Ese “yuyito” llamado soja: transitando el fin de la vida rural en la Provincia de Buenos Aires

por Gerardo Médica

Las líneas que se reproducen surgen de unas notas de campo tomadas camino a La Sofía; un pueblo de una decena de habitantes, a punto de extinguirse en el Partido de Carlos Casares- Provincia de Buenos Aires- durante el año 2015. Llegar a allí implica descender de la Ruta Nacional N°5 y bucear quince kilómetros por el camino real mientras máquinas de siembra directa de millones de dólares se hacen visibles por pequeños remolinos de polvo y el revoloteo de los pájaros sobre ellas..

Es la hora de la siesta, estamos a una legua de La Sofía. Y luchando con la arena del camino real y el calor, un matrimonio y su hija montados en un ciclomotor doblan por un camino lateral. Delante de ellos, un Renault 12 destartalado levanta polvo con destino incierto.

Falta poco para llegar, el cartel de chapa con letras casi ilegibles con el escudo del Automóvil Club Argentino determina una flecha -que en algún tiempo habrá sido roja- para dejar el camino real e ingresar a La Sofía.

El escenario es conmovedor, desolador y hasta fantasmal. Desde lejos -con una mirada global- el ingreso al pueblo está marcado por el viejo nomenclador desplazado de la estación de ferrocarril del ex Belgrano clausurada hace décadas. Detrás, el único edificio en condiciones: la escuela primaria, que te recibe de forma calurosa y que contrasta con el entorno.

La calle principal del pueblo – marca una cuadrícula de unas tres manzanas por tres aproximadamente – nos conduce al Club Recreativo Sofiense. Un edificio en el medio de la nada que agoniza a la espera de recibir a los viejos congresales. Sus puertas amigables te reciben abiertas de par en par transmitiendo imágenes de antaño: reuniones, bailes, amores, sueños; todos custodiados con mesas de madera rojas que permanecen aun hoy silenciosas entre las telarañas y el cuadriculado monocorde del piso. En el fondo, salpicado por los rayos de sol que penetran a través de una ventana rota, el mostrador de madera que ya no conserva el estaño de otro tiempo.

Pero la calle principal siempre hacia el sur nos llama y nos guía en esta pequeña peregrinación hacia la iglesia. Santuario de increíble belleza y simplicidad pero con ausencias que aturden. Sus puertas entreabiertas te llevan irremediablemente al interior completamente vacío. No hay altar, ni bancos, ni estatuas de santos o vírgenes. El solitario ornamento a la espera de rezos son dos pequeños posters enmarcados de la virgen María y de Cristo sobre la pared norte de la nave de la iglesia. Detrás del edificio, fuera de las dependencias de algún antiguo párroco, vive una familia que con un rezo profano -la cumbia -, la antena de Direct TV y juguetes infantiles ante su puerta dan cuenta de su existencia y nos indican la continuidad de nuestro camino.

En la calle principal –dejando detrás el club y la iglesia- emergen edificios espectrales y unos carteles de madera que intentan ganarle al olvido. Las construcciones que cedieron a las mandíbulas de la tierra son recordadas así con nombres, años y estacas. Palabras que marcan la ausencia hasta de los cimientos del hotel del pueblo -1913-, el almacén de “Peteco” que persiste al tiempo totalmente cerrado y la pequeña Dependencia Municipal pintada con cal que te recibe en su entrada con un fuentón de plástico sobre una silla retorcida y desfondada. No se escuchan ladridos, ni sueños, ni nada. Solo el gorgoteo de algunas palomas en la iglesia.

La Sofía agoniza. Muere lentamente en una tranquera desgajada y en la clausurada estación de estilo francés -del ferrocarril de la CGBA- donde los cerdos crecen y no sobrepasan el alambre electrificado que demarca límites.

El tiempo se ha paralizado acompañando unas casas dispersas, yuyos altos y autos oxidados. Y más allá del tiempo, tres niños demasiado delgados que se sorprenden a nuestro paso y que retoman su juego entre bidones vacíos de glifosato.

La agonía nasal de la pampa.

Todas las escenas descriptas y los últimos habitantes de este pequeño pueblo en desaparición –y sus caminos- están insertos en un mar de soja (Roundup Ready o la mejorada INTACTA RR2), un mar verde, artificial de soja transgénica resistente al herbicida llamado glifosato. Un mar verde prohibido en otras partes del mundo y que aquí aceptamos como progreso de una década ganada.

Desde el año 2012 con Viviana Villegas hemos podido recorrer más de 300 pueblos y parajes de la provincia de Buenos Aires con el objeto de realizar un registro fotográfico y entrevistas en poblados que están a punto de desaparecer. Más de 15.000 tomas fotográficas y entrevistas a ex ferroviarios, peones rurales y otros habitantes dan cuenta de una irremediable realidad: el final de la vida rural de los pueblos de la Provincia de Buenos Aires.

Las escenas de La Sofía, no son exclusivas a ese pueblito de Carlos Casares. Se iteran en pueblos y parajes como La Limpia, Máximo Fernández, Henry Bell, Los Ángeles, Corbett, Araujo, Girondo (Ana, una mujer que vive en lo que era el destacamento policial nos referencia que solo queda en el pueblo su familia y la familia que era dueña del almacén de ramos generales), Indacochea, Achupallas, Pla, Alegre, Gascón (que aun lucha por frenar su desaparición), Roberto Cano, Ortiz Basualdo, Tacuarí, Larrea, Santo Tomás, La Tribu (ya sin comunidades de pueblos originarios), Islas, Coronel Boeer, Vilela, Newton, Altona, Espigas, Coronel Isleño, Monroe (siempre recuerdo cuando José que vive en la escuela que ya no es escuela mencionó: -“Nos hirieron con el cierre de los ferrocarriles y la soja nos está sepultando”-) Mulcahy, Román Báez, Zenón Videla Dorna (la primera imagen de ese pueblo fue encontrar a un viejo domador de caballos viviendo en la estación resignado porque su oficio estaba desapareciendo), Martín Berraondo, Martín Colman, San Mauricio, San Eladio,San Mayol, Ham, Tuyutí, Emilio Ayarza, Plaza Montero, Norumbega, Real Audiencia, Chas, La Barrancosa, Asamblea, Saturno, Rolito y la lista continúa.

En definitiva los pueblos y parajes con menos de 100 habitantes de la provincia de Buenos Aires están por convertirse en espectrales. Si el plan Larkin hasta Menem cerrando ramales ferroviarios estableció un destino marcado -entrada la década del 2000- el modelo agrícola con eje en la soja y la siembra directa les está dando el golpe final. La gente de esos pueblos fantasmales sencillamente huye, se va, se desarraiga o se detiene como el tiempo. El camino que siguen –en general- es la periferia de alguna ciudad grande de la provincia y después el Conurbano.

La siembra directa no requiere mano de obra, el sistema de Flip-Flops en la cría de ganado tampoco. Los pequeños propietarios no pueden competir con los grandes propietarios y venden sus cinco, diez o veinte hectáreas para emigrar de los campos.

Una hermosa película llamada Los Malditos Caminos, expresa algo sobre este drama. En su apertura, el film muestra a Jorge Rulli – militante de la Resistencia Peronista y del Grupo de Reflexión Rural – recorriendo un inmenso sojal diciendo con melancolía: “Esto no fue siempre así, soja, soja y soja como ahora. Nos impusieron un modelo agrario de agricultura sin agricultores. Cavallo y el librecomercio fueron más implacables que los coroneles de Mitre. En diez años la tercera parte de la población rural emigró a los cinturones de pobreza urbanos. Y todavía no hay un poeta que haya sido capaz de describir este genocidio silencioso. El dolor de tantísima gente.”

El encantamiento por la soja transgénica desde 1996, ha ido en incremento y la década ganada hizo exponencial el modelo agrícola de siembra directa y los agronegocios con un estado estimulándolos. Asumimos una nueva colonialidad, nos transformamos en “La Republica Unida de La Soja” donde Monsanto, El Grupo Grobo y Cargill se llenan las arcas, contaminan y experimentan con consecuencias ecológicas impredecibles. Árboles talados, el verde artificial de la soja, palmeras antiguas que marcan que vivió gente, los campos inundados, el ganado alimentado a soja con diarrea permanente en los flip-flops y la desaparición de las luciérnagas nocturnas son signos iniciales de una tragedia que asoma.

Mientras tanto, los pueblos y parajes de la provincia de Buenos Aires agonizan o desaparecen en medio del glifosato, los mares de soja y el silencio. Solamente quedan en los campos pseudos gauchos vestidos con ropa de El Cardón, y a lo lejos el golpeteo de alguna ventana de un almacén de ramos generales descendiendo hacia la tierra.

La Matanza, Diciembre de 2015.

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1 comentario sobre «Ese “yuyito” llamado soja: transitando el fin de la vida rural en la Provincia de Buenos Aires»

  1. Eeeessss mi país /qué tristeeeza….
    Falta saber cómo ha quedado el pueblito Felipe Solá, el del nombre de la rancia estirpe del Felipe Solá, orgulloso gran promotor de la sojización y gilfosatización durante su «gran revolución productiva»…¿ se acuerdan de «Mejor Felipe»?
    Hay que volantear este paisaje hablado

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