tratan de restarle valor simbólico a la cuestión y temen  los avances en la materia, como lo es la complicidad patronal de las empresas con los Estados terroristas. Muchos hombres de “derecha” inclusive hasta ignoran las experiencias de gobiernos “terroristas” por izquierda (que los hubo, no cabe duda), como el caso del gobierno genocida de Pol Pot en Camboya, por mencionar solo un caso. Otros hasta llegan a  justificar la tortura como método de obtener información en contra de los “terroristas”, como lo ha hecho Trump en estos días. Y hay quienes están empecinados en recordar a los “terroristas de izquierda”, como lo hace a menudo el diario La Nación, que aboga por la rehabilitación de la teoría de los dos demonios. Así comparan peras con limones.

La derecha sugiere que cualquier intento de reformismo (centro-izquierda) o socialismo conduce a la dictadura. Mercado y democracia van de la mano para ellos. No puede haber socialismo en una democracia, dicen sus grandes ideólogos,  y citan los casos de la Unión Soviética y China, Corea del Norte, entre otros. Gran problema y desafío para los hombres de izquierda, ante la imposibilidad de citar casos exitosos de cambios sociales radicales durante el siglo XX.

Corrupción

El combate a la corrupción es una indudable bandera de la “derecha”, por lo menos en la región. Muchos golpes militares e interrupciones de los gobiernos democráticos fueron realizados por la corporación militar en el siglo XX, que entre otras cuestiones, argumentaba la existencia de la venalidad y corrupción de los civiles o políticos, que solo la casta militar, que supuestamente  era pura y honrada, podía enfrentar. En la reciente caída del PT con el impeachment de Dilma Rousseff ocurrida en 2016, la cuestión de la corrupción de sus funcionarios fue un hecho significativo que influyó en su descrédito total. Y algo similar le pasó al kirchnerismo en Argentina. El ex presidente uruguayo Pepe Mujica llegó a afirmar que la corrupción destruía, mataba a la izquierda. Gran parte de la izquierda no logra arrebatarle la bandera de la lucha contra la corrupción a la derecha: la izquierda, o mejor dicho la centro-izquierda, no le dado  suficiente entidad a la lucha contra la corrupción, especialmente cuando gobierna. De hecho quien escribió hace tiempo un libro sobre la corrupción, fue  Mariano Grondona, un gran liberal.

 Curioso es que la izquierda ignore la corrupción, por no decir incongruente con sus principios morales,  porque se supone que a los hombres de “izquierda” no les interesa acumular riquezas personales y convertirse en ricos o en empresarios prósperos. Se supone que a ellos no les interesa “juntarla con pala”. Alguien dijo a hace un tiempo que no estaba interesado en una sociedad comunista con valores capitalistas. La izquierda revolucionaria en realidad le otorga un valor menor a la cuestión que puede entenderse dado que generalmente no accede al gobierno. Porque corrupción, hubo durante el capitalismo e inclusive en otros modos de producción anteriores al mismo. Y lo mismo hace la centro-izquierda gobernante, que es el  caso de los gobiernos progresistas de la región.

La derecha en cambio mantiene un discurso republicano y anti-corrupción muy fuerte, en algunos de nuestros países, como Argentina y Brasil  (un exponente es el juez brasileño Sergio Moro), que por supuesto no le impide protagonizar escándalos y corromperse cuando efectivamente está en el gobierno, o sea, en la gran mayoría de los casos. De hecho en el caso brasileño, tantos los partidos de derecha como la centro-izquierda del PT, fueron alcanzados por las denuncias de corrupción del Lava Jato.

La protesta

A los hombres y mujeres de “derecha”, por lo general no les gusta la protesta social, llámese paro de los trabajadores, piquete o corte de calle, toma de empresas, ocupaciones de escuela, etc. Ni mucho menos la protesta violenta como los saqueos o las insurrecciones  tipo el Cordobazo.  Para ellos la mejor manera de protestar es trabajando, como hacen los japoneses. Nunca hay motivos válidos para el paro o huelga de los trabajadores. La huelga o la amenaza de huelga deberían ser evitadas mediante ágiles departamentos de recursos humanos, expertos en mediar y evitar conflictos que no llevan a ninguna parte. Para ellos un país sin huelgas es un país más productivo y eficiente, porque la protesta no sirve para nada. De hecho hasta un país sin sindicatos, sería un país más justo e igualitario. Los sindicatos son interferencias en los mercados de trabajo, que deberían ser libres, sin molestias sindicales o legislaciones a favor de los trabajadores que distorsionan los mercados. E inclusive si hay desempleo, es por culpa de los sindicalistas “corruptos”  que encarecen el valor de los salarios. Esto es lo que dicen grandes neoliberales como el austriaco Hayek. En cambio los fascistas aceptan a los sindicatos, si bien los subordinan al Estado.

Hay excepciones con respeto a las movilizaciones: no toda la derecha está alejada de las masas o hace caso omiso de las movilizaciones, el nazismo alemán  y el fascismo italiano acudían a las mismas de manera regular.

Muchos hombres y mujeres de derecha añoran los años de los gobiernos militares, e inclusive, como hace la retrógrada extrema derecha brasileña, salen a pedirles a los militares que vuelvan a gobernar, es decir, los incitan al golpe de  Estado, lisa y llanamente.

En cambio para  la izquierda, la protesta social, la huelga, las marchas de las centrales sindicales, de los movimientos sociales, las ocupaciones de fábricas, son todas prácticas de lucha que llevan a un mejoramiento de los menos favorecidos en  sociedad, y en ocasiones muy especiales pueden conducir a una revolución, a un cambio total de sistema. Pero no siempre, en  Estados supuestamente “comunistas”, basados en las ideas de Carlos Marx y Mao, como China, se reprime a la protesta social. ¿Pero China es de izquierda? ¿Su socialismo de mercado la coloca en los gobiernos de izquierda?

Diversidad sexual, migraciones, racismo.

Los hombres de izquierda son más tolerantes a la diversidad sexual y a la presencia de extranjeros e inmigrantes. Una parte significativa del movimiento feminista o de los  gays militantes está claramente ubicado en la izquierda. No siempre ha sucedido, es cierto, en la Unión Soviética, por ejemplo, existía una moral muy conservadora y reaccionaria. Y en Cuba  los homosexuales no eran tolerados. En la derecha extrema prevalecen actitudes conservadoras, en defensa de la familia tradicional, con posturas muy conservadoras, anti-divorcistas, anti-abortistas, homofóbicas, ultra-religiosas. El nazismo envió a los homosexuales a los campos de concentración.

 La derecha  no acepta la libre circulación de personas, aunque sí de los capitales y de bienes. Los liberales, tan amantes de la libertad,  deberían estar de acuerdo con la libertad de migración, pero no es así, en este punto abandonan su liberalismo y la búsqueda de la “libertad” y piden y exigen  controles de los extranjeros, como pretende el gobierno macrista. Hasta llegan a hablar de desempleo inclusive, culpando a los extranjeros.  La  derecha desconfía de los extranjeros  a quienes a menudo  definen prejuiciosamente como pobres, vagos, “negros”, que  vienen  a quitar la fuente de trabajo a los nacionales, o  como sucede en Europa,  quizás sean “terroristas” islámicos que pongan en peligro al cuerpo social mediante bombas o atentados. La derecha asume a veces posturas “nacionalistas” frente a los extranjeros como lo hace Trump en EEUU o Marine Le Pen en Francia. En las versiones de derecha más extremas, ese rechazo al extranjero (o a minorías internas como judíos y gitanos) toma formas directas de  alta discriminación y racismo; se elaboran  a teorías de la desigualdad “racial” que condujeron al  exterminio de esas minorías, como fue el caso del nazismo alemán. No siempre fue así, en otras épocas la derecha apoyaba a los inmigrantes que garantizaban mano de obra barata, como lo hizo la burguesía agraria pampeana argentina a finales del siglo XIX.

En cambio  los hombres y mujeres de izquierda son más “internacionalistas” en cuanto a la movilidad de las personas, y no ven como una amenaza la presencia de los extranjeros, aunque sean pobres, si bien  se alarmen cuando alguno de ellos, algún magnate extranjero compra una gran cantidad de tierra en la Patagonia. Marx y Lenin transmitieron que los enemigos no eran los obreros extranjeros, sino los burgueses. Y desde la izquierda nacional, siempre se habló de la Patria Grande, que engloba a todos los latinoamericanos.

Religión

Una parte pequeña la izquierda es atea, y rechaza al “opio de los pueblos”, mientras que otra parte no tan pequeña, no lo es. Parte de la izquierda pide  en la actualidad la completa separación del Estado y de la Iglesia en la Argentina. Hay católicos de izquierda, como lo son los herederos de la Teología de la Liberación latinoamericana, una de las bases del peronismo de izquierda en los años 70. Los hombres y mujeres de derecha en cambio son a veces muy religiosos, aunque también hay núcleos ateos o agnósticos. Como ejemplo  de religiosos ultra-conservadores cito a la “bancada de la Biblia” en Brasil o la derecha religiosa norteamericana, o  el Opus Dei, sin olvidarnos de la logia P-2.

Consumismo y medio ambiente

Muchos hombres de izquierda cuestionan el “consumismo” del capitalismo y la destrucción de la naturaleza en pos de acumular ganancias y ampliar mercados. Rechazan el marketing y la publicidad que genera demandas de cosas innecesarias  e incitan a consumir. Este rechazo tomó varias formas, desde la crítica académica desde la economía y la sociología, el eco-socialismo,  hasta el rock y el movimiento hippie. La derecha en parte acepta la crítica del medio ambiente, si bien hay sectores que niegan terminantemente la crisis ambiental, como hace el  partido Republicano en los EEUU, según denuncia del lingüista Noam  Chomsky.

¿Conclusiones?

Hay matices dentro de la “izquierda”  y  la “derecha”, por eso  podemos hablar de izquierda, derecha, centro-izquierda, centro derecha, extrema izquierda, extrema derecha izquierda revolucionaria, izquierda reformista. Tanto la izquierda o la derecha son ampliamente  heterogéneas, aunque compartan valores comunes. Hay una derecha neoliberal y librecambista, pero también existe otra  que es proteccionista. Una apoya a la globalización y otra la rechaza. Un parte de la derecha es nacionalista, otra  es neo-desarrollista. Las diferentes posiciones responden a intereses diversos de las distintas fracciones de clase en cada sociedad en una determinada coyuntura histórica y a alianzas de clases determinadas.

Es curioso que algunos creyentes del mercado, a menudo se niegan a  definirse como hombres de “derecha”: un ejemplo es el ingeniero Álvaro Alsogaray, un conocido exponente de liberalismo argentino durante el siglo XX y que fue funcionario en varios gobiernos. Alsogaray fundó un partido denominado Unión de Centro Democrático (UCD), es decir, se ubicaba en el “centro”, no en la “derecha”. ¿Qué era entonces la “derecha”  para Álvaro Alsogaray y los hombres que pasaron por la UCD, como fue el caso de Sergio Massa y Amado Boudou?

A grandes rasgos podemos hablar de una derecha nacionalista, proteccionista, o mercado-internista en economía, como parece ser el gobierno de Trump, una derecha neo-liberal y librecambista, como lo fue el peronismo menemista en los 90, una derecha “neo- desarrollista” que intenta atraer capitales externos (como el frondizismo y el macrismo), y una extrema derecha neo-fascista (el tercer gobierno peronista en su fase final). A grandes rasgos, la derecha, que por definición u origen es “conservadora”, representa los intereses de los sectores dominantes, no ya la nobleza terrateniente como acontecía en la Revolución Francesa, sino las distintas fracciones de la burguesía, ya sea  local o extranjera.

Y  algo similar  se puede decir de la “izquierda”, que por definición procura un “cambio”, ya sea moderado o radical. La izquierda, en un sentido amplio del término, refleja los intereses diversos de asalariados de clase obrera, de clase media y sectores marginales y de los pequeños propietarios de capital. Hubo una izquierda reformista o si se quiere  socialdemócrata en Argentina, el peronismo cuando distribuyó la renta a favor de los asalariados. Hay una izquierda  que se enmarca dentro del trotskismo y que no ha gobernado nunca.  Pero también  hay una izquierda independiente, una izquierda cultural, sindical, otra de raíz maoísta, otra autonomista, además de los grupos guevaristas, los comunistas, los socialistas no marxistas, los peronistas  y radicales que comparten los valores e izquierda.  Usar la categoría de centro-izquierda ayuda a diferenciar a las distintas izquierdas. De hecho el término se usa y se ha aplicado a gobiernos como el alfonsinismo en los 80 o a fuerzas políticas como el  PI, o el  Frepaso, entre otras. También se utiliza el término “ultra-izquierda” que se aplicó en los 70 en referencia a la izquierda armada, peronista o marxista, si bien  hay  quienes usen ese término en referencia a la izquierda crítica de la centro-izquierda gobernante, como lo hace el brasileño  Emir Sader.

¿Por qué quienes claramente tienen posturas de derecha, no lo asumen frontalmente? Yo creo que en principio tiene mala fama ser de “derecha”. Nadie quiere ser señalado como un individuo ambicioso y rapaz que solo piensa en acumular dinero que ignora el sufrimiento de las mayorías y que representa el interés de los poderosos. Los expertos en marketing político seguramente aconsejan no asumir esa posición.  La UCD se asumía de “centro”, para diferenciarse de la extrema derecha fascista o nazi. Hay cierta vergüenza de asumir la identidad de derecha. Los nazis modernos por lo general, se esconden, o se hacen los tontos, como el señor Alejandro Biondini.

En cambio hay quienes eluden auto-definirse como de izquierda o derecha, porque prefieren un lugar “ambiguo” que les permita aplicar políticas de derecha e izquierda, según la coyuntura, para no caer en la “ideología”. Es el caso de Juan Domingo Perón y del peronismo en Argentina, un movimiento que perfectamente puede estar ubicado a la derecha, como ocurrió   durante gran parte del tercer gobierno peronista (1973-1976), o el menemismo en los años 90, y de centro-izquierda “progresista” en la primera fase del peronismo en los años  40 y  también durante la primera fase del  peronismo kirchnerista a partir del 2003. Perón evitaba las definiciones ideológicas para controlar a su heterogéneo movimiento político y por eso se permitía hablar de socialismo nacional y mencionar a sus libros a Mao y a Mussolini.  Y muchos de sus sucesores lo imitan.

¿Para qué sirve entonces definirse de izquierda o derecha? Yo personalmente creo que sirve, y mucho,  a los efectos de orientarse políticamente. Un partido , movimiento o gobierno que se llama o denomina de “derecha” o de “izquierda” está aportando información sobre su visión del mundo y la sociedad, sobre su relato, discurso o ideología, aunque dicha información no sea del todo precisa. Un partido o movimiento  que se niega  a identificarse ideológicamente  a mí me genera desconfianza: puede guiñar a la izquierda y doblar a la derecha, como  ha ocurrido muchas veces en la historia.

Por supuesto, todo depende del observador y el punto de vista. Para muchos que provienen de la izquierda revolucionaria marxista, los socialdemócratas, los  socialismos “moderados” , los “ progres” o inclusive los peronistas de izquierda, no pertenecen a la izquierda. Hay peronistas que se asumieron de izquierda, la izquierda “posible” como decía Cooke. También hay peronistas que se asumen de derecha, pocos por cierto. Muy pocos. La mayoría se esconde en la ambigüedad. Otros cuestionan términos tales como “centro- izquierda” o “centro- derecha” o izquierda o derecha  moderada, así como cuestionan términos como centro, o “centro izquierda”, o “centro derecha”.

Con lo cual, izquierda y derecha son términos amplios y polémicos, además de claramente  polisémicos. No creo que  ningún neo-nazi o neo- fascista  se asuma como izquierdista  y dudo mucho sinceramente que en la militancia del PRO haya quienes se consideren de izquierda, salvo para el señor Duran Barba que ha declarado que el PRO es de “izquierda”, seguramente con la intención de polemizar o referirse al “cambio”.

 Amigo/a  lector del blog “De igual a igual” , si usted cree en el “libre mercado”, desconfía de la intervención estatal, rechaza la propiedad de los trabajadores, siente un rechazo hacia los sindicatos y de la protesta social, es enemigo  o desconfía de las políticas sociales, admira a los gobiernos militares por su capacidad de mantener el “orden”, es muy religioso, considera que el ateísmo es una amenaza  a la civilización occidental, rechaza la presencia de los extranjeros, detesta a judíos, africanos, bolivianos, peruanos, gitanos, homosexuales, musulmanes, árabes y se identifica con líderes como  Hitler, Mussolini, Margaret Thatcher, Trump, Marine Le Pen, Fernando Henrique Cardoso,  Macri,  entonces  es  muy posible que Usted sea un hombre o mujer de derecha. Lo cual, aclaro,  eso no quiere decir que un nazi sea lo mismo que un liberal-neodesarrollista del PRO.

En cambio si usted pretende que los trabajadores sean dueños de las empresas, o que por lo menos exista una distribución más justa del ingreso, está a favor de las nacionalizaciones, apoya a las empresas recuperadas como el Hotel Bauen, cree que el Estado debe brindar y  garantizar educación, salud y vivienda, y se respeten los derechos humanos de las minorías sexuales  o étnicas, los inmigrantes , los derechos ambientales, los derechos de los pueblos originarios, apuesta a la separación de la Iglesia del Estado y es ateo, o bien  es religioso pero sinceramente orientado a los pobres y necesitados, cree en la protesta social y la participación como medio de construcción de una democracia auténtica y no formal, entonces mi amigo lector usted  muy probablemente sea un hombre de izquierda.

Amigo/a lector/a: ¿Está Usted confundido? ¿No le quedó claro que es izquierda y que es derecha? No lo culpo por sus dudas y de hecho, se tratan de términos  algo confusos, y no todos los utilizamos de la misma manera. Los clivajes fallan. Como vimos, hay quienes no quieren utilizar esos conceptos.  A otros en cambio no les conviene usarlos. Y otros nos quieren vender el verso del post-capitalismo y el fin de las clases, y por supuesto, el fin de la lucha de clases y la sociedad post-capitalista. Quedará para otra nota que entendemos por “trosko”  “progre”  o “facho”, términos tan comunes en el léxico de los militantes en Argentina, si bien los dos primeros términos podemos ubicarlos en la “izquierda” (en un sentido amplio)  y el tercero en la “derecha”.

En la vida real, no es extraño encontrar individuos o partidos  que “mezclan” discursos de derecha e izquierda o que cambian de discurso a medida que pasa el tiempo o bien que su discurso se contradiga con sus prácticas. Y lo mismo sucede cuando se analizan políticas de un gobierno en particular, puede haber políticas de izquierda o derecha, o inclusive diferente periodos dentro del mismo gobierno.

 En definitiva, es importante diferenciar a la izquierda de la derecha, o por lo menos, intentar identificar los discursos, porque la mayoría de los candidatos, no utilizan esas categorías. Se trata de formas distintas de pensar, de sentir y de tradiciones militantes el mundo que construyen cierto discurso y que se transforma en acciones.

Enero del 2017

Para continuar el debate, recomendamos la lectura de ¿Qué le pasa a la izquierda? de Pablo Pozzi

1 thought on “¿Qué es ser de Izquierda?”

  1. Me parece que hay una cantidad de temas más que complejos que se encuentran en esta discusión y que se mezclan unos con otros. La base de la diferenciación entre izquierda y derecha es la percepción del ser humano: si este nace bueno y la sociedad lo corrompe, o si nace malo y la sociedad lo controla. Para Hobbes el ser humano es intrínsecamente malo y el estado lo debe controlar (reprimir). Mientras que para Rousseau la sociedad puede potenciar lo positivo en el ser humano. A eso se agrega la disputa en torno a si los seres humanos son o no iguales entre sí. ¿Es un campesino pobre (o un obrero) igual a un noble o a un empresario? Una vez más, para toda una tendencia la riqueza es prueba de capacidad y/o excelencia. El eje, desde el calvinismo sino antes, es que es individuo define su destino. La postura contraria es que el ser humano vive en sociedad y se realiza como tal. De ahí que los jacobinos se ubicaran con los sans culottes y los trabajadores de la Revolución Francesa, mientras que los Girondinos enfatizaban el “mérito” individual que justificaba la dominación de la nueva y emergente burguesía por sobre los privilegios de la nobleza y la “incapacidad” de los humildes. La noción individualista es que “somos iguales a los ojos de Dios” pero con habilidades y capacidades diferentes. La colectivista plantea que somos todos iguales (seres humanos) y el conjunto puede facilitar el desarrollo individual o simplemente restringirlo a algunos con el poder para hacerlo. Si para los primeros el poder es la recompensa del mérito, para los segundos el poder cercena el mérito y la igualdad de oportunidades. De ahí que la izquierda se esfuerce en proveer oportunidades (educación, por ejemplo) para todos y protección frente a los poderosos; mientras que la derecha considera ambas cuestiones innecesarias. De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades fue la frase que utilizó Karl Marx en su Crítica del Programa de Gotha, obra póstuma publicada en 1891, para formular el principio por el que se regiría la «fase superior» de la «sociedad comunista», mientras que la «primera fase» estaría definida por el principio «A cada cual según su aporte». En cambio para los capitalistas la principal regla societal es un derivado del darwinismo: Herbert Spencer y la supervivencia de los más aptos por la cual los poderosos lo son por su aptitud y mérito.

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